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Clara Zetkin

¡Por la liberación de la Mujer!

Discurso pronunciado ante el Congreso Obrero Internacional de Paris, el 19 de julio de 1889, que daría fundación a la Segunda Internacional.

 

No es de extrañar – expone la conferenciante – que los elementos reaccionarios tienen una concepción reaccionaria del trabajo de la mujer. Pero es en el grado inesperado mas alto que también se encuentra una concepción equivocada la situación socialista, en la que se exige la abolición del trabajo de la mujer. La cuestión de la emancipación de la mujer, esto es, en última instancia la cuestión del trabajo de la mujer, es una cuestión económica, y con derecho se espera por parte de los socialistas una elevada comprensión de cuestiones económicas como estas, la cual se manifiesta en la justa demanda alegada.

Los socialistas deben saber que en el dearrollo económico actual el trabajo de la mujer es una necesidad; que la tendencia natural del trabajo de la mujer, o será disminuido, el tiempo de trabajo, al cual cada individuo de la sociedad debe consagrarse, o que la riqueza de la sociedad crecerá; que no es el trabajo de la mujer en sí, el cual a través de la concurrencia con la fuerza de trabajo masculina presiona hacia abajao el salario, sino la explotación del trabajo de la mujer a través de los capitalistas que ellos mismo se apropian.

Los Socialistas deben ante todo saber que la esclavitud social o la Libertad radica en la dependencia o independencia económica.

Aquellos que han escrito sobre su estandarte la liberación de todos los que portan rostro humano, no deben condenar a toda una mitad del género humano por medio de la dependencia económica a la esclavitud política y social. Así como el trabajador está subyugado al capitalista, así está la mujer subyugada al hombre; y ella quedará subyugada en tanto no se alze en pié económicamente independiente. La condición obligada para esto, su independencia económica, es el trabajo. Si se quiere hacer de las mujeres un ser humano libre, como miembro de la sociedad en igualdad de derechos, como los hombres, pues no se necesita ni abolir ni limitar el trabajo de la mujer, excepto en determinados casos, casos aparte muy aislados.

Las trabajadoras, aquellas que aspiran a la igualdad social, no esperan para su emancipación nada del movimiento de mujeres de la burguesía, que supuestamente lucha por los derechos de las mujeres. Ese edificio está construido sobre arena y no tiene ningún fundamento real. Las trabajadoras están absolutamente convencidas de ello, de que la cuestión de la emancipación de las mujeres no es una existencia para sí aislada, sino una parte de la gran cuestión social. Ellas se van con las cuentas totalmente claras sobre ello, que esta cuestión en la socieidad de hoy ahora y nunca más será solucionada, sino después de una remodelación fundamental de la sociedad. La cuestión de la emancipación de la mujer es una criatura del nuevo tiempo, y la máquina ha dado a luz a la misma.

Emancipación de la mujer significa la transformación integral de su posición social fundamentalmente, una revolución de su rol en la vida económica. La vieja forma de producción con sus medios de trabajos incompletes aprisionó a la mujer en la Familia y limitó su circulo de acción sobre el interior de su casa. En el seno de la familia representa la mujer una fuerza de trabajo productiva extraordinaria. Ella produjo casi todos los objetos de uso de la familia. Al estamento de producción y comercio de antaño le hubiera sido muy difícil, cuando no imposible, producir esos artículos fuera de la Familia. En tanto que fueron fuertes esas viejas relaciones de producción en fuerza, fue la mujer productiva económicamente…

La producción maquinaria ha matado la actividad económica de la mujer en la familia. La gran industria produce todos los artículo más baratos, rápidos y masivos, que a la industria aislada le fué posible sólo trabajar con las herramientas incompletas una pigmea producción. La mujer debía a menudo pagar mas caro la materia prima, que compró en lienzo, que el producto listo de la gran industria maquinaria. Ella debía de sacrificar además de su precio de compra (de la materia prima), su tiempo y su trabajo. Por consiguiente la actividad productiva dentro de la familia sería un sinsentido económico, un despilfarro en fuerza y tiempo. Aunque sí individuos aislados en el seno de la Familia prefieren ser mujeres productivas de utilidad, este tipo de actividad significa, no obstante, una perdida para la Sociedad.

Este es el fundamento por el que las buenas económicas procedentes de los buenos viejos tiempos ha desaparecido casi todas. La gran industria ha hecho inútil la producción de mercancías en casa y para la familia, esta ha retirado del suelo las ocupaciones hogareñas de la mujer. Simultáneamente ha logrado también el suelo para la ocupaciones de la mujer en la Sociedad. La producción mecánica, la cual puede renunciar de la fuerza muscular y del trabajo cualificado, hizo posible colocar a las mujeres sobre un gran campo de trabajo. La mujer ingresó en la industria con el deseo de incrementar los ingresos en la familia. Las mujeres trabajadoras en la industria fueron una necesidad con el desarrollo de la industria moderna. Y con cada mejora de los nuevos tiempos el trabajo de hombres, de ese modo, estaba de sobra, miles de trabajadores fueron arrojados sobre el empedrado, fue así creado una ejercito de reserva de pobres, y el salario disminuyó constantemente siempre más hondo.

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Antiguamente había bastado la ganancia de los hombres, bajo la ocupación productiva simultánea de las mujeres en la casa, para asegurar la existencia de la familia; ahora apenas alcanza para sustentar a los trabajadores solteros. El trabajador casado debe contar de modo necesario con el trabajo pagado de la mujer.

A través de este hecho la mujer fué liberada de la dependencia económica del hombre. La mujer activa en la fábrica, que de ningún otro modo podía estar exclusivamente en la Familia como un mero apéndice económico del hombre – ella aprendió a bastarse por sí misma como fuerza económica que es independiente de los hombres. Pero cuando la mujer no dependió más económicamente del hombre, así no se dio ningún fundamento razonable para su dependencia social de él. No obstante esta independencia económica no benefició evidentemente en el instante mismo a la mujer, sino a los capitalistas. A fuerza de su monopolio de los medios de producción se apoderó el capitalista de los nuevos factores económicos y le dejó entrar de su ventaja exclusiva en la actividad. Las mujeres liberadas, frente aquellas que dependían económicamente de los hombres, fueron sometidas al dominio económico de los capitalistas; de ser unas esclavas de los hombres pasaron a ser éstas de los patrones: ellas sólo habían cambiado de dueño. Después de todo ganaron por ese cambio; ella no es por más tiempo frente al hombre económicamente inferior y subordinada a éste, sino su igual. El capitalista no se conforma con esto, explotar a la mujer misma, el se aprovecha de la misma además, con ello que valiéndose de su ayuda explota aún más a fondo a los hombres trabajadores.

Las mujer trabajadora fué desde el comienzo más barata que el hombre trabajador. El salario de los hombres fué originariamente calculado por encima para cubrir la manutención de toda una familia; el salario de la mujer representó desde el principio sólo los costos para la manutención de una única persona, y este mismo sólo por parte, porque se contaba por encima, que la mujer también continuaba trabajando en casa además de su trabajo en la fábrica. Sólo una pequeña cantidad de trabajo social medio, comparados con los productos de la gran industria, correspondió de lejos aquellos productos fabricados por la mujer en casa con primitivos instrumentos de trabajo. Ello será tratado para deducir una esaca actividad laboral de la mujer, y esa consideración dispensará a la mujer una escasa remuneración por su fuerza de trabajo. Además de ese motivo de la barata remuneración, vendrá aún la circunstancia de que la mujer tiene en todo menos necesidades que el hombre.

Pero lo que hacía muy particularmente valioso a los capitalistas de la fuerza de trabajo femenina no fué sólo su escaso precio, sino también el gran docilismo de la mujer. El capitalista especulaba sobre ambos momentos retribuir tan mal como le fuera posible a las trabajadoras y deprimir tan inténsamente como le fuera posible el salario del hombre. De igual modo se aprovecho del trabajo de los niños para deprimir el salario de las mujeres; y del trabajo de las máquinas para deprimir ante todo la fuerza de trabajo humana. El sistema capitalista es sólo el causante de que el trabajo de la mujer tenga un resultado directamente opuesto de su tendencia natural; que la dirige hacia una duración más larga de la jornada de trabajo, en lugar de operar un reducción esencial; que esta no es equivalente con una proliferación de la riqueza de la sociedad, esto es, con un mayor bienestar de cada miembro aislado de la Sociedad, sino sólo con una subida de las ganancias de un puñado de capitalistas y al mismo tiempo con un siempre mayor empobrecimiento de las masas. Las consecuencias nefastas del trabajo de la mujer, que hoy se hacen tan dolorosamente apreciables, desaparecerán sólo con la desaparación del sistema de producción capitalista.

El capitalista se debe esforzar, para no sucumbir a la concurrencia, en hacer tan grande como le sea posible la diferencia entre el precio de compra (producción) y el precio de venta; y buscar así producer tan barato como le sea posible. El capitalista tiene, por ende, todo interés en ello, en prolongar la jornada de trabajo continuamente y despachar con tan sólo irrisorio escaso salario como le sea posible. Este empeño está en oposición directa con el interés de las trabajadoras, lo mismo como de aquellos interéses de los trabajadores varones. No hay, por tanto, una oposición real entre los interéses de los trabajadores y las trabajadoras; pero más bien existe una oposición irreconciliable entre los interéses del capital y aquellos del trabajo.

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Fundamentos económicos hablan en contra de demandar la prohibición del trabajo de la mujer. La situación económica actual es así, que ni el capitalista, ni el hombre, pueden renunciar del trabajo de la mujer. El capitalista debe mantener este en vigor para mantener una apta concurrencia, y el hombre debe contar con este si quiere fundar una familia. Si nosotros mismos quisieramos poner el caso de que el trabajo de la mujer fuera eliminado por vía legislative, entonces no sería mejorado el salario de los hombres. El capitalista cubriría la pérdida de la fuerza de trabajo barata femenina muy pronto a través de la aplicación de máquinas perfeccionadas en extensa medida, y en poco tiempo todo volvería a ser como antes.

Después del gran cese del trabajo, cuya resultado fue favorable para los trabajadores, se ha visto que los capitalistas han destruido, con ayuda de las máquinas perfeccionadas, los éxitos conseguidos de los trabajadores.

Si se demanda la prohibición del trabajo de la mujer en virtud de su crecida concurrencia, entonces esta por lo mismo lógicamente fundamentado demandar la abolición las máquinas y la restauración del derecho de gremio medieval, la cuál implató el número de aquellos en todas las empresas de oficio por trabajadores empleados.

A solas hablan aquellos contra una prohibición del trabajo de la mujer, prescidiendo de los fundamentos económicos son ante todo fundamentos por principio. Justamente por fundamento de las partes principals de la cuestión deben ser cautelosas de ello las mujeres, protestar con toda las fuerzas contra todo intent de tal índole; ellas deben oponerle la resistencia más ardorosa y al mismo tiempo la más fundada, por que ellas saben que su equiparación política y social con los hombres depende únicamente de su autonomía económica, de las cuales posibilitan su trabajo en la sociedad fuera de la familia.

Desde el punto de vista de los principios, nosotras las mujeres protestamos insistentemente contra una limitación del trabajo de la mujer. No formularemos ninguna demanda en particular porque nosotras no queremos separar en absolute nuestra causa de la causa de los trabajadores en general, no exigimos ninguna otra protección que aquella que demanda el trabajo en general contra el capital.

Sólo consentimos una única excepción a beneficio de las mujeres embarazadas, cuya condición require medidas de protección particular en interés mismo de la mujer. Nosotras no reconocemos para nada ninguna cuestión de mujer en particular, – nosotras no reconocemos ninguna cuestión de trabajadoras en particular! Nosotras no esperamos nuestra total emancipación ni de admission de lo que se llama oficio libre, y enseñado por uno de los mismos hombres – aunque la demanda de ambos derechos sólo es natural y justa – ni de la concesión del derecho politico. Los países en los que supuestamente, por lo general, existe drecho al voto libre y directo, nos muestran como de escaso es el mismo derecho. El derecho al voto sin libertad económica no es más ni menos que un cambio que no tiene ningún rumbo. Si la emancipación social dependiera de los derechos politicos, no existiría en los países con derecho al voto universal ninguna cuestión social. La emancipación de las mujeres, como la emancipación de todo el género humano, será exclusivamente la obra de la emancipación del trabajo del capital. Sólo en la sociedad socialista conseguiran las mujeres, como los trabajadores, la totalidad de su derecho.

En consideración de este hecho, la mujeres que van en serio con el deseo de su liberación, no les resta nada para aliarse con el partido de los trabajadores socialista, el único que aspira a la Emancipación de los trabajadores.

Las mujeres han llegado bajo la estandarte socialista sin la ayuda de los hombres, incluso a menudo contra la voluntad de los hombres; se debe incluso incumbir a que ellas mismas, en determinados casos, han sido derivadas irresistiblemente contra su voluntad hacia allí, sencillamente a través de una clara captación de la situación económica.

¡Pero ahora ellas están bajo esa estandarte, y ellas quedarán bajo ella! Lucharán bajo ella para su emancipación, para su reconocimiento de igualdad de derechos humanos.

Mientras ellas vayan mano a mano con el partido de los trabajadores socialistas, están preparadas preparadas para participar en todas las labores y sacrificios de los luchadores, pero ellas están solidamente decididas en demandar después de la victoria, con buena razón, sus derechos correspondientes. Con relación al sacrificio y al deber como al derecho, ellas no quieres ser ni más ni menos que camaradas de armas que han sido acogidas bajo las mismas condiciones en las filas de los luchadores.

(Ardoroso aplauso que se repite, esta polémica ha sido traducida al inglés y al francés por parte del ciudadano Aveling).

 

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