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León Trotsky

La Guerra y la Internacional (1914)

Introducción

[1] La cuestión balcánica

[2] Austria-Hungría

[3] La guerra contra el zarismo

[4] La guerra contra Occidente

[5] La guerra de defensa

[6] ¿Qué tienen que ver los socialistas con las guerras capitalistas

[7] El colapso de la Internacional

[8] Oportunismo socialista

[9] El declive del espíritu revolucionario

[10] Imperialismo de la clase trabajadora

[11] La época revolucionaria

 

Prefacio del autor:

 

Las fuerzas productivas que el capitalismo desarrolló han desbordado los límites del estado.

El estado nacional, la forma política actual, es demasiado estrecha para la explotación de esas fuerzas productivas. Y por esto, la tendencia natural de nuestro sistema económico, busca romper los límites del estado. El globo entero, la tierra y el mar, la superficie y también la plataforma submarina, se han convertido en un gran taller económico, cuyas diversas partes están reunidas inseparablemente entre sí.

Este trabajo ha sido hecho por el capitalismo. Pero al hacerlo, los estados capitalistas fueron arrastrados a la lucha por el predominio del mundo que emprendió el sistema económico capitalista en provecho de los intereses de la burguesía de cada país. Lo que la política imperialista ha demostrado, antes que nada, es que el viejo estado nacional creado en las revoluciones y. guerras de 1785-1815, 1848-1859, 1864-1866 y 1870, ha sobrevivido y es hoy un obstáculo intolerable para el desenvolvimiento económico.

La presente guerra es en el fondo una sublevación de las fuerzas productivas contra la forma política de nación y estado. Y esto significa el derrumbe del estado nacional como una unidad económica independiente.

La nación debe continuar existiendo como un hecho cultural ideológico y psicológico, pero ha sido privada de sus bases económicas. Toda disquisición sobre el actual choque sangriento en el sentido de que es una acción de defensa nacional, es o bien hipocresía o bien ceguera. Por el contrario, el significado real y objetivo de la guerra es el aniquilamiento de los actuales centros nacionales económicos y su sustitución por una economía mundial. Pero el camino que los gobiernos proponen para resolver el problema del imperialismo no es a través de la inteligente y organizada cooperación de todos los. productores de la humanidad, sino su realización por medio de la explotación del sistema económico mundial por la clase capitalista del país victorioso, la cual será así transformada de gran poder nacional en poder mundial.

La guerra proclama la caída del estado nacional a la vez que la caída del sistema capitalista de economía. Por medio del estado nacional el capitalismo ha revolucionado completamente el sistema económico del mundo. Ha dividido toda la tierra entre las oligarquías de los grandes poderes, alrededor de las cuales estaban agrupados los estados satélites y las pequeñas naciones que vivían. al margen de las rivalidades de los grandes. El desarrollo futuro de la economía mundial sobre la base capitalista significa una lucha sin tregua por nuevos campos de explotación capitalista, los cuales deben ser obtenidos de una misma fuente: la tierra. La rivalidad económica, bajo la bandera del militarismo, es acompañada por el robo y la destrucción, los cuales violan los principios más elementales de la economía humana. La producción mundial se subleva no solamente contra la confusión producida por divisiones nacionales y de estado, sino también contra la organización económica capitalista, convertida hoy en un gran caos de desorganización.

La guerra de 1914 es la más colosal caída en la historia de un sistema económico destruido por sus propias contradicciones internas.

Todas las fuerzas históricas cuya labor ha sido guiar a la sociedad burguesa, hablar en su nombre y explotar, han declarado su bancarrota histórica en esta guerra. Esas fuerzas defendían el sistema capitalista como un sistema de civilización humana, y la catástrofe surgida de este sistema es principalmente su catástrofe. La primera oleada de acontecimientos exaltó a los gobiernos nacionales y a los ejércitos a un nivel jamás alcanzado. Por el momento las naciones se ubicaron alrededor de ellos. Pero lo terrible será el aplastamiento de los gobiernos, cuando los pueblos, ensordecidos por el tronar de los cañones, se den cuenta, en toda su verdad y horror, de los acontecimientos que en. este momento se desarrollan.

La reacción revolucionaria de las masas será más poderosa cuanto más grande sea el cataclismo que la Historia descargue sobre ellas.

El capitalismo ha creado las condiciones materiales. de un nuevo sistema económico socialista. El imperialismo ha llevado a las naciones capitalistas a ese caos histórico. La guerra de 1914 muestra el camino para salir de este caos, impulsando violentamente al proletariado hacia el camino de la revolución.

Para los países de Europa económicamente atrasados la guerra trae aparejados, en primer lugar, problemas primarios de origen histórico, problemas de democracia y unidad nacional. Esto es lo que ocurre en gran medida en el caso del pueblo ruso, Austria-Hungría y la península balcánica.

Pero estas tardías cuestiones históricas, las que fueron legadas a la época actual corno una herencia del pasado, no alteran el carácter esencial de los acontecimientos. No son las aspiraciones de los serbios, polacos, rumanos o finlandeses los que han movilizado a 25 millones de soldados y los han llevado a los campos de batalla, sino los intereses imperialistas de la burguesía de las grandes potencias. Es el imperialismo quien ha trastocado totalmente el statu quo europeo mantenido durante 45 años, y quien ha levantado viejos problemas que la revolución burguesa demostró no poder resolver.

Aún en la época actual es totalmente imposible tratar estas cuestiones entre las potencias.

Su naturaleza no tiene carácter independiente. La creación de relaciones normales de vida nacional y desarrollo económico en la península balcánica es inadmisible si el zarismo y Austria-Hungría siguen existiendo. El zarismo es ahora el indispensable almacén militar para el imperialismo financiero de Francia y el poder colonial conservador de Inglaterra. Austria-Hungría es el principal apoyo del imperialismo alemán. La guerra, aunque originada por choques entre familias privadas, entre los nacionalistas y terroristas serbios y la policía política de los Habsburgo, muy pronto reveló su verdadero y fundamental carácter: una lucha de vida o muerte entre Alemania e Inglaterra. Mientras los bobos e hipócritas hablan de defensa, de libertad nacional e independencia, la guerra angloalemana es hecha verdaderamente en pro de la libertad de explotación imperialista de los pueblos de la India y de Egipto por una parte, y de la división imperialista de los pueblos de la tierra por la otra.

Alemania comienza su desarrollo capitalista sobre una base nacional y con la destrucción de la hegemonía continental de Francia en el año 1870-1871. Ahora que el desarrollo de la industria alemana sobre una base nacional la ha convertido en el primer poder capitalista del mundo, se encuentra en colisión con la hegemonía de Inglaterra en el curso de su desarrollo ulterior. La completa e ilimitada dominación del continente europeo parece para Alemania el indispensable requisito del derrumbe de su enemiga mundial. Por esto, lo primero que la Alemania imperialista inscribe en su programa a es la creación de una liga de naciones de la Europa central; Alemania, Austria-Hungría, la península balcánica y Turquía, Holanda, los países escandinavos, Suiza, Italia y, si fuese posible, las debilitadas Francia, España y Portugal, servirán para constituir una unión económica y militar, una gran Alemania bajo la hegemonía del actual estado alemán.

Este programa, que ha sido cuidadosamente elaborado por los economistas, políticos, juristas y diplomáticos del imperialismo alemán y llevado a la realidad por sus estrategas, es la prueba más clara y la más elocuente expresión del hecho de que el capitalismo se ha extendido más allá de sus límites del estado nacional y se siente limitado de manera intolerable dentro de sus fronteras. El gran poder nacional tiene que acabar, y en su lugar debe surgir el poder mundial imperialista.

En estas circunstancias históricas, la clase trabajadora, el proletariado, no puede tener interés en defender la supervivencia de la anticuada “patria” nacional., que se ha convertido en el principal obstáculo para el desarrollo económico. La tarea del proletariado es la de crear una patria mucho más poderosa, con mucha más fuerza de resistencia: los Estados Unidos republicanos de Europa, como base de los Estados Unidos del mundo.

El único camino por el cual el proletariado puede hacer frente al capitalismo imperialista es oponiéndole como programa práctico del día la organización socialista de la economía mundial.

La guerra es el método por el cual el capitalismo, en la cumbre de su desarrollo, busca la solución de sus insalvables contradicciones. A este método, el proletariado debe oponer su propio método: el de la revolución social.

La cuestión balcánica y la del derrumbe del zarismo, propuesto a nosotros por la Europa de ayer, puede ser resuelto solamente por un camino revolucionario, en unión con el problema de la Europa unida del mañana. La inmediata y urgente tarea de la social democracia rusa, a la cual el autor pertenece, es la lucha contra el zarismo.

Lo que el zarismo busca ante todo en Austria-Hungría y los Balcanes es un mercado para sus métodos políticos de saqueo, robo y actos de violencia. La burguesía rusa, continuando el camino de sus radicales intelectuales, se ha desmoralizado totalmente con el tremendo crecimiento de la industria en los últimos cinco años, y ha entrado en un acuerdo sangriento con la dinastía, la cual tiene que asegurar a los impacientes capitalistas rusos su parte en el botín mundial por nuevos robos terrestres. Mientras el zarismo asaltaba y devastaba la Galitzia privándola hasta de los jirones y andrajos de libertad que le habían garantizado los Habsburgo, mientras desmembraba a la infortunada Persia, y desde el rincón del Bósforo trataba de echar la cuerda al cuello de los pueblos balcánicos, dejaba al liberalismo, al que despreciaba, la tarea de ocultar sus robos, a la vez que se entretenía en repugnantes declaraciones sobre la defensa de Bélgica y Francia. El año 1914 señala la completa bancarrota del liberalismo ruso y hace del proletariado ruso el único campeón de la guerra de liberación. Esto convierte definitivamente a la revolución rusa en una parte integral de la revolución social del proletariado europeo.

En nuestra guerra contra el zarismo, en la cual nunca hemos conocido una tregua “nacional”, jamás buscamos la ayuda del militarismo de los Habsburgo ni de los Hohenzollern, ni ahora tampoco lo buscamos. Conservamos una visión revolucionaria lo suficientemente clara como para saber cómo la idea de la destrucción del zarismo repugnaba al imperialismo alemán. El zarismo ha sido su mejor aliado en la frontera oriental. Está unido a él por vínculos de estructura social y fines históricos. Aunque no fuese así y se pudiese asegurar que por exigencias de las operaciones militares, el imperialismo alemán dirigiera sus golpes contra el zarismo, perjudican¬do sus propios intereses políticos, hasta en semejante caso, muy improbable, nos negaríamos a considerar a los Hohenzollern como un aliado por simpatía o por identidad de fines inmediatos. El destino de la revolución rusa está tan inseparable¬mente ligado con el destino. del socialismo europeo y nosotros, socialistas rusos, estamos tan firme en el terreno del internacionalismo, que no podemos, no debemos ni por un momento acariciar La idea de comprar la dudosa libertad de Rusia por la segura libertad de Bélgica y Francia y -lo que es más importante aún- inocular al proletariado alemán y austro-húngaro el virus del imperialismo.

Estamos unidos por muchos lazos a la democracia ale¬mana. Todos hemos pasado por la escuela socialista alemana y aprendido lecciones, tanto de sus éxitos como de sus equivocaciones. La social democracia alemana fue para nosotros no solo un partido de la Internacional, fue el partido por excelencia. Siempre hemos conservado y fortalecido el lazo fraternal quo nos une con la social democracia austro-húngara. Por otra parte, siempre hemos sentido orgullo por el hecho de haber cooperado para ganar el derecho político en Austria y despertar tendencias revolucionarias en la clase trabajadora alemana. Esto costó más do una gota de sangre. hemos aceptado sin vacilar la ayuda moral y material de nuestro viejo hermano, que se batió por los mismos fines que nosotros del otro lado de nuestra frontera occidental.

Precisamente por este respeto, por el pasado y aún más por el futuro, el cual debe unir a la clase trabajadora de Rusia con la clase trabajadora de Alemania y Austria, es por lo que nosotros, indignados, rehusamos la ayuda “liberadora” que nos ofrecía el imperialismo alemán en una caja do municiones de Krupp con el beneplácito -¡ay!-del socialismo alemán. Y esperamos que la protesta indignada del socialismo ruso sea lo bastante fuerte como para ser oída en Berlín y Viena.

El derrumbe de la Segunda Internacional es un hecho trágico, y sería .ceguera o cobardía cerrar los ojos ante él. La posición adoptada por los franceses y por una gran parte del socialismo inglés obedece en gran parte a esta caída, lo mismo que la posición de la social democracia alemana y Austria. Si el presente trabajo se dirige principalmente a la social democracia alemana, es solamente porque el partido alemán era el más fuerte, de más influencia y, en principio, el miembro más básico del mundo socialista. Su histórica capitulación revela claramente las causas de la caída de la Segunda Internacional.

A primera vista, puede parecer que las probabilidades social-revolucionarias del futuro son en general ilusorias. La insolvencia de los viejos partidos socialistas ha venido a ser catastróficamente aparente. ¿Por qué debemos tener fe en la futura acción del socialismo? El escepticismo, aunque es muy natural, conduce, sin embargo, a una conclusión errónea, pues deja de lado la buena voluntad de la historia, así como otras veces nos hemos inclinado a ignorar su mala voluntad, la cual se ha demostrado tan cruelmente ahora con el destino que le ha cabido a la Internacional.

La guerra presente señala el derrumbe de los estados nacionales. Los partidos socialistas de la época que ahora concluye fueron partidos nacionales. Ellos quedaron. apresados en el engranaje de los estados nacionales con todas las diferentes partes de sus organizaciones, con todas sus actividades y con su psicología. En oposición a las solemnes declaraciones en sus congresos, se levantaron en defensa del estado conservador cuando el imperialismo, crecido en el suelo nacional, comenzó a demoler las anticuadas barreras nacionales. Y en su histórica caída, los estados nacionales también arrastraron consigo a los partidos socialistas nacionales.

No es el socialismo el que ha ido abajo sino su temporalmente histórica forma externa. La idea revolucionaria comienza a vivir nuevamente, arrojando su viejo y rígido caparazón. Este caparazón está hecho de seres humanos, de toda una generación de socialistas que se han petrificado en abnegación y en trabajos de agitación y organización o durante un período de varias décadas de reacción política y han caído dentro de los hábitos y opiniones del oportunismo nacional o posibilismo. Todos los esfuerzos para salvar la Internacional sobre la vieja base., por medio de métodos diplomáticos personales y concesiones mutuas, no ofrecen ninguna esperanza. El viejo topo de la historia está ahora excavando sus pasadizos demasiado bien y nadie tiene el poder de detenerle.

Así como los estados nacionales se han convertido en un obstáculo para el desarrollo de las fuerzas productivas, también los viejos partidos socialistas se han convertido en el principal impedimento para el movimiento revolucionario de la ciase trabajadora. Fue preciso que demostraran hasta la saciedad su atraso extremo, que desacreditaran sus métodos, completamente inadecuados y rígidos y trajesen la vergüenza y el horror del desacuerdo nacional sobre el proletariado para que la clase trabajadora pudiese emanciparse, a través de esas terribles desilusiones, de los prejuicios y hábitos de esclavitud del periodo de preparación y finalmente se convirtiera en lo que la voz de la historia está ahora proclamando: la clase revolucionaria batiéndose por el poder.

La segunda internacional no ha existido en vano. Cumplió un gran trabajo cultural. Nunca hubo algo igual en la historia. educó y unificó a las clases oprimidas. El proletariado no necesita ahora empezar por el principio. Entra en el nuevo camino, pero no con las manos vacías. La época pasada le ha legado un rico arsenal de ideas. Le ha legado las armas de la crítica. La nueva época le enseñará al proletariado a combinar las viejas armas de la crítica con la nueva crítica de las armas.

Este libro fue escrito con gran prisa, en condiciones muy poco favorables para un trabajo sistemático. Una gran parte está dedicado a la vieja Internacional que se ha derrumbado. Pero todo el libro, desde la primera a la última página, ha sido escrito con la idea de la nueva Internacional constantemente en el pensamiento: la nueva Internacional que ha de levantarse del actual cataclismo mundial, la Internacional del último conflicto y de la victoria final.

León Trotsky.

 

 

[1] LA CUESTIÓN BALCÁNICA

 

“La presente guerra, por estar hecha contra el zarismo ruso y sus vasallos, se encuentra dominada por una idea histórica. El ímpetu de esta gran idea histórica consagra los campos de batalla de Polonia y del Este de Rusia. El estampido del cañón, el martilleo de las ametralladoras y el empuje de la caballería, todo contribuye al robustecimiento del programa democrático para la liberación de las naciones. Si el zarismo, aliado con los poderes capitalistas de Francia y con una nación de mercachifles sin escrúpulos, no hubiese conseguido sofocar la revolución de 1905, la actual matanza entre las naciones habría podido ser evitada.”

“Una Rusia democrática no habría consentido el llevar a cabo esta guerra fútil y sin escrúpulos. Las grandes ideas de libertad y de justicia hablan ahora el persuasivo lenguaje de las ametralladoras y de la espada, y todo corazón susceptible de simpatía por las causas justas y humanas, sólo puede desear que el poder del zarismo sea destruido de una vez para siempre, y que las oprimidas nacionalidades de Rusia puedan aún tener el derecho a. disponer de sus destinos.”

La cita anterior es del Nepszawa del 31 de agosto do 1914, el organo oficial del Partido Socialista Húngaro. Hungría es el país cuya vida interna se construyó sobre la base de la opresión de una minoría nacional, sobre la esclavitud de las clases trabajadoras y sobre el parasitismo oficial y la usura de la casta gobernante de los grandes terratenientes. Es el país en el que hombres parecidos a Tisza, son dueños de la situación, envueltos en la piel de cordero del agrarismo, pero que proceden como bandidos políticos. En una palabra: Hungría es el país más parecido a la Rusia gobernada por el zarismo.

Esta afirmación, que es más ajustada que la hecha por el Nepszawa, el órgano socialista de Hungría, ¿levantaría un clamor de entusiasmo ante la liberadora misión de los ejércitos de Alemania y Austria-Hungría? ¿Quién que no fuera el conde Tisza, sentiría el llamado en pro del “robustecimiento del programa democrático para la liberación de las naciones”? ¿Quién podía aparecer para mantener muy altos los principios eternos de la ley y la justicia en Europa, sino la turba de gobernantes de Budapest y los desacreditados “panamistas”? ¿Acaso había de confiarse tal misión a la diplomacia sin escrúpulos de la “pérfida Albión”, la nación de mercachifles?

La risa reemplaza a la indignación. La trágica inconsistencia de la política seguida por la Internacional no sólo alcanzó su punto culminante en los artículos del pobre Nepszawa; ellos nos desarman con su humorismo.

La serie actual de acontecimientos comienza con el ultimátum dirigido a Serbia por Austria-Hungría. En este asunto no existía la más mínima razón para que la socialdemocracia internacional tomase bajo su protección las intrigas de los serbios o cualquiera de las insignificantes dinastías de la península balcánica. Todos ellos trataban de ocultar sus aventuras políticas bajo el manto de las aspiraciones nacionales. Y mucho menos motivo tenemos para dejarnos llevar por un arrebato de indignación moral, por el hecho de que un joven fanático serbio respondiera a la política cobarde, criminal y vil de las autoridades gubernativas de Viena y Budapest con un sangriento asesinato.[1]

No nos cabe la menor duda de una cosa; de que en la discusión entre la monarquía del Danubio y el gobierno de Serbia, el derecho histórico, es decir, el derecho de autodeterminación, estaba de parte de Serbia a semejanza de lo que pasaba con el derecho de Italia en el año 1859. Detrás del duelo entre los canallas políticos imperiales y los terroristas[2] de Belgrado, se oculta un sentido más profundo que las meras ansias de los Karajorgevich o los crímenes de la diplomacia del zar. Por un lado, estaba la exigencia imperialista de un estado nacional que ha perdido su vitalidad, y del otro, el deseo de la nación serbia desmembrada de reintegrarse ella misma en una fusión nacional y llegar a ser un estado con plenitud de derechos.

¿Y para esto nos hemos sentado tanto tiempo en la escuela del socialismo? ¿Para olvidar las tres primeras letras del alfabeto democrático? Esta falta absoluta de memoria se pone de manifiesto solamente después del 4 de agosto. Hasta esa fecha funesta,. los marxistas alemanes demostraron que conocían muy bien lo que ocurría en el sureste de Europa.

El 3 de julio de 1914, después del asesinato de Sarajevo, escribía el Vorwärts:

“La revolución burguesa de los eslavos del sur se encuentra en su apogeo y el pistoletazo do Sarajevo, a pesar de ser en sí mismo un acto salvaje, sin sentido, es como un capítulo importante de esta revolución, tanto como las batallas mediante las cuales los búlgaros, serbios y montenegrinos liberaban a la población de Macedonia del yugo de la explotación feudal de los turcos. ¿Qué tiene de extraño quo los sureslavos de Austria-Hungría pongan con vehemencia su mirada en sus hermanos de raza del reino de Serbia? Los serbios han alcanzado en su país el punto culminante a que un pueblo puede llegar en el presente orden social. Y todos los que llevaban el nombre de serbios o croatas, en Viena o Budapest, eran tratados a puñetazos y patadas, se les aplicaba la ley marcial y eran encarcelados… Hay allí siete millones y medio de sureslavos, los cuales, a consecuencia de las victorias en los Balcanes, han aumentado más que nunca en audacia, exigiendo sus derechos políticos. Y si el trono imperial de Austria continúa resistiendo su impacto, se derrumbará, y todo el Imperio, con el cual nosotros hemos enlazado nuestros destinos, se romperá en pedazos. La evolución histórica demuestra que tales revoluciones nacionales marchan siempre derechas a la victoria.”

Si la socialdemocracia internacionalista, junto a su sector serbio, ofrecía una inflexible resistencia a las reclamaciones nacionales de Serbia, no era ciertamente por los derechos históricos de Austria-Hungría a oprimir y desintegrar las nacionalidades que viven dentro de sus fronteras, ni mucho menos por la misión liberadora de los Habsburgo.

Hasta agosto de 1914, nadie, exceptuando los negros y amarillos, vendidos de la prensa, se atrevía a murmurar una palabra sobre esto. Los socialistas eran influidos en su conducta por diferentes motivos. Primero, el proletariado, a pesar de que no discutía el derecho histórico de Serbia de esforzarse para conseguir su unión nacional, no podía confiar la solución de este problema a los poderes que entonces regían los destinos del reino serbio.

En segundo lugar (y esto para nosotros era un factor decisivo), la socialdemocracia internacional no podía sacrificar la paz de Europa a la causa nacional de los serbios, reconociendo, como lo hacían, que excepto mediante una revolución europea, el único camino para que una unión semejante se realizara, era una guerra europea.

Pero desde el momento que Austria-Hungría llevaba el problema de su propio destino y el do Serbia al campo de batalla, los socialistas no podían tener la menor duda de que el progreso social y nacional sería herido más gravemente en el sudeste de Europa por una victoria de los Habsburgo que por una victoria serbia.

En otras palabras, para nosotros, socialistas, no había la más pequeña razón para identificar nuestra causa con la del ejército serbio.

Esta era la idea que animaba a los socialistas serbios Liapchevich y Katzlerovich, cuando valerosamente decidieron votar contra los créditos de guerra.[3]

Pero seguramente nosotros tenemos aún menos razón para apoyar los derechos puramente dinásticos de los Habsburgo y los intereses imperiales de las pandillas de capitalistas feudales, contra la lucha nacional de los serbios. Sobre todo, la socialdemocracia austro-húngara, la que invoca ahora las bendiciones sobre la espada de los Habsburgo para la liberación de los polacos, ucranianos, fineses y rusos, debe antes que nada. aclarar sus ideas sobre la cuestión serbia, la cual ha quedado tan enturbiada y sin esperanza. El problema a resolver, sin embargo, no se limita solamente a! destino de diez millones de serbios. El choque de las naciones europeas, nuevamente ha reactualizado la cuestión balcánica.

La Paz de Bucarest, firmada en 1903, no resolvió ni los problemas nacionales, ni los internacionales en el Cercano Este. Solamente intensificó, confundiéndolo más, el resultado de las dos guerras balcánicas sin fin, que acabaron con el completo aunque temporal agotamiento de las naciones que participaron en ellas.

Rumanía siguió en política el camino de Austria-Hungría, a pesar de las rumanescas simpatías de su población, especialmente en las ciudades. Esto era debido, no tanto a causas dinásticas, como por ejemplo al hecho de que un príncipe de Hohenzollern ocupara el trono, sino más bien al peligro inminente de una invasión rusa. En 1879, el zar de Rusia, en agradecimiento por la ayuda prestada por Rumanía durante la guerra ruso-turca de “liberación”, seccionó del territorio rumano la provincia de Besarabia.

Este hecho tan elocuente robusteció suficientemente las simpatías de la dinastía de los Hohenzollern de Bucarest. Pero las pandillas Magyar-Habsburgo lograron exasperar al pueblo rumano contra ellos por su política de desnacionalización en Transilvania de una población de tres millones de rumanos contra tres cuartos de millón en la provincia rusa de Besarabia, y más tarde los enfrentaron a raíz de sus tratados comerciales, que eran dictados por los intereses de una gran parte de los terratenientes austro-húngaros.

Esta es la razón de la entrada de Rumanía en la guerra :al lado del zar, a pesar de la valerosa y activa agitación contra la participación en cualquiera de los beligerantes llevada a cabo (por los socialistas) bajo la dirección de mis amigos Gherea y Rakovski, participación de la que es culpable la clase gobernante de Austria-Hungría, que recoge ahora la cosecha que sembró, tanto aquí como en otras partes.

Pero la cuestión no se resuelve con fijar la responsabilidad histórica. Mañana, en un mes, en un año o más, la guerra traerá al primer término la resolución de los destinos de los pueblos balcánicos y de Austria-Hungría, y el proletariado tendrá su contestación para este problema.

La democracia europea del siglo XIX miraba con desconfianza la lucha por la independencia que sostenían los Balcanes porque temían que el poder ruso fuera fortalecido a expensas de Turquía. Sobre esto, Karl Marx escribía en 1853, en vísperas de la guerra de Crimea:

“Se puede decir que cuanto más firmes se establezcan Serbia y su nacionalidad, más relegada a un segundo plano quedará la influencia directa de Rusia sobre los eslavos turcos; para mantener su posición como estado cristiano, Serbia tiene que importar sus instituciones políticas y sus escuelas (…) de la Europa occidental.”[4]

Esta profecía ha sido brillantemente realizada con lo ocurrido actualmente en Bulgaria, que fue creada por Rusia como una avanzada en los Balcanes. Tan pronto como Bulgaria fue regularmente establecida como estado, se formó un fuerte partido antiruso, bajo la dirección del antiguo discípulo ruso Stambulov, y este partido fue suficientemente fuerte como para estampar su sello de hierro sobre la política extranjera del joven estado.

Todo el mecanismo de los partidos políticos en Bulgaria está construido para permitirle avanzar en medio de las dos combinaciones europeas sin estar obligada a entrar en. ninguna de ellas, a menos que decida hacerlo de su. propio acuerdo. Rumanía se unió a la alianza austro-alemana y Serbia desde 1903 se unió a Rusia, porque la una estaba amenazada directamente por Rusia y la otra por Austria.

Cuanto más independientes estén los pueblos del Sureste de Europa de Austria-Hungría, más efectivamente serán capaces de proteger su independencia contra el zarismo.

El equilibrio de poderes en los Balcanes, creado por el Congreso de Berlín en 1870, estaba lleno de contradicciones. Limitados por las artificiales fronteras etnográficas, colocados bajo el dominio de las dinastías importadas del semillero alemán, atados de pies y manos por las intrigas de las grandes potencias, los pueblos balcánicos no podían cesar en sus esfuerzos por lograr, poco a poco, su unidad nacional y su libertad.

La. política nacional de Bulgaria independiente fue naturalmente dirigida hacia Macedonia, cuya población era bú1gara. El Congreso de Berlín la había dejado bajo la dominación turca. Por otra parte, Serbia no tenía nada que desear en Turquía como no fuera una pequeña banda de terreno, el saco de arena de Novi-Bazar. Sus intereses nacionales estaban en el otro lado de la frontera austro-húngara, en Bosnia-Herzegovina, Croacia, Eslavonia y Dalmacia. Rumanía no tenía intereses en el Sur, donde estaba separada de la Turquía europea por Serbia y Bulgaria. La política de expansión rumana fue dirigida hacia la Transilvania húngara y la Besarabia rusa.

Finalmente, la expansión nacional de Grecia, como la de Bulgaria, estaba en pugna con Turquía.

La política austro-alemana, tendiente a la conservación artificial de la Turquía europea se derrumbó; pero no fue a causa de las intrigas diplomáticas de Rusia, aunque estas no faltaban. Se derrumbó por la inevitable marcha de su evolución. La península balcánica había entrado en el camino del desarrollo capitalista, y este hecho fue el que planteó a la historia presente el problema de la autodeterminación de la población balcánica como estados nacionales. La guerra de los Balcanes dispuso de la Turquía europea, y esto creó las condiciones necesarias para la solución de las cuestiones griega y búlgara. Pero Serbia y Rumanía, cuya unidad nacional no podía ser realizada a expensas de Austria-Hungría, encontraron resistencia en sus esfuerzos de expansión hacia el Sur, y fueron compensadas a expensas de lo que etnográficamente pertenecía a Bulgaria: Serbia con Macedonia y Rumania con la Dobrudja.

Este es el significado de la segunda guerra de los Balcanes y del Tratado de Paz de Bucarest, por el cual se le puso término.

La mera existencia de Austria-Hungría, esa Turquía de la Europa central, obstruye el camino al natural deseo de los pueblos del Sureste; les obliga a batirse constantemente unos contra otros, y a buscar ayuda de afuera convirtiéndose así en instrumentos de las dominaciones políticas de las grandes potencias. Solamente en medio de semejante caos era posible para la diplomacia del zar tejer la trama cuyo último hilo era Constantinopla, siendo una federación de los estados balcánicos económica y militar La única barrera invencible para interponerse en la ambición del zarismo.

Ahora que la Turquía europea ha desaparecido, es Austria-Hungría la que estorba el camino para una federación de los estados balcánicos; Rumanía, Bulgaria y Serbia hubieran encontrado sus fronteras naturales, y se hubieran unido con Grecia y Turquía sobre la base de intereses económicos comunes, formando una alianza defensiva.

Esto hubiera traído finalmente la paz en la península balcánica, ese volcán que periódicamente amenazaba con sus erupciones a Europa y que la ha llevado a la presente catástrofe.

Hasta hace un cierto tiempo, los socialistas tuvieron que resignarse a observar la manera rutinaria con que la cuestión balcánica era tratada por los diplomáticos capitalistas, quienes en sus conferencias y tratados secretos zurcían un agujero solamente para abrir otro mayor.

Mientras este método dilatorio continuara retrasando la solución final, la Internacional podía esperar que el arreglo de la sucesión de los Habsburgo sería motivo no para una. guerra sino para una revolución europea.

Pero ahora que la guerra ha destruido el equilibrio de la Europa entera y que los poderes rapaces tratan de modificar el mapa no sobre la base de los principios democráticos nacionales sino sobre los de fuerza militar, la socialdemocracia debe llegar a la inquietante conclusión: que uno de los principales obstáculos para la libertad, la paz y el progreso, además del zarismo y el militarismo alemán, es la monarquía de los Habsburgo como organización de estado.

El crimen del grupo socialista galiciano bajo la dirección de Daszijuski consiste, no solo en colocar la causa polaca por encima del socialismo, sino también en unir el destino de Polonia con la suerte del ejército austro-húngaro y el de la monarquía de los Habsburgo.

El proletariado socialista de Europa no podía aceptar semejante solución del problema.

Para nosotros, la unidad e independencia de Polonia es lo mismo que la unidad e independencia de Serbia. No podemos ni queremos permitir que la cuestión polaca sea resuelta por métodos que perpetúen el caos que ahora predomina en el sureste de Europa y perturba el bienestar de toda Europa.

Para nosotros, socialistas, la independencia de Polonia significa su independencia en los dos frentes, en el de los Romanov y en el de los Habsburgo. No solamente deseamos al pueblo polaco la libertad de la opresión del zarismo sino que también deseamos que el destino del pueblo serbio no dependa de la nobleza polaca de Galitzia.

Por ahora no necesitamos considerar qué tipo do relaciones tendría una Polonia independiente con Bohemia, Hungría, La Federación Balcánica; pero es perfectamente claro que un conjunto de pequeños estados en el Danubio y en la península. balcánica constituiría una barrera más efectiva a los designios del zarismo en Europa que el débil y caótico estado austro-húngaro, el cual prueba sus derechos a la existencia solamente por sus continuos atentados a la paz de Europa.

En el artículo de 1853 citado anteriormente, Marx escribía lo siguiente sobre la cuestión de Oriente: “Hemos visto que los hombres de estado europeos, en su obstinada estupidez, petrificada rutina e indolencia intelectual hereditaria, retroceden ante toda tentativa de responder a la pregunta: ¿Qué será de la Turquía europea? Contra La fuerza impulsora que favorece el avance ruso hacia Constantinopla, se piensa emplear, corno medio para alejarla de tal camino, la vacía teoría jamás llevada a cabo de mantener el statu quo.

¿En qué consiste este statu quo? Para los cristianos súbditos de la Puerta, esto no significa más que la perpetuación de su opresión por los turcos. Mientras ellos se encuentren bajo el yugo del gobierno turco, han de mirar la iglesia griega, que gobierna sesenta millones de cristianos cismáticos griegos, como su natural protectora y libertadora”.

Lo que aquí se ha dicho de Turquía se puede aplicar, en un mayor grado, a Austria-Hungría. La solución de la cuestión balcánica no se puede concebir sin la solución de la cuestión austro-húngara, ya que ambas están comprendidas en la misma fórmula, tanto la democrática federación del Danubio, como las naciones balcánicas.

“Los gobiernos, con sus viejos procedimientos diplomáticos —escribía Marx— nunca resolverán La dificultad. Corno tantos otros problemas, la solución del problema turco está reservado para la revolución europea”. Esta afirmación tiene tanta vigencia como en los días en que fue escrita. Pero para que la revolución resuelva las dificultades que se han acumulado en el transcurso de los siglos, necesita el proletariado su propio programa para la resolución de la cuestión austro-húngara. Y este programa tiene que oponerse enérgicamente, tanto al ansia de conquista del zarismo, como a los esfuerzos conservadores y cobardes que mantienen el statu quo de Austria-Hungría.

 

[2] AUSTRIA – HUNGRIA

 

El zarismo ruso representa, indudablemente, una forma de organización estatal más cruel y más bárbara que el débil absolutismo de Austria-Hungría, que ha ido debilitándose por la decadencia propia de la vejez. Pero el zarismo ruso y el estado ruso no son cosas idénticas. La destrucción del zarismo no significa la desintegración del estado. Significa, por el contrario, su liberación y su fortalecimiento. Todas esas afirmaciones relativas a que es necesario empujar a Rusia hacia el Asia, y que encuentran eco hasta en ciertos órganos de la socialdemocracia, están basadas en un mísero conocimiento de la geografía y de la etnografía. Cualquiera que sea la suerte que puedan correr las diversas partes de la Rusia actual, Polonia rusa, Finlandia, Ucrania o la Besarabia, la Rusia europea no dejará de existir como un territorio nacional ocupado por una raza que se cuenta por muchos millones y que ha hecho notables conquistas en su desenvolvimiento cultural durante el último cuarto de siglo.

Muy distinto es el caso de Austria-Hungría. Como organización del estado, se encuentra identificado con la monarquía de los Habsburgo. Se mantiene o se derrumba con los Habsburgo do la misma manera que la Turquía europea se encontraba ligada a la casta feudal y militar otomana y cayó cuando esta casa fue destruida. Como un conglomerado de fragmentos de razas animadas por una tendencia centrifuga, forzados a vivir juntos por una dinastía, Austria-Hungría ofrece el cuadro más reaccionario que se puede encontrar en el corazón de Europa. Su supervivencia después de la actual catástrofe europea, no sólo retardaría el desenvolvimiento de los pueblos del Danubio y de los Balcanes por muchos años, sino que provocaría la repetición de la guerra europea y recrudecería la política zarista al apartarlos de la fuente de su alimentación espiritual.

Y si la socialdemocracia alemana se resigna ante la ruina de Francia considerándola como un castigo por su alianza con el zarismo, entonces nosotros debemos aplicar el mismo criterio a la alianza austroalemana. Y si la alianza de las dos democracias occidentales con un zarismo despótico da un mentís a la prensa francesa e inglesa cuando presenta la guerra como una liberación, entonces ¿no es igualmente arrogante, si no lo es más, para la socialdemocracia alemana el hacer ondear la bandera de la libertad sobre el ejército de los Hohenzollern, el ejército quo se está batiendo no sólo contra el zarismo y sus aliados, sino también por la defensa de la monarquía de los Habsburgo?

Austria-Hungría es indispensable para Alemania, para la clase gobernante en Alemania, tal como nosotros la conocemos. (Cuando la clase gobernante de los junker echó a Francia en los brazos del zarismo a consecuencia de la anexión forzosa de la Alsacia-Lorena y sistemáticamente enturbiaban sus relaciones con Inglaterra por el rápido incremento de sus fuerzas navales; cuando rehusaban aprovechar todas las ocasiones para establecer acuerdos con las democracias occidentales, porque esos recuerdos implicaban la democratización de Alemania, se comprende que esta clase gobernante se viese obligada a buscar ayuda en la monarquía austro-húngara, tomándola como una fuente de reserva de fuerzas militares contra los enemigos en el este y en el oeste.

Conforme al punto de vista. alemán, la misión de la doble monarquía era emplear a húngaros, polacos, rumanos, checos, rutenios, serbios e italianos como auxiliares al servicio de la política militar alemana y de los junker. La clase gobernante en Alemania se resignó fácilmente a la expatriación de diez o doce millones de alemanes, para que estos doce millones formasen el eje en torno del cual los Habsburgo beneficiarían una población no alemana de más de cuarenta millones. Una federación democrática de las naciones independientes del Danubio habría convertido a estos pueblos en elementos inútiles como aliados del militarismo alemán. Solo una monarquía en Austria-Hungría, impuesta por el militarismo, podía convertir a estos países sin valor en lo contrario, como aliados do los junker alemanes. La condición indispensable para esta alianza, santificada por la unión de la dinastía de los Nibelungos, era la preparación militar de Austria-Hungría, una condición que no podía cumplirse sino mediante la supresión mecánica de las tendencias nacionales centrífugas.

Dado que Austria-Hungría está rodeada por todos lados por estados compuestos por las mismas razas que tiene dentro de sus propias fronteras, su política exterior está íntimamente unida a su política interna. Para tener siete millones de serbios y de sureslavos dentro del marco do su propio estado militar, Austria-Hungría se ve forzada a extinguir sus aspiraciones a un reino independiente de Serbia.

El ultimátum a Serbia era un paso decisivo en tal dirección. “Austria-Hungría dio este paso bajo la presión de la necesidad”, escribía Eduard Bernstein en Die Sozialistische Monatshefte (nº 16). así sería si los acontecimientos políticos fuesen considerados desde el punto de vista de la necesidad dinástica.

Para defender la política de los Habsburgo en el terreno del bajo nivel moral de los gobernantes de Belgrado, hay que cerrar los ojos al hecho de que los Habsburgo se hacían los amigos de los serbios, pero sólo cuando Serbia se encontraba bajo el más despreciable gobierno que ha conocido la historia de la infortunada península balcánica, que fue en los días en que tuvo a su cabeza a un agente austríaco como el rey Milano. El arreglo con Serbia llegó tan tarde, porque los esfuerzos hechos para la propia preservación fueron demasiado débiles en el pobre organismo de la doble monarquía. Pero después de la muerte del Archiduque, que era la ayuda y la esperanza del partido militar austríaco y del de Berlín, el aliado de Austria influyó sobre este país para que llevara a cabo una demostración de fuerza. No solamente el ultimátum de Austria a Serbia era aprobado de antemano por los gobernantes de Alemania sino que, según todas las informaciones, estaba inspirado por ellos. La evidencia está claramente demostrada en el mismo Libro Blanco, el cual los diplomáticos, profesionales y aficionados, ofrecían como documento del amor a la paz de los Hohenzollern.

Al analizar los anhelos de la propaganda de la Gran Serbia y las maquinaciones del zarismo en los Balances, dice el Libro Blanco:

“Bajo tales condiciones, Austria se vio forzada a la realización de lo que no era compatible con la dignidad y la propia conservación do la monarquía, a contemplar los hechos a través de la frontera y continuar en actitud pasiva. El Gobierno Imperial nos informaba de su punto de vista y preguntaba nuestra opinión. Nosotros podíamos sinceramente decir a nuestra aliada que aprobábamos su punto de vista de la situación y que le asegurábamos que cualquiera acción que creyere necesaria para poner término al movimiento en Serbia contra la monarquía austríaca, podía contar con nuestra aprobación. Al hacer esto nosotros sabíamos muy bien que las operaciones de una guerra eventual por parte de Austria-Hungría, podía traer a Rusia al conflicto y podía, conforme a los términos de nuestra alianza, envolvernos en la guerra.

“Pero en vista de los intereses vitales de Austria-Hungría que estaban en juego, nosotros no podíamos aconsejar a nuestra aliada el empleo de una suavidad. incompatible con su dignidad o negarle nuestra ayuda en un momento do semejante gravedad. Nosotros éramos los menos indicados para hacer esto, porque nuestros intereses vitales estaban amenazados por la persistente agitación en Serbia. Si a los serbios, ayudados por Rusia y Francia, se les hubiera permitido poner en peligro la estabilidad de nuestra vecina monarquía, se habría producido la gradual caída de Austria y la sujeción de todas las razas eslavas al gobierno ruso. Y esto, a su vez, habría tornado precaria la situación de la raza alemana en Europa Central. Una Austria moralmente debilitada, derrumbándose ante el avance del paneslavismo ruso, no podía ser una aliada con la que nosotros pudiésemos contar y de la que podíamos depender, como nos vemos obligados, ante el hecho de la acentuación de la amenazadora actitud. de nuestros vecinos del este y del oeste. Por estas razones dejábamos las manos libres a Austria en su acción contra Serbia.

La relación de la clase gobernante en Alemania con el conflicto austro-serbio, aparece aquí plena y claramente definida. Alemania no solamente fue informada por el gobierno austro-húngaro de sus intenciones posteriores, sino que las aprobó. Alemania consideraba a la agresión de Austria como algo inevitable, un acto de salvación para sí misma y después hizo de esto una condición para la continuidad de la alianza. Son sus palabras: “Austria no sería una aliada con la que nosotros pudiésemos contar”.

Los marxistas alemanes conocían estos asuntos muy bien y los peligros que en ellos se ocultaban. El 29 de junio, un día después del asesinato del archiduque austríaco, escribía el Vorwärts lo siguiente:

“El hecho de estar nuestra nación harto comprometida con Austria ha sido el resultado de una enmarañada política exterior. Nuestros gobernantes han hecho de la alianza con Austria la base de toda nuestra. política exterior.

Va resultando cada día más claro que esta alianza es una fuente más de debilidad que de fortaleza. El problema de Austria resulta por momentos la amenaza para la paz de Europa.”

Un mes más tarde, el 28 de julio, cuando la amenaza había alcanzado el punto culminante para provocar la terrible guerra, el órgano principal de la socialdemocracia alemana, escribía en los mismos y definitivos términos. “Cómo actuará el proletariado alemán frente a un paroxismo tan sin sentido?”, se preguntaba; y él mismo contestaba: “El proletariado alemán no está interesado en lo más mínimo en la conservación del caos nacional de Austria.”.

Todo lo contrario. La Alemania democrática está más interesada en la destrucción que en la conservación de Austria-Hungría. Una. disolución do Austria-Hungría significaría para Alemania una ganancia de una población educada de doce millones y de una capital de primer rango como Viena. Italia completaría su unidad nacional y dejaría de jugar el papel de factor importante como siempre ha sido en la Triple Alianza. Una Polonia, una Hungría, una Bohemia independientes y una federación balcánica, incluyendo a Rumania, con diez millones de habitantes en La frontera rusa, sería un poderoso baluarte contra el zarismo. Y lo más importante: una Alemania democrática con una población do 75.000.000 de habitantes alemanes, podría fácilmente, sin los Hohenzollern y los gobernantes junker, llegar a un acuerdo con Francia e Inglaterra, podrían aislar al zarismo y condenar a una completa impotencia su política internacional y nacional. Una política dirigida hacia este objetivo sería verdaderamente una política de liberación para el pueblo ruso lo mismo quo para el de Austria-Hungría. Pero tal política requiere una condición esencial y preliminar, es decir, que el pueblo alemán, en vez de encargar a los Hohenzollern que liberen a otras naciones, tendrían que liberarse ellos mismos de los Hohenzollern.

La actitud de la socialdemocracia alemana y austro-húngara en esta guerra, está en flagrante contradicción con semejantes deseos. En el momento presente parece convencida de la necesidad de conservar y fortalecer la Monarquía de los Habsburgo en interés de Alemania o de la nación alemana. Y desde este antidemocrático punto de vista (que llena de vergüenza a todo socialista internacional consciente), el Wiener Arbeiter Zeitung definía el significado histórico de la presente guerra, cuando declaraba: “Es principalmente una guerra (de los aliados) contra el espíritu germánico”.

“Si la diplomacia ha procedido bien, si esto tenía que ocurrir, solamente el tiempo puede decirlo. Ahora está en juego el destino de la nación alemana! No se puede tener sobre ello duda ni vacilación alguna! El pueblo alemán está unido en una férrea e inflexible determinación para no dejarse subyugar y ni la muerte ni el demonio conseguirán hacerles ceder”… y por este estilo todo lo demás (Wiener Arbeiter Zeitung, 5 de agosto). No queremos ofender el gusto literario y artístico del lector continuando estas citas. Nada se dice aquí de la misión emancipadora para otras naciones. Aquí, el objeto de la guerra es conservar y asegurar la “humanidad alemana”.

La defensa de la cultura alemana, del suelo alemán, de la humanidad alemana, parece ser la misión no solo del ejército alemán, sino del austro-húngaro también. El serbio debe batirse contra el serbio, el polaco contra el polaco, el ucraniano contra el ucraniano, en pro de la salvación de la humanidad alemana. Los cuarenta millones de seres de nacionalidades no alemanas, son considerados simplemente como un abono histórico para el campo de la cultura alemana. No es necesario decir que este no es el punto de vista del. socialismo internacional. Esto no es ni siquiera democracia pura en sus más elementales formas. El estado mayor austrohúngaro explica este “humanitarismo” en su comunicado del 18 de setiembre: “Todos los pueblos de nuestra reverenciada monarquía, como dice nuestro juramento militar, contra cualquier enemigo, no importa quién sea, deben estar unidos como uno solo, rivalizando en valor unos con otros”.

El Wiener Arbeiter Zeitung acepta totalmente el punto de vista de los Habsburgo-Hohenzollern, de que el problema austrohúngaro es como una reserva militar de distinta nacionalidad. Es la misma actitud que los militaristas de Francia tuvieron respecto de los senegaleses y los marroquíes y que tienen los ingleses respecto de los hindúes. Y cuando nosotros consideramos que tales opiniones no son una novedad entre los socialistas alemanes y de Austria, encontramos la razón principal por la que la socialdemocracia austríaca se rompió miserablemente en grupos nacionales y se redujo al mínimo su importancia política.

La desintegración de la socialdemocracia austríaca en sectores nacionales que se batían entre sí, era una expresión de lo inadecuado de Austria como organización del estado. Y al mismo tiempo, la actitud de la socialdemocracia austroalemana probaba que ella misma era una pobre víctima de esta inadecuada propiedad de Austria, ante la cual espiritualmente capitulaba. Cuando se reconoció impotente para unir las diversas razas del proletariado austrohúngaro bajo los principios del internacionalismo y finalmente renunció a esa obra por entero, la socialdemocracia austroalemana lo subordinó todo a Austria-Hungría y precisamente a su propia política, a la “idea” del nacionalismo del junker prusiano. Esta total negación de principios se nos presenta de una manera sin precedentes desde las páginas del Wiener Arbeiter Zeitung. Pero si nosotros escuchamos con mayor atención los matices de este nacionalismo histórico, no podemos menos de oír una voz más grave, la voz de la historia, que nos dice que el camino del progreso político para la Europa Central y el sudeste, parte de las ruinas de la monarquía austro-húngara.

 

[3] LA GUERRA CONTRA EL ZARISMO

 

Pero ¿qué hay respecto del zarismo? ¿No significa la victoria austroalemana la derrota del zarismo? Los benéficos resultados de la derrota del zarismo, ¿no excederían grandemente a los benéficos resultados de la desmembración de Austria-Hungría?

Los socialdemócratas alemanes y austríacos ponderan mucho esta cuestión al razonar del modo en que lo hacen sobre la guerra. El aplastamiento de un pequeño país neutral, la ruina de Francia… todo esto está justificado por la necesidad de combatir el zarismo. Haase da como razón para votar los créditos de guerra, la necesidad de “defenderse contra el peligro del despotismo ruso”. Bernstein retrocede hacia Marx y Engels y busca viejos textos para su grito de guerra:

“ Ajustemos las cuentas con Rusia! “.

Südekum, poco satisfecho del resultado de su misión en Italia, dice que lo que los italianos tienen de criticable, es no comprender el zarismo. Y cuando la socialdemocracia de Viena y Budapest se alineó en las filas de los Habsburgo en su “guerra santa” contra los serbios que se batían por su unidad nacional, sacrificaban, según decían, su honor socialista a la necesidad de combatir al zarismo.

Y los social demócratas no están solos en esto. Toda la prensa burguesa alemana no desea otra cosa, por el momento, que el aniquilamiento de la autocracia rusa, la cual oprime a los pueblos de Rusia y amenaza la libertad de Europa.

El canciller imperial denuncia a Francia y a Inglaterra como vasallos del despotismo ruso. También el general alemán von Morgen, seguramente fiel y probado “amigo de la libertad y de la independencia”, invita a los polacos a rebelarse contra el despotismo del zar.

Pero para nosotros, que hemos pasado a través de la escuela del materialismo histórico, sería una desgracia si no nos diéramos cuenta de la actual relación de intereses, a pesar de estas frases, mentiras, bravatas y estúpidas y vulgares locuras.

Nadie puede sinceramente creer quo los reaccionarios alemanes sienten tal odio contra el zarismo y que contra él dirigen sus golpes. Al contrario, después de la guerra el zarismo será para los gobernantes do Alemania lo mismo que era antes de la guerra: La forma de gobierno más parecida a la suya. El zarismo es indispensable a- la Alemania de los Hohenzollern, por dos razones. En primer lugar debilita a Rusia económica, militar y culturalmente, y de esta manera se preserva del desenvolvimiento de un rival imperialista. En segundo lugar, la existencia del zarismo robustece a la monarquía do los Hohenzollern y a la oligarquía do los junker, de tal suerte que si no hubiese zarismo, el absolutismo germánico seria para Europa la última muestra de la barbarie feudal.

El absolutismo germánico no ha ocultado nunca el interés de parentesco que tiene en el mantenimiento del zarismo, el cual representa la misma forma social, aunque más descarada. Intereses, tradición, simpatías, todo sitúa a los reaccionarios alemanes del lado del zarismo. “Las desgracias de Rusia son desgracias para Alemania también”. Al mismo tiempo, los Hohenzollern, a espaldas del zarismo, pueden hacer ver que son un baluarte de la cultura “contra la barbarie”, y pueden hacer creer tal cosa a su pueblo, aunque no consigan lo mismo con el resto de la Europa occidental.

“Con profunda tristeza veo rota la amistad que Alemania ha guardado siempre con fidelidad”, decía Guillermo II, en su discurso sobre la declaración de guerra, no refiriéndose a Francia e Inglaterra, sino a Rusia y en realidad a la dinastía rusa, de acuerdo con la religión de los Hohenzollern rusos, como Marx habría dicho.

Se nos dice que el plan político de Alemania consiste en crear, por una parte, una base de acercamiento a Francia e Inglaterra mediante una victoria sobre estos países, y por otra parte, en utilizar una victoria estratégica sobre Francia para aplastar al despotismo ruso.

Según la socialdemocracia alemana, o han inspirado este plan a Guillermo y a su canciller, o bien se lo han achacado.

Como consecuencia de este hecho, los planes políticos de los reaccionarlos alemanes son de carácter opuesto y necesariamente han de ser así.

Por el momento dejemos de lado la cuestión de si el golpe destructor descargado sobre Francia se dio por consideraciones estratégicas, o si la “estrategia” sancionaba la táctica defensiva en el frente occidental. pero lo cierto es que el no ver que la política de los junker exigía la ruina de Francia es como reconocer que cualquiera tiene razón en mantener sus ojos cerrados. Francia… Francia es el enemigo!

Eduardo Bernstein, que sinceramente trata de justificar la actitud tomada por la socialdemocracia alemana, saca las siguientes conclusiones: Si Alemania se encontrase regida por un gobierno democrático, no habría duda sobre la manera de arreglar las cuentas con el zarismo. Una Alemania democrática habría hecho una guerra revolucionaria en el este. habría dirigido un llamamiento a las naciones oprimidas por Rusia para resistir a su tirano y les habría dado los medios para llevar a cabo una poderosa lucha en defensa de su Libertad (¡Muy bien!). Sin embargo, Alemania no es una democracia y por esto sería un sueño utópico (¡Ciertamente!) el tener que esperar semejante política con todas sus consecuencias de manos de una Alemania tal como es (Vorwärts del 28 de Agosto). ¡Muy bien entonces! Pero al llegar a este punto, Bernstein rompe súbitamente su análisis de la actual política alemana, “con todas sus consecuencias”. Después de poner de manifiesto la flagrante contradicción que entraña la posición de La socialdemocracia alemana, termina con la inaudita esperanza de creer que una Alemania reaccionaria podría llevar a cabo lo que una Alemania revolucionaria no conseguiría. Credo quia absurdum.

Sin embargo, se puede decir en oposición a este criterio que mientras la clase gobernante en Alemania no tiene interés en combatir al zarismo, aunque Rusia es ahora la enemiga de Alemania independientemente de la voluntad de los Hohenzollern, la victoria de Alemania sobre Rusia puede significar un gran debilitamiento del zarismo, o su total derrota. ¡Viva Hindenburg, el grande e inconsciente instrumento de la revolución rusa!, podemos gritar con la Volksstimme, de Chemnitz. ¡Viva el Kronprinz!, también un instrumento inconsciente. ¡Viva el Sultán de Turquía!, que también sirve a la causa de la revolución bombardeando las ciudades rusas de la orilla del Mar Negro ¡Gloriosa revolución rusa! ¡Qué rápidamente aumentan los rangos de su ejército!

Sin embargo, veamos si en todo esto hay algo de verdad que conviene aclarar sobre este aspecto do la cuestión. ¿No es posible que la derrota del zarismo pudiera ayudar a la causa de la revolución?

De tal posibilidad no se puede dudar. El Mikado y sus samurai no tenían el menor interés en la emancipación rusa, y sin embargo la guerra ruso-japonesa dio un ímpetu poderoso a los acontecimientos revolucionarios quo sucedieron después.

En consecuencia, un resultado similar puede esperarse de la guerra ruso-alemana.

Pero para ubicar correctamente esta estimación política sobre estas posibilidades históricas, debemos tomar en consideración algunas circunstancias.

Aquellos que creen quo la guerra ruso-japonesa provocó la revolución, ni conocen ni comprenden los acontecimientos políticos y sus relaciones. La guerra no hizo sino precipitar simplemente el estallido de la revolución; pero por esta misma razón, también la debilitó. Pues si la revolución se hubiese desarrollado como resultado del crecimiento orgánico de fuerzas interiores se habría producido más tarde, pero habría sido mucho más fuerte y más sistemática. Por esto, la revolución no tiene el menor interés en la guerra. Esta es la primera consideración. La segunda es que mientras la guerra ruso-japonesa debilitaba el zarismo, fortalecía el militarismo japonés. La misma consideración s e aplica, en más alto grado aún, a la guerra ruso-alemana.

En el transcurso de 1912-1914 el enorme desarrollo industrial de Rusia arrancó al país de una vez por todas del estado de postración antirrevolucionaria.

El auge del movimiento revolucionario basado en las condiciones económicas y políticas de la masa trabajadora, el crecimiento de la oposición en amplios sectores de la población, condujo a un nuevo periodo de agitación y de violencia. Pero en contraste con los años 1902-1905, este movimiento se desarrollaba de manera más sistemática y consciente, y lo que es más, estaba basado sobre un fundamento social más amplio. La revolución necesitaba tiempo para madurar, pero no necesitaba las lanzas del samurai prusiano. Por el contrario, el samurai prusiano daba al zar la oportunidad de representar el papel de defensor de serbios, belgas y franceses.

Si razonamos a partir del supuesto de una catástrofe rusa, la guerra puede provocar un pronto estallido de la revolución, pero a costa de su debilitamiento interno. Y si la revolución llegase a triunfar en las alturas en semejantes circunstancias, entonces las bayonetas de los ejércitos de los Hohenzollern se dirigirían contra la revolución. Tal perspectiva apenas puede paralizar las fuerzas revolucionarias; es imposible negar el hecho de quo el partido del proletariado alemán está detrás de las bayonetas de los Hohenzollern. Pero esto es solamente un aspecto de la cuestión. La derrota de Rusia necesariamente supone una victoria decisiva de Alemania. y Austria en otros campos de batalla; lo que significa conservación forzosa del caos político nacional en la Europa central y del sudeste y el ilimitado predominio del militarismo alemán en todo el continente.

El desarme forzoso de Francia, los billones a que ascendería la indemnización, las tarifas aduaneras creadas a manera de murallas en torno a las naciones conquistadas y los tratados comerciales con Rusia hechos a la fuerza, todo esto haría al imperialismo alemán dueño de la situación por muchas décadas.

La nueva Política alemana, que comienza con la capitulación del partido proletario ante el militarismo nacionalista, sería fortalecida durante muchos años. La clase trabajadora alemana tendría que mantenerse material y espiritualmente con las migajas caídas de la mesa del imperialismo victorioso, mientras la causa de la revolución recibirla un golpe mortal.

El hecho de que en semejantes circunstancias una revolución rusa, aunque tuviera buen resultado temporalmente resultara un aborto histórico, no necesita más pruebas.

En consecuencia, las actuales batallas que libran las naciones bajo el yugo del militarismo impuestas por las clases capitalistas poseen contrastes monstruosos, los cuales ni la guerra misma, ni los gobiernos que la dirigen, pueden resolver conforme al interés del futuro desarrollo histórico.

La socialdemocracia no podía, ni puede ahora, combinar sus deseos con ninguna de las posibilidades históricas de esta guerra, esto es, ni con la victoria de la Triple Alianza, ni con la victoria de la Entente.

La social democracia alemana conocía bien esta situación. El Vorwärts, en su edición del 28 de Julio, discutiendo la cuestión de la guerra contra el zarismo, decía:

“¿Pero no resultaría posible localizar esta perturbación si Rusia entrase en batalla?”

“¿Cuál sería nuestra actitud entonces hacia el zarismo? Aquí está la dificultad grande de la situación. ¿Ha llegado ya el momento de darle al zarismo un golpe de muerte? Si las tropas alemanas pasan la frontera rusa, ¿no significará esto la victoria para la revolución rusa?”

Y el Vorwärts llega a la siguiente conclusión:

“¿Estamos seguros de que esto significaría una victoria para la revolución rusa si las tropas alemanas cruzan la frontera?”.

“Es posible que esto trajera la caída del zarismo; pero el ejército alemán, ¿no combatiría a una Rusia revolucionaria con más energía, común deseo más intenso de victoria que la que despliega contra una Rusia absolutista?”

Más aún. El 3 de agosto, la víspera de la histórica sesión del Reichstag, el Vorwärts escribía en un artículo titulado “La guerra al zarismo”:

“Mientras la prensa conservadora acusa al partido más fuerte del imperio de alta traición, con gran júbilo de otras naciones, hay otros elementos que tratan de probar a la socialdemocracia que la inevitable guerra es verdaderamente un viejo deseo de la socialdemocracia. La guerra contra Rusia, guerra contra el zarismo sangriento y sin fe (esto último es una frase reciente de la prensa que otra vez besaba el látigo), ¿no es esto lo que la socialdemocracia ha estado pidiendo desde el principio?…

“Estos son los argumentos que literalmente usa una parte do la prensa burguesa, de hecho la parte más inteligente, y esto evidencia la importancia que se atribuye a la opinión de aquella parte del pueblo alemán quo está detrás de la democracia social.”

“Ya no se oye más aquello de “Las desgracias de Rusia son las desgracias de Alemania”. Ahora solo se escucha:

“¡Abajo el zarismo!”

“Pero desde los días en que los jefes de la socialdemocracia mencionados Bebel, Lassalle, Engels, Marx, pedían una guerra democrática contra Rusia, ésta ha dejado de ser la simple salvaguardia de la reacción. Rusia es también el centro de la revolución. El derrocamiento del zarismo es ahora la tarea de todo el pueblo ruso, especialmente del proletariado, y precisamente las últimas semanas han demostrado lo vigorosamente que esta clase laboriosa de Rusia trabaja en esta tarea que la historia le ha confiado… Y todos los esfuerzos de los rusos verdaderos “para distraer el odio de las masas contra el zarismo y promover un odio reaccionario contra las naciones extranjeras y especialmente Alemania, se han estrellado”. El proletariado ruso sabe muy bien que su enemigo no está más allá de sus fronteras sino dentro de su propio territorio.

“Nada fue tan desagradable para estos agitadores nacionalistas, los rusos verdaderos y los paneslavistas, como las noticias de la gran demostración por la paz de la social democracia alemana. Y cómo se hubieran regocijado si el caso contrario se hubiera producido, si les hubiera sido posible decir al proletariado ruso: ¡Veis allí cómo los socialdemócratas alemanes van a la cabeza de aquellos que incitan a la guerra contra Rusia !Y el padrecito en San Petersburgo hubiera respirado profundamente y con desembarazo diciendo: “Esas son las noticias que yo necesito oír. Ahora el espinazo de mi más peligroso enemigo, la revolución rusa, está partido. La solidaridad internacional del proletariado está rota.. Ahora puedo desencadenar la bestia del nacionalismo. Estoy salvado”.”

Esto escribía el Vorwärts después que ya Alemania había declarado la guerra a Rusia.

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Estas palabras caracterizan la valerosa y honrada actitud del proletariado contra un beligerante patrioterismo. El Vorwärts comprendió claramente y estigmatizó inteligentemente la sucia hipocresía de los partidarios del látigo, la clase gobernante de Alemania, la cual de repente se dio cuenta de su misión de liberar a Rusia del zarismo.

El Vorwärts llamaba la atención de la clase trabajadora sobre la confusión política que la prensa burguesa quería realizar en su conciencia revolucionaria.

“No creáis a estos amigos del látigo”, decía el Vorwärts al proletariado alemán. Están hambrientos de vuestras almas, y ocultan sus designios imperiales detrás de unas frases profundamente liberales. Ellos os engañan, a vosotros, carne de cañón con el alma que ellos necesitan. Si consiguen ganar vuestras voluntades, ayudarán solamente al zarismo, dando a la revolución rusa un terrible golpe moral. Y si a pesar de esto, la revolución rusa levantara la cabeza, este mismo pueblo ayudaría al zarismo a aplastarla’.

Este es el sentido de lo que el Vorwärts predicaba a la clase trabajadora el 4 de agosto. Y exactamente tres semanas más tarde el mismo Vorwärts escribía:

“Libertad del moscovitismo (?), libertad e independencia para Polonia y Finlandia, libre desarrollo para el gran pueblo ruso, disolución de la contranatural alianza entre dos naciones cultas y el zarismo bárbaro… estos eran los deseos que animaban al pueblo alemán y los haría estar prontos para cualquier sacrificio”… e inspiraba también a la socialdemocracia alemana y a su órgano principal.

¿Qué ocurrió en estas tres semanas para que el Vorwärts repudiara su primitivo punto de vista?

¿ Qué ocurrió? Nada de gran importancia. El ejército alemán estranguló a Bélgica neutral, incendió algunas poblaciones belgas, destruyó Lovaina, cuyos habitantes habían tenido la criminal audacia de hacer fuego sobre los invasores, sin llevar cascos ni uniformes.[5]

En estas tres semanas el ejército llevó la muerte y la destrucción dentro del territorio francés, y las tropas de su aliada Austria-Hungría demostraron a golpes el amor de la monarquía de los Habsburgo por los serbios en el Sabe y en el Drina.

Estos son los hechos que aparentemente convencieron al Vorwärts de que los Hohenzollern hacían la guerra por la libertad. de las naciones.

La neutral Bélgica fue aplastada y los demócratas socialistas guardaron silencio. Y Richard Fischer fue a Suiza como enviado especial del partido para explicar al pueblo de un país neutral que la violación do la neutralidad belga y la ruina de una pequeña nación era un fenómeno perfectamente natural. ¿Por qué tanta agitación? Cualquier otro gobierno, en el lugar del de Alemania, hubiera hecho lo mismo. Y mientras la social democracia no solo se resignó a considerar a la guerra como un trabajo de verdadera o supuesta defensa nacional, sino que rodeó a los Hohenzollern-Habsburgo de una aureola de luchadores por la libertad.

¡Qué caída sin precedentes para un partido que durante cincuenta años había enseñado a la clase trabajadora alemana a considerar a su gobierno como el enemigo de la libertad y de la democracia! Mientras tanto, cada día de guerra descubría el peligro para Europa que los marxistas deberían haber visto en seguida. Los golpes principales del gobierno alemán no estaban dirigidos al este, sino al oeste, a Bélgica, Francia e Inglaterra.

Aunque aceptáramos la improbable aserción de que nada salvo la necesidad estratégica determinaba este plan de campaña, el resultado lógico político de estrategia con todas sus consecuencias se hace evidente: es decir, la necesidad de una total y definitiva derrota de los ejércitos terrestres de Bélgica, Francia e Inglaterra, de tal manera que se pudiesen tener las manos libres para ocuparse de Rusia. ¿No es perfectamente claro que lo que al principio representaba una medida de necesidad estratégica temporal, como para suavizar la social democracia alemana vendría a desaparecer con ello mismo por la fuerza de los acontecimientos? Cuanto más inquebrantable fuera la resistencia de Francia, cuyo deber es actualmente defender su territorio y su independencia contra los ataques alemanes, el ejército alemán estaría en mayor medida detenido en el frente occidental; y cuanto más debilitada estuviese Alemania en el frente occidental, menos fuerza le quedaría para su supuesta tarea principal, tarea definida por la social democracia como un “ajuste de cuentas con Rusia”. La historia presenciará una “honorable” paz entre los dos poderes más reaccionarios de Europa, entre Nicolás, cuyo destino garantizan las fáciles victorias sobre la Monarquía de los Habsburgo podrida hasta el corazón, y Guillermo, que tiene su “ajuste de cuentas” pero con Bélgica, no con Rusia.

La alianza entre los Hohenzollern y los Romanov —después del agotamiento y degradación de las naciones de Occidente— significaría un periodo de oscura reacción en Europa y en todo el mundo.

La social democracia alemana con su política actual, facilita la concreción de este horrible peligro. Y el peligro será un hecho, a menos que el proletariado europeo intervenga como un factor revolucionario en los planes de las dinastías y de los gobiernos capitalistas.

 

[4] LA GUERRA CONTRA OCCIDENTE

 

Al regreso de su viaje diplomático a Italia, el Dr. Südekum escribía en el Vorwärts que los camaradas italianos no comprendían suficientemente la naturaleza del zarismo. Estamos de acuerdo con el doctor Südekum en que un alemán puede más fácilmente comprender la naturaleza del zarismo porque la experimenta diariamente en la naturaleza del absolutismo pruso-alemán. Estas dos “naturalezas” son análogas.

El absolutismo alemán representa una organización monárquica feudal apoyada en una base capitalista poderosísima, sobre la cual se desarrolló en el último medio siglo.

La fuerza del ejército alemán, como lo hemos, comprobado nuevamente a través: de sus actuales actos sangrientos, no consiste solamente en los recursos materiales y técnicos de la nación y en la inteligencia y precisión de sus trabajadores-soldados, quienes han sido enseñados en la escuela de la industria y en las organizaciones de su propia clase. Tiene su fundamento también en los junker, la casta de oficiales, con las tradiciones superiores de su clase, su opresión para con los que están debajo y su subordinación a los de arriba.

El ejército alemán, es una organización monárquico-feudal, con inextinguibles recursos capitalistas. Los malos escritores burgueses pueden decir cuánto quieran sobre la supremacía de Alemania, que representa a los hombres del deber, sobre los franceses, que son los hombres del placer. Pero la verdadera, diferencia está no en las cualidades do raza, sino en las condiciones políticas y sociales. El ejército permanente, esa corporación tan cerrada, que representa un estado dentro del estado, continua siendo, a pesar del servicio militar universal, una organización de casta que para medrar necesita distinciones artificiales de rango y una cúspide monárquica para coronar la jerarquía.

En su libro El nuevo ejército, Jaurés demostraba que el único ejército que Francia podía tener, era de defensa, hecho sobre la base de armar a todos los ciudadanos; esto es, un ejército democrático, una milicia.

La burguesa república francesa está ahora pagando las consecuencias de haber hecho de su ejército el contrapeso de la organización democrática de su estado. Ella creaba, según Jaurés, “un régimen bastardo, en el cual las anticuadas formas chocaban con las del nuevo desarrollo y se neutralizaban unas a otras”. Esta incongruencia entre el ejército permanente y el régimen republicano es el fundamento de la debilidad del sistema militar francés.

En Alemania ocurre lo contrario. El sistema político, bárbaro y retrógrado, le da una gran supremacía militar. La burguesía alemana puede estar descontenta, entonces y ahora, cuando el espíritu de casta pretoriana del cuerpo de oficiales llevó a revueltas como la de Saverne. Ellos pueden hacer gestos al Kronprinz y lanzar su grito guerrero: “¡Dárselo a ellos! ¡Dárselo a ellos!”

La socialdemocracia alemana puede prorrumpir en invectivas contra los malos tratos que se da al soldado alemán, lo cual ha causado proporcionalmente doble cantidad de suicidios en los cuarteles alemanes que en cualesquiera otros cuarteles de otras naciones.

Pero lo cierto es quo como la burguesía alemana carece en absoluto de carácter político y el partido socialista alemán no ha llegado a inspirar el espíritu revolucionario al proletariado, la clase gobernante ha quedado capacitada para erigir la gigantesca estructura del militarismo y colocar al trabajador alemán, tan eficiente e inteligente, bajo el mando de los héroes de Saverne y su grito guerrero de “¡Dárselo a ellos!”

El profesor Hans Delbrück busca la razón de la fuerza militar de Alemania en el antiguo modelo de los Teutoburgerwald, lo quo es perfectamente correcto.

“El viejo sistema alemán de hacer la guerra —escribe— estaba basado en el acompañamiento do príncipes, un cuerpo especial de selectos guerreros y la masa de combatientes que comprendía toda la nación. Este sistema existe hoy también.

¡ Qué diferencia tan grande hay entre los métodos de combate de ahora y los de nuestros antepasados en el Teutoburgerwald! Ahora tenemos las maravillas técnicas de las ametralladoras. Tenernos la maravillosa organización de la inmensa masa de tropas.

Y aún nuestro sistema militar abajo es lo mismo. El espíritu militar está exaltado a su poder máximo, desarrollado a su extremo en un cuerpo, el cual era poco numeroso, pero que ahora cuenta muchos miles; un cuerpo dando homenaje al Señor de La Guerra, y por él como por los príncipes mirado como sus camaradas; y bajo su dirección el pueblo entero educado y disciplinado por ellos. Aquí tenemos el secreto del carácter guerrero de la nación alemana”.

El comandante francés Driant observa al Kaiser alemán en su uniforme blanco de coracero, sin duda alguna el más imponente uniforme del mundo. Republicano convencido como es, siente que su corazón se llena de celos. ¡ Y cómo emplea su tiempo el Kaiser “en medio de su ejército, esa verdadera familia de los Hohenzollerns!” El comandante está fascinado.

La casta feudal, cuya hora de decadencia política y moral sonó hace mucho tiempo, encontró su unión con la nación una vez más en el suelo fértil del imperialismo. Y esta unión con la nación se ha enraizado tan profundamente que las profecías del comandante Driant, escritas hace ya algunos años, se han convertido en realidad. Profecías que hasta ahora podían sólo parecer como una insinuación venenosa de un secreto bonapartista o tonterías do un maniático.

“El Kaiser —escribía— es el Comandante en Jefe,… y detrás de él está toda la clase trabajadora de Alemania como un solo hombre…; los socialdemócratas de Bebel están en las filas, sus dedos en el gatillo, y ellos también piensan solo en el bienestar y prosperidad de la patria.

Los diez billones de indemnización de guerra que Francia pagará serán una gran ayuda para ellos, mayor que las quimeras socialistas con las cuales se alimentaban el día antes.”

Si, y ahora ellos escriben de esta futura indemnización hasta en algunos de los periódicos de la socialdemocracia abiertamente y con una rufianesca insolencia, una indemnización no de diez sino de veinte o treinta billones.

La victoria alemana sobre Francia, una deplorable necesidad estratégica según la socialdemocracia alemana, significaría no sólo la derrota del ejército permanente francés sino ante todo la victoria del estado monárquico feudal sobre el estado democrático republicano.

Para la antigua raza de los Hindenburg, Moltke y Kluck, herederos y especialistas en el asesinato en masa, la victoria alemana es una condición tan indispensable como lo son los cañones del 42, última palabra de la destreza técnica humana. Toda la prensa capitalista ya está hablando de la firme estabilidad de La monarquía alemana, fortalecida por la guerra. Y los profesores alemanes, los mismos que proclamaban a Hindenburg doctor en todas las ciencias, están ya proclamando que la dependencia política es la más alta forma de la vida social.

“Las repúblicas democráticas y las llamadas monarquías que están bajo la sujeción de un régimen parlamentario, y todas las otras cosas tan bellas que fueron glorificadas, ¡qué poca capacidad han demostrado para resistir La tormenta!”

Estas son las cosas que los profesores alemanes escriben ahora.

Es bastante vergonzoso y humillante leer las expresiones de los socialistas franceses, quienes han probado ser demasiado débiles para romper la alianza de Francia con Rusia o para prevenir el establecimiento del servicio militar de tres años. Pero, sin embargo, cuando comenzó la guerra abandonaban sus pantalones encarnados y se marchaban a la Alemania libre. Pero nosotros nos sentimos sobrecogidos por un sentimiento de indecible indignación al leer la prensa del partido socialista alemán, la cual, con un lenguaje de esclavos exaltados, admira a la brava y heroica casta de opresores tradicionales por sus hechos de armas en el territorio francés.

El 15 de agosto de 1870, cuando el victorioso ejército alemán se aproximaba a París, Engels escribía una carta a Marx, después de describir las confusas condiciones de la defensa francesa:

“Sin embargo, un gobierno revolucionario, si viene pronto, no debe desesperar. Pero debe abandonar a París a su suerte y continuar la guerra llevándola al sur. Entonces sería posible que semejante gobierno pudiera sostenerse hasta que pudieran comprarse armas y municiones y crearse un nuevo ejército organizado, con el cual el enemigo pueda ser gradualmente rechazado hasta la frontera. Esto sería un buen término de la guerra para los dos países, demostrando, así, que no pueden ser conquistados.”

Y todavía hay pueblos que gritaban como idiotas embriagados: “¡A París!” Y al hacer esto tenían la impudicia de evocar los nombres de Marx y de Engels. En cierto modo, eran superiores a los despreciables liberales rusos que arrastraban sus barrigas ante su Excelencia el Comandante militar quo introdujo el knut en la Galitzia oriental. Es una cobarde arrogancia… esta manera de hablar del carácter puramente estratégico de La guerra en el frente occidental. ¿Quién toma esto en cuenta? No serán ciertamente las clases gobernantes de Alemania. Ellas hablan el lenguaje de la convicción y de la fuerza; llaman a las cosas por su nombre verdadero; conocen lo que necesitan y saben cómo batirse por ello.

La socialdemocracia nos dice que la guerra se hace por la causa de la independencia nacional. “Eso no es verdad”, contesta Arturo Dix.

“Precisamente, así como la alta política del último siglo -escribe Dix- debía su carácter especialmente marcado a la Idea Nacional, así los acontecimientos del mundo político de este siglo están bajo el emblema de la Idea imperialista. La idea imperialista que está destinada a dar el ímpetu, el objeto y el fin para alcanzar el más grande de los poderes” (Der Weltwirtschaftskrise, 1914, p. 3).

“Es índice de una fina sagacidad -dice el mismo Arturo Dix- de parte de aquellos que tienen a su cargo la preparación militar de la guerra, el hecho de que el avance de nuestros ejércitos contra Francia y Rusia en la primera etapa de la campaña tuviese lugar precisamente donde era más importante conservar la valiosa riqueza mineral alemana y mantenerla libre de una invasión extranjera y ocupar aquellas porciones de territorio enemigo que podrían ser un suplemento de nuestros propios recursos mineros.” (Id., pág. 38).

Esa “estrategia”, de la cual se habla ahora entre murmullos de devoción, realmente comienza a ponerse en práctica con el robo de la riqueza mineral.

Los socialdemócratas nos dicen que la guerra es una guerra de defensa. Pero Jorge Irmer dice claramente:

“Nadie debe decir, como ocurre, que la nación alemana ha llegado demasiado tarde para rivalizar en la economía mundial y en el dominio del mundo… que el mundo estaba ya dividido. ¿No ha sido dividida la tierra muchas veces en todas las épocas de La historia?” (Los vom englischen Weltjoch, 1914, p. 42).

Los socialistas tratan de confortarnos diciéndonos que Bélgica ha sido solo temporalmente aplastada y que los alemanes evacuarán pronto sus cuarteles belgas. Pero Arturo Dix, que sabe muy bien lo que dice, escribe que lo que Inglaterra teme más y así lo expresa, es que Alemania quiere tener una salida al Océano Atlántico.

“Por esta razón —continúa— nosotros no debemos dejar a Bélgica fuera de nuestras manos, ni permitir que la línea costera de Ostende al Soma caiga otra vez en las manos de ningún estado que pueda llegar a ser vasallo político de Inglaterra. Debemos procurar que de una u otra manera la influencia alemana sea establecida allí”.

En las ininterrumpidas batallas entre Ostende y Dunquerque, la sagrada “estrategia” cumple la función do defender los intereses también de la Bolsa de Berlín.

Los socialistas nos dicen que la guerra entre Francia y Alemania es meramente un breve preludio para una alianza entre estos países. Pero aquí también Arturo Dix pone las cartas boca arriba. Según él, “en ello no hay más que una contestación: buscar la destrucción del mundo comercial inglés y asestarle un golpe mortal a la economía nacional inglesa”.

“La finalidad de la Política exterior del imperio alemán para las próximas décadas está claramente indicada”, -anuncia el profesor Franz von Liszt-: “Protección contra Inglaterra debe ser nuestra divisa (Em Mitteleuropäischer Staatenverband, 1914, p. 24).

“Debemos aplastar al más traidor y malvado de nuestros enemigos”, grita un tercero. “Rompamos la tiranía que Inglaterra ejerce sobre el mar en su propio provecho, con afrenta y desprecio de la justicia y del derecho”.

La guerra no está dirigida contra el zarismo, sino contra la presencia de Inglaterra en el mar.

“Se puede decir -confiesa el profesor Schiemann- que ninguno de nuestros éxitos nos ha producido tanto júbilo como la derrota de los ingleses en Maubeuge y San Quintín el 28 de agosto.

Los socialdemócratas alemanes nos dicen, que el principal objeto de la guerra es el “ajuste de cuentas con Rusia”. Pero al mismo tiempo, sincera y rotundamente, Rudolf Theuden quiere dar la Galitzia a Rusia y también el norte de Persia. De esta manera, Rusia “estaría lo suficientemente satisfecha durante muchos años. así conseguiríamos hacerla nuestra amiga”.

“¿Qué puede traernos la guerra?”, pregunta Theuden. Y se contesta a sí mismo:

“La recompensa principal debe dárnosla Francia debe darnos Belfort, esa parte de la Lorena que limita con el Mosela, y en caso de encarnizada resistencia, la parte también que limita con el Mosa. Si hacemos del Mosa y del Mosela fronteras alemanas, quizá los franceses algún día abandonen la idea de hacer del Rin una frontera francesa”.

Los políticos burgueses y los profesores nos dicen que Francia es el principal enemigo, que Bélgica y Francia son las puertas quo abren el camino del océano Atlántico, que la esperanza de una indemnización rusa es un sueño utópico, que Francia tendría que pagar en territorio y en oro las consecuencias de la guerra… y el Vorwärts exhorta a los trabajadores alemanes a “sostenerse hasta que la victoria decisiva sea nuestra”.

Pues a pesar de todo esto, todavía el Vorwärts nos dice que la guerra se hace por la independencia de la nación alemana y por la emancipación del pueblo ruso. ¿Qué quiere decir esto? Naturalmente, nosotros no debemos considerar como lógica, ideas, verdad, donde no hay nada de esto. Esto es, simplemente, una úlcera de sentimientos de esclavitud que revienta y arroja su pus sobre las páginas de la prensa de los trabajadores. Claramente se ve que la clase oprimida que procede demasiado lentamente, casi inerte en el camino de la libertad, debe en la hora final abandonar todas sus esperanzas y promesas en ese lodo y en esa sangre antes de que se levante en su alma la pura e impecable voz del honor revolucionario.

[5] LA GUERRA DE DEFENSA

 

“La cuestión para nosotros estriba, por ahora, en prevenir este peligro (el despotismo ruso) y asegurar la cultura y la independencia de nuestro país. Cumpliremos nuestra palabra y llevaremos a cabo lo que hemos prometido siempre. En la hora del. peligro no dejaremos a nuestra patria en el atolladero Guiados por estos principios, nosotros votamos los créditos de guerra.”

Esa fue la declaración de la fracción socialdemócrata alemana leída por Haase en la sesión del Reichstag del 4 de agosto.

Aquí solo se menciona la defensa de la patria. No se dice ni una palabra de la misión “liberadora” de esta guerra en ayuda de los pueblos de Rusia, que más tarde, en todos los tonos, fue cantada por la prensa socialdemócrata. La lógica de la prensa socialista, sin embargo, no corría pareja con su patriotismo. Porque mientras hacía desesperados esfuerzos para presentar la guerra como una pura defensa y para asegurar la salvaguardia de las posesiones alemanas, al mismo tiempo la pintaba como una ofensiva revolucionaria para la liberación de Rusia y de Europa del poder del zarismo.

Hemos demostrado con bastante claridad el por qué el pueblo ruso tenía toda la razón para declinar, agradeciéndola, la ayuda que se le ofrecía en la punta de las bayonetas de los Hohenzollern. ¿Pero qué hay sobre el carácter “defensivo” de la guerra?

Es mucho más sorprendente lo que deja por decirse que lo que se dice en la declaración de la socialdemocracia. Después de que Holiveg anunció en el Reichstag la violación de la neutralidad de Bélgica y de Luxemburgo como medios para atacar a Francia, Haase no dice sobre este hecho ni una palabra. Este silencio es tan monstruoso que obliga a leer la declaración dos y tres veces. Pero es en vano. La declaración está escrita como si esos países, Bélgica, Francia e Inglaterra, no hubiesen existido jamás en el mapa político de la socialdemocracia alemana.

Pero los hechos no dejan de ser tales solo porque los partidos políticos cierren sus ojos ante ellos. Y cada miembro de la Internacional tiene el derecho de preguntar a Haase lo siguiente: “¿Qué porción de los cinco billones votados por la fracción socialdemócrata fue destinada a la destrucción de Bélgica?” Es muy posible que para proteger a la patria alemana ante el ataque del despotismo ruso se creyera en la conveniencia de que Bélgica fuese aplastada. Pero ¿por qué la fracción socialdemócrata guardó silencio sobre este punto?

La razón es clara. El gobierno liberal inglés, en sus esfuerzos por hacer la guerra popular entre las masas, basaba su argumento exclusivamente en la necesidad de proteger la independencia de Bélgica y la integridad de Francia, pero callaba su alianza con el zarismo ruso. De manera parecida y por los mismos motivos, la socialdemocracia alemana hablaba a las masas solamente de la guerra contra el zarismo, pero no hacía mención de Bélgica, Francia e Inglaterra. Todo esto, naturalmente, no es muy halagador para la reputación internacional del zarismo. Es muy depresivo para la socialdemocracia alemana que tenga que sacrificar su buen nombre en la llamada a las armas contra el zarismo. Lassalle dice que todas las grandes acciones políticas deben comenzar por una declaración de las cosas tal y como ellas son. Entonces, ¿por qué la defensa de la patria comienza con un cuidadoso silencio sobre las cosas tal como ellas son? ¿O es que la socialdemocracia alemana pensaba que esto no era una “gran acción política”?

De todos modos, la defensa de la patria es una concepción muy amplia y elástica. La catástrofe mundial comienza con el ultimátum de Austria a Serbia. Naturalmente, Austria estaba guiada por la necesidad de defender sus fronteras do las asechanzas de un inquieto vecino.

El apoyo do Austria era Alemania. Y Alemania, a su vez, como ya sabemos, estaba preparada por la necesidad de defender su propio estado. “Sería insensato creer —escribe Ludwig Quessel sobre este punto— que un muro pueda ser derribado de una estructura extremadamente compleja (Europa), sin poner en peligro la seguridad de todo el edificio.”

Alemania abría su “guerra defensiva” con un ataque contra Bélgica. La violación de la neutralidad belga se alega que era solo un medio para pasar a Francia a través de una línea de poca resistencia. La derrota militar de Francia se hace aparecer como un episodio estratégico en la defensa de la patria.

Para algunos patriotas alemanes, esta presentación de las cosas no es totalmente aceptable, y ciertamente que tienen buenas razones para creerlo así. Sospechan que: existe otro motivo que responde mejor a la realidad. Rusia, al entrar en una era de preparación militar, habría sido una amenaza mayor para Alemania dentro de dos o tres años que lo que lo era entonces. Y Francia, durante ese tiempo, habría completado la reforma de sus tres años de servicio militar. Entonces, ¿no está claro que una defensa inteligente exigía que Alemania no esperase el ataque de sus enemigos, sino que se anticipase a ellos en dos años y tomara inmediatamente la ofensiva?¿Y no es evidente también que semejante guerra ofensiva deliberadamente provocada por Alemania y Austria es en realidad una guerra de defensa preventiva?

Con frecuencia estos dos puntos de vista son combinados en un solo argumento. Desde luego hay quo reconocer que hay en ello una pequeña contradicción. Por una parte se declara que Alemania no quería ahora la guerra y que fue obligada a entrar en ella por la Triple Entente, mientras que el otro punto de vista implica que la guerra no era ventajosa ahora para la Entente, y que por esta razón Alemania había tomado la iniciativa para provocar la guerra inmediata. Ante esta contradicción, ¿qué sucede? Se comenta ligera y fácilmente sobre ello, y se resignan al concepto salvador de la guerra de defensa.

Pero los beligerantes del otro campo disputan la ventajosa posición defensiva que Alemania pretendía asumir, y obtuvieron pleno éxito. Francia no podía permitir la derrota de Rusia, fundándose en su propia defensa. Inglaterra daba como motivo de su intervención el inmediato peligro que significaría para las islas británicas la existencia de una fuerte posición de Alemania en la costa del Canal de la Mancha. Finalmente, Rusia también hablaba de su propia defensa. Pero la verdad es que nadie amenazaba el territorio ruso. Pero es preciso observar que las posesiones nacionales no consisten meramente en territorios, sino en otros factores intangibles, como es, entre otros, la influencia sobre los vecinos débiles. Serbia “pertenece” a la esfera de influencia rusa, y sirve al propósito de mantener el llamado equilibrio de poderes en los Balcanes, y no solo al equilibrio de los poderes entre los Balcanes, sino también entre la influencia rusa y de Austria. Un ataque victorioso de Austria contra Serbia amenazaría con perturbar este equilibrio de poderes en favor de Austria, y por esto significaría un ataque indirecto contra Rusia. Sasonov encuentra sin duda su fuerte argumento en las palabras de Quessel: “sería insensato creer que un muro puede ser derribado de su estructura extremadamente compleja (Europa) sin poner en peligro la seguridad de todo el edificio”.

Seria superfluo añadir que Serbia y Montonero, Bélgica y Luxemburgo, podían también presentar pruebas del carácter defensivo de su política. Con tales razonamientos resultaría que todos los países estarían a la defensiva y ninguno seria el agresor. Pero si esto es así, entonces, ¿qué sentido existe en esas apelaciones de guerra defensiva u ofensiva de cada uno? Las banderas que en tales casos se enarbolan son muy distintas y por lo general conocidas.

Lo que tiene fundamental importancia para nosotros los socialistas es el papel histórico de esta guerra. ¿ Se conceptúa la guerra corno promoción efectiva de las fuerzas productivas y de las organizaciones de estado y como aceleración de la concentración de las fuerzas de las clases trabajadoras? ¿O será verdad lo contrario, que actúa como un impedimento? Esta concepción materialista de las guerras se encuentra por encima de toda consideración formal o externa, y dada su naturaleza no guarda relación con las cuestiones relativas a la defensa o a la agresión. Algunas veces estas expresiones formales designan con mayor o menor precisión el actual significado de la guerra. Cuando Engels decía que los alemanes estaban a la defensiva en 1870, en lo quo menos pensaba era en las inmediatas circunstancias políticas y diplomáticas. El hecho determinante para él era que Alemania se batía en esta guerra por su unidad nacional, la cual era una condición necesaria para el desarrollo económico del país y la consolidación socialista del proletariado. En el mismo sentido los pueblos cristianos de los Balcanes hacían la guerra de defensa contra los turcos, luchando por su derecho a la autodeterminación nacional y contra el dominio extranjero.

La cuestión de las condiciones políticas internacionales inmediatas que conducen a una guerra es independiente del valor que la guerra tiene desde el punto de vista materialista histórico. La guerra alemana contra la monarquía de Bonaparte era históricamente inevitable. En esa guerra el derecho al desarrollo estaba del lado de Alemania. Y aún estas tendencias históricas no determinan por sí mismas qué parte estaba interesada en provocar la guerra precisamente en el año 1870. Conocemos ahora muy bien las consideraciones militares y de política internacional que determinaron a Bismarck a tomar la iniciativa en la guerra. Sin embargo habría podido ocurrir lo contrario. Con gran previsión y energía, el gobierno de Napoleón III hubiese podido anticiparse a Bismarck y comenzar la guerra unos años antes, y esto habría cambiado radical e inmediatamente el aspecto político do los acontecimientos, pero no habría cambiado nada la estimación política de la guerra.

En tercer lugar aparece el factor de la diplomacia. En esto la diplomacia tiene una doble tarea a realizar. Primero, necesita desencadenar la guerra en el momento más favorable para su país desde el punto de vista internacional y militar. Segundo, tiene que usar métodos por los cuales responsabilice ante la opinión pública por el sangriento conflicto al gobierno enemigo.

La exposición de las trampas, bribonadas y ardides de la diplomacia es una de las más importantes funciones de la agitación socialista. Pero sin importar hasta qué punto nuestro éxito sea decisivo en ese sentido, está claro que la realidad que ocultan las intrigas diplomáticas en ellas mismas, no significa nada con relación al papel histórico de la guerra o de sus verdaderos iniciadores. Las inteligentes maniobras de Bismarck forzaron a Napoleón a declarar la guerra a Prusia, pese a que la iniciativa vino del lado de Alemania.

Luego aparece el aspecto puramente militar. El plan estratégico de operaciones puede ser calculado principalmente para la defensa o el ataque, sin fijarse quien haya sido el que declaró la guerra y bajo qué condiciones. Finalmente, las primeras tácticas que siguen a la ejecución del plan estratégico frecuentemente desempeñan un gran papel en la estimación de la guerra como guerra de defensa o de agresión.

“Es una buena cosa —escribía Engels a Marx el 31 de julio de 1870— que los franceses ataquen primero en territorio alemán. Si los alemanes rechazan la invasión y siguen hasta invadir Francia, esto no producirá. la misma impresión que si los alemanes hubieran entrado en Francia sin una invasión previa en su país. De esta manera la guerra resulta por parte de los franceses más bonapartista.”

Vemos en este ejemplo clásico de la guerra franco-prusiana que el criterio para juzgar cuándo una guerra es defensiva o agresiva es muy contradictorio cuando chocan dos naciones.

Y cuando el choque es de varias naciones, entonces las contradicciones se multiplican. Si procuramos deshacer pacientemente el embrollo comenzando desde el principio, entonces conseguiremos descubrir la relación entre los elementos de ataque y defensa. El primer movimiento táctico de los franceses —según la opinión de Engels—- dio la sensación al pueblo de que la responsabilidad del ataque la tenla Francia, pese a que todo el plan estratégico de los alemanes tenla un carácter absolutamente agresivo. Los manejos diplomáticos de Bismarck forzaban a Bonaparte a declarar la guerra contra su voluntad y esto aparecía como una perturbación de la paz de Europa, mientras que la iniciativa político-militar en la guerra provenía del gobierno prusiano. Estas circunstancias son muy importantes para la estimación histórica de la guerra, pero no la comprenden por completo tampoco.

Tina de las causas de esta guerra fue la creciente ambición do los alemanes en pro de su autonomía nacional, lo que chocaba con las pretensiones dinásticas de la monarquía francesa. Pero esta “guerra de defensa” nacional llevaba a la anexión de la Alsacia-Lorena, y por esto en su segunda etapa se convirtió en una guerra dinástica de conquista.

La correspondencia entre Marx y Engels demuestra que se guiaban principalmente por consideraciones históricas en su actitud ante la guerra de 1870. Para ellos, naturalmente, no carecía de importancia lo relativo a quién guiaba la guerra y cómo se llevaba a cabo. “¿Quién hubiera pensado —escribía Marx con amargura— que veintidós años después de 1848 una guerra nacionalista en Alemania podría haber dado semejante expresión teórica!” Lo que era de decisiva significación para Marx y Engels fueron las consecuencias objetivas de la guerra. “Si triunfan los prusianos, su triunfo significará la centralización del poder de estado, y esto será útil para la centralización de la clase trabajadora alemana”.

Liebknecht y Bebel comienzan con la misma estimación histórica de la guerra y por eso forzosamente debían adoptar una posición política respecto de la misma. Esto no estaba en oposición a la manera de pensar de Marx y de Engels, sino por el contrario, en perfecto acuerdo. Liebknecht y Bebel, se negaban en el Reichstag a aceptar ninguna responsabilidad por esta guerra. En su declaración sostienen lo siguiente:

“Nosotros no podemos votar los créditos de guerra que pide el Reichstag, porque esto sería dar un voto de confianza al gobierno prusiano. Como opositores por principio a todas las guerras dinásticas, como republicanos socialistas que somos y miembros de la Asociación Internacional de Trabajadores que sin distinción de nacionalidad combate a todos los opresores y trata de unir a todos los oprimidos en una gran hermandad, no podemos ni directa ni indirectamente estar a favor de la presente guerra.”

Schweitzer obraba de otra manera. Tomaba la consideración histórica de la guerra como una guía directa para su táctica —una de las más peligrosas falacias— y al votar los créditos de guerra, daba un voto de confianza a la política de Bismarck. Esto, a pesar del hecho de que, si la centralización del poder del estado, resultado necesario de la guerra, probó ser útil a la causa de la socialdemocracia; ello demuestra que la clase trabajadora debió desde el principio oponerse a la centralización dinástica de los junker mediante la centralización de su propia clase, plena de desconfianza revolucionaria respecto a sus gobernantes.

La actitud política de Schweitzer tendía a neutralizar las consecuencias de la guerra, las que lo habían inducido a dar un voto de confianza a los que hacían la guerra.

Cuarenta años más tarde, a! hacer el balance de su vida, escribía Bebel:

“La actitud que Liebknecht y yo adoptamos al principio y durante la continuación de la guerra, ha sido por muchos años terna de discusión y do ataques violentos, en primer término dentro de! mismo partido, pero solo por un corto tiempo. Después se reconoció que nosotros habíamos obrado bien. Confieso que no nos arrepentimos do nuestra actitud, y si al principio de la guerra hubiéramos conocido lo que aprendimos en los años sucesivos de revelaciones oficiales y no oficiales, nuestra actitud desde el comienzo habría sido más dura aún. No nos habríamos abstenido sólo de votar, como lo hicimos, los primeros créditos de guerra, sino que habríamos votado contra ellos. (Aus meinem Leben, Bd.II, p. 167).

Si comparamos la declaración de Liebknecht-Bebel de 1870 con la de Haase en 1914, tendremos que sacar la conclusión de que Bebel se equivocó cuando dijo: “Después se reconoció que nosotros habíamos obrado bien”. Porque el voto del 4 de agosto fue una gran condenación a la política de Bebel cuarenta y cuatro años antes, puesto que, según la fraseología de Haase, Bebel había dejado a la patria en la estacada a la hora del peligro.

¿Qué causas políticas y qué consideraciones han llevado al partido proletario alemán a abandonar sus gloriosas tradiciones? Hasta ahora no se ha dado ninguna razón de peso. Todos los argumentos aducidos están llenos de contradicciones. Son como las notas diplomáticas escritas para justificar un hecho que ya está realizado. El director del Die Neue Zeit escribe (con la aprobación de Karl Kautsky) que la posición de Alemania respecto del zarismo es la misma que tuvo frente al bonapartismo en 1870. Y hasta cita un párrafo de una carta de Engels: “Todas las clases del pueblo alemán reconocen que fue ante todo, una cuestión de existencia nacional, y por eso formaron como soldados de fila”. Por la misma razón se nos dice que la socialdemocracia alemana hace ahora lo mismo. Es una cuestión de existencia nacional. “Sustitúyase el zarismo por el bonapartismo y las palabras de Engels pueden aplicarse también hoy”. Pero también está el hecho muy significativo, de que Bebel y Liebknecht claramente se abstuvieron de votar dinero y confianza a! gobierno de 1870. ¿No sería también esto aplicable sustituyendo “el zarismo por el bonapartismo?” Sobre esto no se ha dicho ni una palabra.

Pero qué es lo que verdaderamente escribía Engels en su carta concerniente a la táctica del partido obrero?

“Me parece imposible que, bajo semejantes circunstancias, un partido político alemán pueda predicar la total obstrucción, y colocar todo género de consideraciones sin importancia, por encima de la consecuencia más importante”. ¡Total obstrucción! Pero es que hay una gran distancia entre total obstrucción y total capitulación de un partido político.

Y esta distancia era la que dividía las posiciones entre Bebel y Schweitzer. Karl Kautsky pudo haber informado a su principal redactor, Hermann Wendel, de este hecho.

Y no es sino una difamación hecha a los muertos por el Simplicissimus el conciliar las sombras de Bebel y Bismarck en el paraíso. Si el Simplicissimus y Wendel tienen el derecho de despertar a alguien de su sueño en la tumba para endosarles las presentes tácticas de la socialdemocracia alemana, no es a Bebel sino a Schweitzer a quien es menester despertar, pues es su sombra la que ahora oprime al partido político del proletariado alemán.

Pero la gran analogía entre la guerra franco-prusiana y la presente guerra es superficial y engañosa en extremo. Dejemos a un lado todas las relaciones internacionales. Olvidemos que la guerra significa en primer lugar la destrucción de Bélgica y que las principales fuerzas de Alemania fueron empujadas no contra el zarismo sino contra la Francia republicana. Olvidemos también que el principio de la guerra fue el aplastamiento de Serbia, y que uno de sus principales objetivos consistió en fortalecer y consolidar a la archirreaccionaria Austria-Hungría.

No nos ocuparemos extensamente del hecho de si la socialdemocracia alemana asestó un duro golpe a la revolución rusa, la cual en los dos años antes de la guerra había llameado en medio de tan grande tormenta. Cerraremos nuestros ojos a todos estos hechos como la socialdemocracia alemana hizo el 4 de agosto cuando no vio que había una Bélgica en el mundo, una Francia, Inglaterra, Serbia o Austria-Hungría.

Nosotros reconoceremos sólo la existencia de Alemania.

En 1870 era muy fácil estimar el significado histórico de la guerra. “Si los prusianos ganan la centralización del poder del estado, avanzará la centralización de la clase obrera alemana.” ¿Y ahora? ¿ Cuál podrá ser el resultado para la clase obrera alemana de una victoria prusiana? La única expansión territorial que puede desear la clase trabajadora alemana, porque completaría la unión nacional, es la unión de la Austria alemana con Alemania. Cualquiera otra expansión significaría otro paso hacia la transformación de Alemania de un estado nacional a un estado de nacionalidades y la consiguiente introducción de estas condiciones, lo que haría más difícil la lucha de clases del proletariado.

Ludwig Franck esperaba —y expresaba esta esperanza en el lenguaje de un atrasado partidario de Lassalle— que más tarde, luego de una guerra victoriosa, se dedicaría enteramente él mismo al “levantamiento interno” del Estado. No hay ninguna duda de que Alemania necesitará este “levantamiento interno” después de una victoria no menos que antes de la guerra.

¿Hará la victoria este trabajo más fácil? No hay en las experiencias históricas de Alemania nada que, a diferencia de otros países, justifique semejante esperanza.

“Nosotros miramos la conducta de los gobernantes de Alemania como cosa natural —decía Bebel en su autobiografía.

“Fue una mera ilusión del partido ejecutivo creer que un espíritu más liberal prevalecería en el nuevo orden de cosas. Y este régimen liberal tenía que ser concedido por el mismo hombre que hasta entonces había demostrado ser el gran enemigo, no sólo de un desarrollo democrático sino de toda tendencia liberal, el que ahora como vencedor planta el tacón de su bota de coracero en el suelo del nuevo Imperio.” (Aus meinen Leben, Bd. II, p. 188.)

No hay en absoluto ninguna razón para esperar ahora resultados diferentes de una victoria de arriba. Al contrario. En 1870 el junquerismo prusiano tuvo primeramente que adaptarse al nuevo orden imperial, y no se sintió muy seguro en su lugar inmediatamente.

Transcurrieron ocho años después de la victoria sobre Francia, antes de que las leyes antisocialistas fueran votadas. En estos cuarenta y cuatro años, el junquerismo prusiano se ha convertido en junquerismo imperial, y si después de medio siglo de la más intensa lucha de clases, el junquerismo debería aparecer a la cabeza de la nación victoriosa, entonces no necesitaríamos poner en duda que los servicios de Ludwig Franck no serian precisos para el levantamiento interno del estado, aunque hubiera vuelto sano y salvo de los campos de las victorias alemanas

Pero más importante que el fortalecimiento de la posición de clase de los gobernantes es la influencia que una victoria alemana tendría sobre el proletariado. La guerra nació de antagonismos imperialistas entre estados capitalistas y la victoria de Alemania, como decimos antes, puede producir sólo un resultado: adquisiciones territoriales a expensas de Bélgica, Francia y Rusia, tratados comerciales forzosos y nuevas colonias.

La lucha de clase del proletariado serla colocada entonces sobre la base de una hegemonía imperialista de Alemania, la clase obrera estaría interesada en el mantenimiento y desarrollo de esta hegemonía, y el socialismo revolucionario estaría por largo tiempo condenado a! papel de una secta propagandista. Marx presintió acertadamente en 1870, como resultado de las victorias alemanas un rápido desarrollo para el movimiento obrero alemán bajo la bandera del socialismo científico. Pero ahora las condiciones internacionales apuntan hacia predicciones muy opuestas.

La victoria de Alemania significaría una interrupción del movimiento revolucionario, su debilitamiento teórico y la extinción de las ideas marxistas.

 

[6] ¿QUÉ TIENEN QUE VER LOS SOCIALISTAS CON LAS GUERRAS CAPITALISTAS?

 

Pero la socialdemocracia alemana, se nos dirá, no quiere victorias. Nuestra contestación debe ser en primer lugar que esto no es verdad. Lo que la socialdemocracia alemana quiere lo dice su prensa. Con dos o tres excepciones, los periódicos socialistas diariamente repiten a los trabajadores alemanes que una victoria alemana es su victoria. La captura de Maubeuge, el hundimiento de tres barcos de guerra ingleses, la caída de Amberes, levantaban en la prensa socialdemócrata los mismos sentimientos que se ponen de manifiesto al ganar una nueva elección de distrito o una victoria en una disputa sobre salarios.

No perdamos de vista el hecho de que la prensa obrera alemana, la prensa del partido también, así como los periódicos de la Unión de Trabajadores, son ahora un poderoso mecanismo, que en vez de educar la voluntad del pueblo para la lucha de clases, han sustituido esta educación por el ensalzamiento de las victorias militares. No tengo presentes los repulsivos excesos chovinistas de órganos individuales, sino el sentimiento que subyace en la mayor parte de los periódicos de la socialdemocracia. Esta actitud. parece haber comenzado con el voto de la fracción el 4 de agosto. Pero la fracción no pensó en una victoria alemana. Se condujo así sólo para prevenir el peligro que amenazaba desde fuera a la patria. Eso fue todo.

Y aquí volvemos otra vez a la cuestión de las guerras de defensa y las guerras do agresión. La prensa alemana, incluyendo los órganos socialdemócratas no deja de repetir que es Alemania, entre todos los países, la que se encuentra a la defensiva en esta guerra.

Ya hemos discutido la norma para determinar la diferencia entre una guerra de agresión y una guerra de defensa. Estas normas son numerosas y contradictorias.

En el caso presente, testifican unánimemente que los actos militares de Alemania no podían ser estimados como actos de una guerra de defensa. Pero esto no tiene en absoluto ninguna influencia sobre las tácticas de la socialdemocracia.

Desde el punto de vista histórico, el nuevo imperialismo alemán es, como ya sabemos, absolutamente agresivo. Impulsado paralelamente por el febril desarrollo de la industria nacional, el imperialismo alemán perturba el viejo balance de poder entre los estados, y desempeña el papel de voz cantante en la carrera a favor de los armamentos.

Y desde el punto de vista de la política mundial, el momento actual parece ser el más favorable en Alemania para asestar a sus rivales un golpe aplastante, el cual, sin embargo, no disminuye la culpa de los enemigos de Alemania en lo más mínimo.

La apreciación diplomática de los acontecimientos no deja dudas en lo que concierne al papel predominante que Alemania desempeñó en la provocativa acción de Austria en Serbia. El hecho de que la diplomacia zarista fue, como siempre, más desafortunada, no altera el caso.[6]  Desde el punto de vista estratégico, toda. la campaña alemana estuvo basada en una monstruosa ofensiva.

Y, finalmente, desde el punto de vista táctico, el primer movimiento del ejército fue la violación de la neutralidad belga

Si todo esto es defensa, entonces ¿qué es ataque? Pero aun suponiendo que los acontecimientos, como están descritos en el lenguaje diplomático, admitan otras interpretaciones (a pesar de que las dos primeras páginas del Libro Blanco tienen un significado muy claro), ¿no tiene el partido revolucionario de la clase obrera otra norma que determine su política que los documentos presentados por un gobierno que demuestra el más grande interés en engañarle? Bismarck engañó al mundo entero —dice Bebel— y supo hacer creer al pueblo que fue Napoleón quien provocó la guerra, mientras él, Bismarck, el que tanto amaba la paz, se encontró en la posición. de atacado.

“Los acontecimientos que precedieron a la guerra fueron tan engañosos que sorprendieron a Francia sin ninguna preparación, hasta el extremo de que ella misma declaraba que había un descuido general, mientras que en Alemania, que parecía ser la agredida, la preparación para la guerra había sido completada hasta el extremo de que no faltaba ni el más mínimo detalle y la movilización se llevaba a cabo con la precisión de un reloj “. (Aus meinen Leben, Bd. H, pp. 167-168).

Después de tal precedente histórico bien se podía esperar más garantías críticas de la socialdemocracia.

Es muy cierto que Bebel dijo más de una vez que en el caso de un ataque a Alemania, la socialdemocracia defendería a su patria. En el Congreso de Essen, le contestaba Kautsky:

“En mi opinión, nosotros no podemos prometer positivamente una participación en el entusiasmo del gobierno por La guerra, cada vez que estemos convencidos de que el país está amenazado por un ataque. Bebel cree que nosotros estamos más avanzados que lo que estábamos en 1870 y que somos capaces de decidir en todo momento si la guerra que nos amenaza es de agresión o no. Yo no quisiera tomar esta responsabilidad sobre mí. Yo no quisiera aceptar la tarea de garantizar que sepamos en todo momento distinguir si un gobierno nos engaña o si procede bien representando los intereses de la nación contra una guerra de ataque Ayer fue el gobierno alemán el que tomó la ofensiva; mañana será el gobierno francés y nosotros no podemos saber si más tarde será el gobierno inglés. Los gobiernos se turnan constantemente. En caso de guerra, lo quo a nosotros nos interesa saber no es la causa nacional sino la internacional. una guerra entre grandes potencias resultaría una guerra mundial quo afectarla a toda Europa, no solamente a dos países. Algún día, el gobierno alemán puede hacer creer al proletariado alemán que nosotros hemos sido los atacados; el gobierno francés, puede hacer lo mismo con sus súbditos y entonces tendríamos una guerra en la cual los trabajadores franceses y alemanes seguirán a sus respectivos gobiernos con igual entusiasmo y se asesinarían y degollarían entre sí. Tal contingencia debe ser evitada y lo será si nosotros no adoptamos el criterio de querer distinguir entre guerra ofensiva y defensiva; en vez de esto hay que guiarse conforme a los intereses del proletariado, los cuales, al mismo tiempo, son intereses internacionales Afortunadamente, es un concepto equivocado el creer que la socialdemocracia alemana, en caso de guerra, debería juzgarla según consideraciones nacionales y no internacionales y sentirse primero que nada alemana y después partido proletario.”

Con espléndida claridad revela Kautsky en su discurso los terribles peligros (mucho más terribles lo son en La actualidad.) que están latentes cuando se trata de hacer depender a la socialdemocracia do una indefinida, contradictoria y formal estimación de si la guerra es de defensa o de agresión. Bebel, en su réplica, no dijo nada de importancia; su punto de vista parece completamente inexplicable, especialmente después de sus experiencias del año 1870.

Sin embargo, aún siendo la posición de Bebel inadecuadamente teórica, tenía su significación política. Esas tendencias imperialistas que engendran el peligro de la guerra, excluyen la posibilidad para la socialdemocracia de esperar su salvación de parte del vencedor o de las otras partes beligerantes. Por esta poderosa razón toda su atención se dirige a preservarse de La guerra y su principal tarea fue mantener a los gobiernos preocupados sobre los resultados de la guerra.

“La socialdemocracia —dijo Bebel— se opondrá a cualquier gobierno que tome la iniciativa en la guerra”. Esto tenía el sentido de una amenaza al gobierno de Guillermo II. “No contéis con nosotros si algún día decidís utilizar vuestros cañones y vuestros barcos de guerra”. Y volviéndose a San Petersburgo y a Londres, decía: “Tened cuidado y no ataquéis a Alemania fiados en la falsa idea de que es interiormente débil por la política de obstrucción de la poderosa socialdemocracia alemana”.

Sin llegar a ser una doctrina política, la concepción de Bebel era una amenaza política, pero una amenaza directamente simultánea para dos frentes: para el interior y para el exterior. Su obstinada contestación a todas las objeciones históricas y lógicas, fue la siguiente: “Nosotros encontraremos la manera de poner en un aprieto a cualquier gobierno que dé un sólo paso hacia la guerra”. Somos bastante inteligentes para saber que esta amenazadora actitud no solo de la socialdemocracia alemana sino también de la Internacional tuvo sus resultados.

Los distintos gobiernos hicieron verdaderos esfuerzos para aplazar el rompimiento de la guerra. Pero esto no es todo. Los gobernantes y los diplomáticos se mantuvieron doblemente atentos adaptando sus manejos a la psicología pacifista de las masas. Murmuraban al oído de los jefes socialistas, olfateaban en las oficinas de la Internacional, y así creaban un sentimiento que hizo posible el que Jaurés y Haase declarasen en Bruselas algunos días antes de estallar la guerra, que sus respectivos gobiernos no tenían otro objetivo que la preservación de la paz. Y cuando la tormenta se desencadenó, la socialdemocracia de todos los piases buscó a los culpables… pero más allá de sus fronteras. Las estridencias de Bebel, que desempeñaron un papel definitivo como amenaza, perdieron todo su peso en el momento en que los primeros tiros sonaron en las fronteras. Este terrible acontecimiento sobrevino tal como Kautsky había profetizado.

Lo más sorprendente de todo esto fue a primera vista, que la socialdemocracia no sintió realmente la necesidad de un criterio político. En la catástrofe ocurrida a la Internacional, los argumentos fueron notables por su superficialidad. se contradicen unos a otros, pierden terreno y sólo tienen importancia secundaria ya que lo fundamental estriba en afirmar que la patria debe ser defendida. Aparte de las consideraciones sobre el resultado histórico de la guerra, aparte de las consideraciones sobre la democracia y la lucha de clases, la patria, tal como ha llegado hasta nosotros históricamente, debe ser defendida. Y defendida, no porque nuestro gobierno estuviese ansioso de paz y “fuese pérfidamente atacado”, como lo publicaba la Internacional, sino porque aparte de las condiciones o de los medios con que fue atacado, aparte de quién estaba en su derecho y quién no, la guerra, una vez comenzada, sujeta a cada beligerante al peligro de la invasión o de la conquista. Consideraciones políticas, teóricas, diplomáticas y militares se derrumbaron como en un terremoto, un incendio o una inundación. El gobierno con su ejército es elevado a la posición de un poder que puede proteger y salvar a su pueblo. Las amplias masas del pueblo retornan en la actualidad a una condición prepolitica.

Este sentimiento de las masas, ese reflejo elemental de la catástrofe no debe ser criticado, pues sólo es un sentimiento temporal. Pero completamente distinto es el caso de la actitud de la socialdemocracia comparado con la responsabilidad de la representación política de las masas. Las organizaciones políticas de las clases burguesas y especialmente el mismo poder del gobierno, no sigue simplemente a la corriente. Instantáneamente ponen manos a la obra, y por distintos caminos levantan sus sentimientos impolíticos y unen a las masas en torno del ejército y del gobierno. La socialdemocracia no solo no consigue igual actividad en la dirección opuesta, sino que desde el primer momento se entrega a la política del gobierno y al sentimiento elemental de las masas. Y en vez de armar a estas masas con las armas de la crítica y de la desconfianza, merced a su benévola actitud encaminan al pueblo hacia sus condiciones prepolíticas. Renuncian a sus tradiciones y promesas políticas de cincuenta años con una facilidad no muy a propósito para inspirar respeto a los gobernantes. Bethmann-Hollveg anunciaba que el gobierno estaba de completo acuerdo con el pueblo alemán, y después de la declaración del Vorwärts, en vista de la posición tomada por la socialdemocracia, tenía todo el derecho de manifestarlo así. Además, tenía también otro derecho. Si las condiciones no le hubieran inducido a diferir polémicas para un momento favorable, podía haber dicho en la sesión del Reichstag del 4 de agosto, dirigiéndose a los representantes del proletariado socialista:

“Hoy estáis de acuerdo con nosotros reconociendo el peligro que amenaza a nuestra patria y os unís a nosotros tratando do prevenir el peligro por las armas. Este peligro, sin embargo, no es nuevo. Debíais previamente haber conocido la existencia y tendencias del zarismo y sabíais que teníamos otros enemigos aparte de este. Así, ¿con qué derecho les atacáis cuando levantamos nuestro ejército y nuestra marina? ¿Con qué derecho rehusáis el voto para los créditos militares un año y otro año? ¿Esto pudo ocurrir por el derecho a la traición o por el derecho de ceguera? Y si a pesar vuestro no hubiéramos hecho nuestro ejército, estaríamos ahora imposibilitados frente a la amenaza rusa, que os ha devuelto la razón. Ningún crédito concedido ahora nos capacitaría para rehacer lo quo hubiéramos perdido. Estaríamos ahora sin armas, sin cañones, sin fortificaciones. Vuestro voto hoy, en favor de los créditos de guerra do cinco billones, es admitir que el rechazar anualmente el presupuesto fue solamente una demostración vacía y, peor que eso: fue una demagogia política. Porque tan pronto como hacéis un serio examen histórico, negáis enteramente vuestro pasado.”

Esto es lo que el canciller alemán podía haber dicho, y esta vez su discurso hubiera . convencido.

¿Y qué es lo que Haase hubiera podido contestar?

“Jamás sostuvimos el desarme de Alemania ante peligros externos. Semejante paz no estuvo nunca en nuestros pensamientos. En tanto que las contradicciones internacionales crearan fuera de ellas mismas el peligro de la guerra, nosotros queríamos que Alemania fuera salvada de la invasión extranjera y del servilismo. De lo que tratamos es de tener una organización militar que no pueda (como puede una organización entrenada artificialmente) ser hecha para servir a la explotación de clases en el interior y para aventuras imperialistas en el extranjero, sino que sea invencible en la defensa nacional Queremos una milicia. No tenemos confianza en vosotros para el trabajo de la defensa nacional. Habéis hecho del ejército una escuela de entrenamiento reaccionario. Habéis formado al cuerpo de oficiales en el odio de la más importante clase de la sociedad moderna, el proletariado. Sois capaces de arriesgar millones do vidas, no por los intereses reales del pueblo, sino por los intereses egoístas do una minoría gobernante, que cubrís con los nombres de ideales nacionales y prestigio del estado.

“No nos inspiráis ninguna confianza y esa es la razón por la que año tras año hemos dicho: “¡Ni un hombre ni un céntimo para esta clase de gobierno !”“

“Pero, ¡y los cinco billones!” podían interrumpir voces. a derecha e izquierda.

“Desgraciadamente no podemos ahora escoger. No tenemos ejército, sino el creado por los presentes dueños do Alemania, y el enemigo está a nuestras puertas. No podernos, por el momento, reemplazar el ejército de Guillermo II por una milicia del pueblo, y una vez que esto es así, no podemos rehusar comida., ropas y material de guerra al ejército que nos defiende, sin quo importe cómo pueda estar constituido. Nosotros no repudiamos nuestro pasado, ni renunciamos al porvenir. Estamos obligados a votar los créditos de guerra.”

Esta hubiera sido la respuesta más conveniente que Haase podía haber dado.

Y a pesar de que semejantes consideraciones pueden dar una explicación de por qué los trabajadores socialistas como ciudadanos no impedían la organización militar sino simplemente cumplían el deber de ciudadanía impuesto a ellos por las circunstancias, nosotros esperaremos en vano una contestación a la pregunta principal: ¿por qué la socialdemocracia, como organización política de una clase a quien le ha sido negada una participación en el gobierno, como implacable enemiga de la sociedad burguesa, como partido republicano, como una rama de la Internacional, por qué asumió la responsabilidad de actos emprendidos por una clase que es su irreconciliable enemiga? Si es imposible para nosotros reemplazar inmediatamente el ejército de los Hohenzollern por una milicia, no quiere esto decir que debamos asumir nosotros la responsabilidad de los actos de este ejército. Y si en tiempo de paz, de normal arreglo interior del estado, hacemos la guerra contra la monarquía, la burguesía y el militarismo y tenemos la obligación de llevar a las masas a hacer esta guerra con todo el peso de nuestra autoridad, entonces cometemos el crimen más grande contra nuestro porvenir poniendo esta. autoridad al servicio de la monarquía, la burguesía y el militarismo, en el preciso momento de esta explosión dentro de estos terribles, antisociales y bárbaros métodos de guerra. Ni la nación ni el estado pueden escapar a la obligación de la defensa. Pero cuando rehusábamos a los gobernantes nuestra confianza, no privábamos al estado burgués ni de sus armas, ni de sus medios de defensa ni de ataque, porque esto no puede ocurrir mientras no seamos lo suficientemente fuertes para arrancar el poder de sus manos. En la guerra, como en la paz, somos un partido de oposición, no un partido de poder. De esta manera, podemos con mayor seguridad llevar a cabo esa parte de nuestro trabajo que la guerra marca tan distintivamente: el trabajo de independencia nacional. La socialdemocracia no puede dejar que el destino de ninguna nación, la suya u otra cualquiera, dependa de las victorias militares. Echando sobre el estado capitalista la responsabilidad por los métodos con los cuales protege su independencia, esto es, la violación de la independencia de otros estados, la socialdemocracia pone la piedra angular de la verdadera independencia nacional en la conciencia de las masas do todas las naciones. Preservando y desarrollando la solidaridad internacional de los trabajadores, aseguramos la independencia de la nación, independiente así también del calibre de los cañones.

Si el zarismo es un peligro para. la independencia de Alemania, hay un sólo camino conducente a evitar el peligro y nosotros lo conocemos: la solidaridad de las masas trabajadoras de Alemania y Rusia. Pero semejante solidaridad minaría la política que Guillermo II explicaba diciendo que todo el pueblo alemán estaba con él. ¿Qué podemos decir nosotros, socialistas rusos, a los trabajadores rusos frente al hecho de que las balas que los trabajadores alemanes les envían llevan el sello moral y político de la socialdemocracia alemana?

“Nosotros no podemos hacer nuestra política por Rusia, la hacemos por Alemania”, fue la contestación que me dio uno de los más respetados. funcionarios del partido alemán cuando yo le planteé el problema, y en ese momento sentí, con dolorosa claridad, el tremendo golpe dado a la Internacional desde dentro.

Es evidente que la situación no mejorará si los partidos socialistas de los dos países en guerra unen su destino al destino de sus gobiernos, como en Alemania y en Francia. Ningún poder externo, ni confiscaciones, ni destrucción de la propiedad socialista, ni detenciones, ni encarcelamientos, podían haber dado a la socialdemocracia semejante golpe como el que ella misma con sus propias manos se ha dado, rindiéndose al Moloch del estado, precisamente cuando comenzaba a hablar con palabras de sangre y hierro…

En su discurso, en el Congreso de Essen, Kautsky presentaba un cuadro terrible de un hermano levantándose contra otro hermano en nombre de la “guerra de defensa”, pero como argumento, no como una posibilidad. Ahora que este cuadro se ha convertido en una realidad sangrienta, Kautsky trata de lograr que nos resignemos a ello. El no ve la caída de la internacional.

“La diferencia entre los socialistas alemanes y franceses no se debe buscar en su peculiar criterio, ni en sus puntos de vista fundamentales, sino meramente en su interpretación de la situación actual la cual, a su vez, está condicionada por la diferencia en su posición geográfica (!). Por eso, esta diferencia no puede ser vencida mientras la guerra dure. Sin embargo, no es una diferencia de principio, sino una diferencia que surge de una situación particular y no tiene por qué durar después de que esa situación haya cesado de existir.” (Neue Zeit, 1915, Jg. 33, Bd., p. 73).

Cuando Guesde y Sembat aparecen como ayudantes de Poincaré, Delcassé y Briand y como opositores a Bethmann-Hollweg; cuando los trabajadores franceses y alemanes se degüellan unos a otros, y lo hacen no obligados por la república burguesa y la monarquía de los Hohenzollern, sino como socialistas que cumplen con su deber bajo la dirección espiritual de sus partidos, ¿no significa acaso el derrumbe de la Internacional? La “bandera de juicio” es una y la misma tanto para los socialistas alemanes que degüellan a los franceses, como para los socialistas franceses que degüellan a los alemanes. Si Ludwig Franck toma su cañón, no es para proclamar la diferencia de principio frente a los socialistas franceses, sino para matarlos en completo acuerdo do principio; y si Ludwig Franck cayera él mismo por una bala francesa, enviada probablemente por un camarada, esto no es en detrimento de la “bandera” que ellos tienen en común. Es meramente una consecuencia de la diferencia en su posición geográfica. Verdaderamente, es amargo leer semejantes líneas, pero doblemente amargo cuando salen de la pluma de Kautsky. La Internacional siempre se opuso a la guerra.

“Y si a pesar de los esfuerzos de la socialdemocracia tuviéramos guerra —dice Kautsky— entonces cada nación debe salvar su pellejo lo mejor que pueda. Esto quiere decir que la socialdemocracia de cada país tiene el mismo derecho y el mismo deber de participar en la defensa de su pueblo y ninguno de ellos puede hacer de esto un motivo para dirigir reproches (!) a unos y otros”. (Neue Zeit, Jg. 33, p. 7).

Tal es el género de esta “bandera” común, de este propósito común de salvar el propio pellejo, de romperse el cráneo los unos a los otros en propia defensa, sin “reprocharse” unos a otros por hacerlo.

¿Pero va a ser la cuestión contestada por el acuerdo en la “bandera de juicio”? ¿No será más bien contestada por la cualidad de esta “bandera de juicio” común? Entre Bethmann-Hollweg, Sosonov, Grey y Doicassé, también se encuentra acuerdo en sus banderas. Tampoco entre ellas hay ninguna diferencia de principio. Menos que nadie tienen ellos derecho a dirigirse reproches entre sí.

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Su conducta emana simplemente de una diferencia en su posición geográfica. Si Bethmann-Hollweg hubiera sido un ministro inglés, hubiera obrado exactamente como lo hizo Sir Edward Grey. Su bandera es tan igual para unos y otros como sus cañones, que no se diferencian más que en el calibre. Pero la cuestión para nosotros es: ¿podemos adoptar su bandera como nuestra?

“Afortunadamente, es una equivocación suponer que la socialdemocracia alemana, en caso de guerra, debería actuar de acuerdo con consideraciones nacionales y no internacionales, sintiéndose en primer término alemana y después partido del proletariado.”

Así decía Kautsky en Essen. Y ahora, cuando el punto de vista nacional ha unido a todos los partidos de los trabajadores de la Internacional, en lugar del punto de vista internacional que ellos tenían en común, no solamente se resigna Kautsky a esta “equivocación”, sino que trata de encontrar en ello acuerdo de banderas y una garantía del renacimiento de la Internacional.

“En todos los estados nacionales, la clase trabajadora debe dirigir todas sus energías a conservar intactas la independencia y la integridad del territorio nacional. Esto es esencial en la democracia, base necesaria para la lucha y La victoria final del proletariado”. (Neue Zeit, Jg. 33, p. 74).

Pero si éste es el caso, ¿qué pasa con la socialdemocracia austriaca? ¿Deben también consagrar todas sus energías a la conservación de la no nacional y antinacional monarquía austro-húngara? ¿Y la socialdemocracia alemana? Amalgamándose políticamente con el ejército alemán, no solo ayuda a conservar el caos nacional austro-húngaro sino que facilita la destrucción de la unidad nacional alemana. La unidad nacional se pone en peligro no solo con la derrota sino también con la victoria.

Desde el punto de vista del proletariado europeo es igualmente perjudicial, ya sea que un trozo del territorio francés sea absorbido por Alemania o que Francia absorba un pedazo de territorio alemán. Por esto el mantenimiento del statu quo no significa nada para nuestra plataforma. El mapa político de Europa ha sido hecho a punta de bayonetas, pasando por todas las fronteras sobre los cuerpos vivos de las naciones. Y si la socialdemocracia ayuda a su nacional (o antinacional) gobierno con todas sus energías, es lo mismo que dejar que el poder y la inteligencia de las bayonetas corrijan el mapa de Europa. Y rompiendo en pedazos la Internacional, la socialdemocracia destruye el único poder capaz de crear un programa de independencia y democracia nacional en oposición a la actividad de las bayonetas, y de cumplir este programa en un grado más o menos grande, totalmente independiente de si las bayonetas nacionales son coronadas con la victoria.

La vieja experiencia está confirmada una vez más. Si la socialdemocracia coloca sus deberes nacionales por encima de sus deberes de clase, comete el crimen más grande, no solamente contra el socialismo sino también contra los intereses de la nación en la más amplia acepción de la palabra.

[7]EL COLAPSO DE LA INTERNACIONAL

 

En su Congreso de Paris, dos semanas antes del comienzo de la catástrofe, los socialistas franceses insistían en comprometer a todas las ramas de la Internacional en una acción revolucionaria en caso de movilización. Pensaban principalmente en la socialdemocracia alemana. El radicalismo de los socialistas franceses, en asuntos de política extranjera, tenía sus raíces no tanto en intereses internacionales como en intereses nacionales. Los acontecimientos de la guerra han confirmado ahora definitivamente lo que estaba claro para muchos de ellos. lo que los socialistas franceses deseaban de sus hermanos de partido en Alemania era una cierta garantía para la inviolabilidad de Francia. Ellos creían que de esta manera, pactando con el proletariado alemán, podían finalmente liberar sus manos en el caso de un decisivo conflicto con el militarismo nacional.

La socialdemocracia alemana, por su parte, rehusaba sencillamente semejante compromiso. Babel demostró que aunque los partidos socialistas firmaban la resolución francesa, no podrían mantener su. promesa cuando el momento decisivo llegara. Ahora no cabe duda de que Bebel estuvo bien. Como los acontecimientos han probado repetidamente, un periodo de movilización mutila casi completamente al partido socialista, o por lo menos impide la posibilidad. de movimientos decisivos. Una vez declarada la movilización, la socialdemocracia se encuentra frente al poder concentrado del gobierno, el cual está apoyado por un poderoso aparato militar dispuesto a destruir todos los obstáculos en su camino con la incalificable cooperación de todos los partidos e instituciones burguesas.

De no menos importancia es el hecho de que la movilización despierta y pone a sus pies a aquellos elementos del pueblo que tienen una significación social muy pequeña y que desempeñan un papel que no es político en tiempo de paz. Cientos de miles, hasta millones de pobres obreros manuales, de proletarios vagabundos (la morralla de los trabajadores), de pequeños labradores y trabajadores del campo, son arrastrados por la disciplina del ejército y embutidos en un uniforme, en el que cada uno de ellos se encuentra con un estado de conciencia parecido al que tienen como trabajadores. Ellos y sus familias son arrancados a la fuerza de su triste e inconsciente indiferencia y se hace todo lo posible para que tomen cierto interés en el destino de su País. La movilización y el estado de guerra despiertan nuevas expectativas, nuevas perspectivas en estos círculos, a los cuales no llega prácticamente nuestra agitación, y en los cuales, en circunstancias normales, no se alistarían nunca. Confusas esperanzas de un cambio en las presentes condiciones, de un cambio para mejorar, llenan los corazones de estas masas arrancadas a la apatía de la miseria y del servilismo. Lo mismo ocurre al comienzo de una revolución, pero con una diferencia muy importante. Una revolución une a estos elementos recién despertados con la clase revolucionaria, pero la guerra los une… ¡con el gobierno y con el ejército! En uno de los casos, todas las necesidades no satisfechas, todos los sufrimientos acumulados, todas las esperanzas y deseos, encuentran su expresión en el entusiasmo revolucionario; en el otro caso, estas mismas emociones colectivas adoptan temporalmente la forma de una patriótica intoxicación. Amplios círculos de las clases trabajadoras, hasta aquellos que están influidos por el socialismo, son arrastrados por la misma corriente.

Las avanzadas de la socialdemocracia se sienten entonces en minoría; sus organizaciones quedan rotas cuando se completa la organización del ejército. En semejantes condiciones no puede darse ningún pensamiento en pro de movimientos revolucionarios que proceda del partido. Y todo esto es completamente independiente de la cuestión de si el pueblo acepta una guerra determinada o no. A pesar del carácter colonial de la guerra ruso-japonesa y de su impopularidad en Rusia, en el primer medio año de guerra casi dominó al movimiento revolucionario. En consecuencia, es evidente que con las mejores intenciones del mundo, los partidos socialistas no pueden comprometerse a desplegar una acción obstruccionista en el momento de la movilización, que constituye precisamente también el momento del aislamiento político del socialismo.

Y por esto no debe considerarse como cosa extraña y desalentadora el hecho de que el partido de las ciases trabajadoras no opusiera a la movilización militar una propia organización revolucionaria. Si los socialistas se hubiesen limitado a lanzar una condenación contra la guerra europea, si hubiesen declinado toda responsabilidad ante ella y hubiesen negado el voto de confianza a sus gobiernos y también el voto por los créditos de guerra, habrían cumplido con su deber. Habrían adoptado una posición expectante, cuyo carácter de oposición habría resaltado tan claramente para el gobierno como para el pueblo. Una acción ulterior habría sido determinada por la marcha de los acontecimientos y por aquellos cambios que los acontecimientos de la guerra deben producir en la conciencia del pueblo. Los enlaces que unen a la Internacional habrían sido conservados y la bandera del socialismo habría permanecido inmaculada. A pesar de debilitarse momentáneamente la socialdemocracia, habría conservado libres sus manos para el caso de una intervención decisiva en estas cuestiones, tan pronto como el cambio se hubiese producido en los sentimientos de las masas. Y Se puede asegurar que no importa la influencia que la socialdemocracia hubiese perdido por semejante actitud al comienzo de la guerra, porque todo lo habría recobrado cuando se hubiera producido el cambio inevitable en el sentimiento público.

Pero si esto no ocurrió, si la señal para la movilización fue también la señal para la caída de la Internacional, si los partidos nacionales del trabajo formaron en las filas de sus gobiernos y de sus ejércitos sin la menor protesta, es porque hubo profundas causas para que esto ocurriera, pero causas comunes a. toda la Internacional. Seria fútil buscar estas causas en las condiciones individuales y en la insuficiencia de los jefes y comités de partido. Las causas hay que buscarlas en las condiciones de la época en las cuales la Internacional socialista apareció primeramente y se desenvolvió. Esto no quiere decir que la incapacidad de los jefes o la sorprendente incompetencia de los comités ejecutivos pueda siempre justificarse. Nada de eso. Pero no son los factores fundamentales. Tales factores habrá quo buscarlos en las condiciones históricas de toda una época. Pero no es una cuestión (y debemos confesarlo entre nosotros mismos) que se refiera a equivocaciones particulares, ni tampoco a conducta oportunista o a actitudes de perplejidad en distintos parlamentos; no se refiere tampoco al voto de la socialdemocracia a favor del presupuesto en el Gran Ducado de Baden, ni a la individual experiencia ministerial en Francia, ni a la carrera que hubiese podido o no hacer este o aquél socialista. Es nada menos que la total derrota de la Internacional en la época histórica más responsable, para la cual todas las formaciones previas del socialismo pueden ser consideradas como una mera preparación.

Una revista de los acontecimientos históricos revelarla un número de hechos y de síntomas que despertarían inquietud sobre el fondo y la solidez del internacionalismo en el movimiento obrero.

No nos referimos a la socialdemocracia austriaca. En vano los socialistas rusos y serbios buscaron en los recortes de artículos sobre política mundial publicados en el Wiener Arbeiter-Zeitung, algo que pudiera ser utilizable para los trabajadores rusos y serbios sin que tuvieran que avergonzarse por la Internacional. Una de las más sorprendentes tendencias de este periódico fue siempre la defensa del imperialismo austro alemán, no solamente contra el enemigo de fuera sino también contra el enemigo interno… y el Vorwärts fue uno de los enemigos internos. No hay ironía al decir que en la presente crisis de la Internacional el Wiener Arbeiter-Zeitung fue fiel a su historia,

El socialismo francés revela dos cosas: por una parte, un ardiente patriotismo, no libre de la enemistad de Alemania y, por la otra, el más violento antipatriotismo, al estilo de Hervé, el cual, como la experiencia enseña, prontamente cae dentro. de su extremo opuesto.

A semejanza de Inglaterra, en donde el matiz patriótico de los torys de Hyndman, suplantó su radicalismo sectario, también ese patriotismo ha causado repetidas veces dificultades políticas a la Internacional.

En menor grado los síntomas nacionalistas pudieron ser descubiertos en la socialdemocracia alemana.

En otras palabras, el oportunismo de los alemanes del sur creció fuera del suelo del particularismo, el cual fue nacionalismo de pacotilla.

Pero los alemanes del sur fueron considerados, y muy acertadamente, como una retaguardia sin importancia del partido. La promesa. de Bebel de echarse al hombro su fusil en caso de peligro no fue. recibida con entusiasmo. Y cuando Noske repitió la expresión de Bebel, fue duramente atacado en la prensa del partido.

En suma, la socialdemocracia. alemana se adhiere más estrictamente al internacionalismo que ningún otro de los viejos partidos socialistas. Por esta razón rompió secamente con su pasado.

A. juzgar por los anuncios formales del partido y por los artículos de la prensa socialista, no hay ningún enlace entre el socialismo alemán de ayer y el de hoy.

Pero está claro quo semejante catástrofe no hubiese ocurrido si las condiciones para ello no hubieran sido preparadas previamente. El hecho de que dos partidos jóvenes, el ruso y el serbio, fueron fieles a sus deberes internacionales, no es una confirmación de la. filosofía, según la cual, la lealtad al principio es una expresión natural de poca madurez. Este hecho nos lleva a buscar las causas del colapso de la Internacional en aquellas condiciones de su desarrollo que menos influencia ejercieron en sus miembros jóvenes.

 

[8] OPORTUNISMO SOCIALISTA

 

El Manifiesto Comunista, escrito en 1847, termina con estas palabras: “¡ Proletarios de todos los países, uníos !” Pero este grito de guerra apareció demasiado prematuramente para poder ser de una viva actualidad enseguida. El orden del día de la historia por ese entonces fue la revolución de la clase media de 1848. Y en esta revolución, la parte que recayó sobre los autores del manifiesto no fue la de jefes de un proletariado internacional sino la de luchadores en la extrema izquierda de la democracia nacional.

La revolución de 1848 no resolvió ni uno solo de los problemas nacionales: no hizo más que revelarlos. La contrarrevolución, juntamente con el gran desarrollo industrial que entonces tuvo lugar, rompió el hilo del movimiento revolucionario. Transcurrió otro siglo de paz hasta que recientemente los antagonismos, que habían desaparecido con la revolución, requirieron la intervención de la espada. Esta vez no fue la espada de la revolución, caída de las manos de la clase media, la esgrimida, sino la espada militarista de. la guerra, sacada de una vaina dinástica. Las guerras de 1859, 1864, 1866 y 1870 crearon una nueva Italia y una nueva Alemania. Las castas feudales tomaron a su manera la herencia de la revolución de 1848. La bancarrota política de la clase media., la que se expresa en este histórico intercambio de roles, vino a ser un estimulo directo a un movimiento independiente del proletariado, basado en el rápido desarrollo del capitalismo.

En 1863, Lassalle fundó la primera unión política en Alemania. En 1864 la primera Internacional fue creada en Londres bajo la guía de Karl Marx.

El santo y seña del Manifiesto fue tomado y usado en la primera circular publicada por la Asociación Internacional de los Trabajadores. Es muy característico de las tendencias del movimiento obrero, el hecho de que su primera organización tuviera un carácter internacional.

Sin embargo, esta organización fue una anticipación de las futuras necesidades del movimiento, más bien que un instrumento de gobierno en la lucha de clases. Allí continuaba existiendo un ancho abismo entre el último término de la Internacional, la revolución comunista y sus inmediatas actividades, las cuales tomaron principalmente la forma de la cooperación de la Internacional en los caóticos movimientos huelguistas de los trabajadores de varios países. Hasta los fundadores de la Internacional esperaban que la marcha revolucionaria de los acontecimientos vencería muy pronto la contradicción entre. la ideología y la práctica. Mientras el Consejo General fue dando .dinero para ayudar a los grupos de huelguistas en Inglaterra y en el continente, hacia esfuerzos al mismo tiempo para armonizar la conducta de los trabajadores de todos los países en el campo de la política mundial.

Pero estos esfuerzos no tenían, corno no tienen aún, una suficiente base material. La actividad de la primera Internacional coincide con el periodo de guerras que abrieron el camino de su desarrollo en Europa y en Norteamérica. A pesar de su importancia doctrinal y educativa, los esfuerzos de la Internacional para mezclarse en la política mundial han debido hacer ver muy claramente a los trabajadores avanzados de todos los países, su impotencia contra el estado nacional de clase. La Commune de Paris, fulgurando fuera de la guerra, fue el punto culminante de la Primera Internacional. Así como el Manifiesto comunista fue la anticipación teórica del movimiento moderno del trabajo y la Primera Internacional fue la anticipación práctica de las asociaciones del trabajo del mundo, así la Commune de Paris fue la anticipación revolucionaria de la dictadura del proletariado.

Pero solamente una anticipación y nada más. Y por esta misma razón estaba claro que es imposible para el proletariado echar abajo la máquina del estado y reconstruir la sociedad mediante improvisaciones revolucionarias.

Los estados nacionales que surgen de las guerras crean una base real para este histórico trabajo: la base nacional. Por esto el proletariado tiene que pasar por la escuela de su propia educación.

La Primera Internacional llenó su misión de escuela para el partido nacional socialista. Después de la guerra franco-prusiana y la Commune de Paris, la Internacional arrastró una moribunda existencia durante algunos años más y en 1872 fue trasplantada a América, y después de varios experimentos religiosos y sociales vivió errabunda, y allí murió después.

Entonces empieza el periodo prodigioso de desarrollo capitalista sobre la base del estado nacional. Para el movimiento obrero, éste fue el periodo de concentración gradual de fuerza, de desarrollo, de organización y positivismo político u oportunismo.

En Inglaterra el periodo tempestuoso del cartismo, aquel despertar revolucionario del proletariado inglés, se había consumido completamente diez años antes del nacimiento de la Primera Internacional.

La anulación de las leyes de cereales (1846) y la consiguiente prosperidad industrial, quo hizo de Inglaterra el taller del mundo, el establecimiento de las diez horas de trabajo diarias (1847), el aumento de la emigración irlandesa a América y la emancipación de los trabajadores en las circunscripciones (1867), todas estas circunstancias, las cuales beneficiaban considerablemente a la mayor parte de la capa superior del proletariado, llevó al movimiento de clases en Inglaterra dentro de las aguas pacificas del “tradeunionismo” y de su política liberal supletoria.

El periodo de posibilismo, que es la concienzuda y sistemática adaptación a la forma de estado económico y legal del capitalismo nacional, empieza para el proletariado inglés, el más viejo de los hermanos, antes que el nacimiento de la Internacional y veinte años antes que para el proletariado continental.

Si a pesar de todo las grandes ligas inglesas se unieron a la Internacional, al principio fue solamente porque las protegía contra la importación de los promovedores de huelgas en la lucha por el salario.

El movimiento obrero francés recobró, aunque muy lentamente, la pérdida de sangre vertida en la Commune sobre el terreno de un crecimiento industrial retrasado y en medio de una atmósfera nacionalista de la más nociva ansia de revancha. Fluctuando entre una negación anarquista del estado y una vulgar capitulación democrática ante ella, el movimiento del proletariado francés se desarrolló adaptándose al encuadre social y político de la República burguesa.

Como Marx había ya previsto en 1870, el centro de gravedad del movimiento socialista se desplazó a Alemania.

Después de la guerra franco-prusiana, la Alemania unida entró en una era similar a la que Inglaterra había atravesado durante los anteriores veinte años; una era de prosperidad capitalista, de franqueza democrática y de un alto tenor de vida para la capa superior del proletariado.

Teóricamente el movimiento obrero marchaba bajo la bandera del marxismo. Aún en la dependencia a las condiciones del periodo, el marxismo vino a ser para el proletariado alemán no la fórmula algebraica de la revolución que fue al principio, sino el método teórico por adaptación a un estado nacional capitalista coronado con un casco prusiano. El capitalismo, que había alcanzado un equilibrio temporal, revolucionaba continuamente la base económica de la vida nacional. Para conservar el poder que había resultado de la guerra franco-prusiana, fue necesario aumentar el ejército permanente. La clase media había cedido todas sus posiciones políticas a la monarquía feudal, pero atrincherándose ella misma más enérgicamente en sus posiciones económicas, bajo la protección de la política militarista del estado. L as principales corrientes del último periodo, que comprenden cuarenta y cinco años, son: capitalismo victorioso, militarismo erigido sobre una base capitalista, una reacción política resultado del crecimiento interior de las bases feudales y capitalistas…, una revolución de la vida económica, y un completo abandono de los métodos revolucionarios y tradiciones en la vida. política. La entera actividad de la socialdemocracia alemana fue dirigida hacia el despertar de los. obreros retrógrados, a través de una lucha sistemática por sus necesidades más inmediatas…., unión de fuerzas, aumento de miembros, colmar el tesoro, el desarrollo de la prensa, la conquista de todas las posiciones que se presenten por sí mismas y su utilización y expansión. Este fue el gran trabajo histórico del despertar y educación de la clase “antihistórica”.

La gran liga de trabajadores de Alemania centralizada se desarrolló dentro de la dependencia directa del desenvolvimiento de la industria nacional, adaptándose ella misma a sus éxitos en el interior y en los mercados extranjeros, y controlando los precios de materias primas y productos manufacturados.

Localizados en distritos políticos, para adaptarse a las leyes electorales y extendiendo sus tanteos a todas las ciudades y municipios rurales, la socialdemocracia levantó la única estructura de la organización política del proletariado alemán con sus muchas ramificaciones de jerarquía burocrática, su millón de miembros contribuyentes, sus cuatro millones de votantes, noventa y un diarios y sesenta y cinco imprentas del partido.

Esta actividad conjunta de una importancia histórica in conmensurable, se desarrolló a través del espíritu de “posibilismo”.

En cuarenta y cinco años de historia no ofreció al proletariado alemán una simple oportunidad de quitar un obstáculo por un ataque tempestuoso, o capturar una posición hostil dentro de un avance revolucionario. Como resultado de la relación reciproca de fuerzas sociales, fue obligado a evitar obstáculos o adaptarse a ellos. En esto, el marxismo, en tanto teoría, resultó un valioso instrumento como guía política, pero no podía cambiar el carácter oportunista del movimiento de clase que fue su rasgo esencial en esta etapa tanto en Inglaterra, como en Francia y Alemania. A pesar de la superioridad indiscutible de la organización alemana, las tácticas de las ligas fueron muy iguales en Berlín y en Londres. Su principal trabajo fue el sistema de los tratados de tarifas. En el campo político, la diferencia fue más grande y profunda. Mientras el proletariado inglés marchaba bajo la bandera del liberalismo, los trabajadores alemanes formaban un partido independiente con una plataforma socialista. Y aun esta diferencia no va tan profundamente en política, como en formas ideológicas y en formas de organización.

A través de la presión que los trabajadores ingleses ejercían en el partido liberal, obtuvieron ciertas limitadas victorias: la extensión del sufragio, libertad de unión y la legislación social. Lo mismo fue conservado o mejorado por el proletariado alemán por su partido independiente, el cual se vio obligado a formarse debido a la rápida capitulación del liberalismo alemán.

Y aun este partido, mientras en principio combatía por la conquista del poder político, fue obligado en la práctica a adaptarse él mismo al poder gobernante, para proteger al movimiento obrero contra los golpes de este poder y para realizar nuevas reformas. En otras palabras: debido a la diferencia en tradiciones históricas y condiciones políticas, el proletariado inglés se adaptaba al estado capitalista por medio del partido liberal., mientras el proletariado alemán fue obligado a formar un partido propio para llegar a los mismos términos políticos. Y la lucha política del proletariado alemán, en todo este periodo, tiene el mismo carácter oportunista, limitado por condiciones históricas, que el proletariado inglés.

La semejanza de estos dos fenómenos tan diferentes en sus formas, se muestra más claramente en el resultado final a la terminación del periodo. El proletariado inglés en su lucha cotidiana fue forzado a formar un partido independiente propio, sin romper, no obstante, sus tradiciones liberales; y el partido del proletariado alemán, cuando la guerra le forzaba a una opción decisiva, daba una contestación dentro del espíritu nacional de tradiciones liberales del partido laborista inglés.

El marxismo, naturalmente, no era solamente algo accidental e insignificante en el movimiento obrero alemán. Aún allí no estaría la base para deducir el carácter socialrevolucionario del partido, de su ideología oficial marxista. La ideología es muy importante, pero no un factor decisivo en política. Su papel es el planear sobre la política. Esta profunda contradicción, inherente al despertar de la clase revolucionaria, sobre la razón de su relación con el estado reaccionario feudal, reclamaba una ideología irreconciliable, la cual arrastraría a todo el movimiento bajo la bandera de los deseos de la revolución social. Desde que las condiciones históricas forzaban las tácticas oportunistas, la posición irreconciliable de la clase proletaria encontró expresión en las formulas revolucionarias del marxismo. Teóricamente, el marxismo concilia con perfecto éxito la contradicción entre reforma y revolución. Sin embargo el proceso del desarrollo social es algo mucho más confuso que teórico en el dominio del puro pensamiento. El hecho de que la clase eminentemente revolucionaria en sus tendencias se viera obligada por varias décadas a adaptarse a la política del estado monárquico, basado en el tremendo desarrollo capitalista del país, en el curso del cual se consiguió la adaptación y organización de un millón de miembros y un trabajo burocrático el cual dirigía todo el movimiento…, este hecho, repetimos, no deja de existir y no pierde su peso significativo porque el marxismo anticipara el carácter revolucionario del movimiento futuro. Solamente la más inocente ideología podía dar el mismo lugar a este pronóstico que a las actualidades políticas del movimiento obrero alemán.

Los revisionistas alemanes fueron impresionados en su conducta por la contradicción entre la reforma práctica del partido y sus teorías revolucionarias. Ellos no comprendieron que esta contradicción estaba condicionada por circunstancias temporales, aunque prolongadas, y que solo podían ser vencidos por un ulterior desarrollo social. Para ellos era una contradicción lógica. La equivocación de los revisionistas no fue que ellos confirmaran el carácter reformista de las tácticas del partido en el pasado, sino que querían perpetuar el reformismo teórico y hacer de él el único método do la lucha de la clase proletaria. A los revisionistas les faltó tener en cuenta las tendencias objetivas del desarrollo político, el cual, profundizando las distinciones de clase, debía llevar a la revolución social como un camino para la emancipación del proletariado. El marxismo salía de esta disputa teórica como vencedor en toda la línea. Pero el revisionismo a pesar de ser derrotado en el campo de la teoría, siguió viviendo, extrayendo su razón de ser de la conducta y actual psicología del movimiento entero. La impugnación crítica del revisionismo como una teoría, no significa, en absoluto su derrota táctica y psicológica. Los parlamentaristas, los sindicalistas, los camaradas, continuaron viviendo y trabajando en la atmósfera de oportunismo general, de especialidades prácticas y de estrecheces nacionalistas. El reformismo logró fijar su impronta hasta en la imaginación de August Bebel, el gran representante de este periodo.

El espíritu oportunista adquirió una consistencia particular en la generación que entró a formar parte del partido en el tiempo de las leyes antisocialistas de Bismarck y la reacción opresora sobre toda Europa. falta del celo apostólico de la generación que estuvo unida con la Primera Internacional, dificultada en sus primeros pasos por el poder del imperialismo victorioso, obligada a adaptarse a las trampas y lazos de las leyes antisocialistas, esta generación creció en el espíritu de moderación y desconfianza constitucional de la revolución. Los que la constituyeron son ahora hombres viejos de cincuenta a sesenta años y son los que están precisamente a la cabeza de las ligas y organizaciones políticas. El reformismo no es solo su psicología. política, sino también su doctrina. El crecimiento gradual dentro del socialismo (que es la base del revisionismo), ha demostrado ser el más s pobre sueño utópico, ante el hecho del desarrollo capitalista. Pero el crecimiento gradual político de la socialdemocracia dentro del mecanismo del estado nacional, ha venido a ser una trágica actualidad… para la raza entera.

La revolución rusa fue el primer gran acontecimiento que trajo una fresca bocanada de aire dentro de la calma de Europa en los treinta y cinco años después de la Commune de París. El rápido desarrollo de la clase obrera rusa y la fuerza inesperada de su concentrada actividad revolucionaria, produjo una gran impresión en todo el mundo civilizado y dio un impulso en todas partes, aguzando las diferencias políticas. En Inglaterra, la revolución rusa precipitaba. la formación de un partido obrero independiente. En Austria, gracias a circunstancias especiales, esto llevó al sufragio universal masculino. En Francia., el eco de la revolución rusa tomó la forma de sindicalismo, lo que daba expresión, bajo una inadecuada forma teórica y práctica, al despertar de las tendencias revolucionarias del proletariado francés. Y en Alemania la influencia de la revolución rusa se hizo sentir en el robustecimiento del ala de izquierda del partido, en el acercamiento del centro director a ella y en el aislamiento del revisionismo. La cuestión de la emancipación prusiana, esta llave de la posición política del junquerismo, tomó una posición más aguda. Y el partido .adoptó en principio el método revolucionario de la huelga general. Pero todas estas sacudidas exteriores fueron inadecuadas para enseñar al partido el camino de la ofensiva política. De acuerdo con las tradiciones del partido, la vuelta hacia el radicalismo encontró su expresión en discusiones y en la adopción de resoluciones. No llegó más allá.

[9] EL OCASO DEL ESPIRITU REVOLUCIONARIO

 

Hace seis o siete años un reflujo político siguió en todas partes a la marea alta revolucionaria.

En Rusia triunfó la contrarrevolución y empezó un periodo de decadencia para el proletariado ruso, tanto en política como en la fuerza de sus organizaciones. En Austria todo comenzó con el debilitamiento de la clase trabajadora; la legislación sobre el seguro social se pudría en las oficinas gubernamentales, los conflictos nacionalistas empezaron otra vez, con nuevo vigor, en el t reno del sufragio universal, debilitando y dividendo a la socialdemocracia. En Inglaterra, el partido laborista, después de separarse del partido liberal, entró con él otra vez dentro de la más cerrada asociación. En Francia, los sindicalistas pasaron a posiciones reformistas; Gustavo Hervé pasaba al lado opuesto al suyo en el más corto espacio de tiempo. Y en la socialdemocracia alemana, los revisionistas levantaron sus cabezas, envalentonados porque la historia les había dado semejante revancha. Los alemanes del sur daban la nota votando a favor del presupuesto. Los marxistas se vieron obligados a cambiar sus tácticas de ofensivas en defensivas. Los esfuerzos del ala de izquierda para atraer al partido hacia una política más activa, no tuvieron éxito. El Centro, que dominaba, se dirigía cada vez más hacia la derecha, aislando a los radicales. Los conservadores, reponiéndose de los golpes recibidos en 1905, triunfaron en toda la línea.

A. falta de una actividad revolucionaria, como también de la posibilidad para un trabajo reformista, el partido gastó sus energías enteras en levantar la organización, en lograr nuevos miembros para los sindicatos y para el partido, y en hacer nuevos periódicos y conseguir nuevos suscriptores. Condenado por décadas a una política de oportunismo y de quietismo, adoptó el culto de la organización como un término en sí mismo. Nunca fue el espíritu de inercia, producido por el trabajo rutinario, tan fuerte en la socialdemocracia alemana como en los años inmediatos que precedieron a la gran catástrofe.

Y no puede caber la menor duda de que la cuestión de la conservación de la organización do las finanzas, Casas del Pueblo e imprentas, desempeñó un papel poderoso y una parte importante, en la posición tomada por la fracción en el Reichstag al estallar la guerra. “Si otra cosa hubiéramos hecho, habríamos llevado a la ruina a nuestra organización y a nuestra prensa”, fue el primer argumento que yo oí de un destacado camarada alemán.

¡Y qué característica es la psicología oportunista influida por el mero trabajo de organización! De noventa y nueve periódicos de la socialdemocracia, ninguno encontró la posibilidad de protestar contra la violación de Bélgica. ¡Ni uno! Después de la anulación de las leyes antisocialistas, el partido dudó largo tiempo antes de empezar a hacer funcionar sus propias imprentas, por miedo a que éstas pudieran ser confiscadas por el gobierno en caso de graves acontecimientos. Y ahora que tiene su propia prensa, la jerarquía del partido teme todo paso decisivo, para no presentar una oportunidad para la confiscación.

Lo más elocuente de todo es el incidente del Vorwärts, que mendiga el permiso para continuar su tirada… sobre la base do un nuevo programa, suspendiendo indefinidamente la lucha de clases. Todo amigo de la socialdemocracia alemana siente una profunda pena cuando recibe el periódico, que es su órgano central, con la humillante “Por orden del Estado Mayor del Ejército”. Si el Vorwärtshubiera continuado bajo la suspensión, esto hubiera sido un hecho político importante del cual el partido hubiera podido hablar con orgullo. De todos modos, esto hubiera sido más honorable que el continuar su existencia con la marca de las botas de los generales en su frente.

Pero a fin, más alta que todas las consideraciones de política y de dignidad del partido, estuvo la consideración de los intereses de los miembros, imprentas y organización. Y así el Vorwärts ha vivido con dos páginas, demostración de la brutalidad sin límites del junquerismo en Berlín y en Lovaina, y el oportunismo sin límites do la socialdemocracia.

El ala derecha se mantuvo más a favor de sus principios, los cuales resultaban de ciertas consideraciones políticas. Wolfgang Heine formulaba burdamente estos principios del reformismo alemán en una. absurda discusión sobre si los socialdemócratas debían dejar la sala del Reichstag cuando los miembros se levantaran a aplaudir el nombre del emperador o si solo debían continuar sentados. “La creación de una República en el Imperio alemán está ahora y por mucho tiempo fuera de toda posibilidad; así que no es, verdaderamente, algo importante para nuestra política presente”. Los resultados prácticos, que aún no han sido logrados, pueden ser alcanzados, pero sólo con la cooperación de la burguesía liberal.

“Por esta razón, no porque yo sea un porfiador recalcitrante, he llamado la atención sobre el hecho de que la cooperación parlamentaria se hará difícil por las demostraciones, que sin necesidad, hieren los sentimientos de la mayoría de la Casa”.

Pero si una simple infracción de etiqueta monárquica fue bastante para destruir la esperanza de cooperación reformista con la clase media liberal, entonces, ciertamente, la ruptura con la “nación” burguesa en el momento del “peligro” nacional hubiera impedido por años, no solo todas las reformas deseadas, sino también todos los deseos reformistas. Esta actitud que. fue dictada a los rutinarios del partido por su gran ansiedad acerca de la conservación de la organización, fue complementada entre los revisionistas por consideraciones políticas. Su punto de vista probó ser, desde cualquier consideración, más comprensible. y destinado a imponerse por sobre los otros Toda la prensa del partido está ahora aclamando afiebradamente lo que despreciaron en montón; la patriótica actitud presente de la clase trabajadora, le hará ganar después de la guerra, la buena voluntad de las clases poseedoras, para que lleven a cabo algunas reformas.

Por esto la socialdemocracia alemana no se sintió ella misma, bajo el peso do estos grandes acontecimientos, un poder revolucionario, un poder que no se dejara arrastrar por el torbellino nacionalista, sino que con mucha calma esperase el momento favorable para unirse con las otras ramas de la Internacional, aprovechando el curso de los acontecimientos. No, en vez de esto, la socialdemocracia alemana se sintió como una especie de tren pesado amenazado por una caballería hostil. Por esta razón subordinaron los socialistas todo el porvenir de la Internacional a la extraña cuestión de la defensa de las fronteras del estado de clase… porque se sintieron primero y principalmente como un estado conservador, dentro del estado.

“¡Mirad a Bélgica! grita el Vorwärts para alentar a los trabajadores soldados. Las Casas del Pueblo han sido convertidas en hospitales de sangre, los periódicos suprimidos, toda la vida del partido deshecha”.[7]  Y por esto debéis manteneros hasta el fin, “hasta que la victoria decisiva sea nuestra” En otras palabras: “Continuad destrozando, dejad que el trabajo de nuestras propias manos sea una lección terrible para vosotros. “Mirad a Bélgica”, y de este terror sacad la fuerza para renovar la destrucción”.

Todo lo dicho hasta aquí, se refiere no solamente a la socialdemocracia alemana, sino también a todas las viejas ramas de la Internacional que han vivido a través de la historia del último medio siglo.

[10] IMPERIALISMO DE LA CLASE TRABAJADORA

 

Hay un factor en el derrumbamiento do la Segunda Internacional que continúa sin ser esclarecido. Está en el corazón de todos los acontecimientos por los que ha pasado el partido.

La dependencia del movimiento de la clase proletaria, particularmente en sus conflictos económicos, del alcance y éxitos de la política imperialista del estado es una cuestión, que yo sepa, nunca planteada hasta ahora en la prensa socialista. No es que yo intente resolverla en el corto espacio de este trabajo. Lo que yo diga acerca de este punto será necesariamente lo propio de una breve reseña.

El proletariado está profundamente interesado en el desarrollo de las fuerzas productivas. El estado nacional creado en Europa por las revoluciones y guerras de los años 1787 a 1870, fue el tipo básico de la evolución económica del pasado periodo. El proletariado contribuyó con su intensa política consciente al desarrollo de las fuerzas productivas dentro de un marco nacional. El sostenía a la. burguesía en sus conflictos con enemigos extranjeros para la conquista de una libertad nacional; también en sus conflictos con la monarquía, con el feudalismo y la iglesia por la democracia política. Y en la medida en que los burgueses volvían al “orden y a las leyes”, esto es, volvían a ser reaccionarios, el proletariado se atribuía la tarea histórica que los burgueses habían dejado incompleta. Defendiendo una política de paz, cultura y democracia, aún contra la burguesía, contribuían al ensanchamiento del mercado nacional, dando así un impulse al desarrollo de las fuerzas productivas.

El proletariado tiene un igual interés económico en la democratización y en el progreso cultural de todos los otros países en su relación de compradores o vendedores con su propio país. En esto consiste la garantía más importante para la solidaridad del proletariado, tanto para su aspiración final como para su política diana.

La lucha contra los restos de la barbarie feudal, contra las exigencias ilimitadas del militarismo, contra los derechos agrarios e impuestos indirectos, fue el principal motivo de la política de la clase trabajadora y sirvió directa o indirectamente a ayudar al desarrollo de las fuerzas productivas.

Esta es la verdadera razón del por qué la gran mayoría del trabajo organizado juntó las fuerzas políticas con la social democracia. Todos los impedimentos para el desarrollo de las fuerzas productivas, tocan a la unidad de los trabajadores muy de cerca.

Como el capitalismo pasaba desde un terreno nacional a un terreno imperialista internacional, la producción nacional y con ella la lucha económica del proletariado, desenvolvíase dentro de una directa dependencia con las condiciones del mercado mundial, las cuales están aseguradas por acorazados y cañones. En otras palabras: en contradicción con los intereses fundamentales del proletariado tomados en su gran extensión histórica, los intereses inmediatos del comercio de varias capas del proletariado probaron tener una dependencia directa de los éxitos o derrotas de la política extranjera de los gobiernos.

Inglaterra, mucho antes que ningún otro país, colocaba su desarrollo capitalista sobre la base del imperialismo rapaz, y comprometía a la capa superior del proletariado en su dominio mundial. Defendiendo los intereses de su propia clase, el proletariado inglés se limitaba él mismo a ejercer presión sobre los partidos burgueses, los que le garantizaban una participación en la explotación capitalista de otros países. Esto no hizo empezar una política independiente hasta que Inglaterra comenzó a perder su posición en el mercado mundial, desplazada por su mayor rival: Alemania.

Pero con el crecimiento de Alemania en importancia en el mundo industrial, creció la dependencia de la mayor parte de la capa superior del proletariado alemán al imperialismo alemán, no solamente material, sino también idealmente.

El Vorwärts escribió el 11 de agosto que los trabajadores alemanes “contaban entre los hombres más inteligentes políticamente a aquellos que desde hace años han proclamado los peligros del imperialismo (a pesar de que ha. sido con mu y poco éxito, debemos confesarlo) y atacan ahora la neutralidad italiana como los más exagerados chauvinistas”. Pero . esto no impidió al Vorwärts el alimentar a los trabajadores alemanes con argumentos “nacionales” y “democráticos”, en justificación del sangriento trabajo del imperialismo. (Algunos escritores tienen la columna tan flexible como sus plumas.) Sin embargo, todo esto no altera los hechos. Cuando llegó el momento decisivo, no pareció haber una enemistad irreconciliable con la política imperial en la conciencia de los trabajadores alemanes. Al contrario, parecían prestos a oír los murmullos imperialistas envueltos en fraseología nacional y democrática. Esta no es la primera vez que el socialismo imperial se revela en la socialdemocracia alemana.

Es suficiente recordar el hecho de que en el congreso internacional celebrado en Stuttgart, la mayoría de los delegados alemanes, especialmente los sindicalistas, fueron los que votaron contra la resolución marxista sobre la política colonial. Lo ocurrido causó una gran sensación por el momento, pero su verdadero significado resplandece claramente a la luz de los acontecimientos presentes. Precisamente ahora la prensa de los sindicatos está uniendo la causa de la clase trabajadora alemana al trabajo del ejército de los Hohenzollern, con más conocimiento de causa que el que manifiestan los ó órganos políticos.

Mientras el capitalismo continúe manteniéndose sobre una base nacional, el proletariado no puede cejar en su cooperación y democratización de las relaciones políticas y en el desarrollo de sus fuerzas productivas a través de sus actividades parlamentarias y municipales y de otra clase. Los atentados de los anarquistas para establecer una formal agitación revolucionaria en oposición a las luchas políticas de la socialdemocracia, los condenan al aislamiento y a una gradual extinción. Pero si los estados capitalistas sobrepasaran su forma nacional para venir a ser poderes imperialistas mundiales, el proletariado no podría oponerse a este nuevo imperialismo. Y la razón es el llamado programa mínimo, el cual arregla su política sobre el marco del estado nacional. Cuando su principal interés estriba en los tratados de tarifas y en la legislación social, el proletariado es incapaz de emplear la misma energía en combatir al imperialismo que la que desplegó al combatir el feudalismo. Por aplicar sus viejos métodos de la lucha de clases —la constante adaptación a los movimientos del mercado— a las nuevas condiciones producidas por el imperialismo, él mismo cae en la dependencia material e ideológica del imperialismo.

El único camino que el proletariado puede seguir es el de la fuerza revolucionaria contra el imperialismo bajo la. bandera del socialismo. La clase trabajadora no tendrá fuerzas para luchar contra el imperialismo mientras sus grandes organizaciones continúen con sus viejas tácticas oportunistas, y solo será poderosa contra el imperialismo cuando tome el camino de la revolución social.

A los métodos de la oposición parlamentaria nacional no solo los falta producir resultados prácticos, sino que no pueden constituir una apelación a las masas de trabajadores, por- que éstos ven que a espaldas de los parlamentarios, el imperialismo, con la fuerza armada, reduce los salarios y que el costo de vida de los trabajadores aumenta constantemente en su dependencia del mercado mundial.

Era claro para todos los socialistas conscientes, que el único camino que podía conducirles desde el oportunismo a la revolución, no era el de la agitación sino el de una gran catástrofe en la historia. Pero ninguno predijo que ésta tendría el prefacio de este inevitable cambio de tácticas en el colapso catastrófico de la Internacional. La historia trabaja con implacable fuerza. ¿Qué es la catedral de Reims para la historia? ¿Qué son para ella los cientos o miles de reputaciones políticas? ¿Qué la vida o la muerte do cientos de miles o de millones?

El proletariado se ha quedado demasiado tiempo en la escuela preparatoria, mucho más de lo que sus primeros luchadores pudieron pensar. La historia empujó su escoba y barrió de la Internacional a los farsantes en todas direcciones y condujo a las muchedumbres que s e movían lentamente al campo en donde sus últimas aspiraciones han sido ahogadas en sangre. ¡Un terrible experimento! De sus resultados depende la suerte de la civilización europea.

[11] LA EPOCA REVOLUCIONARIA

 

Al final del último siglo, una acalorada controversia surgió en Alemania sobre la siguiente cuestión: ¿Qué efecto produce la industrialización de un país sobre su poder militar?

Los políticos y escritores reaccionarios agrarios como Schring, Karl Ballod, Georg Hemsen y otros, argumentaban que el rápido aumento de población en las ciudades, en detrimento de los distritos rurales, minaba positivamente el poder militar del imperio y ellos, naturalmente, extraían de aquí sus consecuencias en el espíritu del proteccionismo agrario. Desde otro costado Lujo Brentano y su escuela defendían un punto de vista exactamente opuesto.

Ellos señalaban que el industrialismo económico no solamente abría nuevos recursos financieros y técnicos, sine que también desarrollaba en el proletariado la fuerza vital capaz de hacer uso efectivo de todos los nuevos medios de defensa y de ataque. Recordaban opiniones autorizadas para demostrar, que hasta en tempranas experiencias del 1870-71, “los regimientos del preponderante distrito industrial de Westphalia fueron de los mejores”. Y explicaban este hecho por la gran capacidad del obrero industrial para soportar las nuevas condiciones y ajustarse a ellas.

Ahora bien, ¿quién tiene razón? La presente guerra prueba que Alemania, que hizo los más grandes progresos en la esfera del capitalismo, fue capaz de desarrollar el más alto poder militar. Y asimismo los demás países arrastrados dentro de la guerra prueban la colosal y competente energía que la clase trabajadora despliega en sus actividades guerreras. Esto es el resultado del pasivo heroísmo do las hordas de labriegos, unidos estrechamente por una sumisión fatalista o supersticiones religiosas; es el individual espíritu de sacrificio de todos los obreros, nacido del impulso interno, que los junta bajo la bandera del ideal.

Pero el ideal bajo cuya bandera el proletariado armado está ahora, es el ideal del nacionalismo astuto de la guerra, enemigo mortal de los verdaderos intereses de los trabajado res. La clase gobernante ha demostrado ser lo bastante fuerte para forzar su ideal sobre el proletariado, y el proletariado, en plena conciencia de lo que hacía, puso su inteligencia, su entusiasmo y sus fuerzas al servicio de la clase enemiga. En este hecho está marcada la terrible derrota del socialismo. No cabe duda que una clase que es capaz de desplegar semejante estabilidad y sacrificio en una guerra que considera come “justa”, será más capaz de desarrollar estas cualidades cuando la marcha de los acontecimientos les proporcione la tarea verdaderamente digna de la misión histórica de su clase.

La época del despertar, del esclarecimiento y de la organización de la clase trabajadora, revela que tiene recursos enormes de energía revolucionaria, que no encuentra empleo adecuado en la lucha diana. La socialdemocracia emplazaba la capa superior del proletariado dentro del campo, pero también reprimió su energía revolucionaria la adopción de las tácticas que se vio obligada a adoptar, las tácticas de espera, la estrategia de dejar al oponente que se consumiera por sí solo. El carácter de este periodo fue tan sombrío y reaccionario, que no permitió a la socialdemocracia la oportunidad para dar al proletariado tareas que hubieran ocupado su entero espíritu de sacrificio.

El imperialismo les da ahora semejantes trabajos. Y el imperialismo alcanza sus fines empujando al proletariado dentro de una posición de “defensa nacional”, la cual para los trabajadores significa la defensa de lo que sus manos han creado, no solo de la riqueza inmensa de la nación, sino también la organización de la suya propia, sus finanzas, su prensa; en una palabra, todo lo que infatigablemente, penosamente, han luchado por obtener en varias décadas. El imperialismo echó a la sociedad fuera de su balanza violentamente, des trozando la compuerta levantada por la socialdemocracia para regular la corriente de energía revolucionaria del proletariado y- guiaba esta corriente dentro de su propio cauce.

Pero este terrible experimento histórico, que de un golpe rompió la médula del socialismo internacional, conlleva un peligro mortal para la misma sociedad burguesa.

El martillo es arrancado de las manos del obrero y en su lugar se ha colocado el fusil. Y el obrero, que ha sido atado por el mecanismo del sistema capitalista, es repentinamente arrancado de su tranquilidad y enseñado a colocar el objetivo de la sociedad por encima de la felicidad de su hogar y de la vida misma.

Con el arma que él mismo ha fabricado bajo el brazo, el obrero es colocado en tal posición que el mismo destino político del estado depende directamente de él. Aquellos que le explotaban y escarnecían en tiempos normales, ahora le adulan servilmente. Al mismo tiempo entra en contacto íntimo con el cañón, al que Lassalle llama uno de los más importantes ingredientes de todas las constituciones. Él pasa las fronteras, toma parte en requisiciones forzosas, y ayuda a transportar los centros de población de una parte a otra. Se están operando ahora cambios que nunca ha visto la generación presente.

A pesar que la vanguardia de la clase trabajadora conocía en teoría que el poder es el padre del derecho, su pensamiento político fue completamente ganado por el espíritu de oportunismo y de adaptación al legalismo burgués. Ahora ellos aprenden de la lección de los hechos a despreciar este legalismo y anularle. Ahora las fuerzas dinámicas están reemplazando las fuerzas estáticas en su psicología. Los grandes cañones están martillando en su cabeza la idea de que si es imposible alcanzar en derredor un obstáculo, es posible destrozarlo, así toda la población adulta está pasando por esta escuela de guerra tan terrible en su realismo, una escuela que está formando un nuevo tipo humano. Una necesidad do hierro sacude ahora con su puño a todos los gobernantes do la sociedad burguesa, a sus leyes, a su moralidad, a su religión. “La necesidad no reconoce leyes”, decía el canciller alemán el 4 de agosto. Los monarcas, en medio de las plazas públicas, llámense unos a otros embusteros, en el lenguaje de las mujeres de feria; los gobiernos rechazan sus obligaciones solemnemente reconocidas; y la iglesia nacional ata su Dios al cañón nacional, como un criminal condenado a trabajos forzados. No está aún claro que todas estas circunstancias deban traer un cambio profundo en la actitud mental do la clase trabajadora, curándoles radicalmente de la hipnosis de la legalidad durante la cual se paso por un periodo de estancamiento político.

Las clases poseedoras tendrán pronto que reconocer este cambio, aun a pesar suyo. Una clase trabajadora que ha pasado a través de la escuela de la guerra, sentirá la necesidad. de usar el lenguaje de la fuerza tan pronto como un obstáculo serio se le presente dentro de su propio país. “La necesidad no reconoce ley”, gritarán los trabajadores cuando se intente contenerlos amparándose en las leyes burguesas. Y la pobreza, la terrible miseria, que prevalece durante esta guerra y continuará después de su terminación, será una especie de fuerza en las masas para violar muchas de las leyes burguesas. El agotamiento económico en Europa afectará al proletariado más directa y severamente. Los recursos materiales del estado serán agotados por la guerra, y las posibilidades de satisfacer las demandas de las masas trabajadoras serán muy limitadas. Esto llevará a profundos conflictos políticos, los cuales, siempre ensanchándose y profundizándose, pueden tornar el carácter de una revolución social, cuyo progreso y resultado nadie puede prever ahora.

Por otra parte, la guerra con sus ejércitos de millones de hombres y sus endemoniadas armas de destrucción, puede consumir no solo los recursos de la sociedad sino las fuerzas morales del proletariado. Si no encuentra resistencia interna, esta guerra puede continuar algunos años más, variando de uno a otro lado la fortuna, hasta que los principales beligerantes queden completamente agotados. Pero entonces, toda la energía se concentrará en la lucha del proletariado internacional, traída a la superficie por la sangrienta conspiración del imperialismo, hasta quedar completamente consumida en el horrible trabajo del mutuo aniquilamiento. El resultado será el retroceso de nuestra civilización por muchas décadas. Una paz que sea resultado, no de la despierta voluntad del pueblo, sino del agotamiento mutuo de los beligerantes, será una paz como la que puso fin a la guerra balcánica; será una paz de Bucarest extendida a la Europa entera.

Semejante paz buscaría remiendos nuevos para las contradicciones, antagonismos y deficiencias, que nos han conducido a la guerra presente. Y con otras muchas cosas, el trabajo socialista de dos generaciones se desvanecería en un mar de sangre, sin dejar detrás la más leve huella.

¿Cuál de estas cosas es la más probable? Esto no puede ser determinado teóricamente a priori. La solución depende enteramente de la actividad de las fuerzas vitales de la sociedad… sobre todo de la socialdemocracia revolucionaria.

Inmediata cesación de la guerra es el santo y seña bajo el cual la socialdemocracia puede reunir sus diseminadas filas de las dos partes, dentro de los partidos nacionales y en toda la Internacional. El proletariado no puede hacer su voluntad en el problema de paz dependiente de consideraciones estratégicas generales si acepta las de los estados. Al contrario, debe oponer sus deseos de paz a estas consideraciones militares. Lo que los gobiernos en guerra llaman una lucha por la propia conservación nacional, es en realidad un mutuo aniquilamiento nacional. La real y propia defensa consiste ahora en la lucha por la paz.

Semejante lucha por la paz significa para nosotros no solo una lucha para salvar el material humane y los patrimonios culturales de ulteriores destrucciones insanas. Es una lucha principalmente para conservar la energía revolucionaria del proletariado.

Para unir los rangos del proletariado en una lucha por la paz, es preciso orientar las fuerzas del socialismo revolucionario contra el rabioso y demoledor imperialismo en todo el frente.

Las condiciones sobre las cuales la paz debe ser hecha… la paz de los pueblos entre sí, y no la reconciliación de los diplomáticos… deben ser las mismas para toda la Internacional.

Nada de indemnizaciones.

Derecho para todas las naciones a la autodeterminación.

Los Estados Unidos de Europa… sin monarquías, sin ejércitos permanentes. Sin castas feudales gobernantes. Sin diplomacia secreta.

La agitación por la paz que debe ser realizada simultáneamente con todos los medios a disposición de la socialdemocracia, así como de aquellos otros medios que con buena voluntad pueda adquirir, no sólo arrancará a los trabajadores de su hipnotismo nacionalista; hará también el trabajo reparador de una purificación interna en el presente partido oficial del proletariado. Los revisionistas nacionales y los socialistas patrioteros que en la Segunda Internacional han estado explotando la influencia que el socialismo adquirió sobre las masas trabajadoras con fines militaristas nacionales, deben ser expulsados al campo de los enemigos de la clase trabajadora por una agitación revolucionaria inflexible en defensa de la paz.

La socialdemocracia revolucionaria no debe temer que va ya a quedarse aislada, ahora menos que nunca. La guerra está haciendo la agitación más terrible contra sí misma. Cada día que la guerra dure traerá nuevas masas de gente a nuestra bandera, si es la bandera honrada de paz y democracia. El camino más seguro por el cual la socialdemocracia puede aislar la reacción militarista en Europa y obligarla a tomar la ofensiva, es su grito por la paz.

Nosotros, revolucionarios marxistas, no tenemos razón para desesperar. La época en la cual estamos ahora entrando, será nuestra época. El marxismo no está derrotado, Al contrario, el estampido del cañón en cada parte de Europa proclama la victoria teórica del marxismo. ¿Qué queda ahora de las esperanzas de un desarrollo “pacifico” por medio de una mitigación de los contrastes de la clase capitalista, por un aumento regular sistemático dentro del socialismo?

Los reformistas en principio, que esperaban resolver la cuestión social por el camino de los acuerdos de precios, Ligas de consumidores y la cooperación parlamentaria de la socialdemocracia con los partidos burgueses, están ahora poniendo sus esperanzas en la victoria de las armas “nacionales”

Ellos esperan que las clases poseedoras hagan ver su muy buena voluntad para salir al encuentro de las necesidades del proletariado, puesto que ha probado su patriotismo.

Esta espera sería positivamente una locura Si tras ella no hubiera oculta otra esperanza, mucho menos “idealista”, que consiste en que una victoria militar cree para la burguesía un campo imperialista más ancho para enriquecerse ella misma a expensas de la burguesía de otras naciones, y la capacite para repartir algo del botín con su propio proletariado a expensas del proletariado de otros países. El reformismo socialista se ha convertido actualmente en socialismo imperialista.

Nosotros hemos presenciado con nuestros propios ojos la patética bancarrota de las esperanzas de un pacífico y próspero crecimiento del proletariado. Los reformistas, violentando su propia doctrina, fueron obligados a recurrir a la violencia para poder encontrar su camino fuera del político cul-de-sac.., no a la violencia del pueblo contra las clases gobernantes, sino a la violencia militar de las clases gobernantes contra otras naciones. Desde 1848 la burguesía alemana ha renunciado a los métodos revolucionarios para la resolución de sus problemas, dejando a la casta feudal la resolución do sus propias cuestiones burguesas por el método de la guerra. El desarrollo social enfrentó al proletariado con el problema de la revolución. Eludiendo la revolución, los reformistas fueron obligados a usar el mismo procedimiento de decadencia histórica que la burguesía liberal. Los reformistas también dejaron esto a sus clases gobernantes, que es la misma casta feudal, para resolver el problema proletario por el método de la guerra. Pero esto pone fin a la analogía.

La creación de estados nacionales, verdaderamente, resolvió el problema burgués por un largo periodo, y las largas series de guerras coloniales, que vinieron después del 1871, terminaron el periodo, ensanchando el terreno del desarrollo de las fuerzas capitalistas. El periodo de las guerras coloniales llevadas a cabo por los estados nacionales, llevó a la presente guerra a los estados nacionales… por las colonias. Después que todas las atrasadas porciones de la tierra han sido divididas entre los estados capitalistas, no fue dejado nada por estos estados, que han llegado a arrebatarse las colonias unos a otros.

“La gente no debía hablar —dice Georg Irmer—, corno si fuera una cosa probada la de que la nación alemana ha llegado demasiado tarde para rivalizar en la economía mundial y en el dominio del mundo pues el mundo ha sido ya dividido. ¿Es que la tierra no ha sido dividida una y otra vez en todas las épocas do la historia?”

Pero un nuevo reparto de colonias entre los países capitalistas, no hace ensanchar la base de un desarrollo capitalista. La ganancia de un país significa la pérdida de otro. De acuerdo con esto, puede establecerse una mitigación temporal de los conflictos de clases en Alemania, solamente con una intensificación extrema de la lucha de clases en Francia y en Inglaterra y viceversa.

Un factor adicional de decisiva importancia, es el despertar capitalista en las mismas colonias, a las cuales la guerra presente debe dar un poderoso ímpetu. Cualquiera que sea el fin de esta guerra, las bases imperialistas para el capitalismo europeo no serán ensanchadas, sino estrechadas. La guerra, por esto, no resuelve la cuestión del trabajo sobre una base imperialista, sine, por el contrario, la intensifica, poniendo en esta alternativa al mundo capitalista:  Guerra permanente o revolución

Si la guerra escapó del dominio de la Segunda Internacional, sus consecuencias inmediatas escaparán del dominio de la burguesía del mundo entero. Nosotros, revolucionarios socialistas, no queríamos la guerra. Pero no le tememos. Nosotros no nos entregamos a la desesperación por el hecho de que la guerra deshizo la Internacional. La historia ha dispuesto ya de la Internacional.

La época revolucionaria creará nuevas formas de organización fuera de los recursos inextinguibles del socialismo proletario, nuevas formas que serán iguales a la grandeza de las nuevas tareas. Para este trabajo, nosotros nos aprestaremos en seguida entre el loco martilleo de las ametralladoras, el derrumbamiento de catedrales y el patriótico aullido de los chacales capitalistas. Mantendremos claras nuestras imaginaciones entre esta infernal música de muerte, mantendremos nuestra esclarecida visión.

Nosotros nos sentimos como la única fuerza creadora del futuro. Ya hay allá muchos de nosotros, muchos más de los que puedan parecer. Mañana habrá más que hoy. Pasado mañana, millones se levantarán bajo nuestra bandera, millones que hoy mismo, sesenta y siete años después del Manifiesto comunista, no tienen que perder otra cosa que sus cadenas.

 

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NOTAS

[1] Es digno de hacer notar que estos oportunistas socialistas austriacos y alemanes, se encuentran moralmente indignados por el “traicionero asesinato de Sarajevo”. Y todavía simpatizan con los terroristas rusos, mucho más que nosotros los socialdemócratas, que somos en principio opuestos al método terrorista. Anegados en su chauvinismo, no reparan en que el infortunado terrorista serbio Gavrillo Princip, representa precisamente el mismo principio nacional que Sand, e1 terrorista alemán. querrán tal. vez pedirnos que transfiramos nuestras simpatías de Sand a Kotzebue ¿O quizá estos eunucos serían capaces de aconsejar a los suizos la demolición del monumento erigido al asesino Tell y reemplazarlo con un monumento al gobernador austriaco Gessler, uno de los precursores del archiduque asesinado?

[2] Órgano de prensa oficial del SPD alemán (N. del Editor)

[3] Para apreciar bien esta acción de los socialistas serbios, debemos tener en cuenta la situación política con la que se enfrentaban.

Un grupo de conspiradores serbios había asesinado a un miembro de la familia de los Habsburgo, la cabeza del clericalismo, militarismo e imperialismo austro-húngaro.

Esto fue utilizado como pretexto, y el partido militar de Viena envió un ultimátum a Serbia que corno audacia no ha tenido paralelo en la historia de la diplomacia.

El gobierno serbio contestó haciendo concesiones extraordinarias, y sugiriendo la idea de someter la cuestión en litigio al Tribunal de La Haya. Como contestación, Austria declara la guerra a Serbia.

Si la idea de “guerra de defensa” tiene algún significado, en este caso debía ser aplicada a Serbia. Sin embargo, nuestros amigos Liapchevich y Katzlerovich, firmes en su convicción de la línea de conducta que como socialistas debían adoptar, negaban al gobierno el voto de confianza. El que escribe se encontraba en Serbia al comienzo de la guerra. En la Skupchina, en una atmósfera de indescriptible entusiasmo, fue solicitado un voto para los créditos de guerra. La votación fue nominal. Doscientos miembros contestaron afirmativamente. Entonces, en. un momento de gran silencio, se oyó la voz del socialista Liapchevich, que dijo: “no”. Todos sintieron la fuerza moral de esa protesta, y yo he guardado el recuerdo do esta. escena grabado indeleblemente en mi memoria.

[4] Trotsky se refiere al artículo de Friedrich Engels “Was soil aus der europäisehen Türbeiwerdan?” (¿En qué se convertirá la Turquía europea?) publicado por Marx en New York Daily Tribune, el 21 de abril de 1853. Cf. Obras, t. 9, p. 31.

[5] “¡Qué característico de los prusianos (escribía Marx a Engels),es declarar que ningún hombre puede defender su patria si no lleva uniforme!”

[6] “La diplomacia rusa se interesa en guerras semejantes —escribía Engels en 1890— para forzar a sus aliados a llevar el peso principal de levantar ejércitos y sufrir invasiones, dejando a las tropas rusas solamente el trabajo de reservas. El zarismo hace la guerra por su propia cuenta solo sobre naciones declaradas débiles, como Suecia, Turquía y Persia.” Austria-Hungría debe ser colocada ahora en el mismo rango que Turquía y Persia

[7] Un corresponsal sentimental de Vorwärts escribe que él buscaba camaradas belgas en la Casa del Pueblo y encontró un hospital de sangre alemán allí. ¿Y qué es lo que el corresponsal del Vorwärts quería de sus camaradas belgas? “Ganarlos a la causa del pueblo alemán” cuando la misma Bruselas había ya sido ganada “para la causa del pueblo alemán”.

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