China es un coloso por donde se lo mire: en lo económico, geopolítico, demográfico, tecnológico y militar. Su desarrollo reciente ha sido probablemente el más extensivo y rápido de la historia económica, y sus logros tecnológicos no requieren mayor presentación. Es un ejemplo inédito de ascenso desde el lugar de un país de bajo desarrollo al de segunda potencia mundial, y un caso particular dentro de la concepción marxista del imperialismo, como veremos enseguida. Lo fulgurante y desigual de su surgimiento desafía las categorías establecidas y fuerza los esquemas previos, no preparados para dar cuenta de esta rara avis.

Pero la aparición de este tipo de novedades no es en sí misma inexplicable, y de hecho ya ha sucedido muchas veces. La historia está colmada de ejemplos de desarrollos sin antecedentes que obligan a repensar la manera de definirlos y a veces hasta a elaborar nuevos marcos conceptuales para explicarlos, en particular entre los marxistas. Por citar sólo algunos casos, la aparición misma del imperialismo a principios del siglo XX; la victoria de una revolución socialista en un país relativamente atrasado; el fascismo; las revoluciones de posguerra, que en nombre del socialismo entronizaron en el poder a una burocracia inestable sin intervención de la clase obrera y contra ella.

Sin tener aquí en modo alguno la pretensión siquiera de sugerir una elaboración teórica que esté a la altura de una explicación marxista del fenómeno, nos limitaremos a abordar el tema por aproximaciones sucesivas –está claro que el tema merece un seguimiento continuo y profundo–, apoyándonos en los conocimientos concretos y sobre el terreno de otros marxistas mucho más informados y, cautelosamente, ir tentando algunas definiciones. Éstas deben considerarse, en general, como tentativas, habida cuenta de la distancia que nos separa de nuestro objeto de estudio. No sólo la geográfica –estamos literalmente en las antípodas–, sino la que resulta de nuestro desconocimiento total de la lengua y, en todo caso, muy fragmentario de la historia política, social y cultural del país. De allí que, más que extendernos en argumentar definiciones cuya provisoriedad debe darse por sentado, preferimos en general desarrollar de modo más analítico algunos de los rasgos que las sustentan, sabiendo que estamos en la tarea de construcción de un cuerpo de material teórico y fáctico para continuar el abordaje de una realidad tan gigantesca como compleja.

Dos aclaraciones adicionales son necesarias aquí. Una es que, salvo de manera ocasional y tangencial, no se hará mayor referencia aquí a la crisis política surgida el año pasado –pero con serios antecedentes que remontan a crisis similares anteriores, especialmente en 2014– en Hong Kong, que, como es sabido, pertenece a China bajo el régimen especial de “un país, dos sistemas” desde la cesión de soberanía hecha por el Reino Unido en 1997. La lucha política y social en cuestión, de una masividad (y virulencia) pocas vista, demuestra el descontento de la población local con la puesta en riesgo de libertades democráticas heredadas del status colonial y la intención del PCCh de homogeneizar progresivamente el régimen de Hong Kong con el de China continental. Revela además otras contradicciones, pero un examen detallado de las implicancias del proceso y un seguimiento de su evolución ameritan, en verdad, un estudio separado que caería fuera de los límites de este texto.

La otra limitación, aún más seria, es que por razones de fechas de preparación del material, y también por la tremenda importancia global del tema y sus infinitas aristas –algunas de las cuales se tratan en otros trabajos de esta edición–, no podremos aquí dar cuenta del impacto en la sociedad y la política chinas de la pandemia global del virus Covid-19, originada precisamente en China. Toda mención al tema será necesariamente en passant y sin la menor pretensión de ahondar en sus posibles consecuencias en el futuro próximo y también en el largo plazo, aunque sin duda éstas se harán sentir y quizá antes de lo que imaginamos.

Para empezar por la definición más básica, podemos decir, con Pierre Rousset y muchos otros, que “el acceso de China al puesto de segunda potencia mundial es un hecho (“Geopolítica china: continuidades, inflexiones, incertidumbres”, Viento Sur, 25-7-18). El elemento más visible y contundente es el tremendo desarrollo económico, a tasas insólitas en décadas –quizá sólo comparables a los de los primeros planes quinquenales en la URSS o a la recuperación de países luego de una guerra–, pero, como veremos en los próximo capítulos, no se trata del mero crecimiento sino de un reordenamiento de la nación china en todos los órdenes: social, de ingresos, de peso geopolítico global, de desarrollo tecnológico y de estrategia de ubicación en el sistema mundial de estados. Es, con mucha diferencia, la “historia de éxito” de un país en el contexto de la globalización capitalista más contundente e indiscutible en décadas.

En trabajos anteriores veníamos dando cuenta de que esta nueva posición de China en el orden global justificaba considerar cada vez más seriamente la categoría tentativa que Pierre Rousset adelantara en 2014 para ese país de “imperialismo en construcción” (por ejemplo, en “El fin de la ‘década dorada’”, en Socialismo o Barbarie 29, abril 2015). Sin volver aquí a la discusión de los contornos actuales de la concepción ola teoría marxista de imperialismo –tarea a la que dedicamos en su momento nuestro libro Revolución o dependencia, de 2010–, veremos enseguida qué especificidades y matices cabe incluir en esa definición.

Comencemos por explicar las razones de esta entrada triunfal de China en el sistema de naciones, caracterizada por su rapidez y su capacidad de abarcar ramas de la economía y de la producción mucho más diversas que en los casos habituales de desarrollo en los países “emergentes”, por lo general mucho más desiguales, deformes y atados a unos pocos renglones de exportación. Al respecto, recogemos una síntesis del intelectual marxista chino Au Loong Yu que nos parece atinada y citaremos in extenso: “El ascenso de China es el resultado de una combinación de factores desde que optó por producir dentro del capitalismo mundial en los años 80. En primer lugar, en contraste con el bloque soviético, China encontró una manera de sacar provecho –en un irónico giro de la historia– de su legado colonial. Hong Kong, Macao, Taiwán, estas colonias y protectorados conectaron a China con la economía mundial incluso antes de su pleno ingreso en el sistema mundial. En la era de Mao, Hong Kong proporcionaba aproximadamente un tercio de las divisas extranjeras de China. Sin Hong Kong, China no habría podido importar tanta tecnología. Deng utilizó Hong Kong para obtener aún más acceso a divisas extranjeras a fin de importar alta tecnología, y aprovechar su mano de obra cualificada, como los profesionales de la gestión empresarial. China utilizó Macao como una plataforma ideal para la importación y exportación de capitales. (…)”

En segundo lugar, China poseía lo que el revolucionario ruso León Trotsky llamó el ‘privilegio del atraso histórico’. El Partido Comunista de Mao se aprovechó del pasado precapitalista del país. Heredó un Estado absolutista fuerte que él actualizaría y usaría para su proyecto de desarrollo económico nacional. También se aprovechó de un campesinado precapitalista atomizado, que se había acostumbrado al absolutismo durante dos mil años, para exprimir su trabajo en aras de acumulación primitiva desde 1949 hasta la década de 1970. Más tarde, a partir de la década de 1980, el Estado chino reclutó esta fuerza de trabajo del campo y la trasladó a las grandes ciudades para trabajar como mano de obra barata en fábricas en pésimas condiciones. Por lo tanto, el atraso del Estado absolutista de China y las relaciones de clase ofrecieron a la clase dirigente china ventajas para desarrollar tanto el capitalismo estatal como el privado.”

El atraso de China también le permitió saltar etapas de desarrollo al reemplazar los medios y métodos de desarrollo arcaicos por otros capitalistas más avanzados. Un buen ejemplo de esto es la adopción por parte de China de alta tecnología en las telecomunicaciones. (…) La dirección china estaba muy interesada en modernizar su economía. Por un lado, por razones defensivas, quería asegurarse de que el país no fuera invadido y colonizado como lo había sido cien años antes. Por otro lado, por razones ofensivas, el Partido Comunista quiere recuperar su condición de gran potencia, reanudando su llamada dinastía celestial” (entrevista de Ashley Smith a Au Loong Yu, “El ascenso de China a potencia mundial”, IS Review, febrero 2019).

Éste último aspecto es crucial para entender el sentido de la estrategia china en política exterior, que ha dado un giro decisivo desde la “mirada hacia adentro” y la pretensión de autarquía económica y política en un sentido sobre todo defensivo. El enfoque actual, especialmente desde la llegada al poder de Xi Jinping, es de una proyección mucho más agresiva de China como potencia en la arena mundial. Como explica Rousset: “Para Pekín, la época durante la que las potencias europeas han dominado el mundo no ha sido más que un paréntesis antes de que la historia recupere su curso normal, sinocéntrico. Esta visión sinocéntrica que prevalece en China constituye una base cultural sólida para el expansionismo del nuevo imperialismo chino, a imagen y semejanza de la visión eurocéntrica para los imperialismos conquistadores de hace dos siglos. Se trata de proyectar la civilización china como antaño la civilización europea. Para Xi Jinping, el siglo XXI será el siglo chino” (P. Rousset, “Geopolítica china: continuidades, inflexiones, incertidumbres”, cit.).

A esta altura de la consolidación y expansión china en la economía y la política mundiales, sobre todo a partir del desarrollo de la Nueva Ruta de la Seda (NRS), que trataremos más pormenorizadamente más abajo, quedan pocos incautos que opinen que China es una contrainfluencia “benéfica” frente a la ofensiva neoliberal de las potencias de Occidente. Esto no significa necesariamente equiparar exactamente el tipo de relación de opresión y explotación de los imperialismos tradicionales hacia la periferia con los vínculos que establece China en virtud de los acuerdos en el marco de la NRS con los países “asociados”; veremos luego que las cosas son más complejas. Pero tampoco cabe hacerse ilusiones respecto de esa relación, que lejos de ser “win-win” (todos ganan), como se jacta la propaganda china, implica sin duda formas de sometimiento y subordinación de sus países clientes, tanto políticas como económicas. El hecho de que China represente una amenaza para la hegemonía yanqui en el orden neoliberal global no implica una amenaza “socialista” en ningún sentido a ese orden como tal: “No creo que sea incorrecto decir que China forma parte del neoliberalismo mundial, especialmente cuando vemos que dice que está dispuesta a reemplazar a EEUU como guardiana de la globalización del libre comercio. Pero China es una potencia singular de capitalismo de Estado y expansionista que no está dispuesta a ser un socio de segunda clase de EEUU. Forma parte, por lo tanto, del neoliberalismo global y es también una potencia capitalista de Estado que ocupa un lugar propio. Esta combinación peculiar significa que se beneficia del orden neoliberal y al mismo tiempo representa un desafío para él y para el Estado norteamericano que lo supervisa” (Au Loong Yu, “El ascenso de China a potencia mundial”, cit.).

Aquí es de suma importancia tomar nota de un rasgo específico del ascenso de China como potencia imperialista. En nuestra visión, el orden imperialista se basa sobre la división asimétrica, funcional y orgánica del mundo capitalista, establecida ya en el siglo XIX y los albores del XX, en un puñado de países del “centro” de este orden que establecen relaciones de sometimiento político y explotación económica (esto es, transferencia de plusvalor) con los países de la “periferia”. China, a pesar de la estructura no capitalista surgida de la revolución de 1949 y de sus colosales dimensiones geográficas y demográficas, nunca había dejado de pertenecer a la segunda categoría. Se trataría, posiblemente, del primer país en el que se pueda hablar de un “ascenso” de la “periferia” oprimida al “centro” opresor. Y no se trata de un lugar relativamente secundario, como ocurre en los casos de algunos de los países de Europa Occidental de menor tamaño y población (Holanda, Bélgica) o que quedaron fuera de la carrera por el reparto de colonias (Suecia), sino de, como dijimos, la segunda potencia del mundo y el principal candidato a disputar la hegemonía del líder desde la posguerra, Estados Unidos.

Ahora bien, el origen “humilde” de este advenedizo en la liga de las naciones imperialistas debe implicar que algunos de los rasgos característicos de los países de los países imperialistas “clásicos” estén ausentes y aparezcan, en cambio desigualdades y menguas que serían impensables en los “miembros fundadores”. Por dar dos ejemplos, tenemos el carácter tremendamente desigual de su desarrollo industrial y urbano, que incluye la ciudadanía de segunda clase (hukou) para cientos de millones de trabajadores migrantes, y el piso bajísimo en ingresos (y en derechos) del que parte la conformación de la clase obrera industrial.

Por supuesto, hay muchos más, en especial los vinculados al pasado de atraso e incluso opresión colonial que signaron los siglos recientes de historia china. Entre ellos, sobresale el hecho probablemente inédito de una potencia imperialista que no ha terminado de concretar la unidad nacional. Lo cual es más significativo en la medida en que las unidades político-territoriales que no están integradas bajo soberanía china (Taiwán) o lo están bajo un status problemático y fuente de tremendas contradicciones, como hemos visto en Hong Kong (el caso de Macao es cualitativamente menos agudo) fueron arrancadas a la unidad territorial china precisamente por acción de potencias imperialistas. Es el caso del robo de Hong Kong por parte de los británicos tras la Guerra del Opio en 1841 y la accidentada historia colonial de Taiwán (fue colonia holandesa en el siglo XVII y japonesa en el siglo XX, con intervalos de soberanía china) llega a la historia moderna post 1949 con el apoyo decisivo de EEUU a Chiang Kai-shek para evitar que volviera a la órbita de la China de Mao, más allá de su ambiguo status jurídico actual.

De allí que Au Loong Yu advierta que “China está siguiendo una trayectoria imperialista. (…) China es un país imperialista emergente, pero tiene debilidades fundamentales. Diría que el PCCh tiene que superar obstáculos fundamentales antes de que China pueda convertirse en un país imperialista estable y sostenible. Es muy importante ver no sólo los puntos en común entre EEUU y China como países imperialistas, sino también las particularidades de esta última. (…) Pero no creo que sea correcto pensar que China y EEUU se hallan en el mismo plano. China es un caso especial en este momento; su ascenso tiene dos caras. Una es lo que tienen en común ambos países: son capitalistas e imperialistas. La otra cara es que China es el primer país imperialista que previamente había sido un país semicolonial. Eso es muy diferente de EEUU o cualquier otro país imperialista. (…) Para China siempre existen dos niveles de cuestiones. Uno de ellos es la legítima defensa de un antiguo país colonial según el derecho internacional. Existen otros remanentes del pasado colonial. EEUU básicamente mantiene a Taiwán como un protectorado. Por supuesto, deberíamos oponernos a la amenaza de China de invadir Taiwán y defender el derecho de autodeterminación de Taiwán. Pero también debemos ver que EEUU usará Taiwán como herramienta para promover sus intereses. Esta es la desventaja del legado colonial que hace que el PCCh se comporte a la defensiva ante el imperialismo estadounidense. Entonces, cuando analizamos las relaciones entre China y EEUU, debemos distinguir aquellas partes legítimas del patriotismo de las que agita el PCCh. Hay un elemento de patriotismo que es fruto del último siglo de intervención imperial por parte de Japón, las potencias europeas y EEUU. (…) Esto no significa que nos acomodemos a este patriotismo, sino que debemos distinguirlo del nacionalismo reaccionario del PCCh. (…) Las amenazas del imperialismo estadounidense son reales y conocidas en China” (ídem).

Seguramente, no hay unanimidad en el campo del marxismo hoy para definir el carácter de China hoy; hay quienes incluso siguen pensando –como el economista marxista Michael Roberts– que ni siquiera cabe definir a China como país capitalista, con lo que la cuestión del “imperialismo chino” estaría totalmente fuera de lugar. Pero incluso asumiendo, como es nuestro caso, que el carácter capitalista del Estado en China está fuera de discusión, aún queda lugar para toda una serie de posiciones intermedias.

El propio Au Loong Yu deja abierta la puerta para la categorización de China como “subimperialista”: “Un país capitalista suficientemente grande, aunque no sea imperialista, puede ser subimperialista o hegemónico e intimidar a los países débiles. Brasil en América Latina, Sudáfrica en África e India en el sudeste asiático son ejemplos de esto” (Au Loong Yu, “Debate sobre la naturaleza del Estado chino”, Viento Sur, 14-5-18). Esta afirmación se da, aclaramos, en el marco de una discusión con académicos chinos que defienden la posición oficial del PCCh de que China es un país “socialista con características chinas”, y entendemos que se trata de una forma de concesión polémica para continuar su argumentación, sin que refleje la opinión más de fondo del autor, que va en el sentido citado más arriba.

Por otra parte, recurrir a la categoría de subimperialismo para definir el gigante asiático sería a nuestro juicio una solución más bien de compromiso, una manera ecléctica e imprecisa de no terminar de conferir a China el status de imperialista y a la vez reconocer su ascenso como potencia capitalista. Sin entrar aquí en la discusión conceptual sobre el “subimperialismo” –aquí también remitimos a nuestro trabajo de 2010–, cabe señalar que, en todos los casos, los países “candidatos” al rótulo acuñado por Ruy Mauro Marini en los 60 tenían en común alguna forma más bien estrecha de asociación económica y muy en particular política con el “imperialismo mayor”. Más allá de que a nuestro juicio ninguna de las historias de proyectos de subimperialismo terminó bien, un rasgo inseparable de la connotación subimperialista es, precisamente, la necesidad de un socio patrocinante, por cuya cuenta y orden el país subimperialista actuaría en su región. En ningún caso se verifica que los países eventualmente subimperialistas –y hubo muchos candidatos: Brasil, México, Sudáfrica antes del fin del apartheid, Irán antes de la revolución de 1979, India, Arabia Saudita y sigue la lista– tuvieran aspiraciones de afirmación independiente ni mucho menos de confrontación contra su socio mayor. En contraste, si algo caracteriza el ascenso de China en el “concierto de naciones” es justamente su poderosa autoconfianza y la firme voluntad de trazarse su propio destino sin pedir permiso ni asociarse en términos de subordinación con ninguna de las potencias hasta ahora dominantes. Se da más bien lo contrario: en esa autoafirmación de sus intereses nacionales, como hemos visto en la cristalina estrategia de Xi Jinping sobre “el siglo chino”, la dirigencia del PCCh ha dejado claro que puede tener aliados circunstanciales subordinados o enemigos, pero jamás sumisión a ningún patronazgo.

En resumen, reafirmamos que, a esta altura de los desarrollos, la “construcción” del imperialismo chino a la que se refería Rousset en 2014 puede darse, si no por concluida, al menos lo suficientemente avanzada como para usar el término con menos timidez y con más seguridad de que corresponde al estado actual de la ubicación de China en el orden mundial. Inmediatamente después, sin duda, cabe incorporar todas las cualificaciones, y especificidades a las que hemos hecho mención, sin las cuales toda definición del carácter del Estado chino quedaría demasiado abstracta y formal: sus terribles desigualdades, sus rémoras premodernas, su pasado colonial, etc. Pero transigir con una definición que no dé cuenta cabal de la entrada cabal de China en el círculo de potencias capitalistas imperialistas –insistimos, sin perder de vista ninguno de los rasgos específicos apuntados– sería, francamente, quedar por detrás de una realidad que ya no se puede negar y que, por otra parte, la mayor potencia capitalista global del presente, Estados Unidos, ha reconocido de hecho y desde hace ya un tiempo en la formulación de sus estrategias imperialistas.

2.2 La economía, en una nueva fase después de las “tasas chinas”

2.2.1 Un rebalanceo del ritmo y foco del crecimiento

El asombro universal ante las tasas de crecimiento chinas ha amainado, en parte por la costumbre y en parte porque en el último lustro esas tasas bajaron de los estratosféricos dos dígitos al de todos modos alto –especialmente en el período post crisis financiera de 2008-2009– pero ya más terrenal rango del 6-7% anual. Así, es común leer en la prensa especializada comentarios en cierto modo peyorativos (o desencantados, según el caso) sobre esa desaceleración del crecimiento chino; todo esto, naturalmente, antes del impacto de la pandemia global. Pero esas miradas en general interesadas –en el sentido de desacreditar al régimen chino– suelen no tener en cuenta que el crecimiento económico no puede ser indefinidamente geométrico: las tasas del 10, 12 y hasta 14% partían de un piso muy bajo. Con el tamaño actual de la economía, una tasa del 6% implica una agregación de valor incluso mayor que la de una tasa de dos dígitos sobre una economía mucho menor.

Para tener una medida, en 1990, China representaba el 4% del PBI mundial; en 2018, el 18%, más del cuádruple. Y es la segunda economía mundial después de EEUU, aunque si se mide el PBI por paridad de poder de compra incluso lo supera. En dólares corrientes, el PBI de EEUU era en 2006 cinco veces mayor que el de China. En 2017 era sólo un 60% mayor. Comparada con la de 1978, la economía china era ya en 2004 44 veces mayor (1,95 billones de dólares), y en 2019, más de 7 veces mayor que en 2004 (14,4 billones de dólares, y 27,3 billones si se ajusta por paridad de poder de compra). Según un estudio de la OCDE (un organismo que agrupa a 35 países, la mayoría desarrollados), “conforme a los escenarios de largo plazo, hacia alrededor de 2030 China contribuirá más que la OCDE al crecimiento mundial. Para ese año, la proporción del PBI mundial de China llegaría a un pico del 27%, aun cuando en los años recientes China ha puesto la prioridad más en la calidad del crecimiento que en su ritmo” (OECD Economic Surveys: China, abril 2019).

La cuestión de la “calidad” remite, además de a la mejora del nivel de ingresos y consumo de la población, a abordar seriamente la cuestión del daño ambiental, que en Beijing y otras ciudades estaba llegando a niveles alarmantes. Una parte difícil de medir pero real de la desaceleración del crecimiento obedece a crecientes medidas de regulación y protección ambiental, que a la vez que han frenado el ritmo desenfrenado (e irresponsable) de construcción civil y centrales térmicas a expensas del medio ambiente, han mejorado los índices de calidad del aire y del agua en las grandes ciudades. Desde ya, el tema está lejos de haberse resuelto, ya que buena parte de la población urbana sigue expuesta a niveles de polución muy altos respecto de los valores OCDE (ídem).

Incluyendo este factor, el conjunto de la economía china está experimentando hace tiempo un rebalanceo desde el foco exportador hacia el consumo interno (digamos, de paso, que ésa es uno de los factores que ayudan a amortiguar el impacto negativo de una eventual guerra comercial). Por ejemplo, “aunque la caída del superávit comercial bajó medio punto porcentual el crecimiento del PBI en 2018, el crecimiento de la demanda interna más que compensó ese factor. El consumo representó tres cuartas partes de la tasa de crecimiento en 2018, la mayor proporción desde 2000” (TE 9127, “Slowness is in the eye of the beholder”, 26-1-19).

Por eso, potencialmente más preocupante que la evolución del comercio exterior bajo la presión de las medidas de Trump es la desaceleración del consumo interno. En 2018, el 60% del medio en la pirámide ingresos tuvo un incremento de ingresos de sólo el 2% en términos reales, contra el 6,6% del quintil más rico (ídem). Ahora bien, es sabido que las franjas de ingresos que sostienen el consumo masivo no son las más altas, sino las medias y bajas, que gastan mucho más en proporción a su ingreso.

Una de las razones que también limitan el consumo es la elevada tasa de ahorro de los hogares, que a su vez deriva de la muy pobre provisión de servicios de parte del Estado, especialmente en vivienda, salud y educación. Según el citado informe de la OCDE, “los altos precios de las viviendas, que resultan casi inaccesibles para los ingresos promedio en las ciudades, combinados con la limitada oferta de alquileres, inducen al ahorro. Lo propio ocurre con el sistema educativo, que supone un fuerte gasto en escuelas preparatorias, y el sistema de salud, que obliga a elevadas sumas de copago. Siendo así, no sorprende que la tasa de ahorro de los hogares siga siendo alta” (cit.).

Y en efecto, uno de los problemas estructurales más angustiantes para los chinos es la cuestión de la vivienda, que, como veremos más abajo, cumple un papel decisivo en las relaciones interpersonales y en especial en la búsqueda de pareja. La vivienda propia es particularmente codiciada pero para muchos inalcanzable: un departamento de 100 m2 equivale a 55 años de ingresos promedio en Beijing, e incluso en las más pobres provincias del oeste no baja de los 20 años de salarios (OECD Surveys, cit.).

Aun así, es conocido que la ratio inversión/consumo en la economía china es muy distinta a la del resto de las economías desarrolladas: la inversión es de cerca del 50% del PBI (el doble de la tasa habitual), mientras que el consumo bordea un tercio del PBI (dos tercios en el Occidente desarrollado). Pero, contra lo que se asumía a principios de este siglo, este desbalance no implica un exceso de inversión en detrimento del consumo, ya que éste se multiplicó por ocho entre 1990 y 2017. Hubo un lento pero continuo movimiento hacia un mayor consumo interno a medida que el salario real promedio aumentaba, especialmente en los centros urbanos.

Precisamente, ese movimiento hacia la urbanización de la sociedad china es a la vez causa y consecuencia del aumento del nivel de ingresos, que en las ciudades promedia unos 5.000 dólares anuales. Se trata de un nivel típico de un país de ingresos medios o medios-bajos, aunque el cálculo por paridad de poder de compra pondría a China un poco más arriba. En comparación con los países de la OCDE, sin embargo, la curva muestra un ascenso sostenido, aunque desde muy abajo. El PBI per cápita chino representaba en 1993 un 10% del promedio de la OCDE; en 2005, un 18%; en 2011 un 27% y en 2017 un 38%. La estimación para 2021 es de un 51% (OECD Economic Surveys: China, cit.). El mapa presenta un detalle de ingresos por provincia (los ingresos más altos están en tonos de gris más claro).

China: ingreso anual promedio per cápita por provincia (2017)

Fuente: Unicef, National Bureau of Statistics, China Statistical Yearbook, 2018

Equivalencias (para 2017, 6,6 renmimbi = U$S 1):

RMB 27.446-29.999 = U$S 4.158-4.545

RMB 30.000-30.999 = U$S 4.546-4.699

RMB 31.000-34.999 = U$S 4.700-5.302

RMB 35.000-39.999 = U$S 5.303-6.060

RMB 40.000-62.596 = U$S 6.061-9.484

No disponible

En éste como en otros rubros, aunque sin llegar a los escandalosos niveles de países como la India, las estadísticas chinas deben ser tomadas con precaución. Por ejemplo, un paper de economistas de las universidades de Chicago y de Hong Kong sostiene que desde 2008 a 2016 el crecimiento del PBI fue en realidad dos puntos por año menor al oficial. Lo interesante es que, según los mismos autores, la manipulación no es responsabilidad de los estadígrafos nacionales, sino de los funcionarios locales, contra lo cual los economistas nacionales hacen lo que pueden. Como hemos visto, buena parte de la carrera (y a veces, de la libertad o incluso la vida) de los caciques provinciales depende del buen desempeño de la economía, lo que es un evidente incentivo para amañar cifras. Expresión de esto es el conocido fenómeno de que la suma de los PBIs provinciales da sistemáticamente más que el PBI nacional.

Curiosamente, este manejo espurio con los datos se da sólo con las estadísticas de producción industrial e inversión, no con las de consumo, anomalía que se explica cuando recordamos que las cifras sujetas a metas del poder central son las primeras. De allí que, según el paper, la tasa de inversión para 2016, por ejemplo, no fuera el 43% oficial sino cerca del 36% (TE 9133, “Slower but steadier”, 9-3-19). Con lo que, en realidad, el desbalance mencionado más arriba entre inversión y consumo, que de todas maneras venía, como señalamos, en proceso de lento emparejamiento, tal vez sea menos grave de lo que parece.

Esta reorientación del crecimiento económico en dirección al consumo también echa luz sobre nuevos problemas. Con todo el dinamismo de la producción industrial china, es de notar que parece haber un problema con la productividad. Según datos del Banco Mundial y la OCDE, la productividad total de factores (PTF) fue en el período 2008-2017 apenas un tercio de la de la década anterior. Recuérdese que la PTF es el factor “residual” que explica el aumento de la productividad por unidad de producción una vez descontado el incremento de trabajadores y de medios de producción:

Contribución al crecimiento del PBI, en porcentaje

1978-87 88-97 98-07 08-2017

Trabajo 38 38 14 9

Capital físico 22 25 54 77

PTF 40 37 32 13

Fuente: BM, OCDE, The Economist 4-1-20

Como se ve, el peso mayor del aporte al crecimiento, a medida que baja el del trabajo con el fin de la conformación de la nueva clase obrera china con sus capas de inmigrantes rurales, pasa cada vez más al capital inmovilizado en bienes de producción.

Sobre la base de estos desarrollos, que son bien conocidos en la literatura económica reciente sobre el tema, el futuro económico de China ha sido objeto de especulación continua con dos posiciones extremas: la que podríamos llamar optimista, o apologética, que entrevé una posición tan dominante de China en el siglo XXI como la de EEUU en la segunda posguerra, y la pesimista, augura una espectacular catástrofe que sacaría a la luz las rajaduras en los cimientos del fulgurante desarrollo reciente.

Aunque oficialmente el período de apertura y reforma procapitalista comenzó en 1978 con Deng Xiaoping, durante más de una década el curso de la economía estuvo lejos del brillo posterior, en parte por el hecho de que en el propio PCCh la discusión sobre el “modelo de acumulación” aún no estaba saldada. Fue recién luego de Tiananmen que se estableció de manera firme un criterio clave: la evaluación de los funcionarios locales –y su posterior promoción o destitución– se iban a basar esencialmente sobre el desempeño económico, lo que disparó una carrera por atraer empresas con mano de obra y terrenos baratos, así como rebajas de impuestos. La burocracia del partido se fue asociando y mezclando de manera cada vez más indistinguible con una clase capitalista construida a la vez desde fuera y desde dentro del partido.

Aquí cabe distinguir lo que Au Loong Yu llama “las dos dimensiones de desarrollo capitalista”. La primera, también cronológicamente, es la que llama la acumulación dependiente, en el sentido de que su motor estuvo esencialmente en gigantescas inversiones de capital extranjero en industrias mano de obra intensivas, lo que “impulsó el desarrollo de China, pero la mantuvo en la parte inferior de la cadena de valor global, incluso en alta tecnología, como la fábrica del mundo. El capital chino recauda la parte más pequeña del beneficio, la mayor parte del cual se va a EE UU, Europa, Japón y otras potencias capitalistas avanzadas y sus multinacionales. El mejor ejemplo de esto es el teléfono móvil de Apple. China simplemente ensambla todos los componentes. Pero hay una segunda dimensión, la acumulación autónoma. Desde el principio, el Estado ha dirigido muy conscientemente la economía, financiando la investigación y desarrollo y manteniendo un control indirecto sobre el sector privado, que ahora representa más del 50% del PBI. (…)Desde la década de 1990, ha podido practicar la división del trabajo en tres partes del país. Guangdong tiene una zona de producción para la exportación, intensiva en mano de obra. El delta del Zhejiang [Río Amarillo. MY] también está orientado a la exportación, pero es mucho más intensivo en capital. Alrededor de Pekín se ha desarrollado una industria de alta tecnología, comunicaciones y aeronáutica. Esta diversificación forma parte de la estrategia consciente del Estado para desarrollarse como potencia económica” (Au Loong Yu, “El ascenso de China a potencia mundial”, cit.).

En este proceso, la combinación de venta de terrenos fiscales, hibridación de partido y clase capitalista y, cuando hizo falta, una gigantesca emisión de deuda pública, estuvo en la base del proceso de conformación de un tipo de capitalismo que es, como todo en China, “de características chinas”, para tomar la expresión de Xi Jinping. En esta combinación, el incremento del valor de los terrenos a concesionar o vender dependía de las mejoras de infraestructura como caminos y acceso a los servicios públicos. Esto impulsó a los funcionarios y dirigentes locales del PCCh, a su vez, a recurrir a la deuda –muchas veces en la “banca en las sombras”, que veremos más abajo, y a sus mecanismos semilegales y/o corruptos– para motorizar la inversión y llevarse una jugosa tajada.

Esta estructura ha alcanzado su límite ante el agotamiento progresivo de terrenos baratos y cercanos, la campaña anticorrupción y la política oficial de limitar el endeudamiento, que orilla el 250% del PBI, contra un 150% en 2008 (TE 9131, “The global centre”, 23-2-19).

Una fórmula sintética para describir el peso del sector privado es la llamada “56789”: representa el 50% de los ingresos impositivos, el 60% del PBI, el 70% de la innovación tecnológica, el 80% de los empleos y el 90% de las empresas. El indudable peso económico y político del Estado no debe llamar a engaño: no hay forma de reemplazar al sector privado y que China siga siendo lo que es.

Veamos un cuadro que resume esa evolución desde 1978, cuando comienza el período de “reforma y apertura” procapitalista:

Distribución de la producción industrial por tipo de propiedad, en porcentaje

1978 1990 2000 2010 2017

Estatal 79 57 44 27 21

Privada 0 7 43 71 78

Colectiva 21 36 13 2 1

Fuente: CEIC, NBS, Wind Info, The Economist

Ahora bien, las compañías estatales (unas 150.000, de las cuales las mayores 50.000 emplean a casi 20 millones de trabajadores) abarcan el 70% de la deuda privada de empresas, y su tasa de ganancia promedio es alrededor de la mitad que en el sector privado. Pero es un error mayúsculo suponer que se trata de dos esferas enfrentadas o en perpetua competencia. El rasgo principal de la relación entre ambos sectores no es el conflicto sino una coexistencia donde, según se ponga la lupa, predomina la colaboración, la complementariedad y también, ocasionalmente, la contradicción.

En todo caso, la novedad desde el ascenso de Xi es el avance lento pero continuo del Estado sobre la economía privada. En 2012 (antes de Xi), las empresas privadas recibían la mitad de los préstamos bancarios; las estatales, un tercio. En los años subsiguientes, la proporción pasó a ser abrumadora a favor de las empresas estatales, que se llevaron un 70% de los préstamos. Y a este proceso financiero se le sumó un elemento de mucho mayor control político por parte del PCCh: en todas las empresas privadas grandes, incluidas las multinacionales, hay ahora células del partido, con cuyos jefes los directivos deben discutir medidas como cambios en el volumen de producción o despidos, atendiendo a la preocupación del PCCh por la “estabilidad social”. Esta práctica cada vez más generalizada establece una cierta mengua o relativización del monopolio privado de las decisiones en las empresas, en lo que es una más de las tantas “características chinas”.

Esto no significa, como algunos temen (o se ilusionan), que el PCCh haya cambiado su punto de vista respecto de la necesidad del capital y la propiedad privados. Xi ha mencionado reiteradamente su compromiso con el respeto al “rol decisivo” del mercado en la economía, aunque el “pensamiento de Xi” (incorporado a la Constitución china) es bastante más sinuoso y resbaladizo de lo que pretende el dogma oficial. Un sonado caso en 2018 fue el de blogger no muy conocido que publicó un artículo, rápidamente viralizado, de que el sector privado ya había “cumplido su misión histórica” de promover el desarrollo económico y debía retirarse de la escena. Los propios altos funcionarios partidarios se apresuraron a tranquilizar a los empresarios desautorizando el texto y asegurando que no se trataba de ninguna política oficial. Pero no dejó de ser considerado como un tiro de advertencia, por cuanto, tal como ocurría en las épocas del opaco Partido Comunista soviético, nunca nadie puede estar seguro de cuánto tiempo se sostendrá (y por quiénes) la “línea partidaria”. Lo que sí está fuera de duda es la inclinación de Xi por reforzar el lugar de las empresas estatales en la economía, sin que eso signifique un menoscabo de los derechos adquiridos por el capital privado. Por ahora.

Sucede, que, en realidad, como observa Au Loong Yu, “el Estado chino siempre está detrás de empresas aparentemente privadas. En China, incluso si una empresa es realmente privada, debe rendirse a las exigencias que le impone el Estado. Su peculiar naturaleza capitalista de Estado hace que sea particularmente agresiva y trate de reducir distancias y desafiar a las potencias que invirtieron en ella (“El ascenso de China a potencia mundial”, cit.). En buena medida, una de las novedades específicamente económicas del ascenso de Xi Jinping al poder consiste en el renovado impulso al control estatal (o partidario, que en la visión de Xi es lo mismo) de la actividad privada a fin de asegurar que contribuya las metas definidas desde el poder central. Lo que no significa un curso “reestatizador”, sino en todo caso subordinar –como no lo había hecho ningún líder chino posterior a Deng Xiaoping– la continuidad de las “reformas” pro mercado a los lineamientos del partido.

2.2.2 Las contradicciones de las instituciones financieras

Como señalamos, uno de los graves problemas de la economía china es el nivel de endeudamiento, y dentro de esto, el endeudamiento proveniente de la “banca en las sombras” (shadow banking). En este punto incluso más que en otros, las cifras oficiales deben ser tomadas con precaución o directamente desconfianza. El FMI hizo una corrección de las cifras de déficit fiscal para el período 2015-2017, según la cual el aumento del déficit del 2,4 al 2,9% del PBI se transforma en una mucho más alarmante cifra que va del 8,4 al 10,8% del PBI. ¿Dónde está la diferencia? Por un lado, en que la definición del FMI suma las cuatro cuentas presupuestarias fiscales: no sólo la del presupuesto general, sino también la seguridad social, la cuenta de fondos oficiales y la cuenta capital de las empresas estatales. Por el otro, sobre todo, de incluir los “vehículos de financiamiento del gobierno local” (VFGL) y otros rubros fuera de presupuesto pero que son los que efectivamente financian al Estado, especialmente en los niveles provincial, municipal y de condado (OECD Economic Surveys: China, cit.).

Sucede que los gobiernos locales (provinciales y municipales), restringidos por el gobierno central en su acceso al crédito oficial en el esfuerzo por reducir el peso de la deuda, recurren a esos “vehículos de financiamiento de gobierno local” (existen cerca de 12.000), registrados técnicamente como empresas privadas pero que son fachadas de esos gobiernos locales para conseguir préstamos, que no figuran en los balances financieros oficiales. Según el FMI, cuando se computa la deuda local tomada a través de estas entidades, la ratio de endeudamiento respecto del PBI salta del 38 al 70%, con un salto muy grande en la segunda década del siglo, del orden del 20% anual en el último lustro. Este instrumento opaco y fuera de las estadísticas oficiales es particularmente necesario para las provincias más pobres. Y a pesar de los intentos del poder central, estas entidades aparecen con problemas cada vez mayores para honrar su servicio de deuda. Para China International Capital Corp, uno de los brokers financieros más grandes de China, los ingresos operativos anuales promedio de los VFGL no cubren más del 40% de sus obligaciones.

En 2018, el gobierno central decidió tomar el toro por las astas y esgrimir un arma rara vez utilizada: permitir defaults. El resultado fue inmediato: se redujo el volumen de deuda, subieron las tasas de los VFGL y los gobiernos locales empezaron a ver crujir sus cajas, con el consiguiente descenso en el nivel del gasto en infraestructura. Pero, como suele suceder en el sistema burocrático de prueba-error, la cosa llegó demasiado lejos, y ante el riesgo de desaceleración del crecimiento del PBI, en junio pasado el gobierno central anunció un esquema de bonos para provincias y ciudades que equivale de hecho a un respaldo a los VFGL. El saldo no fue neutro, sin embargo: el mensaje de la necesidad de mayor cautela fiscal parece haber llegado a las autoridades en el nivel local (TE 9148, “Deeper in the red”, 22-6-19).

Esta desesperación por el financiamiento se debe a un problema estructural de la organización estatal china, en la que las decisiones y la caja están en manos del poder central, pero el presupuesto cotidiano de los servicios está a cargo de las provincias y, sobre todo, de los municipios o condados: “El nivel más bajo del sistema público financiero, el condado, tiene la obligación de gestionar la mayoría de los servicios públicos cruciales como educación, salud, protección social y cuidado ambiental, en proporción mucho mayor que las cargas locales en los países de la OCDE. Si bien China tiene un sistema fiscal unitario, los niveles locales más bajos asumen una proporción mayor de ingresos y gastos que en la mayoría de los sistemas federales, aunque al mismo tiempo tienen escasa autonomía para decidir sobre esos gastos. Debido a que la descentralización del gasto es mucho mayor que la de los ingresos, las administraciones locales requieren de Fuertes transferencias de parte de los niveles superiores de gobierno (provincias o Estado federal)” (OECD Economic Surveys: China, cit.).

Cuando la carrera por el financiamiento empezó a salirse de control, el poder central lanzó una ofensiva contra estas prácticas, con un doble objetivo. Por un lado, sin duda, reducir la amenaza latente de un endeudamiento gigantesco. Pero por el otro, y en consonancia con los criterios que vimos más arriba, se trata de una manera lateral de golpear al sector privado, que es en realidad el principal cliente de la “banca en las sombras”. No porque los gobiernos locales no recurran a ella, sino porque para los privados no suele haber otro camino: los bancos prefieren prestar a las compañías estatales, lejos de cualquier razón ideológica, simplemente porque en esos casos el Estado es el garante del recupero de los créditos.

Una de las performances estelares de la economía china es la del área de las finanzas digitales: China tiene las mayores empresas del mundo en las llamadas “fintech” (empresas de financiamiento digital, pagos online con el celular y aplicaciones financieras). Aquí caben otra vez las “ventajas del atraso” y la posibilidad de quemar etapas: mucho antes de que tuviera posibilidad de desarrollarse una bancarización tradicional masiva y el uso de tarjetas de crédito, una parte sustancial de la población tuvo acceso a estas formas de financiamiento no bancarias, mucho más ágiles y accesibles. De todos modos, trataremos este tema más en detalle en el capítulo siguiente, dedicado específicamente al auge de la tecnología digital.

Por último, cabe tomar nota de que ha comenzado, aunque lentamente y desde muy atrás, la proyección de China como plaza financiera internacional. Es verdad que por ahora la inversión extranjera en bonos y acciones chinos no supera el 2-3%, lo que explica por qué la apertura de las cotizaciones en la Bolsa de Shanghai no representa todavía un dato significativo para los mercados financieros. Sin embargo, la política china apunta, aun en el contexto de la rivalidad con EEUU, a aumentar, no a disminuir, los lazos financieros con el resto del mundo. Con ese fin, está dando a los inversores extranjeros concesiones nuevas. Por ejemplo, está flexibilizando las condiciones de acceso al mercado y la compra de acciones de firmas chinas, y, contra lo que ocurre con los propios ciudadanos chinos, los inversores extranjeros no tienen restricciones para retirar su capital del país si así lo desean, en un claro intento de seducción sobre todo a los grandes fondos de inversión internacionales.

Como lo demuestran los balances del HSBC –obtiene tres cuartas partes de sus ganancias globales sólo de China y Hong Kong–, las posibilidades de hacer buenos negocios, si es con la venia del PCCh, son inmensas. Y la relación es de mutua conveniencia, porque ante la reducción de su legendario superávit de cuenta corriente externa, del 10% del PBI en 2007 a menos del 1% en 2018, el flujo de inversión externa es imprescindible para evitar una depreciación del yuan (TE 9150, “Counter-flow”, 6-7-19).

Los activos de bancos extranjeros en China llegaron a 650.000 millones de dólares, un tercio más que en Japón. Y esos bancos tienen la convicción de que la apertura va en serio. Lo irónico es que justo en el momento en que China decide adoptar una política favorable a la inversión extranjera, EEUU se propone bloquearla. De modo que, más allá de los avatares de la pandemia, la evolución de esta rama de actividad va a estar en el período inmediato sometida a las vicisitudes de la “nueva Guerra Fría” y los vaivenes de Trump.

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