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Como producto de la limitada revolución burguesa de 1911, la élite confuciana –letrados y funcionarios– se desintegró en tanto que cuerpo estructurado, administrativo nacional y cultural. En consecuencia, una vez caída la fachada de la autoridad imperial, el poder del Estado en China se fragmentó y atomizó en aquellos centros regionales, provinciales y locales en que había estado acumulándose durante decenios. Esto tuvo su especificidad a causa del papel de sus organizaciones militares de base regional, lo que dio lugar a un interregno hasta la revolución de 1949 caracterizado por el dominio de la política china por los «señores de la guerra», provenientes de los estratos ricos de la clase dominante local.

Dado que los campesinos chinos en principio no se hallaban en una posición de levantarse colectiva y autónomamente contra los terratenientes, la disolución del sistema imperial en 1911 no creó directamente circunstancias favorables para la revuelta campesina. La base socioeconómica local de los ricos, sus tierras y su liderazgo en las organizaciones comunitarias no fueron socavadas. Esto muestra los límites de la revolución burguesa china de 1911, a la que Trotsky caracterizó como antimonárquica pero no antiimperialista, en la medida en que Sun Yat-Sen –a quien las masas chinas consideran el padre de la república burguesa– se apoyaba en el imperialismo japonés y contaba con el visto bueno del resto de las potencias imperialistas.

En el país se impuso el dominio de tales señores bajo la forma de agrupamientos político-militares independientes, cada uno de los cuales controlaba el territorio y explotaba las riquezas locales. Cada uno, como sistema, era similar a los demás; se diferenciaban, básicamente, en la escala. Como estos regímenes se encontraban en continua competencia entre sí, sus principales actividades eran la exacción de riquezas, el reclutamiento militar, las negociaciones con aliados potenciales y partidarios extranjeros y, desde luego, una violenta guerra civil larvada o abierta.

El escenario fue de fragmentación política y territorial, a la que contribuían no sólo los señores de la guerra, sino las principales ciudades costeras sometidas a las potencias imperialistas por tratadosY también la ocupación japonesa, que planteó la pérdida de unidad nacional del país, algo que el dominio de Chiang Kai-Shek nunca logró resolver. Esto mismo es lo que explica la emergencia y la posibilidad de las regiones «liberadas» en el inmenso campo chino, en las cuales se asentó el PCCh y el ejército rojo maoísta.

Para la sociedad china en su conjunto, la época de los señores de la guerra fue un círculo vicioso, por decir lo menos: una tremenda calamidad, un estado de guerra civil permanente. Dentro de un equilibrio general de debilidad, la reintegración política nacional se hizo imposible. De allí el fuerte sentimiento nacional que animara a Mao y la consigna que recorre toda la vida del maoísmo de «salvar la nación».

Sin embargo, hubo una fuerza basada en las ciudades: el Kuomintang.

«Estos ‘modernos’ nacionalistas se concentraban ante todo en las grandes ciudades costeras, muchas de las cuales eran puertos occidentalizados del ‘Tratado’. Estas mismas ciudades fueron las primeras sedes de los movimientos antiimperialistas de masas, secuela de la Iº Guerra Mundial, cuyas disposiciones enfurecieron a los chinos, ya que abiertamente desdeñaban las aspiraciones de integridad nacional. Contra este fondo, no es de sorprender que los primeros dirigentes y las bases populares organizadas, tanto del Kuomintang como del PCCH, procedieran de estos centros urbanos ‘modernizados’ de la China de comienzos del siglo XX. (…)

«El triunfo final de los comunistas dependió de su capacidad de penetrar en las comunidades rurales, desplazar los restos de la clase acomodada y movilizar la participación campesina hasta un grado sin precedentes en la historia china. Pero la supervivencia y la victoria final también dependió de la incapacidad del Kuomintang para consolidar el poder del Estado sobre una base urbana (…). Hay que tratar de comprender porqué este movimiento de bases urbanas no pudo triunfar en China, en contraste con los bolcheviques y los jacobinos, que sí pudieron consolidar el poder del Estado sobre bases urbanas en sociedades predominantemente agrarias y campesinas» (Skocpol, pp. 379 y 378).

Es decir, hay que dar cuenta de las razones del triunfo de una estrategia «campesinista» en detrimento de una fundada en los polos más avanzados del país y –desde el punto de vista marxista– en la emergente clase trabajadora: «ningún régimen basado principalmente en el sector urbano moderno, centrado en los puertos del Tratado, podía esperar con realismo consolidar el poder del Estado centralizado en la China posterior a 1911 (…) estas modernas ciudades chinas se hallaban orientadas hacia fuera, situadas en los bordes del ámbito continental» (Skocpol, 385).

Para Skocpol, entonces, esta estrategia de unificación nacional no podía imponerse debido a que la clase dominante local, los ricos de las villas, permaneció arraigada en el fondo de la antigua jerarquía administrativa, sobre el nexo del nivel básico entre la ciudad y el campo. Pero aun así, la razón del fracaso de la revolución urbana y proletaria, está en otro lugar, íntimamente relacionado con la orientación y el significado del maoísmo.

Chen Du-Xiu

«La Primera Guerra Mundial tuvo un importante consecuencia para China en laemergencia de un proletariado moderno. La preocupación de los aliados por la guerra en Europa y la tremenda demanda mundial de bienes de todas las clases estimularon el crecimiento de una industria china de gran escala, y por tanto creó una clase obrera industrial»20.

Es en estas condiciones que fue fundado en 1921 el Partido Comunista. En los primeros años, el PC tuvo un crecimiento sorprendente. Muy rápidamente arraigó en el emergente y dinámico movimiento obrero chino, sobre todo, inicialmente, entre los trabajadores ferroviarios y marineros. Se caracterizó entonces por su penetración en la clase obrera, aunque recién en 1925 el PCCh logra ganarle la dirección sindical nacional al anarquismo, de fuerte presencia en China en las primeras décadas del siglo XX. En ese período, «el partido trató de organizar a todo el proletariado en una red de sindicatos industriales (…) vinculados en federaciones (…) y todas ellas unidas en un Sindicato General del Trabajo, controlado por el propio partido. En unos pocos años de intensos esfuerzos, un puñado de jóvenes intelectuales (…) logró (…) crear o penetrar y adueñarse de centenares de sindicatos, varias grandes federaciones y una organización nacional que a mediados de 1927, afirmo contar con cerca de tres millones de miembros» (Skocpol, p. 381).

Partimos de Chen Du-Xiu no sólo por ser el verdadero fundador del comunismo chino21, sino porque además configura una escuela opuesta por el vértice a lo que vendría a expresar luego la corriente Mao: «esta filosofía implicaba un total rechazo de la cultura tradicional china en todas sus manifestaciones: budismo, taoísmo y confucionismo. Budismo y taoísmo, porque su sesgo de alejamiento del mundo había paralizado la energía de China por siglos. El confucionismo (…) había sofocado el individuo en una red de obligaciones sociales y familiares. El resultado final, había sido la pasividad, el estancamiento, la impotencia» (Schwartz, pp. 8-9).

Chen ingresa a la vida cultural y política buscando elementos para quebrar esta tradición secular, y encarnó este período fundacional como primer secretario general del partido. Tenía una aspiración que era universalista y cosmopolita en la búsqueda de sacar el país del atraso, y al mismo tiempo antiimperialista, pero no nacionalista en el sentido estrecho del término, como sí lo fue la tradición que encarnó Mao en el período posterior.

Jefe del departamento de Literatura de la Universidad de Pekín, quedó envuelto en la actividad de sus estudiantes en el movimiento del 4 de mayo (1919) en rechazo del vasallaje que se le imponía a China por el Tratado de Versalles.22 Gran organizador de masas y con enorme vocación hacia el proletariado, Chen expresaba, insistimos, una tradición opuesta a la de Mao, cortada de cuajo luego de la derrota de la revolución de 1925-27 y de la burocratización y «campesinización» del PCCH. De hecho, Chen fue destituido del cargo de secretario general del PCCh en agosto de 1927 y expulsado del partido a fines de 1929, acusado por la Komintern de Stalin como «traidor» y dando con sus huesos en las cárceles de Chiang Kai-Shek por gran parte de la década del 30.

La abnegada veta proletaria y socialista de Chen se puede identificar en su apreciación de los ejércitos nacionalistas del Chiang Kai-Shek. Sobre la famosa «expedición al norte del país para enfrentar a los «señores de la guerra», Chen decía en junio de 1926 que estaba «concebida como una acción militar con el objetivo de extender las fuerzas revolucionarias del sur al norte y de derribar los militaristas de Peiyang. Consecuentemente, está concebida como parte de la revolución nacional. No obstante, el verdadero objetivo de la revolución nacional es acabar con el imperialismo y el militarismo por las masas de todas las clases y la liberación de todo nuestro pueblo, particularmente los obreros y campesinos. Sin embargo, si la expedición del norte es llevada adelante por una turba variopinta de aventureros militares y políticos interesados en alcanzar sus objetivos privados, incluso si la victoria es alcanzada, sólo será la victoriapara los aventureros militares y no para la revolución» (citado por Schwartz, p. 57).

También le es característico su ángulo internacionalista, a pesar de que, aparentemente, Chen nunca había salido de China: «Chen se negaba a establecer distinciones entre los explotadores extranjeros y una burguesía nacional progresiva. ‘Si el capitalismo fuera bueno, decía, ‘debería ser bienvenido, sea nacional o extranjero. Si es el diablo, debe ser enfrentado, sea en el interior o en el exterior… sólo nuestros trabajadores pueden obtener el objetivo de la independencia de China. Los llamados capitalistas nacionales, son todos directa o indirectamente compradores del capital internacional. Ellos simplemente ayudan a los capitales extranjeros a explotar China’» (Schwartz, p. 29).

En estas condiciones, Chen tuvo el drama de ceder a la autoridad de la Internacional Comunista –ya bajo el yugo de Stalin–, que obligó a la aplicación de una orientación totalmente oportunista que terminó en los desastres de las masacres de Shanghai (abril) y Cantón (diciembre) en 1927. Sin embargo, sus inclinaciones políticas «naturales» –más allá de su débil formación teórica marxista–, ameritarían definirlo como un proto-trotskistaya en los años 20 (caracterización que también recoge Nahuel Moreno). Así lo señala Schwartz: «debemos concluir en que la actitud de Chen Du-Xiu durante el breve período antes de someterse a la disciplina de la Komintern puede ser definida como «proto-trotskista». El es, como si dijéramos, un trotskista por instinto antes de que el trotskismo emergiera como fenómeno distintivo, y sin la capacidad de Trotsky para la racionalización teórica» (Schwartz, p. 29).

Esto es válido no sólo para el período previo al curso oportunista. Cuando comenzó la pelea abierta dentro del PCCh en 1927, Chen aparece afirmando la necesidad de ser independientes respecto del Kuomintang y de que la revolución agraria se lleve a cabo bajo la hegemonía del proletariado urbano. Al respecto, Schwartz observa que era criticado de «trotskista» por los agentes de Stalin y Bujarin en el partido, aunque Chen no conocía por entonces las posiciones de Trotsky sobre China, acalladas por la burocracia de la III Internacional. Aparentemente, recién tuvo la oportunidad de leer más ampliamente textos de Trotsky durante su estadía en la cárcel, en la primera mitad de la década del 30.

Decía Chen: «El nivel cultural de los campesinos es bajo (…) sus fuerzas están dispersas y están inclinados al conservadurismo… Al ser productores independientes, no son fácilmente proclives a la socialización (…). El campesinado constituye la inmensa mayoría del pueblo chino y es, obviamente, una gran fuerza en la revolución nacional. Si la revolución china no alista a los campesinos, le será más difícil triunfar como una gran revolución nacional» (citado por Schwartz, p. 65). Por esto, agrega que lejos de «dejarle el campesinado a la burguesía, el PCCh hizo grandes esfuerzos (…) para ganar el control del movimiento campesino». Es decir, Chen buscaba ganar a los campesinos sobre la base de afirmar la hegemonía del proletariado. De Chen a Mao hay un quiebre de tradiciones, y ambos representaron tipos acabados de tendencias opuestas.

La revolución de 1925-27

«Los años 1925-27 contemplaron la erupción de todas las contradicciones nacionales e internacionales que desgarraban a China (…). Pero la característica más sobresaliente de los acontecimientos –una característica que no se halla en la siguiente revolución china y que, por tanto, se olvida o ignora fácilmente– fue la revelación del extraordinario dinamismo político de la pequeña clase obrera china (…). Nunca se subrayara lo suficiente que en 1925-27 la clase obrera china desplegó casi tanta energía, iniciativa política y capacidad de dirección como los obreros rusos en la revolución de 1905» (Deutscher, p. 128).

Se trató en realidad de un proceso comenzado en 1919, con el ya citado Movimiento del 4 de mayo de estudiantes y docentes. El período de la década del 20 vio nacer al Partido Comunista fundado por Chen Du-Xiu y un impulso vital de enorme pujanza en la organización de la joven clase obrera china, que dio lugar a esta revolución traicionada y derrotada producto de la política de Stalin.

Con el desarrollo industrial originado por la guerra, el proletariado pasa de uno a dos millones de personas en pocos años, a cuya vanguardia están los 200.000 obreros chinos que habían ido a trabajar a Francia. Recién en 1918 se funda el primer sindicato de trabajadores, pero rápidamente se produce una fusión entre el movimiento estudiantil y el naciente movimiento obrero. Esta emergente organización obrera gira en torno a los marineros de Hong Kong y de los ferroviarios del centro y norte del país. Durante todo 1925 hay grandes luchas obreras, ascenso que tiene su punto culminante en una larga huelga general en Hong Kong que dura meses y que deja de hecho el poder en manos de los piquetes obreros en Cantón. Pero el Kuomintang contraataca y el 29 de julio de 1926 se declara la ley marcial en Cantón y más de 50 trabajadores son asesinados. Sin embargo el ascenso obrero no cede, a la vez que comienza un importante ascenso campesino, expresado en un proceso de organización por distritos que llega a agrupar a 2 millones de miembros en sindicatos campesinos.

Cabe aclarar que en este periodo inicial de la organización campesina vinculada a la revolución obrera en curso en las ciudades, sí hubo elementos de autodeterminación agraria. Harold Isaacs se refiere a esta experiencia, desarrollada en contra de la línea de Stalin: «Stoler, Browder y Doriot descubrieron que en Hunan los campesinos estaban tratando, a su propia manera, de crear precisamente el tipo de órganos locales de poder de los que Trotsky había hablado» (La tragedia de la revolución china, Los Angeles, Stanford University Press, 1951, p 228).

Pero al calor de este proceso, Stalin fuerza la creciente capitulación del PCCh al Kuomintang y rechaza el pedido que le hiciera Chen de que se le entregaran 5.000 fusiles rusos a los obreros. El Partido Comunista fue forzado a entrar el Kuomintang y a subordinarse cada vez más a la dirección nacionalista del Chiang Kai-Shek. A pesar de aceptar las imposiciones de la Komintern en manos de Stalin-Bujarin, en cada caso Chen expresó su disidencia e intentó resistir ese curso, buscando que no se perdiera la independencia del partido. En el caso concreto del levantamiento de Shangai, la Internacional obligó al partido a entregar el poder al Kuomintang. Así las cosas, del 21 de marzo al 12 de abril de 1927 se desarrolló la histórica insurrección en Shangai, que es traicionada y aplastada a sangre y fuego por Chiang Kai-Shek.23

Nahuel Moreno, en su texto ya citado, describe así el proceso: «El PC había organizado en Shangai a 600.000 obreros (…). El 21 de marzo de 1927, los comunistas desencadenaron una huelga que provocó el cierre de todas las fábricas y condujo, por primera vez en sus vidas… a los obreros a las barricadas. Tomaron primero el comisariato de policía, después el arsenal, luego el cuartel y obtuvieron la victoria. Fueron armados 5.000 obreros, se formaron 6 batallones de tropas revolucionarias y se proclamó el ‘poder de los ciudadanos’. Fue el golpe de estado más notable de la historia moderna de China. Un día después, el PCCh saluda la entrada de Chiang como la de un héroe. Es así como este puede preparar el golpe de estado contra los obreros con toda tranquilidad [que] se produce el 12 de abril y es una matanza parecida a la que sufrió el PC de Indonesia en 1963. Con este golpe, se decapita definitivamente a la clase obrera china».

Faltaría todavía un acto en este drama: la comuna de Cantón. Se trató de un levantamiento por el cual los trabajadores controlaron la ciudad por un puñado de días en diciembre de 1927; luego de su derrota (un baño de sangre, con el fusilamiento de miles de obreros y comunistas) la clase obrera quedó efectivamente decapitada. Y aunque hubo períodos en los que se esbozó una tendencia de recuperación, ésta finalmente nunca se concretó.

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La corriente de Mao

Refiriéndose a la revolución del 1925-27, Deutscher la compara con la de 1905 en Rusia: «estos años fueron para China lo que 1905-1906 habían sido para Rusia: un ensayo general de revolución. Con la diferencia, sin embargo, de que en China el partido de la revolución obtuvo del ensayo conclusiones muy diferentes de las rusas. Este hecho, en combinación con otros factores objetivos (…) habrían de reflejarse en las diferencias entre los alineamientos socio-políticos de China de 1949 y de Rusia en 1917» (Deutscher, p. 129).

Es en estas condiciones que emerge la corriente maoísta, a finales de la década del 20. Mao, promediando la década, ya tendía a expresar una orientación estratégica totalmente diferente no sólo de la de Chen Du-Xiu, sino de la generalidad de las corrientes proMoscú que se sucedieron luego de la defenestración del fundador del PC.

«El ‘Informe sobre una investigación del movimiento agrario de Hunan’, escrito por el propio Mao (…), es un documento de un contenido único, que justifica tratar al autor como representativo de una corriente única en el movimiento comunista chino (…) Sería un error asumir que el penetrante juicio de Mao Tse-Tung sobre las potencialidades de los campesinos es simplemente el fruto de su conocimiento del campesino (…). El propio Mao admite no haberse dado cuenta del grado de lucha de clases entre los campesinos hasta el desencadenamiento del incidente del 13 de mayo de 1926» (Fairbank, p. 74). Al parecer, ese año fue de un éxito espectacular en lo que hace a la organización campesina, lo que llevó a Mao a decidirse cada vez más por el trabajo agrario.

Es bajo el influjo de su inmersión en el medio campesino que Mao señala: «La fuerza del campesinado (…) es como la de los vientos enfurecidos y la lluvia. Incrementa rápidamente su violencia. Ninguna fuerza puede interponerse en su camino. El campesinado destruirá todas las redes que lo constriñen y avanzará por el camino de la liberación (…). Las amplias masas del campesinado se han levantado para llevar a cabo su destino histórico. Las fuerzas democráticas de las villas se han levantado para tirar abajo las fuerzas feudales de las aldeas. Acabar con las fuerzas feudales es, después de todo, el objetivo de la revolución nacional» (citado por Schwartz, pp. 74-75). Y este autor agrega: «El elemento que resalta de esta apasionada defensa, es el hecho que se señala al campesinado como tal para llevar a cabo las tareas de ‘enterrar al imperialismo y al militarismo’; que mira hacia las aldeas como el centro estratégico de la acción revolucionaria; que juzga el valor de todo partido revolucionario por su voluntad de ponerse a la cabeza del campesinado. Y el más notable señalamiento en todo el ‘Informe’ es que Mao compara la importancia relativa de la ciudad y el campo en el proceso revolucionario: ‘Si tenemos que calcular el peso relativo de los varios elementos que componen la revolución democrática sobre la base de porcentajes, los pobladores urbanos y militares no alcanzarían más del 30%, mientras que el 70% restante debería asignarse a los logros de los campesinos en las zonas rurales’» (Schwartz, p. 75).

Aquí hay un salto cualitativo respecto de la tradición socialista anterior: el sujeto central de la transformación social ha pasado a ser el campesinado, y el lugar estratégico de la pelea, el campo, no la ciudad. Esto tendría consecuencias estratégicas –no siempre problematizadas del todo– de enorme importancia en lo que hace al propio carácter de la revolución china y de la corriente Mao.

En este sentido, dice Peng en su Informe al III Congreso de la IV Internacional: «Sobre la naturaleza del PCCh, virtualmente todos los camaradas chinos han declarado que es un partido pequeño burgués basado en el campesinado (…). Comenzando en 1930, Trotsky de manera repetida puntualizó de que el PCCh gradualmente había degenerado de partido obrero a partido campesino (…) incluso afirmó que había seguido el mismo patrón que los SR (socialistas revolucionarios) en Rusia (…). Luego de la derrota de la segunda revolución, el PCCh abandonó el movimiento obrero urbano, abandonó el proletariado y giró enteramente hacia el campo. Volcó toda su fuerza a la lucha de guerrillas en las aldeas y absorbió en el partido un enorme numero de campesinos (…). Durante este prolongado período de vida en el campo, incluso asimiló la cosmovisión campesina en su ideología».

 

Un narodniki chino

Es en este marco que Mao va a recoger una tradición ancestral de lucha campesina: la de los rebeldes primitivos o bandidos que se levantaban y vivían en los intersticios de la sociedad, de las provincias y que conformaban una tradición histórica de rebeldía. Es decir, la tradición del bandolerismo social que ya hemos mencionado.

Para Mao, «sólo los campesinos pobres pueden actuar como la vanguardia revolucionaria de las aldeas. Mao repudia vigorosamente las objeciones levantadas en ciertos círculos a la presencia de ‘vagabundos y bandidos’ en las asociaciones campesinas. ‘No son vagabundos y bandidos’ insiste, ‘por el contrario, se trata de líderes agresivos de las asociaciones campesinas (…). Incluso si algunos de ellos han sido vagabundos, la mayoría han cambiado para mejor desde que se asumieron como líderes’» (Schwartz, p. 75).

Mao se apoyó en esta tradición de rebeldía y bandidaje social campesinos como forma de expresión de un sector que no soportaba más las condiciones de explotación y opresión en el campo y que se iba a las fronteras. Una tradición real, pero que no teníanada que ver con las tradiciones de lucha de la clase obrera en las ciudades. Se trataba de algo mucho más emparentado con las tradiciones de las cuales se nutrieron los narodniki (populistas) en Rusia a finales del siglo XIX.

«Todo este curso es extremadamente radical y lleno de espíritu revolucionario. En su conjunto, sin embargo, podría haber sido escrito por un narodniki ruso (…). Hay una constante implicación de que el campesinado por sí mismo será la fuerza principal de la revolución china (…) Sería interesante, sin embargo (…) dejar sentada una de las numerosas reflexiones de Lenin sobre las relaciones entre ciudad y campo: ‘La ciudad (…) inevitablemente lidera a la aldea. La aldea inevitablemente siguen la ciudad. La única cuestión es a cuál de las clases urbana seguirá el campo’» (Schwartz, p. 76).

En el mismo sentido, Nahuel Moreno sostiene que «con el maoísmo se repite un poco el caso de los narodniki (…). Podemos considerarlo también desde el punto de vista de su método de pensamiento y características más evidentes. Aparecía así como provinciano, atrasado, empírico, pragmático, a medias reformistas y revolucionario, con una ideología jacobina, estalinista y marxista, al mismo tiempo que practica la lucha armada (y) un culto repugnante de características semi-bárbaras a la personalidad de Mao, unido a una actitud paternalista. Nada de esto es marxismo» (Las revoluciones china e indochina).

Y también Deutscher: «Mao se hizo gradualmente conciente de las implicaciones de su movimiento, y al justificar la ‘retirada de las ciudades’ reconoció, cada vez más explícitamente, al campesino como la única fuerza activa de la revolución, hasta que, para todos su propósitos e intenciones, volvió finalmente la espalda a la clase obrera urbana». (Deutscher, p. 138). Respecto de la corriente narodniki, pero pensando en el maoísmo, agrega que «la revolución hallaría su amplia base solamente en el campesinado. Sus dirigentes tendrían que ser hombres como los narodniki, miembros de la intelligentsia, que hubieran aprendido algo en la escuela del pensamiento marxista, que hubieran hecho suyo el ideal socialista y que se consideraran los representantes de todas las clases oprimidas de la sociedad rusa. Los narodniki fueron, naturalmente, los zamestiteli clásicos, los archisustituistas, que actuaban como locum tenentes de una clase obrera inexistente y de un campesinado pasivo (los mujiks ni siquiera los apoyaron) y que defendían lo que consideraban que era el interés progresivo de la sociedad en su conjunto» (Deutscher, p. 153). Los paralelos agudos con las características del maoísmo son aquí evidentes.

Al girar su atención y centro estratégico de actividad hacia el campo y el campesinado, es decir, hacia lo más atrasado respecto de lo más avanzado, Mao se convirtió en un populista (como lo eran los propios narodniki) en el sentido profundo del término. Fue un populista, agrarista y campesinista, y siguió siéndolo a lo largo de toda su vida, incluso en la lógica operante detrás de los enfrentamientos internos luego de la revolución con el sector burocrático pro Moscú de Chou En-Lai, Liu Shao-Qi y Deng Xiao-Ping.

Un ejército rojo de base campesina

Entre fines de 1929 y principios de 1930 se puso en evidencia un fenómeno que sería de importancia decisiva para el futuro del PCCh y el desarrollo de la tercera revolución china: el Ejército Rojo campesino.

Su crecimiento fue multitudinario y vertiginoso. En 1928 contaba con menos de 10.000 soldados. A fines de 1929, había por lo menos 12 grupos comunistas armados en siete provincias de China central y del sur, con un total de 20.000 soldados. En abril de 1930 habían subido a 60.000 o 70.000. El PCCh contaba para ese entonces con cinco bases soviéticas en las provincias de Kiangsi y Hupeh. Dos años después, en las ciudades quedaban un puñado de 4.000 a 5.000 militantes (sobrevivientes del «terror blanco» del Kuomintang), mientras que en el campo, en lo que Stalin y sus seguidores llamaron «áreas soviéticas» y bajo protección del Ejército Rojo, había 100.000 militantes campesinos.

León Trotsky dejó señalamientos magistrales acerca del carácter social de los «ejércitos» y guerrillas campesinas chinas, impropiamente llamados «Ejército rojo» en emulación del ejército originado en la revolución bolchevique. Desmentía que fueran fuerzas proletarias, argumentando que el carácter de clase de las organizaciones proviene de la base social real en que se asientan, y no en un partido que se autotitula «comunista» y supuesta encarnación del «proletariado». También señalaba que los cuadros dirigentes de este ejército se reclutaban entre sectores que, al quedar al frente de estas formaciones, se desclasaban, por lo que de ninguna manera se los podía considerar cuadros auténticamente comunistas.

«Entre los dirigentes comunistas de los destacamentos rojos indudablemente hay muchos intelectuales y semi-intelectuales desclasados que no han pasado por la escuela de la lucha proletaria. Por dos o tres años vivieron vidas de comandantes y comisarios partisanos; lucharon en batallas, tomaron territorios, etc. Absorbieron el espíritu del medio. Mientras tanto, la mayoría de la base de los destacamentos rojos consisten en campesinos que asumen el nombre de comunistas con toda honestidad y sinceridad, pero que en la realidad siguen siendo revolucionarios pobres o pequeño-propietarios pobres. En política, el que juzga por denominaciones y etiquetas y no por los hechos sociales está perdido».25

Tanto Skocpol como Schwartz señalan que aun cuando desde Moscú se apremiaba al PCCh –luego de los desastres de Shangai y Cantón– a «tomar las ciudades», varios grupos comunistas comenzaron a gravitar hacia la nueva estrategia de guerra de guerrillas de base campesina.

«El PCCh, después de 1927, se vio obligado a entrar en acuerdo con el campesinado de manera muy distinta a como había ocurrido en Francia y Rusia. Los campesinos podían ser enrolados por la fuerza en ejércitos permanentes dirigidos por profesionales y abastecidos por los centros urbanos. En cambio [en el caso chino] había que persuadirlosde aportar voluntariamente mano de obra y abastos para los Ejércitos Rojos. Los campesinos no darían tal apoyo de manera voluntaria y confiable a menos que los comunistas parecieran estar luchando a favor de sus propios intereses y en un estilo que se conformara a sus orientaciones localistas. La guerra de guerrillas es un modo descentralizado de lucha, y por tanto era potencialmente adecuado a las tendencias campesinas» (Skocpol, p. 394).

En estas condiciones, la forma básica que adoptó el PCCh y sus guerrillas en el campo fue la de «partido-ejército». Es decir, una forma en la que las artes de la guerra tendían a reemplazar los métodos de la lucha política de masas, y en la que el régimen interno de la organización pasaba también a ser dominado por los mecanismos de la disciplina militar, en reemplazo de los de la democracia y la discusión política.

En combinación con la forma anterior se dio hasta cierto punto también la de «partido-movimiento», forma híbrida que combina en su seno reivindicaciones y una organización respecto de la vida cotidiana de su base social, con un programa político más de conjunto, pero cuyo método de acción inmediato es movimientista. Esto es, de «politización» de las reivindicaciones inmediatas y de asunción de tareas de administración de la producción y reproducción de la vida inmediata, pero no inmediatamente de tareas específicamente políticas.

Así, «el Ejército chino fue preparado para ‘unirse’ con el campesinado civil (…) esto significó tratar las vidas, propiedades y costumbres de los campesinos con escrupuloso respeto (…) Siempre que unidades del ejército rojo se apoderaban de zonas ocupadas, trataban de mezclarse con la vida diaria de los campesinos (…) dedicándose a actividades de producción (…) promoviendo la educación política. En suma, para convertirse en ‘un pez nadando en el mar del pueblo’, el ejército rojo hubo de emprender actividades económicas y políticas, así como de combate» (Skocpol, p. 395). Es decir, hasta cierto punto, fusionarse con las masas rurales.

Más allá del discutible grado de «persuasión» y «respeto» respecto del campesinado, estas formas tienen la «ventaja» de crear las condiciones de posibilidad para movilizar masas inmensas, pero al mismo tiempo muy fácilmente derivan en gestiones clientelares y bonapartistas.26 Formas bastante usuales, como ha escrito Marx, en los movimientos de base campesina.

El informe de Peng es aún más directo al respecto: «desde que el PCCh salió de las ciudades hacia el campo en 1928 estableció un sólido aparato y ejército (campesino). Durante veinte años usó este ejército y este poder para dominar a las masas campesinas –como sabemos, los campesinos atrasados y dispersos son más fáciles de controlar– y de allí cobró forma una burocracia persistente y autónoma, especialmente en la manera de tratar a las masas. Incluso hacia los trabajadores y los estudiantes en las áreas del Kuomintang, el partido empleó métodos ultimatistas y engañosos en vez de la persuasión».

Es en conexión con el giro «agrarista» que se produce el descubrimiento del factor militar: «durante este período se toma conciencia de la importancia del factor de la organización militar (…). Sus acciones se desprendían de la asunción de que levantamientos aislados fomentados aquí y allá proveerían las chispas para un incendio que abarcaría el conjunto del campesinado chino. La llama, sin embargo, no se extendió. La naturaleza fragmentaria del campo de China no permitía que se extendiera el contagio político más allá del área inmediatamente afectada. Mao tuvo que darse cuenta en fecha temprana de que, frente al dogma marxista, el campesinado podía aportar de manera independiente una base de masas para la revolución. Durante 1927, tuvo que tomar conciencia de que en un país donde el poder tendía a gravitar en manos de los militares, el poder de masas debía ser conquistado con poder militar» (Schwartz, p. 101). Ya volveremos sobre las consecuencias de esta estrategia y su influencia en el carácter «frío» de la revolución de 1949.

En cuanto a las bases de reclutamiento de tal ejército, «los reclutas iniciales para la guerra de guerrillas podían salir de las filas de los campesinos que habían sido desplazados a emprender actividades ilegales centradas en remotas ‘zonas fronterizas’; es decir, zonas en las montañas y entre diversas provincias». Esto es, entre los «bandoleros sociales».

«Dada la dinámica del agro chino y las condiciones críticas del período, los potenciales reclutas de campesinos desplazados abundaban donde los comunistas más los necesitaban (…) En las zonas de mayor reclutamiento a finales de la década del 20 (Shensi-Kansu-Ningsia y en las montañas de China central llamadas Ching Kang-shan) las «fuerzas revolucionarias»(…) consistían en elementos declassés [desclasados] como bandidos, ex soldados y contrabandistas. Eran guiadas por una combinación de sus propios líderes originarios, además de cuadros del PCCh, habitualmente intelectuales sin ninguna experiencia militar (…) Como los bandidos, estos primeros «ejércitos rojos» tuvieron que solicitar – y frecuentemente, confiscar– recursos de fuera de sus baluartes para poder vivir (…). Además, siempre que era posible, los rojos trataban de atraerse a los campesinos más pobres, confiscando y redistribuyendo las tierras de los campesinos ricos» (Skocpol, pp. 395-396).

Sin embargo, el «bandidismo social rojo» no fue más que una fase transitoria: «las tempranas tácticas de bandidismo social rojo se aplicaron en medios rurales donde las fuerzas militares enemigas eran débiles o estaban divididas (…). Estas tácticas pronto empezaron a dar dividendos en la creación de mayores bases y ejércitos del interior. En 1931, los comunistas lograron establecer el gobierno soviético de Kiangsi, que gobernaba una población establecida que variaba entre 9 y 30 millones» (Skocpol, pp. 397-398).

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Es decir que el PCCh evolucionó a lograr la administración de «zonas liberadas» en el campo habitadas por millones de campesinos, a las que ahora nos referiremos. Agregaremos aquí que «durante la breve vida del Soviet (…) poco o nada lograron en su intento de transformar permanentemente la estructuras políticas y de clase de la aldea (…) pues la administración del soviet siguió siendo rudimentaria y sin llegar nunca directamente a las localidades para desplazar a las elites locales» (Skocpol, p. 398).

Esta experiencia se extendió hasta 1935, cuando el PCCh fue obligado por Chiang a abandonar completamente las regiones centrales más ricas de China y emprender la «Larga Marcha»27 hasta llegar a la zona donde pudieron reagruparse y sobrevivir: la pobre y desolada región rural de Shensi-Kansu-Ningsia, en el noroeste de China.

Estado plebeyo en Yenan

Entre 1937 y 1945 el PCCh y Mao montaron un Estado dentro del Estado nacionalista: el «gobierno soviético de Yenan» en la zona noroccidental del país. Luego de la Larga Marcha, los acontecimientos de la invasión de Japón a China determinaron que los comunistas tuvieran tiempo de atrincherarse sólidamente en el noroeste y de que disfrutaran circunstancias favorables para extender su movimiento y tener bases territoriales en una gran zona de China del Norte.

Es en estas condiciones que se terminó estableciendo en 1937 el «frente unido antijaponés» (de tipo «unión nacional»), que marcó un crudo giro a la derecha del PCCh, en consonancia con el período de los Frentes Populares en Europa.

A cambio, la base de Yenan y otras se favorecieron con el habitual tipo de subsidiospagados por el gobierno nacionalista a los regímenes regionales aliados. Así, durante un tiempo, se beneficiaron de la ausencia relativa de oposición militar de las tropas del Kuomintang.

Durante este período de «frente único», el PCCh actuó de manera esencialmente conservadora, negándose redondamente a llevar a cabo la reforma agraria en las zonas que controlaba. Esto recién cambió en 1947, luego de inmensas vacilaciones y ante el peligro del asedio del Kuomintang, que rompió los acuerdos de «unidad nacional» firmados «honestamente» por Mao en 1946.

Estos «Estados plebeyos»28 en las «zonas liberadas» sirven como demostración de que puede haber formaciones híbridas no orgánicas, tal como señala Moreno en Las revoluciones china e indochina, si bien está claro que en los casos de Hunan (década del 20), Kiangsi (primera mitad de los 30) y Yenan se trataba de experiencias que no se habían desarrollado a escala nacional sino regional, favorecidas por la propia desintegración de la unidad nacional del país y con nula industrialización.

Moreno sostiene muy agudamente que «el maoísmo actual es el resultado de la lucha y triunfo de las zonas liberadas del ocupante japonés. Surge en esas zonas un Estado plebeyo popular, cerrado sobre sí mismo, con una economía primitiva con influencia de los terratenientes y campesinos ricos, totalmente independiente del imperialismo pero ligada al estalinismo mundial (…). La inexistencia de influencia imperialista y de una burguesía regional sólida le da un carácter sumamente independiente a su gobierno y el partido. Junto a ello, un carácter primitivo, bárbaro, campesino, como así también jacobino-popular. Su centralización y bonapartismo no le viene sólo de su carácter de árbitro entre el estalinismo, las masas y las distintas clases agrarias, sino también de la atomización campesina».

Aquí aparece el rasgo común y específico de las burocracias estalinistas: su alto grado de independencia relativa, su carácter de «algo más que una mera burocracia», al no tener a su lado una burguesía nacional.

Entre estos «Estados» –los ya señalados de Hunan y los soviets agrarios de 1931-35– existen diferencias específicas. La experiencia de los 20 terminó en un desastre; la de 1931-35, se apoyó en una reforma agraria radical; la de 1937-45 fue conservadora, sin tocar las tierras de los terratenientes.

En este marco, la experiencia de Yenan fue la que alcanzó mayor escala:

«Hacia 1942, los comunistas chinos comprendieron la necesidad de alcanzar un nivel superior de movilización de masas en apoyo del esfuerzo de guerra contra Japón y la guerra civil contra los nacionalistas. Sus agudas necesidades les llevaron a crear métodos concretos para vincular el esfuerzo militar y los problemas sociales rurales y económicos en un sólo programa de movilización de guerra, que penetrara en cada aldea y en cada familia abarcando a cada individuo. Este programa, al principio, no requirió una total lucha de clases contra los terratenientes y campesinos ricos; antes bien, se vio a los cuadros del partido trabajar directamente con los aldeanos para mejorar la producción económica. En realidad, la mayor productividad agrícola se hallaba en la base de si las zonas bloqueadas podrían sobrevivir. Y esta producción incrementada, se hizo sobre la vieja base de propiedad, sin introducir reformas sustanciales, es decir, de manera conservadora.

«Tanto Mark Selden como Franz Schurman insisten en que el Movimiento Cooperativo lanzado por el PCCh en 1943 fue significativo no sólo como recurso para aumentar la productividad agrícola, sino también como medio por el cual se desarrollaron nuevas pautas de organización y liderazgo dentro de las aldeas del norte de China. Este movimiento cooperativo fue la primera verdadera ocasión en que el partido participó activamente a nivel de aldea en las actividades productivas que eran la esencia misma de la existencia campesina».

«En realidad [recién] en 1946-47 (…) los comunistas instituyeron una política de radical reforma de la tierra en las zonas liberadas. Todas las tierras de los terratenientes, institucionales y de campesinos ricos serían confiscadas y redistribuidas entre los campesinos pobres y de ingresos medios, tan cerca como fuera posible de una base de absoluta equidad individual de propiedad de la tierra, sin consideración de sexo y edad. Tal política estaba calculada para promover la estabilidad interna durante un período en que las zonas liberadas estaban pasando por una movilización total para la guerra civil. Y, como lo indica Schurman, durante los períodos anteriores y posteriores a 1949, en que la alta productividad económica y/o máximo control administrativo habían sido sus objetivos principales, los comunistas chinos han evitado las políticas radicales de «lucha de clases»» (Skocpol, pp. 406-407).

La naturaleza política del campesinado

Es importante dejar establecido el marco teórico-histórico de la apreciación del rol del campesinado según la tradición del marxismo. Para esto, nos apoyaremos en la monumental obra de Hal Draper La teoría de la revolución en Karl Marx (Karl Marx’s Theory of Revolution), lo que no significa que suscribamos sus tesis «colectivistas burocráticas» respecto de la URSS. Por otra parte, Draper no toca de manera directa el tema en esta obra, que es en conjunto muy educativa y en algunos casos roza lo genial.

Discutiremos aquí el rol del campesinado en la revolución proletaria (no las pautas de rebeldía campesina en general), porque hace a las características de su acción colectiva en la circunstancia histórica en la que queda atrapado entre la burguesía propietaria y el proletariado desposeído de toda propiedad – contradicción que se produce porque el campesinado también es propietario o aspira a serlo–, y en la que no se dan las condiciones para el desarrollo de una revolución socialista agraria.

«Los griegos tienen una palabra para el tipo de mentalidad social que Engels estaba describiendo en sus cuadernos de viaje: la persona privatizada, fuera de preocupaciones publicas, apolítica en el sentido original de aislada de la comunidad sociopolítica como totalidad. La palabra era idiotas (…). El Manifiesto Comunista remarcaba ‘dem Idiotismus des landlebens’, esto es, el apartamiento privado de la vida rural (…) En La ideología alemana, el factor subrayado es el aislamiento y la dispersión del campesinado, en adición a sus intereses comunes (como propietarios) con los grandes terratenientes. El factor de dispersión fue también muy enfatizado por los últimos escritos de Engels (…) El problema con los campesinos suizos –y con la vida rural en general– es la inmovilidad, el sopor social, la estasis» (Draper, vol. II, pp. 344 y 347).

Estasis, quietismo, zombis, mentalidad provinciana… idiotas. Son las duras palabras de Marx con las que califica la media de la mentalidad campesina originada en sus condiciones mismas de existencia, de aislamiento, de apartamiento en la vasta extensión rural. Suena fuerte, pero así es como definen Marx y Engels la mentalidad y las características políticas del campesino promedio y, como dice Draper, «no se trata de insultos sino de regularidades sociales del campesinado». De ahí las facilidades que encuentran quienes quieren montarse sobre gestiones burocrático-paternalistas, como el caso del PCCh.

Sobre esta base se asienta la realidad material y moral del campesinado, cuyas consecuencias políticas se ilustran a partir de un comentario de la famosa cita de Marx sobre el campesinado francés de su época:

«En el 18 Brumario Marx enfatiza otro aspecto que no puede resumirse en la dispersión; es la atomización (…) Los pequeños propietarios campesinos forma una vasta masa (…) Cada familia individual es prácticamente autosuficiente (…). En esta medida, la gran masa de la nación francesa está formada por la simple adición de magnitudes homólogas, así como las papas en una bolsa forman una bolsa de papas (…)

«Una bolsa de papas no va a ninguna parte salvo que alguien la lleveLa atomización del campesinado como clase tiene consecuencias políticas para la dinámica de la revolución. Una de las características políticas básicas del campesinado, es su relativa carencia de iniciativa social, y su necesaria dependencia de la iniciativa y liderazgo de una de las clases urbanas en cualquier movimiento revolucionario» (Draper, II, p. 348). Este es el análisis clásico de Marx sobre las clases campesinas.

Sin embargo, respecto de la revolución china de 1949, sin duda el campesinado fue la principal base social y, en ese sentido, fue una revolución campesina. Incluso más: al llegarse a la expropiación generalizada de los capitalistas, sin que esto fuera parte de una auténtica revolución obrera y socialista, esta revolución expresó una acción histórica del campesinado mayor a la prevista. No fue una «revolución campesina socialista». Pero sí es verdad que el campesinado fue más lejos en la senda anticapitalista de lo que estaba planteado por la experiencia histórica anterior. En este sentido, Schwartz es agudo cuando señala que Lenin dejaba abierta la posibilidad de que el campesinado pudiera ser capaz, en Rusia, de cierta creatividad histórica limitada (lo que él llamaba «las dos almas» del campesinado).

Sin embargo, esto no niega que se tratara en China de un campesinado encuadrado burocráticamente, dadas sus características estructurales y sociopolíticas. Y que, por tanto, hayan brillado por su ausencia los elementos de verdadera autodeterminación, lo que no necesariamente ha sido un rasgo de todo movimiento campesino contemporáneo.

Los patrones clásicos, de una manera original, estuvieron sin embargo muy presentes en la revolución china de 1949: hubo un grado mayor de independencia, pero no de orden «histórico», por lo que no dio lugar a un Estado obrero y terminó reabsorbida en pocas décadas. Más allá de que, sobre esta base social y apoyándose en el peso inmenso del aparato estalinista promediando el siglo XX, se llegó a la expropiación de la burguesía.

Respecto de la carencia de autodeterminación campesina, Marx afirma en el 18 Brumarioque «los campesinos son incapaces de llevar adelante sus intereses de clase en su propio nombre (…). No se pueden representar a sí mismos, necesitan ser representados». Algo de esto creemos que es la clave de la relación entre los campesinos chinos y el PCCH ante la total ausencia del proletariado.29

Esto deriva en la discusión acerca de las posibilidades de acción campesina independiente, que en general la tradición del marxismo revolucionario ha negado. Creemos que en términos históricos esto ha sido comprobado. Sin embargo, en condiciones específicas y limitadas, la «independencia» relativa de un campesinadoencuadrado burocráticamente y yendo más allá del capitalismo fue un hecho.

Pero no queremos marcar si los alcances de este hecho necesariamente debían introducir una modificación a la teoría de la revolución30, sino precisamente sus límites. Que son, al mismo tiempo, la confirmación de los límites de los alcances históricos de esta acción.

«Los pequeños campesinos, escribió Engels en 1847, pueden ser valorados en su gran coraje (…) pero son incapaces de toda iniciativa histórica. Incluso su emancipación de las cadenas de la servidumbre se realizo sólo bajo la protección de la burguesía (…). Los pequeños campesinos son la clase que en nuestros tiempos es la menos capaz de tomar una iniciativa revolucionaria. Por 600 años, todos los movimientos progresivos han venido de las ciudades (…). El proletariado industrial de las ciudades se convirtió en la piedra angular de toda la democracia moderna; el pequeño burgués, y aún más el campesino, son completamente dependientes de su iniciativa» (Draper, II, p. 350).

La experiencia de China fue, entonces, hasta cierto punto distinta y excediendo el patrón histórico. Sin embargo, estas características que venimos señalando no dejaron de tener graves consecuencias a la hora del encuadramiento burocrático de la revolución, de la ausencia de vínculos con al proletariado y de la dificultad para pasar de una revolución anticapitalista a una auténticamente socialista.31

Cabalgando sobre las masas rurales

Moreno señala, casi al pasar, que el maoísmo «triunfa a caballo de una revolución de los campesinos pobres del norte de China». Una figura muy similar utiliza Draper: «El cabalgar sobre el campesinado tiene otro costado. Siempre ha estado acompañado por el ‘culto al campesino’ –la idealización y glorificación del campesino y de sus virtudes rurales– usualmente por los intelectuales urbanos (…). En los tiempos de Marx, era Bakunin el más prominente representante de esta combinación.

«El culto campesino de Bakunin era calculado. Lo que glorificaba en el campesinado era precisamente su ‘barbarismo’ (…) Todas las características por las cuales para Marx el campesinado era impresentable como clase revolucionaria de vanguardia, para Bakunin eran precisamente las razones para elegirlo como su instrumento de destrucción (junto con el lumpen-proletariado) (…) La contrapartida bakuninista del socialismo bonapartista no era un zarismo socialista (…) sino un socialismo campesino. Para Marx, esto pertenecía a la misma categoría del ‘socialismo reaccionario’ y el ‘socialismo pequeño-burgués’, analizado en el Manifiesto Comunista. Tuvo ocasión de enfatizar esto en sus notas marginales al libro de Bakunin Estado y Anarquía (…). En alguno de estos pasajes, Marx sugiere por qué la concepción de una revolución social progresiva basada en el campesinado era una ilusión» (Draper, II, pp. 356-57).

El marxista estadounidense cita luego textualmente a Marx: «Una revolución social radical está atada a ciertas condiciones históricas de desarrollo económico; éstas últimas son su prerrequisitos. Es, por tanto, sólo posible donde al lado de la producción capitalista, el proletariado industrial ocupa como mínimo una posición importante respecto de la masa de la población… Pero Bakunin no comprende absolutamente nada acerca de la revolución social, sólo sus frases políticas; sus condiciones económicas no existen para él. Desde que las condiciones económicas, desarrolladas o subdesarrolladas, implican la sujeción de los trabajadores (sea en la forma de trabajadores asalariados, campesinos, etc.), cree que en todas ellas es igualmente posible una revolución social. Pero hay más. Quiere que la revolución social europea, que está basada en los fundamentos económicas del capitalismo, sea llevada adelante en el nivel de los pueblos agricultores y pastores de Rusia y los eslavos, y que no vaya más allá de este nivel.

«La voluntad, no las condiciones económicas, es el fundamento de su revolución social. En el caso de la teoría de la revolución campesina, la voluntad tiene que ser impuesta no sólo en la historia, sino también sobre el campesinado. El concepto bakuninista de la revolución anarquista es una variante moderna del viejo patrón de cabalgar sobre el campesinado hacia el poder político» (Draper, II, p. 357).

En conclusión, autodeterminación campesina no es lo mismo que «domar el potro» del campesinado para llevarlo hacia el poder. Y éste último fue precisamente el rol del PCCh en la revolución china: una cabalgata sobre una revolución agraria auténtica, posiblemente la mayor de la historia, pero que fue bloqueada respecto de una verdadera dinámica socialista. En estas condiciones, la revolución china fue realmente una inmensa revolución democrática, agraria, nacional, antiimperialista y anticapitalista. Pero no fue obrera ni mucho menos socialista.

 

 

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