La Nueva Ruta de la Seda, herramienta privilegiada de política exterior

La Nueva Ruta de la Seda (NRS, o, en inglés, “Belt and Road Initiative”) es considerado por la dirigencia del PCCh y por el propio Xi Jinping el “proyecto del siglo”, el que va a cambiar el lugar que ocupa China en el mundo a partir del siglo XXI.1 La definición que da el Banco Mundial del proyecto es “una iniciativa liderada por China que busca mejorar la conectividad y la cooperación regional a escala transcontinental a través de inversiones en gran escala”.

Desde el punto de vista chino, se trata de apuntar a desplazar el eje geoestratégico del planeta poniendo a China, bueno, en el centro del mundo. En palabras de Rousset, “vista desde China, la época durante la que las potencias europeas han dominado el mundo no ha sido más que un breve paréntesis antes de que la historia recupere su curso normal, a saber, la centralidad china. Esta visión sinocéntrica que prevalece en China constituye una base cultural sólida para el expansionismo del nuevo imperialismo chino, a imagen y semejanza de la visión eurocéntrica para los imperialismos conquistadores de hace dos siglos. Se trata de proyectar la civilización china como antaño la civilización europea. Para Xi Jinping, el siglo XXI será el siglo chino” (“Geopolítica china: continuidades, inflexiones, incertidumbres”, cit.).2

En esta visión, China aparecería como el pivot que articula las relaciones a) entre Asia y Europa a través de la comunicación terrestre –vía gigantescas inversiones ferroviarias– y marítima, y b) entre Asia y América a través del Pacífico. Los corredores terrestres con Europa vía Asia Central, Rusia, Turquía y Europa Oriental ya están en marcha, complementados con puentes marítimos vía el Mediterráneo y el Ártico. La novedad de esta transformación que implica el acercamiento entre Asia y Europa, sobre todo, es que, a diferencia de casi todas las otras desde el surgimiento de la modernidad occidental, la iniciativa no parte de Europa sino de Asia.

Definir la NRS es tarea a la que se han abocado amigos y enemigos de China, con las consiguientes diferencias en el resultado: desde un “plan de dominación mundial aplastando a la civilización occidental” a “Plan Marshall chino”; con objetivos que van desde la “explotación de naciones abandonadas por Occidente” a la “cooperación para el desarrollo y el beneficio mutuo”, del “pillaje de materias primas y control geopolítico” al “levantamiento de la infraestructura indispensable para el desarrollo en el mundo emergente”, y siguen las polémicas.

Quedan pocas dudas, no obstante, de que, para bien o para mal, la NRS se propone, como dijimos, ser una herramienta de reconfiguración del orden internacional tal como lo conocemos, en el que China dejaría de ser el contrapeso de EEUU para pasar a ocupar el rol preeminente. El momento político estratégico pocas veces ha estado más maduro para eso, con Occidente sumido en un pantano económico incluso antes de la pandemia y con el liderazgo político de EEUU muy mellado por la inconsistencia de Trump, que no cree en el mundo globalizado que se supone debe conducir. China se ofrece al “mundo emergente” –y en primer lugar, a su zona geográfica más próxima– como una potencia munificente en lo financiero, solvente en lo tecnológico y generosa en su ayuda sin condiciones políticas o económicas onerosas al estilo FMI, BM o acuerdos con EEUU.3

Lanzado inicialmente en 2013 en Kazajistán (para la vía terrestre) e Indonesia (para la marítima), rápidamente agregó la ruta ártica, la “ruta de la seda digital” de cables submarinos, 5G y el “corredor de información espacial” para lanzamiento de cohetes y satélites.

Como observamos en nuestro trabajo anterior sobre la economía mundial (en Socialismo o Barbarie 32/33), la verdadera escala financiera y física de la NRS es muy difícil de estimar, en parte porque ni siquiera tiene contornos claramente definidos. Xi habla de un proyecto de décadas que puede insumir 6 billones de dólares o más; los acuerdos efectivamente firmados y puestos en marcha representan por supuesto una pequeña parte de eso, pero son aun así considerables. Varios cálculos estiman desde unos 0,4 billones de dólares, que equivale en moneda constante a tres planes Marshall de posguerra, hasta el doble o más, con préstamos e inversiones en unos 160 países que representan el 60% de la población mundial. Prácticamente toda Asia, con excepción de India y Japón, y el 90% de los países de África (quedan por fuera Congo –ex Zaire–, República Centroafricana, Burkina Faso, Botswana y casi nada más). También Oceanía, excepto Australia. En cuanto a qué abarca, casi cualquier proyecto de inversión o infraestructura en el extranjero por parte de China puede potencialmente ser, y muchas veces es, computado en la cuenta de la NRS.

La NRS funciona en las relaciones exteriores como un vagamente definido compromiso entre el país emergente que saluda y reconoce el rol beneficioso de su protector y una dirigencia china que usa esto también como fuente de legitimación y prestigio fronteras adentro. En cuanto a los términos concretos del arreglo (tasas, períodos de gracia, esquemas de pago), siempre se puede contar con la flexibilidad china para renegociarlos.

Los objetivos de la NRS no son todos vinculados, entonces, a las relaciones internacionales, sino que a veces consideran a éstas como un medio para un fin estratégico de orden nacional.

Un claro ejemplo es el conjunto de iniciativas económicas que buscan encontrar rutas alternativas al estrecho de Malaca. Se trata de una franja de mar entre la península de Malaca (compartida entre Tailandia y Malasia) y la isla de Sumatra (Indonesia), la zona naval más congestionada del planeta, por la que pasa el 80% de las importaciones chinas de carbón e hidrocarburos. Controlada por la Marina yanqui, en caso de conflicto está muy expuesta a un bloqueo militar, comprometiendo así los suministros estratégicos a (y las exportaciones desde) China. Como parte de la estrategia china para atenuar el problema, por ejemplo, actualmente Shanghai recibe la mitad del gas natural que necesita vía terrestre desde Turkmenistán, uno de los socios privilegiados de la NRS.

Un criterio similar recorre las iniciativas del puerto de Kyaukpyu en Myanmar, a conectar con la capital de la provincia sureña de Yunnan; el proyecto de un canal a través del istmo de Kra, en Tailandia, y con el “Corredor Económico China-Pakistán”, que geopolíticamente tiene para China el objetivo no sólo de esquivar el estrecho de Malaca sino también la hostil India, para tener acceso al mar Arábigo (y desde allí, claro está, al Canal de Suez y el Mediterráneo). Pero todos esos proyectos encuentran problemas de diverso tipo, desde geográficos (los pasos entre China y Pakistán están a gran altitud, lo que obligaría a bombear gas y petróleo a costo prohibitivo) hasta político-militares (las zonas en cuestión tanto de Myanmar como de Tailandia tienen actividad de insurgencia étnica o religiosa poco controlada por el estado central).

Mapa de la Nueva Ruta de la Seda

Como dice el ex canciller portugués Bruno Maçães en El nacimiento de Eurasia, donde analiza la estrategia china, los efectos derivados de la inversión en infraestructura, comercio y finanzas en la NRS sobre los aspectos políticos, culturales y militares no son un problema ni algo imprevisto, sino una característica fundamental de la iniciativa. Un informe especial de Dominic Ziegler, de The Economist, considera que “la NRS es el mayor ejercicio global de generar una marca. Un país o líder extranjero por lo general se suma a la marca bajo la forma de un vago memorándum de entendimiento (…). Después de eso, es muy difícil ser desleal. Si se elogia el plan se obtienen beneficios. Si se lo critica, no es ofender a China, es como ofender al cosmos. (…) Esta forma de marca, que incluye sanciones, es poderosa y funciona. La lealtad externa, a su vez, refuerza la marca para el público local chino” (“Return to centre”, 8-2-20).

Por supuesto, EEUU está que trina contra todo lo que huela a NRS, a la que no se cansa de denunciar como “predadora”, “una trampa para endeudar países” o “un castillo de naipes”, como lo denominó Adam Boehler, el jefe de la recién creada agencia estatal estadounidense International Development Finance Corporation, que es casi la respuesta oficial yanqui a la NRS. Por su parte, Mike Pence les reclamó a los líderes de Asia Pacífico, en una reunión a fines de 2018, algo que suena decididamente curioso de boca de un vicepresidente de EEUU: “No acepten deuda externa que pueda comprometer su soberanía”. Para llegar al premio Nobel del cinismo, sólo faltó agregar que China recurre a la corrupción de funcionarios e intermediarios…

Sin duda, hay algo de verdad en el señalamiento de esos peligros. Algunos países, sobre todo pequeños geográfica y económicamente, han visto dispararse su deuda total a niveles alarmantes después de sumarse a proyectos de la NRS. Una autopista representa un cuarto del PBI de Montenegro; una vía férrea entre Laos y China equivale a casi la mitad del PBI de Laos; Yibuti, Kirguistán, Tayikistán, Maldivas, Mongolia y Pakistán presentan, aunque de manera más diversificada, problemas parecidos (TE 9102, “Gateway to the globe”, 28-7-18).

No obstante, la virtuosa indignación y las acusaciones que vienen de EEUU tienen varios problemas. Primero, son autocontradictorias: una herramienta de dominación del mundo no puede ser a la vez una estrategia malvada y una farsa inconsistente. Segundo, y más importante, la historia de los préstamos y acuerdos comerciales a cargo de las instituciones financieras occidentales o EEUU no han sido exactamente un dechado de beneficios para los países receptores; más bien, han sido ejemplos precisamente de “trampas de la deuda” o de instrumentos para el expolio económico.

En tercer lugar, la autoridad política y moral de EEUU para denunciar conductas avasallantes, en razón de los antecedentes históricos y del rumbo del gobierno Trump, no están en su mejor momento. No mucho más fecundo es el enfoque de la diplomacia yanqui que se propone alejar a esos países de la órbita china por la vía de las (no siempre) veladas amenazas de sanciones económicas. Como dice Ziegler, “si ha de haber una contraofensiva de EEUU, debe operar por atracción también, ofreciendo a los países en desarrollo mejores opciones que las de China”. Pero tal es, precisamente, la parte en la que el cuerpo diplomático de Trump no se especializa.

Y finalmente, estos arranques de dignidad ofendida difícilmente impresionen a los políticos de los países emergentes que esperan, con buenas razones, recibir de la asociación con China alguna forma tangible y rápida de beneficio, sea en metálico o en infraestructura a la que no habría podido acceder de otro modo. Por otra parte, para ser un “plan maestro de dominación universal”, los préstamos y condiciones de inversión de la NRS son sumamente flexibles, y la mayoría terminan, como señalamos, renegociando plazos y términos.

Para los países adherentes, en tanto, la NRS puede operar como un contrapeso a presiones geopolíticas de otras potencias, aunque el juego de hacer equilibrio entre esas presiones y el peso de China no es sencillo: “China corteja a las naciones del sur de Asia que quieren una cuña contra India, a los gobiernos de Asia Central que quieren mantener a raya a Rusia y a los países del sur y el este europeos que están hartos de la indiferencia o de las presiones de Bruselas” (TE 9102, “Gateway to the globe”, cit.).

Ziegler sugiere una posible taxonomía de proyectos vinculados a la NRS: primero, aquellos orientados al desarrollo y el crecimiento locales, como las centrales térmicas (costo oculto: condiciones ambientales y laborales); segundo, grandes proyectos de infraestructura logística (peligros: que los beneficios sean más ostensibles para China que para el país receptor), y tercero, los proyectos de interconexión y apertura global, especialmente en el área de tecnología digital (con todas las reservas que hemos visto en cuanto al uso de IA).

Como logro logístico, la NRS es verdaderamente impactante. Un tren de carga que parte de Yiwu, al sur de Shanghái, recorre más de 12.000 kilómetros para enlazar directamente China con 32 ciudades europeas. Llega en 12 días a Londres vía el estratégico nudo ferroviario de Khorgos (Kazajistán), Moscú y Rotterdam. Lleva la mitad de tiempo que un envío marítimo y la mitad de costo que uno aéreo. El gigante del hardware Hewlett Packard ya movió sus plantas de computadoras a Chongqing, organizando todo el modelo de negocios alrededor de la línea férrea China-Kazajistán-Holanda. En la dirección opuesta, ya BMW remite varios trenes de carga semanales con sus autos a China. En 2013 esa línea tenía una frecuencia de tres trenes semanales; hoy son cuatro por día. Otras rutas importantes son las que combinan la entrada a Europa vía terrestre por Turquía con el ingreso marítimo por el Canal de Suez, en el cual el puerto griego del Pireo (operado por empresas chinas) cumple un rol decisivo para el acceso al mercado de Europa occidental por el corredor Venecia-Rotterdam.

La estrategia comercial y la geopolítica de la NRS son inseparables, lo que es particularmente visible en el despliegue de inversiones en infraestructura portuaria y naval en los países incorporados a la NRS: “Una dimensión de esto es el concepto de ‘ciudad-parque industrial-puerto’: es más probable que un puerto prospere si tiene un ‘hinterland’ bajo la forma de zonas industriales y una ciudad en crecimiento. Siguen ese modelo Kuantan, en la costa este de Malasia, y Gwadar, en Pakistán, sobre el mar Arábigo. (…) En Colombo, Sri Lanka, al lado del puerto de containers, controlado por China Merchants, China Communications Construction Company (CCCC) [la más grande las compañías chinas que opera en la NRS. MY] le ganó 270 hectáreas al mar para extender el distrito comercial y construir edificios de departamentos de lujo. (…) Otro plan es que los puertos importantes sirvan de nudos regionales para los buques de containers más grandes que existen” (Ziegler, cit.).

El resultado de semejante despliegue puede medirse de varias maneras; una de las más directas es la evolución del comercio exterior desde y hacia China. Incluso sin considerar los estados que son más directamente “clientes” de la NRS, sino sólo algunos de los más desarrollados, una tabla comparativa de las relaciones comerciales bilaterales de esos países con China y EEUU arroja datos significativos:

Porcentaje de comercio (exportaciones + importaciones) sobre el total

Con EEUU Con China Ratio EEUU/China

2000 2018 2000 2018 2000 2018

Reino Unido 14 12 2 8 7 1,5

Francia 8 7 2 5 4 1,4

Alemania 10 8 2 7 5 1,1

Japón 25 15 10 22 1,5 0,7

Australia 16 8 7 30 2,3 0,3

Corea del Sur 20 12 9 24 2,2 0,5

Filipinas 25 10 2 17 12,5 0,6

Nueva Zelanda 17 10 5 22 3,4 0,5

Mundo 15 10 5 12 3 0,8

Fuente: elaboración propia sobre datos del Fondo Monetario Internacional y The Economist Special Report 8-2-20.

En cuanto a la proyección propiamente militar de la NRS, un caso por ahora aislado pero significativo es el de Yibuti, pequeña nación cuya ubicación cerca del estrecho de Bab el Mandeb, que separa el Mar Rojo del Arábigo, ofrece un estratégico punto de bloqueo del flujo marítimo hacia el Canal de Suez. Allí China ha instalado su primera base militar fuera de territorio chino, en 2017. En realidad, el pragmático enfoque de Yibuti ha permitido bases también a EEUU, Francia y Japón; la diferencia es que el puerto principal, que hasta hace poco estaba en manos de un operador de Dubai, fue nacionalizado sólo para luego pasar la concesión a China Merchants. Y esas manos parecen agarrarlo de manera mucho más firme, por cuanto la situación de deuda de Yibuti es de las más penosas de los asociados a la NRS: más de la mitad de su deuda es con China.

Otro plano de la NRS es el vinculado a la tecnología digital. La parte estrictamente de “ruta” está en marcha con, por ejemplo, un cable submarino de fibra óptica de 6.000 km de extensión que conecta Camerún con Brasil. Pero esta dimensión digital abarca mucho más que la conexión física o software para ciudades inteligentes, sino la cuestión más estratégica de cuándo y cuáles países adoptarán cuáles normas y estándares digitales. EL propio Xi dejó en claro que su meta en este terreno es hacer de China una “ciber superpotencia”. Lo que está en juego no son los actuales 3.500 millones de usuarios de Internet, sino los próximos 3.500 millones.

La política de préstamos e inversiones chinas en Europa, Asia, África y Latinoamérica puede o puede no ser formalmente de la NRS; como vimos, los límites entre lo que puede considerarse parte de la iniciativa y lo que está fuera de su marco son bastante borrosos. Es usual que alguna forma de préstamo chino sea vista por el país receptor como un simple acuerdo bilateral, mientras que para las estadísticas chinas se computa, solapada o abiertamente, bajo el paraguas de la NRS.

En todo caso, lo seguro es que los volúmenes de transacciones financieras con otros países siguieron aproximadamente el mismo sendero de expansión gigantesca que la NRS. Los préstamos de China a países extranjeros saltaron de casi cero en 2000 a más de 700.000 millones de dólares en 2019, lo que la convierte en el mayor acreedor oficial del mundo, ya que esa cifra es más del doble de los préstamos del FMI y el BM juntos. Y puede ser incluso mayor, ya que un estudio (“China’s Overseas Lending”, de tres investigadores del Kiel Institute, Harvard y el Banco Mundial) estima que casi la mitad de los préstamos a países emergentes están ocultos tras una maraña de mecanismos legales, en general en consentimiento con el país deudor. Por ejemplo, contra lo que se puede suponer, formalmente no está registrado en el Banco de Acuerdos Internacionales de Basilea ningún préstamo chino a Venezuela, Irán o Zimbabwe… El recurso habitual del Estado chino es que los préstamos se hacen a empresas contratistas chinas, no a los estados donde éstas desarrollan su actividad. El mismo estudio sostiene que 50 de los principales países deudores de China tienen un volumen de deuda promedio del 17% de su PBI, contra el 1% en 2005. Por supuesto, esa lista incluye sobre todo países africanos y asiáticos, y también algunos latinoamericanos (TE 9151, “Hey, big lender”, 13-7-19).

Esto ha sido motivo de amargas denuncias de diplomáticos yanquis (y algunos europeos) del “imperialismo chino” y de las terribles consecuencias de caer bajo las garras del gran dragón. Pero más allá del famoso caso del puerto de Hambantota en Sri Lanka (una de las rutas marítimas más transitadas del planeta), que fue casi tomado en propiedad ante la falta de pago, la mala fama que se pretende sembrar desde Occidente de China como acreedor insensible no está muy justificada. De hecho, el propio estudio reconoce que desde 2000 ha habido no menos de 140 casos de reestructuración o directamente condonación de deuda por parte de China. Acaso no haya mucha más oportunidad para conocer la verdadera cara de China como prestamista, ya que los últimos datos indican que hay un rápido retraimiento de ese flujo de préstamos, a medida que la economía china se desacelera.

Pasando a Eurasia, la relación entre dos gigantes como Rusia y China fue históricamente dominada por la primera. Ya no. La estrategia de Putin de dar la espalda a Occidente apoyándose en China está dando como resultado una creciente dependencia en diversos órdenes. Por ejemplo, en las transacciones comerciales de Rusia, las operaciones en dólares cayeron de la mitad del total a sólo el 23% en 2018, mientras que la proporción en yuanes subió de un modesto 3% a un ya considerable 14%. Y el acuerdo de Rusia con Huawei la deja en la parte china de una eventual división de internet (o “splinternet”). Putin suele mencionar la idea de capitalismo de Estado como una fuente común de inspiración para ambas potencias. Pero la versión rusa es considerablemente menos virtuosa, lo que explica tanto el escaso interés chino por invertir en Rusia como el carácter crecientemente tributario de la relación entre ambos en beneficioso de China. (TE 9153, “Brothers in arms”, 27-7-19).

Una cosa está clara: la gran potencia euroasiática es China, no Rusia; sólo la UE en su conjunto puede al menos proponerse estar a su altura, pero da ventajas no sólo en tamaño sino, fundamentalmente, en cohesión y capacidad de instrumentar políticas de manera unificada. Un ejemplo palmario de esto es la Unión Económica Euroasiática, organizada por Rusia en 2015 con los estados de Asia Central que formaron parte de la ex URSS. No pasó mucho antes de que el aislamiento político de Rusia y sus problemas financieros hicieran ingresar a China como nuevo socio patrocinador, que ahora aprovecha la unión aduanera de Belarús a Kazajistán para atraer a la órbita de la NRS a esos países… y facilitar sus rutas comerciales con Europa sin necesidad de pasar por Rusia.

Precisamente en el terreno de las relaciones con Europa, una de las herramientas privilegiadas por China para consolidar y extender su influencia es el bloque 16 más Uno –a decir verdad, 17, luego de la incorporación de Grecia–, nacido en 2012. Abarca países de Europa central y oriental (once de ellos, pertenecientes a la UE); el “uno”, como para marcar la diferencia, es, claro está, China. Esto preocupó lo suficiente a EEUU como para patrocinar a Polonia en el lanzamiento en 2015 de la Iniciativa de los Tres Mares (I3M, el Báltico, el Adriático y el mar Negro), que agrupa a 12 estados miembros de la UE. Salvo Austria, todos son también miembros del foro 16 + 1, una señal más de lo titubeante e inestable de las lealtades políticas en la UE, especialmente sus miembros “nuevos” y de menor peso geopolítico.

Los encuentros anuales del bloque solían ser ocasión para fortalecer lazos diplomáticos y comerciales que generaban una profunda desconfianza en los líderes de la UE, que denunciaban el intento chino de “dividir y reinar” en el espacio europeo. Pero últimamente hay menos sonrisas que desconfianza, sobre todo a la luz de ciertos desarrollos de la Nueva Ruta de la Seda que dejaron como saldo “socios” de China con fuerte endeudamiento y daños ambientales. Pero ninguno de los integrantes se atreve a tomar la decisión de alejarse de un bloque que los relaciona con una potencia cuyo ascenso es no sólo inevitable sino duradero.

Un diplomático europeo citado por The Economist observa que “la agresividad china ha recreado una comunidad occidental” alrededor de la desconfianza. Pero esta oportunidad de liderar un bloque anti chino se está dilapidando con la diplomacia de Trump, cuyo enfoque de que la fuerza da la razón se parece mucho más a la de la propia China que a la del líder de un bloque cultural. En consecuencia, advierte, no hay estrategia unitaria hacia China entre EEUU, Europa y Japón, lo que significa que “el mundo occidental no existe” en términos de ese enfrentamiento (TE 9139, “Joining the resistance”, 20-4-19).

Una muestra de esto es que un tradicional aliado de EEUU y miembro conspicuo de la OTAN, Italia, no tuvo inconvenientes en firmar con China un protocolo asociándose a la NRS, cuyo resultado inmediato es el refuerzo de las inversiones chinas en infraestructura portuarias chinas en el Mediterráneo, sumando a Génova y Trieste a la cabecera del Pireo, en Grecia. Además, China es accionista mayoritario de la planta de energía nuclear Hinkley Point C en el Reino Unido y de la multinacional suiza de agroquímicos Syngenta, y tiene participación importante en la propiedad de PSA (Peugeot y Citroën) y Daimler, Pirelli y los aeropuertos de Heathrow (Londres), Hahn (Fráncfort) y Toulouse.

A nivel de acuerdos bilaterales con países europeos, el trato chino es mucho más accesible y respetuoso que cuando éstos intentan aproximarse a Washington, y ha habido avances sustanciales en el involucramiento económico y político con Hungría (su primer ministro Orban ha dicho con la brusquedad que lo caracteriza que “si la UE no puede darnos ayuda financiera, recurriremos a China”) y la República Checa, donde las inversiones chinas van desde grupos financieros a clubes de fútbol, pasando por aerolíneas y medios de comunicación. Pero “sería un error atribuir demasiada estrategia a estas acciones. (…) Algunos europeos vena China jugando al ajedrez estratégico para dividir y reinar en su continente. Pero en general los diplomáticos europeos en Beijing consideran que la realidad es mucho menos dramática y más oportunista. En política exterior como en todas las demás cosas, China es la esencia destilada del autointerés, y Europa es sólo un medio para un fin. (…) Mientras China llegó a considerar a la UE como un posible socio y hasta un modelo en ciertas áreas, ahora se acerca a Europa con menos reverencia: como una especie de supermercado de oportunidades para obtener beneficios que puedan ayudarla en su ascenso, neutralizar la oposición a su política exterior y evitar que Occidente actúe de forma unificada contra China” (TE 9112, “Gaining wisdom, marching forward”, 6-10-18).

Desde ya, para los demás países el motor impulsor de estos acuerdos con China nunca es otro que el masivo peso económico y político de la nueva superpotencia. Ziegler observa que “hay algo ausente de manera conspicua en los intentos de China de hacer inclinar el mundo ante su voluntad. La última vez que hubo países orbitando políticamente alrededor de China, antes del siglo XIX, la autoridad moral y cultural de China cumplió un papel tan relevante como su puro tamaño. Tanto Japón como Corea y Vietnam recurrieron a los caracteres chinos para sus sistemas de escritura y organizaron sus sociedades según los principios confucianos. Hoy, China carece de todo encanto moral o cultural. Su único atractivo es el vil metal” (cit.).

Pero este enfoque es sólo en parte atinado, y en buena medida ingenuo o idealista. No sólo porque extiende la analogía de manera indebida a un mundo capitalista-imperialista globalizado con otras reglas, sino porque no mide en todo su peso ese factor material. Después de todo, los intentos de respuesta a la NRS por parte de EEUU –la citada US International Development Finance Corporation– o incluso de Australia, con su Infrastructure Financing Facility for the Pacific, quedan muy por detrás de las posibilidades que ofrece China y de las necesidades de los países clientes de la NRS.

A esto cabe agregar, que por un lado, como hemos visto, el “atractivo moral” de Occidente con líderes como Trump no está ciertamente en su punto más alto. Y por el otro, China tampoco renuncia del todo a generar algún atractivo extraeconómico, aunque ésa sea su base material. De allí que sea siempre parte integral de los proyectos vinculados a la NRS “reforzar la influencia política y cultural de la potencia china incluso en el ámbito social, con la construcción de hospitales y escuelas. (…) La ambición es contribuir a hacer de China un polo de referencia civilizatorio mundial, alternativo a EEUU” (P. Rousset, “Geopolítica china: continuidades, inflexiones, incertidumbres”, Viento Sur, 25-7-18). Claro que hoy en día el incentivo es esencialmente material: “Los países ricos no quieren perderse el pastel, y los países pobres no tienen más remedio que participar, pues para ellos es una ocasión única para iniciar su desarrollo (aunque sea a riesgo de la subordinación)” (ídem).

En el fondo, la situación hoy de muchos líderes y países no es la de estar evaluando un cambio de lealtades, sino la de sopesar opciones diferentes cuando antes no existían. Este escenario que relativamente los beneficia no los pone todavía en situación de tener que elegir. Pero esa ventana de oportunidad no va a estar abierta indefinidamente, y es posible que sí termina llegando el momento en que haya que definir esas lealtades. La estrategia china es postergar ese momento lo más posible hasta que el gigante asiático haya desarrollado mucho más sus capacidades… y EEUU haya contribuido a su descrédito con su propia torpeza.

Incluso la advertencia de Ziegler en el sentido de que “EEUU debería tener cuidado de no acelerar una situación que obligue a los países a quedar de uno u otro lado de la cortina de hierro digital, con sociedades desarrolladas y democráticas provistas en lo tecnológico por EEUU, la UE y Japón, mientras que los países más pobres y menos democráticos obtienen esa tecnología –con su orientación política– de China. En ese caso, los líderes chinos habrían en verdad conseguido su nuevo orden” (cit.) puede resultar demasiado optimista para Occidente. A esta altura, China difícilmente se conforme con el rol de líder, paladín y proveedor de los países “pobres y menos democráticos”, como lo demuestra su política audaz hacia la Unión Europea.

Para China, naturalmente, el desarrollo de la NRS no está exento de riesgos, desde los geopolíticos hasta los puramente económicos. Los primeros derivan, en primer lugar, de que el inédito rango de expansión de la iniciativa hace que China “compita de forma directa, en sus respectivas zonas de influencia, con todas las potencias existentes: con Rusia en Asia Central y Bielorrusia, con India en el sur de Asia, con EEUU en América Latina, con los europeos en su propia casa y con todo el mundo en África” (Rousset, “Geopolítica…”, cit.). La NRS abarca desde la navegación en el Ártico (hoy facilitada por el calentamiento global) hasta un nuevo canal interoceánico en Nicaragua que compita con el de Panamá (¡aunque Panamá ingresó a la NRS en 2017!), pasando por bases de uso científico-militar como la de la Patagonia argentina. Las concesiones de obras e instalaciones, muchas veces por períodos inusualmente largos (99 años en Sri Lanka y Nicaragua) suelen generar protestas locales contra lo que se ve como pérdida de soberanía. Esto se exacerba donde hay sentimientos antichinos preexistentes, como en Vietnam o Tailandia, e incluso en Estados (y gobiernos) clientes como los de Filipinas o Camboya.

Pero no se trata sólo de la eventual oposición a la sociedad con China, sino a veces, más simplemente, el riesgo económico de la falta de control del Estado cliente sobre su propio territorio, como ocurre en Pakistán; el puerto de Gwadar, pensado como salida estratégica al mar Arábigo, está en Beluchistán, donde hay un movimiento independentista e injerencia india y afgana (talibanes). A lo que debe sumarse el riesgo financiero de los créditos a países cuya capacidad de repago está comprometida, y nunca es fácil intentar cobrarse en especie, más allá de lo que digan los conspirativistas, al servicio o no del Departamento de Estado. Venezuela es un caso emblemático: se endeudó masivamente con China desde la época de Hugo Chávez, con un barril de petróleo a más de 100 dólares. Cuando sobrevinieron la crisis del régimen la de los precios del petróleo (en buena medida emparentadas), ese flujo de préstamos se detuvo pero no hay ninguna garantía de recuperación: “Los acuerdos entre China y Venezuela nunca han redundado en beneficio de ambos países, pero ahora pueden acabar redundando en detrimento de ambos. Pekín ha suspendido importantes inversiones, ha reducido sus préstamos y son numerosos los trabajadores chinos que vuelven a su país (habían llegado a ser 400.000)” (Rousset, cit.).

Finalmente, otro costado muy relevante de la NRS –aunque de ninguna manera el principal, como creen algunos– es el de válvula de escape para los problemas de sobreproducción y sobrecapacidad de China. Hay una ingente masa de capital físico y financiero a la que, por increíble que parezca, las posibilidades de inversión fronteras adentro de China ya no le alcanzan y necesitan volcar ese excedente de capacidad productiva en el exterior.

La NRS representa aquí, adicionalmente, un factor de equilibrio para el desarrollo económico interno; en consecuencia, todo obstáculo al normal desenvolvimiento de los proyectos vinculados a la iniciativa impacte no sólo en el país anfitrión sino en la marcha de la propia economía. De allí el carácter central de la NRS para el “proyecto imperialista chino” (Au Loong Yu, “El ascenso de China a potencia mundial”, cit.). A esto cabe agregar el rol políticamente legitimador del régimen que cumple la NRS, mostrando en los hechos al conjunto de la población cómo el discurso nacionalista de gran potencia que está a la altura de EEUU (pero se comporta “benévolamente”) se plasma en acuerdos, obras y reconocimiento de los mismos “socios”. Cada victoria de la NRS es presentada como un paso en la “larga marcha” hacia una supremacía mundial donde, a diferencia del imperialismo occidental, en las relaciones con otros países “ganan las dos partes” (win-win), todo bajo la visión del líder indiscutido.

2.4.2 La construcción de la capacidad militar de una superpotencia

La reorganización de las fuerzas armadas es coherente con el nuevo criterio de “China potencia mundial” sostenido por Xi Jinping; esto es, pasar del enfoque meramente defensivo centrado en las fuerzas terrestres a una estructura militar con capacidad de despliegue fronteras afuera, en el que la marina y las armas estratégicas y de alta tecnología ocupan un papel preponderante.

El gasto militar chino aumentó un 83% en términos reales entre 2009 y 2019 (en 2016, unos 145.000 millones de dólares, cerca de la cuarta parte del presupuesto militar yanqui ese año). Se considera que el ejército chino es el segundo más poderoso del mundo, al menos en los números, ya que prácticamente no tiene experiencia de combate, como tampoco la capacidad de despliegue rápido de países como Francia, o la flota estratégica oceánica de submarinos nucleares de Rusia. En todo caso, el aumento del gasto no implica sólo modernización de armas y equipamiento, que van desde jets de combate que superan los 5.000 km/h, aviones de carga no tripulados o cañones electromagnéticos: hay una profunda reorganización estratégica del Ejército Popular de Liberación (que sigue siendo el nombre oficial del ejército chino).

El cambio comenzó en los 90, cuando bajo el impacto de la invasión yanqui en el Golfo Pérsico se apuntó a que el EPL estuviera en situación de intervenir en “guerras locales en condiciones de alta tecnología”, pensando en hipótesis de conflictos geográficamente cercanos, como Taiwán. Desde su asunción, Xi se propuso modificar la forma organizativa del EPL para hacerla más apropiada a esos objetivos, en una reforma de profundidad no vista desde Deng Xiaoping.

El primer punto fue la capacidad de acción conjunta de las diferentes fuerzas bajo un comando único, y no reportando cada cual a su arma. La organización geográfica fue modificada en el mismo sentido: las anteriores siete regiones militares casi autónomas y sin coordinación son reemplazadas por cinco “teatros de operaciones” bien definidos en cuanto a eventuales conflictos, cada uno bajo un solo comando. Los focos operacionales de esos comandos son muy significativos: el comando Norte, Rusia y la península coreana; el Este, Taiwán, Japón y el Mar de China Oriental; el Oeste, Asia Central, India y la provincia de Xingiang, sede de la principal minoría musulmana del país, los uigures; el Sur, el espinoso Mar de China Meridional y el sudeste asiático, y el Central está a cargo de la seguridad de Beijing y el gobierno central, además de reserva estratégica (TE 9149, “Army dreamers”, 29-6-19).

Los cambios incluyen nuevas relaciones entre las fuerzas en términos de efectivos, en general a expensas del ejército de tierra (que pasó del 70% del total a menos del 50%), y con un claro refuerzo de la marina, que triplicó su personal. Según el International Institute for Strategic Studies, desde 2014 China fletó naves de guerra “con un tonelaje total mayor al de la armada entera de Francia, Alemania, Italia, India, España, Corea del Sur o Taiwán. (…) Lo que es más, el creciente número de naves bien puede quedar por detrás de la tasa a la cual China está mejorando su capacidad de abatir naves enemigas. Los misiles contra barcos, instalados en mar, tierra o aviones, son más numerosos y más avanzados que los de EEUU, y algunos de ellos con mayor alcance; lo mismo vale para algunas otras formas de armamento naval” (TE 9114, “The rivals”, 20-10-18).

Algo similar sucede en el ámbito de la carrera espacial, donde los usos civiles y los militares son casi indiscernibles. También aquí, los progresos más notables son los más recientes. En 2018, China hizo 38 lanzamientos de naves orbitales, por encima de EEUU (34) y casi el doble que Rusia. Y a diferencia del pasado, China no sólo tiene mayor capacidad bélica, sino que parece más inclinada a mostrarla y hacerla conocer, lo que empieza a alarmar a EEUU. Por ejemplo, la creación del programa Space Force, anunciada por el vicepresidente yanqui Mike Pence, según el asesor de la Casa Blanca Michael Pillsbury, “tiene todo que ver con China” y con la ansiedad ante la posibilidad de un “Pearl Harbour espacial” o de un nuevo “momento Sputnik” (el shock del gobierno yanqui cuando los soviéticos lanzaron el primer satélite en 1957).

Al respecto, señala Rousset que “al despliegue terrestre de China hay que añadir el espacial. En 2011, una ley estadounidense excluyó a China de la Estación Espacial Internacional (ISSI). Ahora, a causa de ello, China se plantea construir la suya de aquí a 2025” (“¿Adónde nos puede llevar el conflicto?”, cit.). Además, se creó una unidad de cohetería de alta tecnología y una Fuerza de Apoyo Estratégico que tiene como blanco los canales de información de alta tecnología como sistemas satelitales y redes digitales enemigas, encargada de acciones de guerra electrónica, espacial, electrónica y hasta psicológica.

En 2018 esta unidad hizo ejercicios contra cinco unidades del EPL de un nivel de complejidad tal que generó admiración y alarma en el Pentágono. Según Rousset, China “está bien situada en la nueva carrera de armamentos, entre ellos las armas hipersónicas, capaces de amenazar desde lejos las fuerzas aeronavales y los territorios adversos. Las reglas de la guerra están cambiando” (ídem).

En el terreno de las armas nucleares, China tradicionalmente, desde los tiempos de Mao, tuvo la política de acumular el mínimo de ojivas necesarias para demostrar capacidad de represalia que actúe como disuasivo. En números, unas 300 cabezas nucleares, el 2% del total mundial, una cifra parecida a la de Francia o el Reino Unido. Pero aunque es posible que China busque un perfil menos modesto para su arsenal atómico, potencialmente más preocupante es el enfoque divergente de EEUU en cuanto a la estrategia bélica nuclear. Según Fiona Cunningham (Universidad de Washington) y Taylor Fravel (MIT), “mientras los chinos confían en su capacidad para evitar que una guerra convencional pase al plano nuclear, los estadounidenses confían en que podrán limitar el rango de una guerra nuclear”, a la vez que no hay por ahora ningún canal de diálogo bilateral sobre el uso bélico de la energía atómica, como sí lo hubo desde el comienzo con la ex URSS (TE 9170, “Warheads up”, 23-11-19).

Terminado el repaso somero que hemos hecho de los cambios en la infraestructura y tecnología militar china, pasemos a los aspectos más políticos relativos a cómo piensa la dirigencia china el sentido de su capacidad bélica. Aquí, como dijimos, la gran novedad es el abandono de la tradicional estrategia defensiva del PCCh, que viene de la época posrevolucionaria pero en realidad heredada de la tradición imperial de que el gran objetivo es, sobre todo, preservar el territorio. Algo que a su vez deriva de la larga historia de invasiones y colonizaciones sufridas por China a lo largo de su historia, en la que las guerras ofensivas o de conquista, en cambio, son virtualmente inexistentes.

Como resume Rousset, “Xi Jinping ha abandonado las concepciones estratégicas defensivas que prevalecían durante la era maoísta: cualquier invasor se enfrentaría a una guerra popular en la inmensidad del territorio chino; entonces la clave estaba en el ejército de tierra y en la capacidad de movilización popular. Ahora se han vuelto ofensivas: para asegurar la expansión del nuevo imperialismo, la clave está en la fuerza naval, la marina, tanto por razones generales (toda gran potencia necesita asegurar su presencia marítima en el mundo) como específicas: China posee una inmensa fachada marítima y necesita asegurarse un acceso seguro a los océanos Pacífico e Índico” (“Geopolítica china: continuidades, inflexiones, incertidumbres”, cit.).

En ese sentido, “una de las primeras decisiones estratégicas de Xi Jinping fue la de hacerse con el control de su parte meridional, declarando que se trata de un mar interior bajo autoridad china”, esto es, el disputado Mar de China Meridional, donde China afirma vigorosamente su soberanía con presencia naval de guerra permanente y la ocupación de islas, islotes o arrecifes –inclusive, creando varias islas artificiales– que ahora están erizadas de instalaciones militares, desde pistas de aterrizaje hasta baterías misilísticas, sistemas de telecomunicaciones y hangares, con una política de hechos consumados. Agrega Rousset que “allí ya han aterrizado bombarderos estratégicos H-6K (con capacidad nuclear), un gesto político en respuesta a los B-52 de EEUU. Sin duda, Pekín no puede prohibir el paso a la VII flota de EEUU ni bloquear el tránsito internacional, pero Washington tampoco puede hacer retroceder la presencia china sin poner en marcha un conflicto de muy alto voltaje” (ídem).

La respuesta de EEUU ha sido múltiple: propiciar o apoyar las protestas de los demás países ribereños de lo que China considera casi un lago interior (Filipinas, Vietnam, Indonesia, Malasia, Brunei y Taiwán), mantener de manera provocativa la actividad de la VII Flota yanqui en la zona y, de manera más indirecta pero más amenazante, desplegar baterías de misiles antimisiles THAAD en Corea del Sur, supuestamente contra un eventual de Corea del Norte, pero que podrían neutralizar dispositivos nucleares en China continental. Esta disputa es fuente de tensiones que, en caso de escalar, pueden rápidamente llevar a situaciones límite.

Otra fuente de conflicto igual o mayor es el ambiguo status de Taiwán. Como mencionamos más arriba, se trata de un país de hecho independiente, pero que China reclama como parte inseparable de su territorio, y los propios taiwaneses, al menos hasta hace no mucho, se consideraban chinos.4 En abril de 2018, China llevó a cabo las maniobras navales más amplias de su historia con el Liaoning, su segundo portaviones (el primero de fabricación china) en el estrecho de Formosa, un gesto espectacular “para proteger la soberanía y la integridad territorial de la patria”. La tensión se agrava con la política provocadora de Trump, que por ejemplo felicitó públicamente a la presidenta electa de Taiwán en 2016, Tsai Ing-wen, de inclinaciones independentistas, en un acto que China consideró lesivo para el principio de “una sola China”. Y Mike Pompeo, ex director de la CIA, furiosamente sinófobo y un halcón pro Taiwán, fue luego nombrado secretario de Estado de EEUU, es decir, encargado de las relaciones exteriores.

Sucede que en este tema, como advierte Rousset, “Xi Jinping no puede aceptar una solución de compromiso. El fundamento ideológico de su poder es el nacionalismo de gran potencia, que incluye la invocación del carácter sagrado de la integridad territorial de la China una, sin olvidar que la isla de Formosa se halla en el centro del espacio estratégico marítimo cuyo control le parece vital” (“Geopolítica china: continuidades, inflexiones, incertidumbres”, cit.). En el mismo sentido, sostiene Au Loong Yu: “La camarilla de Xi también es consciente de que tiene que eliminar su legado colonial, es decir, apoderarse de Taiwán y cumplir la unificación nacional. Pero esto le enfrentará necesariamente a EEUU, tarde o temprano. Por lo tanto, el problema de Taiwán contiene al mismo tiempo la dimensión de autodefensa de China (incluso EEUU reconoce que Taiwán es parte de China) y una rivalidad interimperialista” (“El ascenso de China a potencia mundial”, cit.).

También aquí, entonces, nos encontramos con el patrón de desigualdades brutales del “imperialismo con pasado de colonia” que señalamos en el capítulo inicial de esta segunda parte. Por un lado, la dirigencia china apunta a un plan militar de una ambición que esté a la altura de los grandiosos proyectos como la Nueva Ruta de la Seda y en general lo que se espera de una potencia global. Pero, por el otro, en el fondo de las preocupaciones sigue pendiente una cuestión básica que las demás potencias imperialistas tienen cumplida hace siglos como la reunificación e integridad territorial. Mientras el status de Taiwán –y, en otra escala pero con desafíos quizá más urgentes, el de Hong Kong– siga irresuelto, con contradicciones que además se siguen acumulando, la proyección geopolítica y militar de China va a seguir rengueando del mismo pie.

1 Aunque todo se pierde en la traducción, el nombre mismo del proyecto es altamente significativo. En chino es yi dai yi lu; literalmente, “un cinturón, un camino” (de allí que la traducción oficial al inglés fuera primero “one belt, one road”). Estas frases rítmicas de cuatro caracteres son usuales en chino para designar armonía e integridad en un sentido clásico, casi épico. Para un sinólogo británico, Eyck Freymann, evoca una imagen de China “avanzando para abarcar tierra y mar, a la vez abriéndose al mundo y uniendo el mundo a China de manera equilibrada y armoniosa”. A oídos chinos sugiere el antiguo concepto de tianxia (literalmente, “todo lo que está bajo el cielo”) que invocaban los emperadores. Este equilibrio, por otra parte, se logra cuando cada cual ocupa su lugar en la jerarquía. Es innecesario decir cuál sería el lugar de China en su armonía con el mundo. De paso, la nueva traducción oficial al inglés, “Belt and Road Initiative”, sugiere a la vez la posibilidad de múltiples “cinturones y caminos” (ya no sólo uno de cada uno, lo que permite la incorporación de la ruta del Ártico y otras) y elimina para oídos occidentales las connotaciones más épicas, remitiéndose a una aséptica “iniciativa” (cf. Ziegler, cit.).

2 No obstante, la crisis generada con la empresa de telecomunicaciones ZTE, amenazada de desaparición cuando Trump anunció un boicot de insumos vitales para la compañía, parece que habría dado a Xi motivos para encarar la cuestión con menos ínfulas y más cautela. Esta crisis “expuso el peligro de presentarse demasiado pronto como una gran potencia. Desde el conflicto en torno a ZTE y la guerra comercial, Xi ha hecho algunos ajustes tácticos y se ha distanciado un poco de su anterior declaración descarada sobre la condición de gran potencia de China” (Au Loong Yu, “El ascenso de China a potencia mundial”, cit.).

3 El hecho de que los chinos, pragmáticamente, pasen por alto el tipo de régimen político o gobierno del Estado con el que cierra acuerdos ya no puede ser señalado seriamente como un déficit por parte de Occidente, habida cuenta de que la política exterior del líder del “mundo libre”, Donald Trump, no parece exactamente atada a elevados principios de la democracia y los derechos humanos, como lo demostró el nulo impacto que tuvo para Arabia Saudita el asesinato del periodista Yamal Jashoggi en la embajada saudí en Estambul.

4 La complicada y, vista desde fuera, algo absurda solución de compromiso que todavía existe formalmente es que tanto China como Taiwán reconocen que hay “una sola China”, pero que no hay acuerdo entre ambas partes en cuál es el significado exacto y las consecuencias de esa formulación. Inclusive, hasta los acuerdos Nixon-Mao de 1971, el asiento correspondiente a China en el Consejo de Seguridad lo ocupaba en Sin embargo, a medida que se da un Taiwán un recambio generacional y se desvanece la memoria del régimen de Chiang Kai-shek, aflora cada vez con más un sentimiento propiamente nacional taiwanés, con una conciencia más definida de que se trata de dos naciones separadas.

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