Represión y cuarentena

Como te ven, te tratan: violencia policial clasista

El trato de la policía a quien encuentra en la calle es muy diferente si se trata de un trabajador de barrio o un cheto que quiere tener vacaciones en la cuarentena.

Cristian Torre



Pasaron solo 72 horas de haberse cumplido un año más del último Golpe de Estado genocida militar y las denuncias contra los abusos policiales comenzaron a viralizarse.

Trascendieron hechos como el de prefectura obligando a realizar lagartijas, flexiones de brazos y salto rana; policía motorizada «arreando» a menores de edad a su casa; pibas que salen a la puerta del monoblock a pasear el perro para que la policía le tome los datos y le diga «están anotadas, a la próxima ya saben»; precarizados que no salen a vender masitas porque si antes le robaban la mercadería ahora va a ser peor; prepoteos constantes como el que realizan patrulleros por alto-parlante, que le gritan a la gente en la puerta de su casa que «Dan vergüenza y asco».

Con la excusa del control del cumplimiento de la cuarentena obligatoria, las fuerzas policiales, la prefectura y la gendarmería están protagonizando casos de abuso de poder y violencia institucional.

El blanco de la escalada represiva es el mismo de siempre: el laburante, los pibes de las barriadas populares, los militantes sociales, las bibliotecas populares y los centros culturales. Ni hablar de los que quedaron marginados de la sociedad, los limpia vidrios, los vendedores ambulantes y todos aquellos a los que no les queda otra que salir a la calle o morirse de hambre.

A este sector social lo están golpeando física y psicológicamente, le están intentado dar «lecciones», lo están amedrentado, amenazando y humillando.

Pero hay una distinción en las fuerzas represivas, no tratan a todos por igual. Actúan de una manera con la juventud de los barrios y los laburantes y de otra con la burguesía o la pequeña burguesía, los chetos y los empresarios.

Observemos el caso del surfista, joven de una familia «acomodada» que prepoteó a la prensa y a prefectura y a quien no llevaron detenido ni pusieron en una jaula, sino que lo escoltaron pacíficamente hasta su casa. Ni bien lo dejaron se escapó a pasar la cuarentena a su hogar de verano en Ostende, con total impunidad.

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Por supuesto que no estamos exigiendo que la policía reprima a los chetos cabeza ovalada que se van de vacaciones en medio de una cuarentena que es una necesidad social para contener una pandemia que afecta a todos. Lo que estamos manifestando es que, así como hay un «garantismo» frente a esos sectores, también debería haberlo, respetando los derechos sociales y civiles, en el caso de los sectores populares, de los trabajadores y la juventud. Debería ser posible hacer la cuarentena sin represión, sin toque de queda o estado de sitio.

 

Los policías, prefectos, gendarmes tienen una hostilidad manifiesta contra los jóvenes y laburantes de los barrios. De hecho, con la excusa de la pandemia, muchos gobernadores han declarado estados de sitio y toque de queda, es que detrás del virus viene el acicate de la crisis económica y la amenaza de la explosión de rabia popular.

El trato violento no se debe a que están «violando» la cuarentena, es una manera de aleccionar y mantener a raya la presión a la desobediencia civil, justificando la represión con el pánico social que hay al COVID-19 y la posibilidad de contagiarse.

El endurecimiento represivo es una tendencia que va en aumento en todo el territorio del país; cotidianamente los noticieros nos muestran imágenes de Gendarmería o prefectura entrando a “luchar contra el virus” en barrios de trabajadores, un reflejo de que se les está dando cada vez más poder a las fuerzas armadas.

De esto nos debe quedar una moraleja: las fuerzas represivas no están para cuidarnos.

 

 

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