En el momento en que Flandin sucedió a Doumergue, planteamos ante la vanguardia proletaria, la pregunta: “¿Adónde va Francia?” Los cuatro meses transcurridos nada han cambiado en lo esencial y no han debilitado nuestro análisis ni nuestros pronósticos. El pueblo francés se encuentra en una encrucijada: un camino lleva a la revolución socialista, el otro a la catástrofe fascista. La elección del camino depende del proletariado. A la cabeza de éste se encuentra su vanguardia organizada. Planteamos nuevamente la cuestión: a dónde llevará a Francia la vanguardia proletaria?

 

El diagnóstico de la Internacional Comunista es falso y funesto 

El Comité Central ejecutivo del Partido Socialista ha lanzado en enero, un programa de lucha por el poder, de destrucción del aparato del Estado burgués, de instauración de la democracia obrera y campesina, de expropiación de los bancos y de las ramas concentradas de la industria. Sin embargo, el Partido no ha movido, hasta ahora, ni un meñique para llevar este programa a las masas. A su vez, el Partido Comunista se niega, rotundamente, a tomar el camino de la lucha por el poder. ¿La causa? “La situación no es revolucionaria”.

¿Las milicias? ¿El armamento de los obreros? ¿E1 control obrero? ¿Un plan de nacionalización? ¡Imposible! “La situación no es revolucionaria”. Qué se puede hacer? Lanzar grandes petitorios con los clericales, ejercer la elocuencia hueca con los radicales y esperar. ¿Hasta cuándo? Hasta que la situación se vuelva revolucionaria por sí misma. Los sabios médicos de la Internacional Comunista tienen un termómetro, que ponen bajo la axila de esa vieja que es la Historia y de ese modo determinan infaliblemente la temperatura revolucionaria. Pero no muestran a nadie su termómetro.

Afirmamos: el diagnóstico de la Internacional Comunista es radicalmente falso. La situación es tan revolucionaria como puede serlo con la política no-revolucionaria de los partidos obreros. Lo más exacto es decir que la situación es prerrevolucionaria. Para que esta situación madure, hace falta una movilización inmediata, fuerte e incansable de las masas en nombre del socialismo. Esta es la única condición para que la situación prerrevolucionaria se vuelva revolucionaria. En caso contrario, si se continúa marcando el paso en el mismo lugar, la situación prerrevolucionaria se volverá contrarrevolucionaria y llevará a la victoria del fascismo.

La frase sacramental sobre la “situación no revolucionaria” solo sirve actualmente para atiborrar las cabezas de los obreros, paralizar su voluntad y dejar libres las manos al enemigo de clase. Bajo la cobertura de frases parecidas, el conservadurismo, la indolencia, la estupidez y la cobardía se apoderan de la dirección del proletariado y se prepara la catástrofe, como en Alemania.

 

La tarea y el objetivo de este trabajo

En las páginas siguientes, nosotros, bolcheviques leninistas, sometemos a una critica marxista detallada el diagnóstico y el pronóstico de la Internacional Comunista. Ocasionalmente, nos detendremos para tocar los puntos de vista de los diversos dirigentes socialistas, en la medida que sea necesaria para nuestro objetivo fundamental: mostrar la falsedad radical de la política del Comité Central del Partido Comunista francés. A los gritos e insultos de los estalinistas opondremos hechos y argumentos.

Naturalmente, no nos limitaremos a una simple critica. Opondremos a los puntos de vista y consignas falsos las ideas y los métodos creadores de Marx y Lenin.

Reclamamos del lector una atención concentrada. Lo que está en juego es, en el sentido más directo e inmediato, la cabeza del proletariado francés; Ningún obrero consciente tiene el derecho de permanecer impasible ante esas cuestiones, de cuya solución depende la suerte de su clase!

 

 

¿COMO SE LLEGA A UNA SITUACION REVOLUCIONARIA? 

 

La premisa económica de la revolución socialista 

La primera y más importante premisa de una situación revolucionaria es la exacerbación intolerable de las contradicciones entre las fuerzas productivas y las formas de propiedad. La nación deja de avanzar. El freno del desarrollo de la potencia económica y, aún más, su regresión significan que el sistema capitalista de producción se ha desgastado por completo y que debe ceder su lugar al sistema socialista.

La crisis actual, que abarca a todos los países y retrasa la economía en decenas de años, ha empujado definitivamente el sistema burgués hasta el absurdo. Si en los principios del capitalismo, obreros hambrientos e ignorantes destruyeron las máquinas; ahora quienes destruyen las máquinas son los propios capitalistas. El mantenimiento, en adelante, de la propiedad privada de los medios de producción amenaza a la humanidad con la barbarie y la degeneración.

La base de la sociedad es su economía. Esta base está madura para el socialismo en un doble sentido: la técnica moderna ha alcanzado un nivel tal que podría asegurar un elevado bienestar al pueblo y a toda la humanidad; pero la propiedad capitalista, que se sobrevive, condena a los pueblos a una pobreza y a sufrimientos cada vez mayores.

La premisa fundamental, económica, del socialismo, existe desde hace mucho tiempo. Pero el capitalismo no desaparecerá de la escena por si mismo. Solo la clase obrera puede arrancar las fuerzas productivas de manos de los explotadores que las estrangulan. La historia nos plantea esta tarea en forma aguda. Si el proletariado se encuentra, por tal o cual razón, incapaz de derrocar a la burguesía y tomar el poder; si, está, por ejemplo, paralizado por sus propios partidos y sindicatos, continuará la declinación de la economía y de la civilización, se acrecentarán las calamidades, la desesperación y la postración se apoderarán de las masas y el capitalismo —decrépito, putrefacto, agusanado— estrangulará a los pueblos cada vez con más fuerza, arrastrándolos al abismo de nuevas guerras. No hay salvación fuera de la revolución socialista. 

 

¿Es ésta la última crisis del capitalismo o no? 

El presidium de la Internacional Comunista ensayó inicialmente explicar que la crisis, comenzada en 1929, era la última crisis del capitalismo. Dos años más tarde, Stalin declaró que la crisis actual no es todavía, “verosímilmente”, la última. También en el campo socialista encontramos el mismo intento de profecía: ¿la última crisis o no?

“Es imprudente afirmar —escribe Blum en Le Populaire del 23 de febrero— que la crisis actual es como un espasmo supremo del capitalismo, el último sobresalto antes de la agonía y la descomposición”. Este mismo punto de vista tiene Grumbach, quien dijo el 26 de febrero, en Mulhouse: “Algunos afirman que esta crisis es pasajera; otros ven en ella la crisis final del sistema capitalista. aún no nos atrevemos a pronunciamos definitivamente”.

En esta forma de plantear la cuestión hay dos errores cardinales: en primer lugar, se mezcla la crisis coyuntural con la crisis histórica de todo el sistema capitalista; en segundo lugar, se admite que, independientemente de la actividad consciente de las clases, una crisis puede por si misma, ser la “última crisis”.

Bajo la dominación del capital industrial, en la época de la libre competencia, los ascensos coyunturales sobrepasaban de lejos a las crisis; los primeros eran la “regla”, los segundos, la “excepción”; el capitalismo en su conjunto estaba en ascenso. Desde la guerra,. con la dominación del capital financiero monopolista, las crisis coyunturales sobrepasan de lejos a las reanimaciones; se puede decir que las crisis se han convertido en la regla y los ascensos en la excepción; el desarrollo económico. en su conjunto va hacia abajo, no hacia arriba.

No obstante, las oscilaciones coyunturales son inevitables y aún con el capitalismo enfermo, se perpetuarán en tanto exista el capitalismo. Y el capitalismo se perpetuará en tanto que no se haya llevado a cabo la revolución proletaria. Esta es la única respuesta correcta.

 

Fatalismo y marxismo 

El revolucionario proletario debe comprender, ante todo, que el marxismo, única teoría científica de la revolución proletaria, nada tiene en común con la espera fatalista de la “Ultima” crisis. El marxismo es, por su propia esencia, una guía para La acción revolucionaria. El marxismo no ignora la voluntad y el coraje, sino que los ayuda a encontrar el camino justo.

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No hay ninguna crisis que pueda ser, por sí’ misma, “mortal” para el capitalismo. Las oscilaciones de la coyuntura crean solamente una situación en la cual será más fácil o más difícil al proletariado derrocar al capitalismo. El paso de la sociedad burgue­sa a la sociedad socialista presupone la actividad de personas vivas, que hacen su propia historia. No la hacen por azar ni según su gusto, sino bajo la influencia de causas objetivas determinadas. Entretanto, sus propias acciones —su iniciativa, su audacia, su devoción o, por el contrario, su estupidez y su cobardía— entran como eslabones necesarios en la cadena del desarrollo histórico.

Nadie ha numerado las crisis del capitalismo ni ha indicado de antemano cuál de ellas será la ‘última”. Pero toda nuestra época y sobre todo la crisis actual, dictan imperiosamente al proletariado:

¡Toma el poder! Si, el partido obrero, a pesar de las condiciones favorables, se revela incapaz de llevar al proletariado a la conquista del poder, la vida de la sociedad continuará, necesariamente, sobre bases capitalistas; hasta una nueva crisis o una nueva guerra; quizás, hasta el derrumbe completo de la civilización europea.

 

La “última” crisis y la “última” guerra 

La guerra imperialista de 1914-18 representó también una “crisis” en la marcha del capitalismo y, por cierto, la más terrible de todas las crisis posibles. En ningún libro se predijo que esa guerra sería la última locura sangrienta del capitalismo o no. La experiencia de Rusia ha demostrado que la guerra podía ser el fin del capitalismo. En Alemania y en Austria, la suerte de la sociedad burguesa dependió enteramente en 1918 de la socialdemocracia, pero este partido reveló ser el sirviente del capital. En Italia y en Francia, el proletariado hubiera podido conquistar el poder al fin de la guerra, pero no tenía a su frente un partido revolucionario. En una palabra, si la Segunda Internacional en el momento de la guerra, no hubiera traicionado la causa del socialismo para adherir al patriotismo burgués, toda la historia de Europa y de la humanidad se presentaría hoy de una manera completamente distinta. Por supuesto, el pasado no es reparable. Pero se pueden aprender las lecciones que nos deja.

El desarrollo del fascismo es en sí mismo, el testimonio irrefutable de que la clase obrera ha tardado terriblemente en cumplir la tarea puesta ante sí, desde hace mucho tiempo, por la declinación del capitalismo.

La frase: esta crisis no es todavía la “última”, no puede tener más que un sentido: a pesar de las lecciones de la guerra y de las convulsiones de posguerra, los partidos obreros aún no han sabido prepararse a sí mismos, ni preparar al proletariado, para la toma del poder; peor aún, los jefes de esos partidos no ven siquiera hasta ahora la propia tarea, haciéndola caer en el “desarrollo histórico”, en lugar de en ellos mismos, el partido y la clase. El fatalismo es una traición teórica contra el marxismo y la justificación de la traición política contra el proletariado, es decir, la preparación de una nueva capitulación ante una nueva “última” guerra. 

 

La Internacional Comunista se ha pasado a las posiciones del fatalismo socialdemócrata 

El fatalismo de la socialdemocracia es una herencia de la preguerra, cuando el capitalismo crecía casi sin interrupción, aumentaba el número de obreros, aumentaba el número de miembros del partido, de votos en las elecciones y de puestos ganados en éstas. De este ascenso automático nació poco a poco la ilusión reformista de que es suficiente continuar por el viejo camino (propaganda, elecciones, organización) y la victoria vendrá por sí sola.

Por cierto, la guerra ha desbaratado el automatismo del desarrollo. Pero la guerra es un fenómeno “excepcional”. Con la ayuda de Ginebra, no habrá una nueva guerra, todo volverá a la norma, y el automatismo del desarrollo será restablecido.

A la luz de esa perspectiva, las palabras: “Esta no es la ultima crisis”, deben significar: “En cinco años, en diez años, en veinte años, tendremos más votos y más puestos electivos; entonces hay que esperar y tomaremos el poder”. (Ver los artículos y discursos de Paul Faure). Este fatalismo optimista, que parecía convincente hace un cuarto de siglo, resuena ahora como una voz de ultratumba. La idea de que, en el camino hacia la crisis futura, el proletariado se hará infaliblemente más poderoso que ahora, es radicalmente falsa. Con la inevitable putrefacción ulterior del capitalismo, el proletariado no crecerá ni se hará más fuerte, sino que se descompondrá, haciendo cada vez mayor el ejército de desocupados y lumpen-proletarios; entretanto, la pequeña burguesía se desclasará y caerá en la desesperación. La pérdida de tiempo abre una perspectiva para el fascismo y no para la revolución proletaria.

Es de destacar que también la Internacional Comunista, burocratizada hasta la médula, ha reemplazado la teoría de la acción revolucionaria por la religión del fatalismo. Es imposible luchar, pues “no hay situación revolucionaria”. Pero una situación revolu­cionaria no cae del cielo; se forma en la lucha de ciases. El partido del proletariado es el factor político más importante para la formación de una situación revolucionaria. Si ese partido da la espalda a las tareas revolucionarias, adormeciendo y engañando a los obreros para jugar a los petitorios y para confraternizar con los radicales, entonces debe formarse, no una situación revolucionaria, sino una situación contrarrevolucionaria.

 

¿Cómo aprecia la situación la burguesía? 

La declinación del capitalismo, junto con el grado extraordinariamente elevado de las fuerzas productivas, es la premisa económica de la revolución socialista. Sobre esta base se desarrolla la lucha de clases. En la lucha viva de las clases se forma y madura una situación revolucionaria.

¿Cómo aprecia la situación actual y como actúa la gran burguesía, el amo de la sociedad contemporánea? El 6 de febrero de 1934 no fue inesperado más que para las organizaciones obreras y la pequeña burguesía. Los centros del gran capital participaban desde hacía mucho tiempo en el complot, con el objetivo de sustituir por la violencia al parlamentarismo por el bonapartismo (régimen “personal”). Esto significa: los bancos, los trusts, el estado mayor, la gran prensa juzgaron tan próximo el peligro de la revolución que se apresuraron a prepararse para ella mediante un “pequeño” golpe de estado.

De este hecho surgen dos conclusiones importantes: 1) los capitalistas, desde antes de 1934, juzgaban la situación como revolucionaria; 2) no se quedaron a esperar pasivamente el desarro­llo de los acontecimientos, para recurrir en el último momento a una defensa “legal”, sino que tomaron ellos mismos la iniciativa, lanzando sus bandas a la calle. ¡La gran burguesía ha dado a los obreros una inapreciable lección de estrategia de clase!

L ‘Humanité repite que el “frente único” ha echado a Doumergue. Pero esto es, para decirlo moderadamente, una fanfarronada hueca. Por el contrario, si el gran capital ha juzgado posible y razonable reemplazar a Doumergue por Flandin, es únicamente porque el Frente único no representa aún un peligro revolucionario inmediato, de lo que la burguesía se ha convencido por la expe­riencia. “Puesto que los terribles dirigentes de La Internacional Comunista, a pesar de la situación del país, no se preparan para la lucha sino que tiemblan de miedo, quiere decir que se puede esperar para pasar al fascismo. Es inútil forzar los acontecimientos y comprometer prematuramente a los radicales, a quienes aún se puede necesitar”. Esto es lo que se dicen los verdaderos amos de la situación. Mantienen la unión nacional y sus decretos bonapartistas, ponen al Parlamento bajo el terror, pero dejan de apoyarse en Doumergue. Los jefes del capital han hecho así una cierta corrección a su apreciación originaria, reconociendo que la situación no es inmediatamente revolucionaria, sino pre-revolucionaria.

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¡Segunda lección destacable de estrategia de clase! Muestra que incluso el gran capital, que tiene a su disposición todas las palancas de mando, no puede apreciar de un solo golpe a priori e infaliblemente la situación política en toda su realidad: entra en la lucha y, en el proceso, sobre la base de la experiencia que esta be da, corrige y precisa su apreciación. Este es en general, el único medio posible de orientarse en política exactamente y, a! mismo tiempo, activamente.

¿Y los jefes de la Internacional Comunista? En Moscú, sin tomar en cuenta al movimiento obrero francés, algunos burócratas mediocres, mal informados, que en su mayoría ni siquiera leen en francés, dan el diagnóstico infalible, con ayuda de su termómetro: “La situación no es revolucionaria”. El Comité Central del Partido Comunista francés está obligado a repetir esta frase vacía, cerrando ojos y orejas. ¡El camino de la Internacional Comunista es el camino más corto hacia el abismo!

 

El sentido de la capitulación de los radicales

El partido radical representa el instrumento político de la gran burguesía, mejor adaptado a las tradiciones y a los prejuicios de la pequeña burguesía. A pesar de esto, los jefes principales del radicalismo, bajo la fusta del capital financiero, se han inclinado humildemente ante el golpe de estado del 6 de febrero, dirigido inmediatamente contra ellos. De ese modo, han reconocido que la marcha de la lucha de clases amenaza a los intereses fundamentales de la “nación”, es decir de la burguesía, y se han visto obligados a sacrificar los intereses electorales de su partido. La capitulación del partido parlamentario más poderoso, ante los revólveres y navajas de los fascistas es la expresión exterior del derrumbe completo del equilibrio político del país. Pero, quien dice estas palabras, dice con ellas que la situación es revolucionaria o, para decirlo con mayor exactitud, pre-revolucionaria [1].

 

La pequeña burguesía y la situación pre-revolucionaria

Los procesos que se desarrollan en las masas de la pequeña burguesía tienen una importancia excepcional para apreciar la situación política. La crisis política del país es, ante todo, la crisis de la confianza de las masas pequeño burguesas en sus partidos y en sus jefes tradicionales. El descontento, la nerviosidad, la inestabilidad, el arrebato fácil de la pequeña burguesía son signos extremadamente importantes de una situación pre-revolucionaria. Así como el enfermo que hierve de fiebre se acuesta sobre el lado derecho o sobre el izquierdo, la pequeña burguesía febril puede volverse a la derecha o a la izquierda. según el lado a! que se vuelvan en el período próximo los millones de campesinos, artesanos, pequeños comerciantes, pequeños funcionarios franceses, la situación pre-revolucionaria puede cambiarse tanto en situación revolucionaria como contrarrevolucionaria.

El mejoramiento de la coyuntura económica podría —no por mucho tiempo— atrasar, pero no frenar la diferenciación de la pequeña burguesía a derecha o a izquierda. Si, por el contrario,- la crisis fuera profundizándose, la quiebra del radicalismo y de todos los agrupamientos parlamentarios que gravitan a su alrededor, iría a una velocidad redoblada.

 

¿Cómo puede producirse un golpe de estado fascista en Francia?

Sin embargo, no hay que pensar que el fascismo debe necesariamente convertirse en un poderoso partido parlamentario antes de que se haga dueño del poder. Así es como sucedió en Alemania, pero en Italia ocurrió de otro modo. Para el éxito del fascismo no es en absoluto obligatorio que la pequeña burguesía haya roto previamente con los antiguos partidos “democráticos”: es suficiente con que haya perdido la confianza que tenía en ellos y que mire con inquietud a su alrededor, buscando nuevos caminos.

En las próximas elecciones municipales, la pequeña burguesía puede aún dar un número importante de sus votos a los radicales y a los grupos cercanos, por la ausencia de un nuevo partido político que logre conquistar la confianza de los campesinos y de los pequeños burgueses de las ciudades. Y al mismo tiempo, puede producirse un golpe de fuerza militar del fascismo, con la ayuda de la gran burguesía, desde algunos meses después de las elecciones y mediante su presión atraerse las simpatías de las capas más desesperadas de la pequeña burguesía.

Por eso, sería una grosera ilusión consolarse pensando que la bandera del fascismo no se ha hecho aún popular en el interior y en los pueblos. Las tendencias antiparlamentarias de la pequeña burguesía pueden, escapando a los marcos de la política parlamentaria oficial de los partidos, apoyar directa e inmediatamente un golpe de estado militar, cuando éste se haga necesario para la salvación del gran capital. Semejante modo de acción corresponde mucho más a las tradiciones y al temperamento de Francia.[2]

Las cifras de las elecciones tienen, naturalmente, una importancia sintomática. Pero apoyarse sobre este único índice sería dar prueba, de cretinismo parlamentario. Se trata de procesos más profundos que, una mala mañana, pueden tomar de sorpresa a los señores parlamentarios. En esto, como en los demás terrenos, la cuestión no es zanjada por la aritmética sino por la dinámica de la lucha. La gran burguesía no registra pasivamente la evolución de las clases medias, sino que prepara las tenazas de acero con ayuda de las cuales podrá atrapar en el momento oportuno a las masas a las que ha torturado y desesperado.

 

Dialéctica y metafísica 

El pensamiento marxista es dialéctico: considera todos los fenómenos en su desarrollo, en su paso de un estado. a otro. El pensamiento del pequeño burgués conservador es metafísico: sus concepciones son inmóviles e inmutables; entre los fenómenos hay tabiques impermeables. La oposición absoluta entre una situación revolucionaria y una situación no revolucionaria es un ejemplo clásico de pensamiento metafísico. según la formula: lo que es, es; lo que no es, no es, y todo lo demás es cosa de Mandinga.

En el proceso histórico, se encuentran situaciones estables, absolutamente no revolucionarias. Se encuentran también situaciones notoriamente revolucionarias Hay también situaciones contrarrevolucionarias (¡no hay que olvidarlo! ). Pero lo que existe sobre todo, en nuestra época de capitalismo en putrefacción son situaciones intermedias, transitorias: entre una situación no revolucionaria y una situación prerrevolucionaria, entre una situación prerrevolucionaria y una situación revolucionaria o …contrarrevolucionaria. Son precisamente estos estados transitorios los que tienen una importancia decisiva desde el punto de vista de la estrategia política.

Qué diríamos de un artista que no distinguiera más que los dos colores extremos en el espectro. Que es daltónico o medio ciego y que debe renunciar al pincel. ¿Qué decir de un político que no sería capaz de distinguir más que dos estados: “revolucionario” y “no revolucionario”? Que no es un marxista, sino un estalinista, que puede ser un buen funcionario, pero de ningún modo un dirigente proletario.

Una situación revolucionaria se forma por la acción reciproca de factores objetivos y subjetivos. Si el partido del proletariado se muestra incapaz de analizar a tiempo las tendencias de la situación prerrevolucionaria y de intervenir activamente en su desarrollo, en lugar de una situación revolucionaria surgirá inevitablemente una situación contrarrevolucionaria. Es precisamente ante este peligro que se encuentra actualmente el proletariado francés. La política miope, pasiva, oportunista del frente único y sobre todo de los estalinistas, que se han convertido en su ala derecha: he aquí lo que constituye el principal obstáculo en el camino de la revolución proletaria en Francia.

 

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