Después del exitoso acto de la semana pasada contra reforma laboral, los dirigentes sindicales convocantes aquietaron las aguas. Los que fueron más papistas que el Papa, los que fueron retados por él, los que no abrieron la boca, los que se juegan a la conducción del Club Atlético Independiente (los Moyano y Palazzo), se fueron al mazo.

No dijeron nada en el momento que el gobierno quiere apurar el trámite en el Congreso, para que sea eso, justamente, sólo un trámite burocrático, que la discusión no trascienda sus paredes y continúe en los lugares de trabajo, de estudio, en las calles. O mejor dicho, algunos, como el dirigente del sindicato de Dragado y Balizamiento, Juan Carlos Schmid, dijo que “la lapicera legislativa ahora la tiene el Senado” (El Cronista, 2/12/17).

Eso es lo que ellos quieren y pretenden. Pero no siempre las pretensiones se dan, sobre todo si, aunque estemos cerca del fin de año y de las añoradas vacaciones, a la concentración en Congreso se agrega un murmullo que aumenta, se hace más fuerte, de la duda se llega a la certeza de que nos “van a joder en grande”.

En la cúpula cegetista, aunque se hayan distanciado la semana pasada, siguen siendo por ahora del mismo país: el que apoya al gobierno de Macri y sus CEOs.

La grieta se puede agrandar

Al apuro del gobierno en sancionar la ley y al silencio de los dirigentes cómplices, tenemos que cerrarles el paso, haciendo más pública y explícito nuestro malestar, nuestra disconformidad que ya no es un titubeo, sino una voz firme.

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Porque, junto con las charlas dentro de los lugares de trabajo, los volanteos, se empieza a sentir una nueva ola de despidos en el Estado y en la industria privada, los tarifazos llegan a las casas antes que las confituras y los panes dulces. Y nos empieza a “caer la ficha” en cuotas o abruptamente, pero ya no somos observadores neutrales.

En algunos compañeros con desesperanza, en otros con confusiones, pero la bronca va en crescendo. “Esta es una reforma para liquidarnos”. Ya no es una sensación, es una realidad palpable. Y dependiendo del grado de conciencia de la “catástrofe que se avecina” si se aprueba la ley, en nuestras cabezas, se empieza a buscar la forma de organizarse para combatirla.

La pelea recién  comienza, la grieta que se abrió en la dirigencia sindical nos permitió “colarnos”. Pero no se hizo un precipicio por el cual podamos tirar abajo a los dirigentes traidores y reemplazarlos por los que necesitamos para pelear. No por ahora. Pero sí seguramente al final de un camino.  Ahora es el momento de profundizar el camino iniciado con la convocatoria al Congreso, aprovechando las pequeñas y grandes grietas que se abren por abajo y por arriba, en las reuniones de delegados zonales y por distrito, apoyando los conflictos, haciendo oír nuestro rechazo, avanzando en nuestra organización independiente, mientras mantenemos nuestra exigencia de:

¡Abajo la reforma laboral! ¡Paro general ya!

 

Ana Vázquez

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