Escrito por Engels de mayo 1872 a enero de 1873. Publicado por vez primera en el periódico Volkstaat, núms. 51-53, 103 y 104, del 26 y 29 de junio, 3 de julio, 25 y 28 de diciembre de 1872; núms. 2, 3, 12, 13, 15 y 16 del 4 y 8 de enero, 8, 12, 19 y 22 de febrero de 1873 y en tres sobretiros aparte, publicados en Leipzig en 1872 y 1873.

Traducción del Marxist Internet Archive.


I

En el núm. 86 del «Volksstaat», A. Mülberger se declara autor de los artículos que he criticado en los núms. 51 y siguientes de este periódico[*]. En su contestación [32] me abruma con tal serie de reproches y confunde hasta tal extremo los problemas de que se trata, que me veo en la necesidad de contestarle. Intentaré dar a mi réplica —la cual, a pesar mío, habrá de tomar el tono de polémica personal, que, en gran parte, me es impuesto por el propio Mülberger— un interés general, desarrollando otra vez, y a ser posible más claramente todavía, los puntos principales, aún so pena de oír decir a Mülberger que todo eso «no contiene nada esencialmente nuevo para él ni tampoco para los demás lectores del «Volksstaat»».

Mülberger se queja de la forma y del contenido de mi crítica. En lo que se refiere a la forma, me bastará contestar que en aquel momento ignoraba completamente de quién procedían los artículos en cuestión. No podía tratarse, pues, de una «prevención» personal contra su autor; pero sí estaba «prevenido» contra la solución del problema de la vivienda desarrollada en estos artículos, por cuanto la conocía desde hace mucho tiempo por Proudhon, y mi opinión, en este aspecto, estaba firmemente establecida.

En cuanto al «tono» de mi crítica, no lo quiero discutir con el amigo Mülberger. Cuando se está en el movimiento desde hace tanto tiempo como lo estoy yo, se le acaba por endurecer a uno la epidermis contra los ataques, y se supone fácilmente que lo mismo les ocurre a los demás. Pero esta vez, para indemnizar a Mülberger, intentaré poner mi «tono» en armonía con la sensibilidad de su epidermis.

Mülberger se queja sobre todo amargamente porque le he llamado proudhoniano, y protesta que no lo es. Naturalmente, he de creerle, pero aduciré pruebas que demuestran que los artículos en cuestión —y solamente a ellos me he referido— no contienen más que puro proudhonismo.

Pero, según Mülberger, también critico a Proudhon «a la ligera» y cometo con él una injusticia:

«La teoría sobre el carácter pequeñoburgués de Proudhon se ha convertido en Alemania en un dogma corriente, que muchos profesan sin haber leído una sola línea suya».

Y cuando lamento que los obreros de los países latinos no tengan otro alimento intelectual, desde hace veinte años, que las obras de Proudhon, Mülberger me contesta que entre estos obreros «los principios, tales como los ha formulado Proudhon, constituyen en casi todas partes el alma viva del movimiento». Esto tengo que refutarlo. En primer lugar, el «alma viva» del movimiento obrero, en ningún sitio reside en los «principios», sino, en todas partes, en el desarrollo de la gran industria y en sus efectos: en la acumulación y concentración del capital por un lado, y del proletariado por otro. En segundo lugar, no es cierto que los pretendidos «principios» de Proudhon desempeñen entre los obreros de los países latinos el papel decisivo que les atribuye Mülberger, ni que «los principios de la anarquía, de la Organisation des forces économiques [**] y de la Liquidation sociale [***], etc., se hayan convertido entre ellos… en los verdaderos portadores del movimiento revolucionario». Sin hablar de España ni de Italia, donde la panacea universal de Proudhon ha ganado alguna influencia tan sólo en la forma todavía más desfigurada por Bakunin, es un hecho notorio, para quien conoce el movimiento obrero internacional, que en Francia los proudhonianos no forman más que una secta poco numerosa, mientras que las masas de los obreros no quieren saber nada del plan de reforma social proyectado por Proudhon con el título de Liquidation sociale y de Organisation des forces économiques. Se ha visto, entre otras circunstancias, durante la Comuna. Aunque los proudhonianos estaban poderosamente representados en ella, no se hizo ni el menor intento de liquidar a la vieja sociedad o de organizar las fuerzas económicas según los proyectos de Proudhon. Muy al contrario, es el mayor honor para la Comuna, que el «alma viva» de todas sus medidas económicas no hayan sido algunos principios cualesquiera, sino… la simple necesidad práctica. Y ésta fue la razón de que dichas medidas —supresión del trabajo nocturno de los panaderos, prohibición de las multas en las fábricas, confiscación de las fábricas y talleres cerrados y su entrega a las asociaciones obreras— no tuviesen nada que ver con el espíritu proudhoniano, sino con el del socialismo científico alemán. La única medida social que los proudhonianos hicieron aceptar fue la de no confiscar el Banco de Francia, y ésta fue, en parte, la razón por la cual cayó la Comuna. Del mismo modo, los llamados blanquistas, en cuanto intentaron transformarse de simples revolucionarios políticos en una fracción obrera socialista con un programa determinado —como ocurrió con los blanquistas emigrados en Londres en su manifiesto «Internationale et Révolution»— no proclamaron los «principios» del plan proudhoniano para la salvación de la sociedad, sino —casi palabra por palabra— las concepciones del socialismo científico alemán sobre la necesidad de la acción política del proletariado y de su dictadura, como paso hacia la supresión de las clases y, con ellas, del Estado, tal como aparece indicado ya en el «Manifiesto Comunista» [****] y como, desde entonces, ha sido repetido un número infinito de veces. Y si Mülberger deduce del desdén manifestado por los alemanes hacia Proudhon, que aquéllos no comprenden bien el movimiento de los países latinos «incluyendo la Comuna de París» que nos cite, pues, para comprobar esta incomprensión, un texto en alguna lengua, neolatina, que haya demostrado, siquiera sea aproximadamente, una comprensión tan acertada de la Comuna y la haya expuesto de una manera tan justa, como en el «Manifiesto del Consejo General de la Internacional sobre la guerra civil en Francia», escrito por el alemán Marx [*****].

El único país donde el movimiento obrero está directamente bajo la influencia de los «principios» proudhonianos, es Bélgica. Y esto precisamente porque el movimiento belga va, como diría Hegel, «de la nada, a través de la nada a la nada» [33].

Cuando considero una desgracia el que durante veinte años los obreros de los países latinos no hayan tenido, directa o indirectamente, más alimento espiritual que las obras de Proudhon, no me refiero a la dominación verdaderamente mítica de las recetas reformadoras de Proudhon —lo que Mülberger llama los «principios»—, sino a que su crítica económica de la sociedad actual está contaminada por una fraseología proudhoniana completamente falsa, y su acción política, viciada por la influencia proudhoniana. Saber quiénes «están» (stehen) «más en la revolución», si los «obreros proudhonizados de los países latinos» o los obreros alemanes —los cuales, en todo caso comprenden infinitamente mejor el socialismo científico alemán que los latinos comprenden a su Proudhon— es cosa que no podremos contestar mientras no sepamos lo que quiere decir «estar en la revolución». Se ha oído hablar de gente que «está en el cristianismo, en la verdadera fe, en la gracia de Dios», etc. Pero, ¡«estar» en la revolución, en el movimiento más violento! ¿Es, acaso, la «revolución» una religión dogmática, en la cual sea preciso creer?

Mülberger me reprocha, además, el haber afirmado, contra los términos expresos de su trabajo, que él consideraba el problema de la vivienda como un problema exclusivamente obrero.

Esta vez Mülberger tiene verdaderamente razón. Se me había pasado el párrafo en cuestión. Y esto no tiene excusa, porque es de los más característicos de toda la tendencia del tema que trata. En efecto, Mülberger escribe lisa y llanamente:

«Como se nos ha hecho múltiples y repetidas veces la objeción risible de que hacemos una política de clase, de que aspiramos a una dominación de clase y otras cosas más del mismo tipo, afirmamos inmediata y expresamente que la cuestión de la vivienda no concierne en modo alguno al proletariado de manera exclusiva. Al contrario, interesa de una manera primordial al estamento medio propiamente dicho, a los artesanos, a la pequeña burguesía, a toda la burocracia… La cuestión de la vivienda es precisamente el punto de las reformas sociales más apropiado para descubrir la identidad intrínseca absoluta entre los intereses del proletariado, por una parte, y los de las verdaderas clases medias de la sociedad, por otra. Las clases medias sufren tanto, y quizá más todavía, que el proletariado, las cadenas pesadas de la vivienda de alquiler… Las verdaderas clases medias de la sociedad están colocadas hoy ante la cuestión de saber si… encontrarán la suficiente fuerza… en alianza con las fuerzas jóvenes y llenas de energía del partido obrero, para participar en el proceso de transformación de la sociedad, cuyos beneficios les corresponderán a ellas en primer lugar».

El amigo Mülberger deja sentado, pues, lo siguiente:

1) «Nosotros» no hacemos ninguna «política de clase» y no aspiramos a la «doininación de clase». Sin embargo, el Partido Obrero Socialdemócrata alemán, precisamente porque es un partido obrero, tiene por fuerza que hacer una «política de clase», la política de la clase obrera. Como todo partido político aspira a establecer su dominación dentro del Estado, el Partido Obrero Socialdemócrata Alemán aspira, pues, necesariamente, a su dominación, a la dominación de la clase obrera, es decir, a una  «dominación de clase». Por lo demás, cada partido proletario verdadero, desde los cartistas ingleses, puso siempre como primera condición de su lucha la política de clase, la organización del proletariado en partido político independiente, y se asignó como objetivo inmediato de esta lucha la dictadura del proletariado. Al considerar esto como algo «risible», Mülberger se coloca fuera del movimiento obrero, en el campo del socialismo pequeñoburgués.

2) El problema de la vivienda tiene la ventaja de no ser un problema exclusivamente obrero; «interesa de modo primordial a la pequeña burguesía», porque «las verdaderas clases medias sufren tanto, quizá más todavía», que el proletariado este problema. Cuando alguien declara que la pequeña burguesía sufre, aunque sea en un solo aspecto, «quizá más todavía que el proletariado», no tiene derecho, por cierto, a quejarse de que lo clasifiquen entre los socialistas pequeñoburgueses. Puede estar descontento Mülberger cuando digo:

«Son éstos, precisamente, los males comunes a la clase obrera y a las otras clases, en particular a la pequeña burguesía, de los que prefiere ocuparse el socialismo pequeñoburgués, al que pertenece también Proudhon. Y no es por casualidad por lo que nuestro proudhoniano alemán toma de preferencia la cuestión de la vivienda, que, como hemos visto, no es en modo alguno una cuestión exclusivamente obrera»[******].

3) Entre los intereses de las «verdaderas clases medias de la sociedad» y los del proletariado, hay una «identidad intrínseca absoluta», y no es al proletariado, sino a estas verdaderas clases medias, a quienes corresponderán en primer lugar los «beneficios» del próximo proceso de transformación de la sociedad.

Así pues, los obreros harán la próxima revolución social «en primer lugar» en interés de los pequeños burgueses. Y además, hay una identidad intrínseca absoluta entre los intereses de la pequeña burguesía y los del proletariado. Si los intereses de la pequeña burguesía son intrínsecamente idénticos a los de los obreros, los intereses de los obreros son asimismo idénticos a los de los pequeños burgueses. El punto de vista pequeñoburgués tiene, por consiguiente, tanto derecho a la existencia en el movimiento, como el punto de vista proletario. Y la afirmación de esta igualdad de derechos es, precisamente, lo que se llama socialismo pequeñoburgués.

Así pues, Mülberger es consecuente consigo mismo cuando en la pág. 25 de su folleto[34] celebra el «pequeño artesanado» como el «verdadero pilar de la sociedad», «porque por su propia naturaleza reúne en sí los tres factores: trabajo-adquisición-posesión, y porque con la reunión de estos elementos no pone ningún límite a la capacidad de desarrollo del individuo»; y también cuando reprocha en particular a la industria moderna el destruir este vivero de hombres normales y el «haber hecho de una clase vigorosa y que se reproduce siempre de nuevo, una masa inconsciente de gente que no sabe adonde dirigir sus miradas ansiosas». Por lo tanto, el pequeño burgués es para Mülberger el hombre modelo, y la pequeña industria, el modo de producción ejemplar. ¿Puede decirse, pues, que le he calumniado al clasificarle entre los socialistas pequeñoburgueses?

Como Mülberger declina toda responsabilidad en cuanto se refiere a Proudhon, sería superfluo demostrar todavía más cómo los planes de reforma de éste tienden a transformar todos los miembros de la sociedad en pequeños burgueses y en pequeños campesinos. Sería también superfluo insistir sobre la pretendida identidad de intereses entre los pequeños burgueses y los obreros. Lo necesario se encuentra ya en el «Manifiesto Comunista» (edición de Leipzig, 1872, págs. 12 y 21) [*******].

El resultado, pues, de nuestro examen es que, al lado de la «leyenda del pequeño burgués Proudhon», aparece la realidad del pequeño burgués Mülberger.

NOTAS

[*] Véase el presente tomo, págs. 324-343. (N. de la Edit.)

[**] Organización de las fuerzas económicas. (N. de la Edit.)

[***] Liquidación social. (N. de la Edit.)

[***] Véase la presente edición, t. 1, págs. 119-122, 128-130. (N. de la Edit.)

[****] Véase el presente tomo, págs. 230-244. (N. de la Edit.)

[*****] Véase el presente tomo, pág. 326. (N. de la Edit.)

[******] Véase la presente edición, t. 1, págs. 120, 132-133. (N. de la Edit.)

[32] 248. La respuesta de Mülberger a los artículos de Engels fue publicada en el periódico «Volksstaat» el 26 de octubre de 1872 bajo el título «Zur Wohnungsfrage (Antwort an Friedrieh Engels von A. Mülberger)» («Contribución al problema de la vivienda (Respuesta de A. Mülberger a Federico Engels)»).- 315, 374.

[33] 265. Véase Hegel. «La ciencia de la lógica», parte I, sección 2.- 376.

[34] 246. Los seis artículos de Mülberger bajo el título «Die Wohnungsfrage» («El problema de la vivienda») fueron publicados sin firma en el periódico «Volksstaat» el 3, 7, 10, 14 y 21 de febrero y el 6 de marzo de 1872; posteriormente, estos artículos fueron publicados en folleto aparte titulado «Die Wohnungsfrage. Eine sociale Skizze. Separat-Abdruck aus dem «Volksstaat»» («El problema de la vivienda. Ensayo social. Publicación del Volksstaat») Leipzig, 1872.- 315, 324, 378, 388.

II

Llegamos ahora a un punto esencial. Acusé a los artículos de Mülberger de falsificar las relaciones económicas a la manera de Proudhon, traduciéndolas en expresiones jurídicas. Como ejemplo, mencioné la siguiente aseveración de Mülberger:

«La casa, una vez construida, sirve de título jurídico eterno sobre una parte determinada del trabajo social, incluso si el valor real de la casa está suficientemente pagado al propietario en forma de alquileres desde hace mucho tiempo. Así ocurre que una casa construida, por ejemplo, hace cincuenta años, llega durante este tiempo, gracias a los alquileres, a cubrir dos, tres, cinco, diez veces, etc., su precio de coste inicial».

Y Mülberger se queja diciendo que:

«Engels aprovecha esta sencilla y serena constatación de un hecho para aleccionarme y decirme que hubiese debido explicar cómo la casa se convierte en un «título jurídico», cosa completamente al margen del objetivo que me había propuesto… Describir es una cosa, explicar es otra. Cuando digo, siguiendo a Proudhon, que la vida económica de la sociedad debe estar penetrada de una idea del derecho, no hago más que describir la sociedad presente, en la que si bien no falta toda idea del derecho, sí falta la idea del derecho de la revolución, con lo cual el mismo Engels ha de estar conforme».

Detengámonos, de momento, en la casa una vez construida. Cuando se alquila, produce a su propietario, en forma de alquileres una renta del suelo, el coste de las reparaciones y un interés sobre el capital invertido en la construcción, incluyendo la ganancia correspondiente a este capital. Así pues, según las circunstancias, los alquileres cobrados pueden llegar a cubrir poco a poco dos, tres, cinco, diez veces el precio de coste inicial. Esto, amigo Mülberger, es una «sencilla y serena constatación» de un «hecho» que es económico. Si queremos saber «de dónde viene» su existencia, hemos de dirigir nuestras pesquisas al terreno económico. Miremos la cosa más de cerca a fin de que ni siquiera un niño pueda equivocarse. La venta de una mercancía, como se sabe, consiste en que el propietario cede su valor de uso y se embolsa su valor de cambio. Los valores de uso de las mercancías se diferencian entre sí también porque su consumo exige duraciones diferentes. Un panecillo desaparece en un día, un par de pantalones se desgastará en un año, una casa, digamos, en cien años. Para las mercancías cuyo desgaste necesita mucho tiempo, surge la posibilidad de vender su valor de uso por partes cada vez por un período determinado, o dicho de otro modo, de alquilarla. La venta por partes, de este modo, realiza el valor de cambio poco a poco; por esta renuncia al reembolso inmediato del capital adelantado y de la ganancia correspondiente, el vendedor se ve indemnizado por un aumento del precio, por un interés cuyo nivel se determina por las leyes de la Economía política y de ningún modo arbitrariamente. Al cabo de los cien años, la casa ha sido consumida, desgastada, es inhabitable. Si entonces, deducimos del total de los alquileres cobrados 1) la renta del suelo con el aumento que ha podido experimentar durante este tiempo, y 2) los gastos corrientes de reparación, nos encontraremos con que el resto se compone, por término medio: 1) del capital invertido originariamente en la construcción de la casa; 2) de la ganancia que éste ha dado, y 3) de los intereses correspondientes al capital gradualmente amortizado y a la ganancia. Al cabo de este tiempo, el inquilino ya no tiene casa, es cierto, pero su propietario tampoco. Este ya no posee más que el solar (si le pertenece) y los materiales de construcción que en él se encuentran, pero que ya no representan una casa. Y si, entretanto, la casa ha cubierto «cinco o diez veces su precio de coste inicial» veremos que esto se debe exclusivamente a un aumento de la renta del suelo; lo que no es un secreto para nadie, en sitios como Londres, donde, en la mayoría de los casos, el propietario del solar y el propietario de la casa son dos personas diferentes. Tales aumentos colosales de los alquileres solamente se presentan en las ciudades que crecen rápidamente, pero no en un pueblo agrícola donde la renta de los solares casi no sufre cambios. Porque es un hecho notorio que, abstracción hecha de los aumentos de la renta del suelo, el alquiler nunca proporciona al propietario de la casa, por término medio, más del siete por ciento del capital invertido (ganancias incluidas), de lo cual hay que deducir los gastos de reparación, etc. En resumen, el contrato de alquiler es una transacción mercantil como otra cualquiera, que, para el obrero, no presenta teóricamente ni más ni menos interés que cualquier otra transacción mercantil, salvo la de la compraventa de la fuerza de trabajo; prácticamente, este contrato representa para él una de las mil formas de la estafa burguesa de la que he hablado en la página 4 del sobretiro[*], y la cual, como ya he indicado allí, también está sometida a leyes económicas.

Mülberger, en cambio, ve en el contrato de alquiler una cosa puramente «arbitraria» (pág. 19 de su folleto), y cuando le demuestro lo contrario, se queja de que le cuento «una serie de cosas que, desgraciadamente, sabía ya».

Pero todas las investigaciones económicas sobre el alquiler no nos conducirán de ningún modo a transformar la abolición del alquiler de las viviendas en «una de las aspiraciones más fecundas y más grandiosas nacidas en el seno de la idea revolucionaria». Para llegar a esto, tenemos que trasladar este simple hecho del terreno de la serena Economía política a la esfera mucho más ideológica de la jurisprudencia. «La casa representa un título jurídico eterno» sobre un alquiler, y «de ahí viene» que el valor de la casa pueda ser pagado en alquileres dos, tres, cinco, diez veces. Pero, para saber «de dónde viene» eso, el «título jurídico» no nos permite avanzar ni un paso, y por eso dije que Mülberger no hubiese podido aprender «de dónde viene eso» más que investigando cómo la casa se convierte en un título jurídico. Y esto se puede aprender solamente analizando, como yo lo he hecho, la naturaleza económica del alquiler y no irritándonos contra la expresión jurídica por la cual la clase dominante lo sanciona. El que propone medidas económicas para abolir los alquileres, debería saber, pues, algo más sobre el alquiler que el hecho de que representa «el tributo pagado por el arrendatario al derecho eterno del capital». A esto, Mülberger contesta: «Describir es una cosa, explicar es otra».

Mirá también:  Los tecno-pesimistas

Pues bien, hemos transformado la casa, a pesar de que no es eterna, en un título jurídico eterno sobre el alquiler. Encontramos que, de dondequiera que «eso venga», gracias a este título jurídico, la casa proporciona en alquileres varias veces su valor. Por la traducción a la terminología jurídica, nos encontramos venturosamente tan alejados de lo económico, que únicamente vemos el fenómeno de que, por sus alquileres brutos, una casa a la larga puede hacerse pagar varias veces su valor. Como pensamos y hablamos en términos jurídicos aplicamos a este fenómeno la norma del derecho, de la justicia, y nos encontramos con que es injusto, con que no corresponde a la «idea del derecho de la revolución», independientemente de lo que esto pueda significar, y con que el título jurídico, por consiguiente, nada vale. Nos encontramos, además, con que ocurre lo mismo con el capital que produce interés y con el terreno agrícola arrendado, y tenemos ahora un pretexto para separar estas categorías de propiedad de las otras, a fin de someterlas a un tratamiento excepcional. Este consiste en la siguiente reivindicación: 1) quitar al propietario el derecho de rescindir el contrato y de reclamar la devolución de su propiedad; 2) dejar al inquilino, al prestatario o al arrendatario el goce sin indemnización del objeto que se le transmite, pero que no le pertenece y 3) reembolsar al propietario por pequeñas entregas y sin intereses. Y habremos así agotado en este aspecto los «principios» de Proudhon. Tal es su «liquidación social».

Es claro, dicho sea de paso, que todo este plan de reformas ha de beneficiar casi exclusivamente a los pequeños burgueses y a los pequeños campesinos, consolidando su situación de pequeños burgueses y de pequeños campesinos. La figura legendaria, según Mülberger, del «pequeño burgués Proudhon», adquiere aquí súbitamente una existencia histórica perfectamente tangible.

Mülberger añade:

«Cuando digo, siguiendo a Proudhon, que la vida económica de la sociedad debe estar penetrada de una idea del derecho, no hago más que describir la sociedad presente, en la que si bien no falta toda idea del derecho, sí falta la idea del derecho de la revolución, con lo cual el mismo Engels ha de estar conforme».

Desgraciadamente no me es posible dar este gusto a Mülberger. Dice que la sociedad debe estar penetrada de una idea del derecho, y llama a esto hacer una descripción. Si un tribunal me invita por conducto del alguacil a pagar mis deudas, ¡no hace, según Mülberger, más que describirme como a un hombre que no paga sus deudas! Una descripción es una cosa; una reivindicación, otra distinta. Y es aquí precisamente donde reside la diferencia esencial entre el socialismo científico alemán y Proudhon. Nosotros describimos —y toda descripción verdadera de un objeto es, al mismo tiempo, pese a Mülberger, su explicación— las relaciones económicas tales como son y tales como se desarrollan. Y aportamos la prueba, estrictamente económica, de que este desarrollo es, al mismo tiempo, el de los elementos de una revolución social: el desarrollo, por una parte, del proletariado, de una clase cuyas condiciones de vida le empujan necesariamente hacia la revolución social; y, por otra, el de las fuerzas productivas que, al desbordar los límites de la sociedad capitalista, forzosamente han de hacerla estallar, y que, al mismo tiempo, ofrecen los medios de abolir para siempre las diferencias de clase en interés del propio progreso social. Proudhon, por el contrario, exige de la sociedad actual que se transforme no según las leyes de su propio desenvolvimiento económico, sino según los preceptos de la justicia (la «idea del derecho» no es suya, sino de Mülberger). Allí donde nosotros demostramos, Proudhon predica y se lamenta, y Mülberger con él.

Me es absolutamente imposible adivinar qué es eso de «la idea del derecho de la revolución». Bien es verdad que Proudhon hace de «la revolución» una especie de diosa, la portadora y ejecutora de su «justicia», y al hacerlo cae en el singular error de mezclar la revolución burguesa de 1789-1794 con la revolución proletaria del porvenir. Lo hace en casi todas sus obras, sobre todo desde 1848; citaré como ejemplo aunque sólo sea su «Idea general de la Revolución», edición de 1868, páginas 39 y 40. Pero como Mülberger rehúsa toda responsabilidad respecto de Proudhon, me está vedado recurrir a éste para explicar la «idea del derecho de la resolución», y así, sigo hundido en las tinieblas más absolutas.

A continuación Mülberger dice:

«Pero ni Proudhon ni yo acudimos a una «justicia eterna» para explicar el injusto estado de cosas actual, ni siquiera, como me atribuye Engels, esperamos de ella un mejoramiento de esa situación».

Mülberger cree poder contar con el hecho de que «Proudhon es casi desconocido en Alemania». En todos sus escritos, Proudhon mide todas las proposiciones sociales, jurídicas, políticas y religiosas con la escala de la «justicia», las reconoce o las rechaza, según concuerden o no con lo que él llama «justicia». En las «Contradicciones económicas», esta justicia se llama todavía «justicia eterna», «justice éternelle». Más tarde, lo eterno se silencia, pero subsiste de hecho. Así, en la obra titulada «De la Justicia en la Revolución y en la Iglesia», edición de 1858, el pasaje siguiente (tomo I, pág. 42) constituye el resumen del sermón explanado en los tres tomos:

«¿Cuál es el principio fundamental, el principio orgánico, regulador soberano de las sociedades, el principio que, sometiendo a todos los otros rige, protege, rechaza, castiga e incluso suprime si es necesario a todos los elementos rebeldes? ¿Es la religión, el ideal, el interés?… Este principio, en mi opinión, es la justicia. ¿Qué es la justicia? La esencia de la misma humanidad. ¿Qué ha sido desde el principio del mundo? Nada. ¿Qué debería ser? Todo».

Una justicia que es la esencia de la misma humanidad, ¿qué es, pues, sino la justicia eterna? Una justicia que es el principio fundamental, orgánico, regulador, soberano de las sociedades y que hasta ahora, a pesar de ello, no era nada, pero debe serlo todo, ¿qué es sino la medida de todas las cosas humanas, el árbitro supremo al cual haya que acudir en todos los conflictos? ¿Acaso he afirmado otra cosa al decir que Proudhon disimula su ignorancia económica y su impotencia juzgando todas las relaciones económicas, no según las leyes económicas, sino según concuerden o no con su concepción de esta justicia eterna? ¿Y en qué se distingue Mülberger de Proudhon cuando pide que «todas las transformaciones de la vida en la sociedad moderna… estén penetradas de una idea del derecho, es decir, que sean realizadas en todas partes según las estrictas exigencias de la justicia»? ¿No sé yo leer, o Mülberger no sabe escribir?

Mülberger dice más adelante:

«Proudhon sabe tan bien como Marx y Engels que lo que verdaderamente actúa de principio motor en la sociedad humana son las relaciones económicas y no las jurídicas; sabe también que las ideas del derecho de un pueblo en cada época dada no son sino la expresión, la imagen, el producto de las relaciones económicas, principalmente de las relaciones de producción… En una palabra el derecho es para Proudhon un producto económico formado en el proceso histórico».

Si Proudhon sabe todo esto (dejaré a un lado la oscura terminología de Mülberger y tomaré en cuenta su buena voluntad) «tan bien como Marx y Engels», ¿de qué vamos a seguir discutiendo? Pero no es esto lo que ocurre con la ciencia de Proudhon. Las relaciones económicas de una sociedad dada se manifiestan, en primer lugar, como intereses. Pero Proudhon, en el pasaje antes mencionado de su obra principal, dice con letras de molde que «el principio fundamental, regulador, orgánico, soberano de las sociedades, el principio que somete a todos los otros» no es el interés, sino la justicia. Y repite lo mismo en todas las partes esenciales de todos sus escritos. Lo cual no impide en absoluto a Mülberger seguir diciendo que:

«…la idea del derecho económico, tal como está más profundamente desarrollada por Proudhon en «La Guerra y la Paz», concuerda enteramente con el pensamiento fundamental de Lassalle, tan bellamente expuesto en su prefacio al «Sistema de los derechos adquiridos»».

«La Guerra y la Paz» es, de las numerosas obras de escolar de Proudhon, tal vez la que más acusa este carácter, y lo que yo menos podía esperar era que este libro fuese dado como ejemplo de la pretendida comprensión por Proudhon de la concepción materialista alemana de la historia, la cual explica todos los acontecimientos e ideas históricas, toda la política, la filosofía, la religión, partiendo de las condiciones de vida materiales, económicas, del período histórico considerado. Esta obra es tan poco materialista que el autor no puede construir su concepción de la guerra sin acudir al creador:

«No obstante, el creador tenía sus razones al escoger para nosotros estas condiciones de vida» (tomo II, pág. 100, edición de 1869).

Podemos juzgar de los conocimientos históricos sobre los cuales se basa el libro por el hecho de que en él se expresa la fe en la existencia histórica de la Edad de Oro:

«Al principio, cuando la Humanidad estaba todavía realmente esparcida sobre la tierra, la naturaleza velaba sin esfuerzo por sus necesidades. Era la Edad de Oro, la edad de la abundancia y de la paz» (lugar citado, pág. 102).

Su punto de vista económico es el más grosero maltusianismo:

«Si resulta duplicada la producción, pronto ocurrirá lo mismo con la población» (pág. 105).

¿Dónde está, pues, el materialismo de este libro? En que afirma que «el pauperismo» ha sido siempre y sigue siendo la causa de la guerra (véase, por ejemplo, pág. 143). El tío Bräsig [35] fue un materialista igualmente acabado cuando, en su discurso de 1848, lanzó esta gran frase: «La causa de la gran pobreza es la gran pauvreté».

El «Sistema de los derechos adquiridos» de Lassalle no sólo está imbuido de la gran ilusión del jurista, sino también de la de viejo hegeliano. Lassalle declara expresamente, en la página VII, que, también «en lo económico, la noción del derecho adquirido es la fuente de todo el desarrollo ulterior»; quiere demostrar (en la pág. IX) que «el derecho es un organismo racional, que se desarrolla de sí mismo y no, por consiguiente, partiendo de condiciones económicas previas»; se trata, para él, de deducir el derecho, no de las relaciones económicas, sino del «concepto mismo de la voluntad, cuyo desarrollo y exposición constituye toda la filosofía del derecho» (pág. XII). ¿Qué viene, pues, este libro a hacer aquí? La sola diferencia entre Proudhon y Lassalle es que éste fue un verdadero jurista y un verdadero hegeliano, mientras que el primero, tanto en jurisprudencia, como en filosofía, como en todas las demás cosas, era un puro diletante.

Sé perfectamente que Proudhon, de quien sabemos que se contradecía incesantemente, dice de vez en cuando cosas que dan la impresión de que explica las ideas por los hechos. Pero estos puntos carecen de importancia frente a la dirección general de su pensamiento, e incluso allí donde aparecen, son extremadamente confusos y contradictorios.

En una determinada etapa, muy primitiva, del desarrollo de la sociedad, se hace sentir la necesidad de abarcar con una regla general los actos de la producción, de la distribución y del cambio de los productos, que se repiten cada día, la necesidad de velar por que cada cual se someta a las condiciones generales de la producción y del cambio. Esta regla, costumbre al principio, se convierte pronto en ley. Con la ley, surgen necesariamente organismos encargados de su aplicación: los poderes públicos, el Estado. Luego, con el desarrollo progresivo de la sociedad, la ley se transforma en una legislación más o menos extensa. Cuanto más compleja se hace esta legislación, su modo de expresión se aleja más del modo con que se expresan las habituales condiciones económicas de vida de la sociedad. Esta legislación aparece como un elemento independiente que deriva la justificación de su existencia y las razones de su desarrollo, no de las relaciones económicas, sino de sus propios fundamentos interiores, como si dijéramos del «concepto de voluntad». Los hombres olvidan que su derecho se origina en sus condiciones económicas de vida, lo mismo que han olvidado que ellos mismo proceden del mundo animal. Una vez la legislación se ha desarrollado y convertido en un conjunto complejo y extenso, se hace sentir la necesidad de una nueva división social del trabajo: se constituye un cuerpo de juristas profesionales, y con él, una ciencia jurídica. Esta, al desarrollarse, compara los sistemas jurídicos de los diferentes pueblos y de las diferentes épocas, no como un reflejo de las relaciones económicas correspondientes, sino como sistemas que encuentran su fundamento en ellos mismos. La comparación supone un elemento común: éste aparece por el hecho de que los juristas recogen, en un derecho natural, lo que más o menos es común a todos los sistemas jurídicos. Y la medida que servirá para distinguir lo que pertenece o no al derecho natural, es precisamente la expresión más abstracta del derecho mismo: la justicia. A partir de este momento, el desarrollo del derecho, para los juristas y para los que creen en sus palabras, no reside sino en la aspiración a aproximar cada día más la condición de los hombres, en la medida en que está expresada jurídicamente, al ideal de la justicia, a la justicia eterna. Y esta justicia es siempre la expresión ideologizada, divinizada, de las relaciones económicas existentes, a veces en su sentido conservador, otras veces en su sentido revolucionario. La justicia de los griegos y de los romanos juzgaba justa la esclavitud; la justicia de los burgueses de 1789 exigía la abolición del feudalismo, que consideraba injusto. Para el junker prusiano, incluso la mezquina ordenanza sobre los distritos [36], es una violación de la justicia eterna. La idea de la justicia eterna cambia, pues, no sólo según el tiempo y el lugar, sino también según las personas; forma parte de las cosas, como advierte justamente Mülberger, que «cada uno entiende a su manera». Si en la vida ordinaria, en la que las relaciones a considerar son sencillas, se acepta sin malentendidos, incluso en relación con los fenómenos sociales, expresiones como justo, injusto, justicia, sentimiento del derecho, en el estudio científico de las relaciones económicas, estas expresiones terminan, como hemos visto, en las mismas confusiones deplorables que surgirían, por ejemplo, en la química moderna, si se quisiese conservar la terminología de la teoría flogística. Y la confusión es peor todavía cuando, a imitación de Proudhon, se cree en el flogisto social, en la «justicia», o si se afirma con Mülberger que la teoría del flogisto es tan acertada como la teoría del oxígeno[**].

NOTAS

[*] Véase el presente tomo, págs. 325-326. (N. de la Edit.)

[**] Antes del descubrimiento del oxígeno, los químicos explicaban la combustión de los cuerpos en el aire atmosférico suponiendo la existencia en éstos de una materia combustible propia, el flogisto, el cual se escaparía durante la combustión. Pero como descubrieron que un cuerpo simple consumido pesaba más después de la combustión que antes, explicaron entonces que el flogisto tenía un peso negativo. Así pues, un cuerpo sin flogisto habría de pesar más que con flogisto. Fue de este modo como se atribuyó poco a poco al flogisto las propiedades principales del oxígeno, pero, al revés. El descubrimiento de que la combustión consiste en la combinación del cuerpo que arde con otro cuerpo, el oxígeno, y el descubrimiento de este oxígeno, pusieron fin a la primera hipótesis, pero sólo después de una larga resistencia por parte de los viejos químicos.

[35] Tío Bräsig: personaje de las obras humoristas de Reuter.- 385.

[36] 266. Se alude a la reforma administrativa de 1872 en Prusia, con arreglo a la cual se abolía el poder patrimonial hereditario de los terratenientes en el campo y se implantaban ciertos elementos de administración autónoma local: alcaldes elegibles en las comunidades, consejos de circunscripción junto a los Landrats, etc.- 386.

III

Mülberger se queja, además, porque califico de jeremiada reaccionaria su «enfático» desahogo de que:

«no hay escarnio más terrible para toda la cultura de nuestro famoso siglo que el hecho de que en las grandes ciudades el 90 por ciento de la poblacióu y aún más no disponen de un lugar que puedan llamar suyo».

No cabe la menor duda, si Mülberger se hubiese limitado, como pretende, a describir «la abominación de los tiempos presentes», seguramente yo no hubiese pronunciado ni una mala palabra contra «él y sus modestas palabras». Pero su manera de obrar es bien distinta. Describe esta «abominación» como un efecto de que los obreros «no tengan un lugar que puedan llamar suyo». Que se condene «la abominación de los tiempos presentes» por haber sido abolida la propiedad de los obreros sobre su casa, o bien, como hacen los junkers, por haber sido abolidos el feudalismo y las corporaciones, en los dos casos no puede resultar sino una jeremiada reaccionaria, un lamento ante la aparición de lo inevitable, ante la necesidad histórica. Lo reaccionario reside [388] precisamente en que Mülberger quiere restaurar para los obreros la propiedad individual sobre la vivienda, cosa que la historia suprimió hace ya mucho tiempo; en que no puede imaginar la liberación de los obreros sino volviendo a hacer de cada uno el propietario de su vivienda.

Y más adelante:

«Declaro categóricamente que la verdadera lucha se lleva contra el modo de producción capitalista, y es solamente de su transformación de lo que se puede esperar una mejora de las condiciones de vivienda. Engels no ve nada de esto… Yo presupongo la solución íntegra de la cuestión social para poder abordar la cuestión del rescate de las viviendas de alquiler».

Desgraciadamente, todavía hoy sigo sin ver nada de esto. ¿Cómo voy yo a adivinar lo que alguien, cuyo nombre desconocía, podía suponer en los arcanos de su cerebro? no tengo más remedio que atenerme a los artículos publicados por Mülberger. Y allí me encuentro todavía (págs. 15 y 16 del folleto) [37] con que para poder proceder a la abolición de la vivienda de alquiler, Mülberger no supone otra cosa que… la misma vivienda de alquiler. Tan sólo en la página 17 «agarra por los cuernos la productividad del capital». Más adelante volveremos a hablar de este asunto. E incluso en su contestación, vuelve a confirmarlo diciendo:

«Más bien, se trataba de demostrar cómo, partiendo de las condiciones presentes, se podría transformar completamente el problema de la vivienda».

Partir de las condiciones presentes o de la transformación (léase abolición) del modo de producción capitalista, me parece que son dos cosas diametralmente opuestas.

No tiene nada de sorprendente el que Mülberger se queje cuando veo en los esfuerzos filantrópicos que realizan los señores Dollfus y otros fabricantes para ayudar a los obreros a obtener casa propia la única realización práctica posible de sus proyectos proudhonianos. Si Mülberger comprendiese que el plan de salvamento de la sociedad de Proudhon es una fantasía que se mantiene enteramente en el terreno de la sociedad burguesa, desde luego que no creería en él. Jamás y en parte alguna he puesto en duda su buena voluntad. Pero ¿por qué dedica alabanzas al Dr. Reschauer, por haber propuesto al ayuntamiento de Viena que resucitase los proyectos de Dollfus?

Mülberger declara más adelante:

«En lo que concierte especialmente a la oposición entre la ciudad y el campo es una utopía quererla suprimir. Se trata de una oposición natural, más exactamente, de una oposición producida por la historia… El problema no consiste en abolir esta oposición, sino en hallar las formas políticas y sociales que la hagan inocua e incluso fructífera. De este modo podremos alcanzar un ajuste pacífico, un equilibrio gradual de intereses».

La supresión de la oposición entre la ciudad y el campo es, pues, una utopía, porque esta oposición es natural, o más exactamente, producida por la historia. Apliquemos esta lógica a otras oposiciones de la sociedad moderna y veamos adonde nos conduce. Por ejemplo:

«En lo que concierne especialmente a la oposición entre» capitalistas y obreros asalariados, «es una utopía quererla suprimir. Se trata de una oposición natural, o más exactamente, producida por la historia. El problema no consiste en abolir esta oposición sino en hallar las formas políticas y sociales que la hagan inocua e incluso fructífera. De este modo podremos alcanzar un ajuste pacífico, un equilibrio gradual de intereses».

Mirá también:  Crónica de un día en la toma de Guernica

Y he aquí que volvemos a Schulze-Delitzsch.

La supresión de la oposición entre la ciudad y el campo no es ni más ni menos utópica que la abolición de la oposición entre capitalistas y asalariados. Cada día se convierte más en una exigencia práctica de la producción industrial como de la producción agrícola. Nadie la ha exigido más enérgicamente que Liebig en sus obras sobre química agrícola, donde su primera reivindicación ha sido siempre que el hombre debe reintegrar a la tierra lo que de ella recibe, y donde demuestra que el único obstáculo es la existencia de las ciudades, sobre todo de las grandes urbes. Cuando vemos que aquí, en Londres solamente, se arroja cada día al mar, haciendo enormes dispendios, mayor cantidad de abonos naturales que los que produce el reino de Sajonia, y qué obras tan formidables se necesitan para impedir que estos abonos envenenen toda la ciudad, entonces la utopía de la supresión de la oposición entre la ciudad y el campo adquiere una maravillosa base práctica. Incluso Berlín, que es relativamente pequeño, lleva ya por lo menos treinta años ahogándose en sus propias basuras. Por otra parte, sería completamente utópico querer, como quiere Proudhon, subvertir toda la sociedad burguesa actual conservando al campesino como tal. Sólo un reparto lo más uniforme posible de la población por todo el país; sólo una íntima relación entre la producción industrial y la agrícola, además de la extensión que para esto se requiere de los medios de comunicación —supuesta la abolición del modo de producción capitalista—, estarán en condiciones de sacar a la población rural del aislamiento y del embrutecimiento en que vegeta casi invariablemente desde hace milenios. La utopía no consiste en afirmar que la liberación de los hombres de las cadenas forjadas por su pasado histórico no será total sino cuando quede abolida la oposición entre la ciudad y el campo. La utopía no surge sino en el momento en que se pretende, «partiendo de las condiciones presentes», prescribir la forma en que esta oposición o cualquier otra de la sociedad actual han de ser superadas. Y esto es lo que hace Mülberger al adoptar la fórmula proudhoniana para la solución del problema de la vivienda.

Mülberger se lamenta, después de esto, de que lo haga hasta cierto punto responsable «de las concepciones monstruosas de Proudhon sobre el capital y el interés». Y escribe:

«Supongo como ya dado el cambio de las relaciones de producción, y la ley de transición que regula el tipo del interés no tiene por objeto las relaciones de producción, sino las transacciones sociales, las relaciones de circulación… El cambio de las relaciones de producción, o, como dice más exactamente la escuela alemana, la abolición del modo capitalista de producción no resulta, naturalmente, como me hace decir Engels, de una ley de transición que suprime el interés, sino de la apropiación efectiva de todos los instrumentos de trabajo, de toda la industria por la población laboriosa. La cuestión de saber si la población laboriosa se inclinará» (!) «por el rescate o por la expropiación inmediata, ni Engels ni yo podemos decidirla».

Tengo que frotarme los ojos, asombrado, y releer, una vez más, del principio al fin, el escrito de Mülberger para encontrar el pasaje en que explica que su rescate de las viviendas presupone «apropiación efectiva de todos los instrumentos de trabajo, de toda la industria por la población laboriosa». No doy con él. No existe. En parte alguna se trata de «apropiación efectiva», etc. Por el contrario, en la página 17 dice:

«Supongamos que la productividad del capital será agarrada de verdad por los cuernos —como ha de ocurrir tarde o temprano—, por ejemplo, mediante una ley de transición que fijará el tipo del interés de todos los capitales en un uno por ciento, con tendencia, nótese bien, a apróximarlo cada vez más a cero… Igual que todos los demás productos, las casas y las viviendas quedan comprendidas en el marco de esta ley… Vemos, pues, que también en este aspecto el rescate de las viviendas de alquiler resulta una consecuencia necesaria de la supresión de la productividad del capital en general».

Se dice, pues, aquí, sin ambages y en contradicción palpable con el viraje reciente de Mülberger, que la productividad del capital, frase confusa con la cual designa —según confesión propia— el modo de producción capitalista, sería realmente «agarrada por los cuernos» mediante la ley sobre abolición del interés, y que precisamente a consecuencia de esta ley, «el rescate de las viviendas de alquiler resulta una consecuencia necesaria de la supresión de la productividad del capital en general». Ahora, Mülberger dice que no hay nada de eso. Esta ley de transición «no tiene por objeto las relaciones de producción, sino las de circulación». No le queda ya, ante esta contradicción total —que, como diría Goethe, es «tan misteriosa para los sabios como para los tontos»— [*], sino admitir que tengo que habérmelas con dos Mülberger completamente distintos, uno de los cuales se lamenta, con justa razón, de que le «hago decir» lo que el otro ha hecho publicar.

Es ciertamente exacto que la población laboriosa no nos preguntará, ni a Mülberger ni a mí, «si se inclina por el rescate o por la expropiación inmediata», cuando llegue la apropiación efectiva. Preferirá, sin duda, no «inclinarse» en absoluto. Pero no se trataba en modo alguno de una apropiación efectiva de todos los instrumentos de trabajo por la población laboriosa, sino solamente de la afirmación de Mülberger (pág. 17), de que «todo el contenido de la solución del problema de la vivienda reside en la palabra rescate». Pero si él mismo considera ahora este rescate como algo extremadamente dudoso, ¿para qué fatigarnos en vano y cansar a los lectores?

Por lo demás, hay que hacer constar que la «apropiación efectiva» de todos los instrumentos de trabajo, de toda la industria, por la población laboriosa, es precisamente lo contrario del «rescate» proudhoniano. En la segunda solución es el obrero individual el que pasa a ser propietario de la vivienda, de la hacienda campesina, del instrumento de trabajo; en la primera, en cambio, es la «población laboriosa» la que pasa a ser propietaria colectiva de las casas, de las fábricas y de los instrumentos de trabajo, y es poco probable que su disfrute, al menos durante el período de transición, se conceda, sin indemnización de los gastos, a los individuos o a las sociedades cooperativas. Exactamente lo mismo que la abolición de la propiedad territorial no implica la abolición de la renta del suelo, sino su transferencia a la sociedad, aunque sea con ciertas modificaciones. La apropiación efectiva de todos los instrumentos de trabajo por la población laboriosa no excluye, por tanto, en modo alguno, el mantenimiento de la relación de alquiler.

No se trata, en general, de saber si el proletariado, cuando esté en el poder, entrará violentamente en posesión de los instrumentos de producción, de las primeras materias y de los medios de subsistencia, o bien si pagara indemnizaciones inmediatamente en cambio, o rescatará la propiedad mediante un lento reembolso a plazos. Querer responder por anticipado y para todos los casos a tal pregunta, sería fabricar utopías. Y yo dejo a otros esta tarea.

NOTAS

[*] Engels parafrasea aquí palabras de Mefistófeles en la tragedia de Goethe «Fausto», primera parte, escena sexta («La cocina de la bruja»). (N. de la Edit.)

[37] 246. Los seis artículos de Mülberger bajo el título «Die Wohnungsfrage» («El problema de la vivienda») fueron publicados sin firma en el periódico «Volksstaat» el 3, 7, 10, 14 y 21 de febrero y el 6 de marzo de 1872; posteriormente, estos artículos fueron publicados en folleto aparte titulado «Die Wohnungsfrage. Eine sociale Skizze. Separat-Abdruck aus dem «Volksstaat»» («El problema de la vivienda. Ensayo social. Publicación del Volksstaat») Leipzig, 1872.- 315, 324, 378, 388.


 

IV

He tenido que llenar todas estas paginas para llegar, por fin, a través del cúmulo de escapatorias y rodeos de Mülberger, a la esencia del problema, que aquél, en su respuesta, evita cuidadosamente abordar.

¿Qué hay de positivo en el artículo de Mülberger?

En primer lugar, que «la diferencia entre el coste de producción inicial de una casa, de un solar, etc. y su valor actual» pertenece de derecho a la sociedad. Esta diferencia, en lenguaje económico, se llama renta del suelo. Proudhon quiere igualmente que la sociedad se la apropie, como puede leerse en la «Idea general de la Revolución», edición de 1868, página 219.

En segundo lugar, que la solución del problema de la vivienda consiste en que cada cual se convierta de arrendatario en propietario de su vivienda.

En tercer lugar, que esta solución se realizará mediante una ley que transforme el pago del alquiler en entregas a cuenta del precio de compra de la vivienda. Los puntos segundo y tercero están tomados de Proudhon, como todo el mundo puede ver en la «Idea general de la Revolución», página 199 y siguientes, donde se encuentra también, en la página 203, hasta el proyecto de ley en cuestión ya redactado.

En cuarto lugar, que la productividad del capital es agarrada por los cuernos mediante una ley de transición que rebaja el tipo del interés al uno por ciento provisionalmente, a reserva de una nueva reducción posterior. Esto está igualmente tomado de Proudhon, como puede leerse de manera detallada en la «Idea general», páginas 182 a 186.

En cada uno de estos puntos he citado el pasaje de Proudhon en que se halla el original de la copia de Mülberger, y pregunto ahora si tenía o no derecho a llamar proudhoniano al autor de un artículo saturado de proudhonismo y que no contiene más que concepciones proudhonianas. Y no obstante, ¡de nada se queja Mülberger tan amargamente como de que yo lo haya denominado así, porque «tropecé con algunos giros familiares a Proudho»! Es todo lo contrario. Los «giros» son todos de Mülberger; el contenido es de Proudhon. Y cuando lo completo a su disertación proudhoniana valiéndome de Proudhon. Mülberger protesta diciendo que le atribuyo falsamente las «concepciones monstruosas» de Proudhon.

Así pues, ¿qué he opuesto yo a este plan proudhoniano?

Primero, que la transferencia de la renta del suelo al Estado equivale a la abolición de la propiedad individual del suelo.

Segundo, que el rescate de la vivienda de alquiler y la transferencia de la propiedad de la vivienda al arrendatario que la ha ocupado hasta aquí, no afecta en nada al modo capitalista de producción.

Tercero, que esta proposición, con el desarrollo actual de la gran industria y de las ciudades, es tan absurda como reaccionaria, y que el restablecimiento de la propiedad individual de cada uno sobre su vivienda sería una regresión.

Cuarto, que la rebaja forzosa del tipo del interés no atenta en absoluto contra el modo capitalista de producción, y que es, por el contrario, como demuestran las leyes sobre la usura, tan anticuada como imposible.

Quinto, que la supresión del interés del capital no suprime en modo alguno el pago del alquiler de las casas.

Mülberger conviene ahora en lo que se ha dicho en los puntos segundo y cuarto. Contra los demás no dice palabra. Y son éstos, precisamente, de los que se trata en la polémica. Pero la respuesta de Mülberger no es una refutación; pasa de largo cuidadosamente junto a todos los puntos económicos, que son, no obstante, los puntos decisivos; su respuesta es una queja personal y nada más. Así, se queja cuando yo me anticipo a la solución de las otras cuestiones que anuncia, como, por ejemplo, las deudas del Estado, las deudas privadas, el crédito, y declaro que su solución será en todas partes la misma que la de la cuestión de la vivienda: el interés, abolido; el pago de los intereses, trasformado en entregas a cuenta del importe del capital, y el crédito, gratuito. A pesar de esto, apostaría a que si dichos artículos de Mülberger salieran a la luz del día, su contenido escencial correspondería a la «Idea general» de Proudhon (para el crédito, pág. 182; para las deudas del Estado, pág. 186; para las deudas privadas, pág. 196) lo mismo que los artículos sobre la cuestión de la vivienda correspondían a los pasajes citados del mismo libro.

En esta ocasión Mülberger me enseña que las cuestiones concernientes a los impuestos, las deudas del Estado, las deudas privadas, el crédito, a lo cual se añade ahora la autonomía de los municipios, son de la mayor importancia para los campesinos y para la propaganda en el campo. De acuerdo en gran parte, pero 1) hasta ahora no se ha tratado para nada de los campesinos y 2) las «soluciones» proudhonianas de todos estos problemas son, desde el punto de vista económico, tan absurdas y tan esencialmente burguesas como su solución del problema de la vivienda. Contra la alusión de Mülberger, pretendiendo que no reconozco la necesidad de incorporar a los campesinos al movimiento, no necesito defenderme en lo que a mí se refiere. Pero considero, efectivamente, una estupidez recomendar a los campesinos, con este fin, la medicina milagrera de Proudhon. En Alemania existen todavía muchos latifundios. Según la teoría de Proudhon, deberían ser repartidos todos ellos en pequeñas haciendas campesinas, cosa que —dado el estado actual de las ciencias agrícolas y después de las experiencias de propiedades parcelarias llevadas a cabo en Francia y en el Oeste de Alemania—  sería una medida totalmente reaccionaria. La gran propiedad territorial todavía existente nos ofrecerá, por el contrario, una feliz oportunidad para trabajar la tierra en grande por los trabajadores asociados, única manera de poder utilizar todos los recursos modernos, las máquinas, etc., y mostrar así claramente a los pequeños campesinos las ventajas de la gran empresa, por medio de la asociación. Los socialistas daneses, que en este aspecto se han adelantado a los demás, hace ya tiempo que lo han comprendido.

No necesito defenderme, igualmente, del reproche de que considero la infame situación actual de las viviendas obreras como un «detalle insignificante». He sido, si no estoy equivocado, el primero en describir en lengua alemana esta situación en su forma desarrollada clásica, tal como se ofrece en Inglaterra; y no, como cree Mülberger, porque «hiera mi sentimiento del derecho» —quien quisiera traducir en libros todos los hechos que hieren su sentimiento del derecho tendría mucho trabajo—, sino más bien, como puede leerse en el prefacio de mi libro[*], para dar al socialismo alemán —que nacía en aquel momento y se llenaba la boca de frases vacías—, una base real al describir la situación social creada por la gran industria moderna. Pero nunca se me ha ocurrido querer resolver lo que llamamos la cuestión de la vivienda, como no se me ocurre tampoco ocuparme de los detalles de la solución del problema de la comida, todavía más importante. Me doy por satisfecho si puedo demostrar que la producción de nuestra sociedad moderna es suficiente para dar de comer a todos sus miembros y que hay casas bastantes para ofrecer a las masas obreras habitación espaciosa y sana. ¿Cómo regulará la sociedad futura el reparto de la alimentación y de las viviendas? El especular sobre este tema conduce directamente a la utopía. Podemos, todo lo más, partiendo del estudio de las condiciones fundamentales de los modos de producción hasta ahora conocidos, establecer que con el hundimiento de la producción capitalista, se harán imposibles ciertas formas de apropiación de la vieja sociedad. Las propias medidas de transición habrán de adaptarse en todas partes a las relaciones existentes en tal momento. Serán esencialmente diferentes en los países de pequeña propiedad y en los de gran propiedad territorial, etc. A qué se llega cuando se buscan soluciones aisladas para las cuestiones llamadas prácticas, como la de la vivienda, etc., nada nos lo muestra mejor que el propio Mülberger, quien comienza por explicar a lo largo de 28 páginas cómo «todo el contenido de la solución del problema de la  vivienda se contiene en una palabra: el rescate», para declarar a continuación, balbuceando perplejo desde el momento en que se le aprieta de cerca, que de hecho aún es muy dudoso si en la apropiación efectiva de las casas «la población laboriosa se inclinará por el rescate» o por cualquier otra forma de expropiación.

Mülberger nos pide que nos hagamos prácticos. Deberíamos «en presencia de verdaderas relaciones prácticas», no sólo «aportar fórmulas muertas, abstractas»; deberíamos «salir del socialismo abstracto y abordar las relaciones determinadas y concretas de la sociedad». Si Mülberger lo hubiera hecho, tal vez habría merecido bien del movimiento. El primer paso para abordar las relaciones concretas determinadas de la sociedad consiste, sin embargo, en enterarse de ellas, en analizar sus verdaderas conexiones económicas. Pero, ¿qué encontramos en Mülberger? En total, dos tesis:

1) «El inquilino es para el propietario lo que el asalariado es para el capitalista».

He mostrado en la página 6[**] de la edición aparte que esto es absolutamente falso, y Mülberger no ha tenido nada que objetar.

2) «Pero el toro que» (en reforma social) «hay que agarrar por los cuernos es la productividad del capital, como le llama la escuela liberal de la Economía política, y que no existe en realidad, pero sirve en su existencia aparente para encubrir todas las desigualdades que gravitan sobre la sociedad actual».

Así, el toro que hay que agarrar por los cuernos, «no existe en realidad», y por lo tanto no tiene «cuernos». El mal no reside en él, sino en su existencia aparente. A pesar de esto, «la llamada productividad (del capital) se halla en situación de hacer aparecer como por encanto las casas y las ciudades», cuya existencia es todo lo que se quiera menos «aparente» (pág. 12).

¿Y es una persona para quien «El Capital» de Marx «le es igualmente conocido» y que, sin embargo, balbucea de manera impotente y confusa sobre las relaciones entre el capital y el trabajo, quien pretende mostrar a los obreros alemanes un camino nuevo y mejor, y se presenta como el «arquitecto» que «ve claramente al menos las grandes líneas de la estructura arquitectónica de la sociedad futura»?

Nadie se halla más cerca «de las relaciones concretas determinadas de la sociedad» que Marx en «El Capital». Dedicó veinticinco años a estudiarlas desde todos los ángulos, y los resultados de su crítica contienen siempre los gérmenes de las llamadas soluciones, en cuanto sean en general posibles hoy. Pero esto [396] no basta al amigo Mülberger. Todo esto es socialismo abstracto, fórmulas muertas y abstractas. En lugar de estudiar las «relaciones concretas determinadas de la sociedad», el amigo Mülberger se contenta con la lectura de algunos tomos de Proudhon, que si bien no le proporcionan nada sobre las relaciones concretas determinadas de la sociedad, le ofrecen, en cambio, recetas milagrosas muy concretas y muy determinadas para todos los males sociales. ¡Y este plan de salvación social, tan acabadito, este sistema proudhoniano, lo ofrece a los obreros alemanes con el pretexto de que él quiere «despedirse de los sistemas», en tanto que yo, según afirma, «escojo el camino opuesto»! Para comprender esto necesito admitir que soy ciego y que Mülberger es sordo, de tal suerte que todo entendimiento entre nosotros es simplemente imposible.

Pero basta ya. Si esta polémica no ha de servir para otra cosa, tiene de bueno, por lo menos, el haber proporcionado la demostración de lo que vale la práctica de estos socialistas que se llaman «prácticos». Estas proposiciones prácticas para acabar con todos los males sociales, estas panaceas sociales, fueron siempre y en todas partes producto de fundadores de sectas que aparecieron en el momento en que el movimiento proletario estaba todavía en la infancia. Proudhon es también de éstos. El desarrollo del proletariado le ha desembarazado rápidamente de estos pañales y ha enseñado a la clase obrera misma que no hay nada menos práctico que estas cavilosas «soluciones prácticas» inventadas de antemano y aplicables a todos los casos, y que, por el contrario, el socialismo práctico reside en el conocimiento exacto del modo capitalista de producción en sus diversos aspectos. Una clase obrera preparada en este orden de cosas, no tendrá jamás dificultades para saber, en cada caso dado, de qué modo y contra qué instituciones sociales debe dirigir sus principales ataques.

NOTAS

[*] F. Engels. «La situación de la clase obrera en Inglaterra». (N. de la Edit.)

[**] Véase el presente tomo, pág. 327. (N. de la Edit.)

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