La marcha de la pandemia, al compás de la deuda

De mal en peor

Cabe prestar particular atención a la tasa de crecimiento semanal, porque es la que da la medida de la evolución real de la curva de casos, y allí la situación de Argentina es simplemente alarmante, ya que hace dos meses que está entre las diez más altas del mundo, y desdehace tres semanas no sale de las cinco más altas del mundo.

Marcelo Yunes
Intelectual marxista. Especialista en economía.


El curso de la pandemia de Covid-19 en Argentina va, sencillamente, cada vez peor. Y no se trata sólo de que ya se quebró la barrera de los 5.000 casos y las 100 muertes por día, con todo lo escalofriantes que son esas cifras. Lo que se observa es que hay una política cada vez más explícita de parte del gobierno –que ha cedido en todo lo esencial a los reclamos del empresariado– de una cuarentena cada vez más formal y sin los mínimos cuidados, lo que, como veremos enseguida, genera un círculo vicioso de desidia, irresponsabilidad… y contagios crecientes. Ya es hora de terminar con la autocomplacencia y las comparaciones favorables –o supuestamente favorables– con algunos de los países vecinos: vamos mal, y vamos a ir peor a menos que se corrija el rumbo, lo cual no está nada garantizado.

Pero empecemos por el contexto global. Contra todas las afirmaciones interesadas, chantas o ambas cosas de los gobiernos de los principales capitalistas afectados, la llegada del calor al hemisferio norte no trajo ningún alivio sustancial por sí solo en la evolución de la pandemia. Cada vez está más claro que hasta la llegada de la vacuna (tema que merece un tratamiento aparte al que no nos podemos dedicar aquí), las buenas o malas noticias van a depender esencialmente de un factor: el rigor de la política de aislamiento social. Dicho rápidamente: si la cuarentena se hace bien, la curva baja; si no, en el mejor de los casos se estabiliza y en el peor se vuelve a disparar.

Hace casi un mes (“En alerta rojo”, SoB 560, 25-6-20) advertíamos que Argentina venía empeorando sistemáticamente en los rankings internacionales en casi todos los rubros de la pandemia. Pues bien, a lo largo de julio esa tendencia no ha hecho más que acelerarse. Las pruebas están a la vista:

 

Ubicación de Argentina en el ranking de 60 países con más casos, por rubro

Rubro / Semana 28/3 11/4 25/4 9/5 23/5 6/6 20/6 4/7 11/7 22/7
Casos 46 51 53 54 45 44 36 27 22 20
Casos activos 48 51 49 35 38 36 27 18 17 12
Muertos 35 41 42 47 37 38 36 35 31 29
Casos por millón/hab. 49 50 50 52 47 48 46 43 41 36
Tasa crecim. semanal s/d s/d s/d 23   7   9   4   6   3   3
Tasa letalidad* 2,56 4,15 4,95 5,19 4,69 3,27 2,79 2,11 1,86 1,84

* La tasa de letalidad (muertes/casos) se despliega por valor absoluto, no por posición en el ranking.

Grisado: ubicación más favorable. Negrita: ubicación más desfavorable

Fuente: elaboración propia sobre datos oficiales y Worldometers.info

No hace falta explicar mucho; los números hablan por sí solos, y el dato central es que Argentina ya está entre los 20 países del mundo con más casos de Covid-19, cuando hace poco más de dos meses había más de 50 países en peor situación. Ni hablar de la cifra que es aún más relevante, la de casos activos: hay sólo 11 países con un número mayor, lo que se entiende porque muchos de los países –especialmente los desarrollados– que aún figuran con mayor número de casos totales en realidad ya tienen una tasa de recuperados por encima del 80 por ciento, cuando aquí, aunque viene mejorando, aún no se llegó a la mitad. Incluso en rubros donde Argentina venía con una buena performance, como la cantidad de muertos y la tasa de casos por millón de habitantes, ha habido un claro deterioro;por primera vez desde el comienzo de la pandemia Argentina está entre los 30 países con más fallecidos.

Cabe prestar particular atención a la tasa de crecimiento semanal, porque es la que da la medida de la evolución real de la curva de casos, y allí la situación de Argentina es simplemente alarmante, ya que hace dos meses que está entre las diez más altas del mundo, y desdehace tres semanas no sale de las cinco más altas del mundo. Veremos esto más abajo.

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La única categoría en la que claramente hay buenas noticias es la tasa de letalidad (muertes/casos), que luego de llegar a un pico de más del 5% a principios de mayo –entre las 25 tasas más altas del mundo en ese momento– viene en descenso sostenido hasta ubicarse por debajo del 2%. La aparente paradoja de que la evolución de este rubro se dé en perfecto contraste con los otros (era el peor dato cuando los otros rubros estaban mejor, y viceversa) se explica, a nuestro entender, por dos factores. El primero es que la tasa global de letalidad también está bajando: el promedio general pasó del 6% al 4% en dos meses, pero hace semanas que esa tasa ronda el 2,5% (en cifras al bulto, 5.000 fallecidos y 200.000 casos diarios). El segundo, como señalamos en otras oportunidades, es con toda seguridadmérito del personal de salud, que viene tomando experiencia y aprendiendo sobre la marcha las mejores alternativas de tratamiento.

Dicho esto, el principal motivo de preocupación es que no se ve una tendencia clara de estabilización o descenso de la curva de casos. Para medir esto, un indicador que nos parece más adecuado que la simple comparación del número absoluto de casos es la tasa de crecimiento semanal de casos, comparada siempre con la semana anterior. Esa evolución, desde el momento en que se dispararon los contagios (la cuarta semana de marzo), fue según este detalle:

 

Tasa de crecimiento semanal, %

Mes / semana Sem. 1 Sem. 2 Sem. 3 Sem. 4 Sem. 5
21/3 al 27/3 231,1
28/3 al 25/4 94,8 47,6 32,5 33,1
26/4 al 30/5 23,8 23,4 35,1 45,5 42,8
31/5 al 27/6 35,8 37,6 36,0 40,1
28/5 al 25/7* 30,5 29,4 25,7 28,7*

Promedio 18/4 al 22/7: 31,9%

* Proyectando los datos del 19/7 al 22/7 para toda la semana

Fuente: elaboración propia sobre datos diarios del Ministerio de Salud

¿Cómo interpretar estos datos? Primero, se observa que aquí como en todo el mundo, el momento del salto exponencial de la tasa de crecimiento semanal (TCS) fue la segunda quincena de marzo y la primera de abril; en casi ninguna parte volvieron a verse tasas semanales de duplicación o superiores. De hecho, desde hace dos meses que ningún país supera el 60% de crecimiento semanal, salvo uno o dos casos muy limitados y por muy corto lapso. Y hace un mes que los países con peor TCS rondan un índice del 30-40%. Con una tasa promedio desde el momento de estabilización mundial de la TCS hasta el presente del orden del 32%, no es de extrañar que Argentina no logre salir de los puestos tope del ranking en ese rubro crucial.[1]

Obsérvese que la evolución de la TCS sigue como la sombra al cuerpo –con una demora de dos o tres semanas– la marcha de la cuarentena. El piso de TCS, del 23%, se logró en las primeras semanas de mayo, como evidente resultado de la cuarentena estricta. Con la “flexibilización” producto de la autocomplacencia que denunciábamos a fines de mayo (SoB 556), rápidamente se llegó a un preocupante 45%, que luego se estabilizó en valores muy altos de entre el 35 y el 40%. Entonces llegó el “retroceso a fase 1” de la cuarentena, entre el 1º y el 18 de julio. Que nunca fue en verdad tal fase 1, pero al menos logró quebrar la barrera del 30% de aumento semanal de casos por primera vez en casi dos meses, hasta llegar al 25%.

Este resultado moderadamente alentador debió haber indicado cuál era el camino a seguir, pero nuevamente, y sin aprender nada de la experiencia anterior, el gobierno nacional y los del AMBA (Kicillof y Larreta) volvieron a dormirse en unos laureles cada vez más marchitos y a darle el gusto al empresariado. Ya estamos cosechando esta semana los resultados: la curva volvió a subir cerca de la zona del 30%. Y a nadie le sorprendería que todo empeore.

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Mientras tanto, las camas de terapia intensiva en el AMBA empiezan a ocuparse a un ritmo cada vez más preocupante; en algunos distritos, un nuevo salto de casos podría poner a sus sistemas sanitarios en la frontera del colapso. No hay triquiñuela estadística ni comparación hecha a medida que valga: mientras se siga con la agenda y la política de los empresarios, la marcha de la pandemia nos va a seguir trayendo noticias cada vez más preocupantes.

La resignación es la muerte

Últimamente el gobierno se aferra a la idea –ideología, más bien– del “desgaste” de la población ante la cuarentena, que supuestamente impediría volver a un tipo de aislamiento que sería más efectivo; “la gente no da”, se les escucha decir. ¡Hipócritas! ¡Lo que “no da” es obligar a amplias capas de la población a sobrevivir con míseros 10.000 pesos mensuales y algún otro ingreso, en el mejor de los casos! ¡El mayor obstáculo para implementar una cuarentena responsable y coherente, que, está comprobado, es el único camino que ha servido para detener el avance del virus, no es el “agotamiento y desgaste psicológico” –que existe–, sino el hartazgo de ajustarse el cinturón porque ni las patronales ni el Estado garantizan un ingreso digno!

Porque en el fondo se trata de una sola cosa: de dinero. El dinero que hace falta para equipar y cuidar de verdad al personal de salud, no como ahora que representan casi el 15% de los contagiados totales; el dinero que hace falta para ampliar en extensión y como mínimo duplicar o triplicar en monto la IFE; el dinero que hay que poner en manos de los asalariados –y muchos cuentapropistas o asalariados “disfrazados”, como los que trabajan en delivery– para no obligarlos a la rendición por hambre ante el Covid-19. El dinero, en suma, que el gobierno de Alberto Fernández dice no tener –llamando de hecho a la población a la resignación– pero que se prepara para dejar a disposición de los acreedores internacionales en cantidades cada vez mayores.[2] Pocas veces quedó tan claro como ahora: es la deuda o la vida; es cuarentena en serio con todos los recursos que haga falta para mantener a raya a la pandemia o es pagarle a los buitres financieros y que la población se arregle como pueda, que se resigne, que se joda. No hay que permitirlo.

[1] Para dejar de escupir para arriba: más allá de la relativa fiabilidad de los datos oficiales de ciertos países (pero no hay otros, y cuando el gobierno hace comparaciones también se vale de ellos), la tasa de crecimiento semanal argentina duplica la de Brasil y EEUU, casi triplica la de Ecuador y cuadruplica o más la de Chile. Convenientemente, el gobierno y sus periodistas amigos agitan las cifras absolutas de esos países en casos y muertos, pero se guardan bien de mostrar las cifras relativas, especialmente la TCS. Y tampoco explican cómo es que Argentina superó en números tanto absolutos como relativos a más de 20 o 30 países que hace dos meses estaban peor que el nuestro.

[2] Cuando hablamos de la agenda del empresariado, no nos referimos sólo a abrir las fábricas y que se contagien todos, sin que jamás se les exija ni controle el mínimo cumplimiento de protocolos sanitarios. También hablamos de que no hay reunión de las organizaciones patronales con el gobierno en la que no se le reclame que acuerde de una vez con los acreedores y cierre el capítulo de renegociación de la deuda sin importar el precio. Lógico: los beneficios de ese arreglo van a ser todos para los empresarios; los perjuicios, íntegramente para los trabajadores y los sectores populares.

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