Artículo aparecido en International Viewpoint

Traducida por Florencia Alegría para Izquierda Web


 

El año pasado, durante el pico de la guerra comercial con Estados Unidos, trascendió que un alto funcionario chino había jurado que China seguiría desafiando el hostigamiento por parte de Estados Unidos, aun si eso requería que durante un año el pueblo chino comiera pasto en lugar de arroz.

A principios de 2020, se presenció un segundo golpe a las exportaciones de China: la pandemia de coronavirus.

Signos de una economía en contracción

Aunque durante la última década la dependencia a las exportaciones ha estado decayendo paulatinamente en China, un cuarto de su mano de obra activa (200 millones de trabajadores) todavía depende del sector exportador para conseguir trabajo. Las ciudades costeras más importantes son Shanghai, Shenzhen y Guangzhou. Dependen enormemente de la inversión extranjera que se contabiliza entre un 60 o 70 por ciento del PBI de esas ciudades. No sorprende ver en el PBI nacional una contracción interanual del 6,8 por ciento durante el primer cuatrimestre del 2020. Por primera vez en treinta años, China ha abandonado su meta anual del PBI para el 2020.

La información oficial sobre el desempleo sostiene un porcentaje del 5,9 por ciento, pero nadie se lo cree. Uno de los mayores errores de las cifras oficiales es que solo cuentan a los que poseen un registro de residencia urbana, por lo que excluyen a los trabajadores migrantes del campo. Un reporte diplomático ascendió la cifra a un 12 por ciento, número que posee un amplio acuerdo. Otro reporte ha aumentado la cifra a un 20 por ciento, o 70 millones de desempleados. En China, el partido sigue maquillando los números para que su desempeño parezca bueno.

A su vez, puede que el 2020 sea el año en que el crecimiento de la recaudación pública se vuelva negativo por primera vez en treinta años. Esto puede llegar a poner en un riesgo mayor a los fondos de las jubilaciones en la medida en que se han estado quedando sin dinero a pesar de los subsidios gubernamentales. La recesión en el mercado inmobiliario, que ha sido uno de los principales pilares del crecimiento, también es malas noticias: los gobiernos municipales no pueden vender a las inmobiliarias tanta tierra a un precio favorable, como hacían antes, y han visto también una caída en sus ingresos.

Esto también va a repercutir en su capacidad para pagar préstamos, los gobiernos municipales están enormemente endeudados. Desde la crisis financiera del 2008, los gobiernos locales han impulsado los Vehículos de Financiamiento del Gobierno Local (LGFV por sus siglas en inglés) para pedir prestado dinero para invertir en infraestructura con el objetivo de impulsar la demanda (también permite que los funcionarios roben fondos públicos de los proyectos del Estado). Gran parte de la deuda está oculta, pero se estima entre los 16 y 42 trillones de RMB (entre los 2.3 y 6 trillones de dólares).

Un informe del Banco de Pagos Internacionales estimó que la deuda total de China ronda el 256 por ciento de su PBI. Advirtió que es lo suficientemente alta para llevar a una crisis bancaria. Sin embargo, es necesario ser conscientes de que, a diferencia de la deuda de muchos países de ingresos medios, la deuda de China es en gran medida local, nominada en RMB, no en moneda extranjera. Por lo que está más sujeta al control gubernamental.

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Promover el consumo interno

Con el deterioro de la relación con Estados Unidos, la respuesta más reciente a la aguda caída de las exportaciones por parte de Beijing ha sido promover “el sistema de circulación interna”, es decir, incentivar la demanda interna. Esta demanda tiene dos fuentes: la inversión y el consumo en los hogares. Un aumento en las inversiones no es la respuesta en cuanto que China ya ha sufrido de una sobre-inversión. La extrañamente alta tasa de inversión de más del 40 por ciento del PBI es el resultado de una larga estrategia de industrialización promovida por el Estado.  Sin embargo, ha reducido los salarios de los trabajadores y los ingresos de los campesinos, por lo que también ha debilitado el consumo en los hogares. Mientras que un consumo interno del 60-70 por ciento del PBI se considera normal internacionalmente, en China siempre ha sido más bajo, en promedio tan bajo como un 50 por ciento entre 1952 y 2019[1]. Lo que resulta más alarmante es su continua caída, del 47,7 por ciento en el 2000 al 34,6 por ciento en 2010; desde entonces, ha vuelto a subir pero solo levemente, a un 38,8 por ciento en 2019.

Corregir esto requeriría una redistribución de la riqueza, con un aumento significativo en los ingresos de los trabajadores para permitirles comprar lo que se produce nacionalmente. El régimen se ha dado cuenta del peligro de un problema tan estructural hace tiempo y, por más de una década, repetidas veces han reivindicado una reforma para subir el componente salarial en el PBI. Sin embargo, han fallado en llevarla adelante ya que aumentar el ingreso de los pobres va en contra de sus propios intereses. Prefieren resolver el problema exportando el capital excedente, de ejemplo tenemos la Iniciativa de la Ruta de la Franja y la Ruta[2]. Sin embargo, a vistas de los inicios de una competencia mundial con Estados Unidos, esa salida para el problema de China se ve cada vez menos prometedora.

Estado vs Capital Privado

Beijing se enfrenta ahora a su mayor desafío desde la represión del movimiento democrático en 1989. Está empezando a ponerse en contra de su antiguo aliado, la clase empresarial privada. Económicamente hablando, la clase empresarial privada, aunque no tan fuerte como el capitalismo de estado, sigue siendo fuerte. Hoy en día, el sector privado de China representa más de la mitad del PBI, aunque es el Estado el que monopoliza los altos mandos de la economía.

Sin embargo, los capitalistas privados son absolutamente impotentes desde el punto de vista político, y han sido el blanco de la coerción estatal desde que arrancó la crisis económica. Con el pretexto de luchar contra la corrupción, en los últimos años Xi Jinping encarceló a muchos magnates, entre ellos Wang Jian del Grupo HNA, Wu Xiaohui del Grupo de Seguros Anbang y la estrella de cine Fan Bingbing.

Desde finales de 2018, el Estado ha comenzado a promover la idea de que China tiene que fortalecer más el sector estatal a expensas del sector privado. Desde entonces, 41 empresas privadas que cotizan en bolsa han vendido algunas de sus acciones al Estado, y es el Estado el que prácticamente las controla ahora.

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El anterior período de prosperidad económica permitió el crecimiento simultáneo de las empresas públicas y el sector privado, dada la profundidad de la reforma del mercado y el enorme tamaño del país.

Los trabajadores tuvieron que romperse la espalda para satisfacer a sus jefes y a los jefes del partido, pero todavía podían conseguir trabajo. La llegada de una nueva etapa de crecimiento más lento ha hecho cada vez más difícil satisfacer simultáneamente la codicia de las empresas privadas y los jefes de los partidos, por no hablar de las necesidades de los pobres. De ahí viene la tensión entre los capitalistas estatales y los capitalistas privados. A su vez, esto ha incentivado a  los últimos a la fuga de capitales.

Los pobres sufren

Las clases bajas de la sociedad china ahora se encuentran en una situación cada vez más grave. Hay mucha menos actividad industrial este año que el año pasado. La pandemia y la recesión económica han impulsado a muchos trabajadores rurales migrantes a quedarse en sus pueblos de origen. Los que tienen la suerte de tener un trabajo en las ciudades se han vuelto más conformistas.

En mayo, un comentario hecho por el Primer Ministro Li Keqiang no solo puso de nuevo el foco en los millones de trabajadores pobres, también podría sugerir desacuerdo entre los de arriba. Dijo que China tiene 600 millones de personas con un ingreso mensual de 1.000 RMB, esto es más del 40% de la población china. Como un reportero comentó, ese monto no alcanza ni para los gastos mensuales del almuerzo de un empleado en las grandes ciudades.

Li Keqiang dijo esto en medio de un gran esfuerzo de Xi Jinping para erradicar la pobreza absoluta en China para finales de este año, elevando a China al nivel de «xiaokang», o una «sociedad moderadamente próspera». El comentario de Li es una cachetada en la cara de Xi.

Lo que molestó todavía más a Xi fue que Li presionara a los gobiernos locales para que apoyaran a los vendedores ambulantes como una forma de proporcionar trabajo a los desempleados. Se considera que esto desacredita la sociedad «xiaokang» de Xi. Pronto los medios de comunicación se llenaron de ataques a la economía de los «vendedores ambulantes». Este evento ha expuesto diferencias entre los de arriba en medio de una crisis económica. Incluso si Li es más realista en su política, sería la burocracia la que la implemente. El problema es que esta burocracia nunca es neutral; constituye el núcleo de la clase explotadora. Pronto trascendió que las ciudades que habían proporcionado un espacio público para los vendedores ambulantes también aprovecharon la oportunidad para cobrarles grandes peajes, que se multiplicaron por diez en algunas ciudades.

En la crisis económica, muchos chinos se alimentan de «pasto» ahora, pero definitivamente la carga está distribuida de manera desigual. Una vez más, son los trabajadores pobres los que sufren. Los jefes del partido siguen disfrutando de su más que «moderadamente próspero» estilo de vida.


 

[1] CEIC “China Private Consumption: % of GDP”.

[2] TNI, 29 October 2019 “The Belt and Road Initiative (BRI)”.

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