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A principios del siglo pasado China era una sociedad básicamente agraria, pero donde estaba en curso un proceso de incipiente industrialización. Del imperio manchú, última dinastía imperial «precapitalista», sólo iba quedando la sombra, que se terminó de desplomar con la revolución burguesa de 1911. Entre ese año y 1949 se asistió a un interregno «nacionalista» y burgués, comandado por el Kuomintang. En el ínterin, aumentó cualitativamente la subordinación del país al capitalismo imperialista mundial y continuó el deterioro de una nación crecientemente ocupada por distintas potencias, en particular, a partir de 1931-7 y hasta 1945, por el imperialismo japonés.

Con la unidad nacional cuestionada desde el mismo año de una revolución burguesa en el fondo fallida, el tremendo sometimiento al imperialismo, simbolizado en el período 1842-1949, llamado el «siglo del tratado» –esto es, de expoliación imperialista y ocupación directa de ciudades y territorios– y una creciente crisis agraria, quedaban establecidas las tareas que la usuraria y parasitaria burguesía china de los «compradores» no fue capaz de resolver. Y que hasta cierto punto, fueron «resueltas» con la revolución campesina anticapitalista de 1949. Cabe entonces empezar por comprender el terreno sobre el cual se forjó la tercera revolución china, que explican en parte tanto sus alcances anticapitalistas como sus límites respecto de una dinámica auténticamente obrera y socialista.

China del norte, del sur, interior y costera

Para un somero repaso de las características generales e historia del país a comienzos del siglo XX nos apoyaremos en el trabajo de uno de los mayores especialistas contemporáneos en el país J. K. Fairbank China, una nueva historia (Barcelona, Andrés Bello, 1996). Es importante partir de fuentes confiables, porque la distancia geográfica, cultural e idiomática entre China y Occidente hace que incluso hoy el estudioso del Lejano Oriente deba aproximarse a esa realidad con la mediación de lo que se solía llamar «sinólogos».

Fairbank da cuenta de la existencia de cuatro «macro-regiones» con agudos contrastes entre sí, características específicas y determinaciones particulares. Se trata de las regiones de la China del norte y del sur, marcadas por un campesinado en condiciones diversas en lo que hace al acceso a la tierra; la China costera, marcada por el comercio internacional y el emergente proletariado, y la China interior, marcada históricamente por poblaciones nómades. Citaremos in extenso:

«Nuestra idea acerca de la diversidad de China es primeramente visual. El viajero (…) suele identificar dos paisajes típicos: uno de China del Norte y otro de China del Sur.Sobre la seca llanura de China del Norte, al sur de Pekín, donde floreció por primera vez la civilización china, se puede apreciar durante el verano una infinita extensión de prados, interrumpidas por zonas de un verde aún más oscuro (…). El paisaje es muy similar al del Medio Oeste norteamericano de hace algunas décadas, en que las granjas con sus arboledas se encontraban separadas unas de otras aproximadamente por 800 metros. Sin embargo, donde la zona maicera norteamericana tiene una sola granja, en la llanura de China del Norte existe una aldea completa. Mientras la familia de un granjero norteamericano dispone sus barracas y graneros dispersos entre sus campos de Iowa o Illinois (a una distancia de 800 metros de sus vecinos), en China, una comunidad entera compuesta por varios cientos de personas vive en su aldea salpicada de árboles, a 800 metros de la aldeas vecinas. A pesar de su experiencia granjera, el pueblo norteamericano es incapaz de apreciar como la densidad de población sutilmente condiciona cada acto y pensamiento de un agricultor chino.

«En China del Sur, el cuadro es completamente distinto. Allí, durante la mayor parte del año, los arrozales están inundados; desde el aire sólo se distingue una gran superficie de agua. El terreno verde es escarpado, y las planas terrazas arroceras (en forma de media luna) se elevan hasta la cima de cada colina, descendiendo del mismo modo por el otro costado, terraza tras terraza en una sucesión infinita (…). Nadie puede volar sobre las verdes colinas escarpadas del sur sin preguntarse dónde viven los mil y tantos millones de personas de China, y qué comen: las vastas extensiones de montañas y valles no parecen muy cultivables ni estar más que escasamente pobladas. Esta impresión de un gigantesco paisaje vacío se ve reflejada estadísticamente en el cálculo de que seis séptimos de la población deben vivir en el único tercio de la tierra que es cultivable. La zona poblada de China corresponde aproximadamente a la mitad de la parte poblada de Estados Unidos, aunque posee cinco veces más habitantes (…). El área seca, de trigo y mijo de China del Norte y las húmedas zonas arroceras del sur se hallan divididas por una línea casi a medio camino entre el río Amarillo (Huang) y el Yangtsé, en el paralelo 33. La lluvia, el suelo, la temperatura y las diversas costumbres crean contrastes impresionantes entre estas dos regiones económicas.

«Los crudos inviernos continentales de China del Norte, parecidos a los del Medio Oeste norteamericano, restringen la temporada de cultivo a cerca de la mitad del año. En el extremo sur, en cambio, se cultiva todo el año y el arroz se recoge dos e incluso tres veces. Esto explica por qué la mayoría de los chinos vive en la región arrocera del sur, más fecunda (…).8 Tanto en el norte como en el sur, los recursos naturales se complementan con el incansable esfuerzo humano, del cual la industria del abono de letrina es sólo una de sus formas más espectaculares: sin devolver los excrementos humanos –o fertilizantes químicos equivalentes– a la tierra, ninguna región de China podría producir suficientes cosechas para alimentar a su actual población» (Fairbank, pp. 26-27 y 33).

Aquí quedan planteados algunos elementos imprescindibles de ubicación respecto de las condiciones «naturales» y el terreno material sobre el que se desarrolló la revolución. Al mismo tiempo, nada más lejos de nuestra intención que adscribir al determinismo del tipo de los mencheviques rusos, según quienes, dado el atraso de un país, éste debía pasar, necesariamente, por una «fase de desarrollo burgués» antes de poder encarar la perspectiva de la revolución socialista. En nuestro concepto, el núcleo de la explicación de la revolución de 1949 no pasa por las condiciones económico-sociales generales, sino por sus características específicas socio-políticas. No obstante, el hecho de que la revolución haya provenido de lo más atrasado y no de lo más avanzado de la sociedad china de la época no dejaría de tener consecuencias negativas, que se exacerbarían ante el carácter nacionalista estrecho y no proletario-internacionalista de la corriente maoísta.9

Una sociedad agraria de incipiente industrialización

Hasta hoy, a comienzos del siglo XXI, la mayoría de la población china sigue viviendo en el campo. Sin duda, en la actualidad China es un país con un desigual pero alto grado de desarrollo industrial manufacturero, un «taller» de la economía capitalista mundializada(algo que retomaremos al final de este trabajo).

Pero a comienzos del siglo XX era un país predominantemente agrario en sus nueve décimas partes, que, no obstante, estaba comenzando un incipiente proceso de industrialización, que se aceleró como producto de las necesidades creadas por la I Guerra Mundial, tal como ocurrió en otras zonas coloniales del mundo.

En su mayoría, este incipiente desarrollo se concentró en las ciudades de la costa del sur de China, tales como Cantón, Shangai, Hong Kong y Hangking, sede del pequeño pero dinámico proletariado emergente en la década del 20. Junto con esto, en virtud de su subordinación creciente al mercado mundial –a pesar de la permanencia de características de «autosuficiencia» económica10–, de manera extremadamente desigual y combinada, China ya era una sociedad dominantemente capitalista, incluso en el campo. Sin embargo, desde el punto de vista poblacional en su conjunto, la sociedad china seguía siendo de radicación abrumadoramente agraria.

Dice J.K. Fairbank: «Las implicaciones sociales de la agricultura intensiva [en el uso de la fuerza de trabajo humana y el carácter de los cultivos arroceros. RS] se ven sobre todo reflejadas en la economía arrocera, la columna vertebral de la vida china en cualquier lugar del valle del Yangtsé y del sur del país (…). Buena parte de este proceso (la siembra y cosecha) aún se realiza manualmente: hileras de personas agachadas desde la cintura, y con las fangosas aguas de las terrazas hasta los tobillos, retroceden paso a paso efectuando dicha operación. Es lo que ocurre en los arrozales de todo un subcontinente y, ciertamente, se trata del mayor desgaste de fuerza muscular del mundo(…). Aquí la tierra tiene más valor que la mano de obra (…). Debido a la carencia tanto de tierra como de capital, el campesino chino se ha concentrado en un tipo de agricultura intensiva de gran rendimiento basada en la mano del hombre, y no en la agricultura altamente mecanizada» (Fairbank, p. 38).

No se habla sólo de circunstancias pasadas: por el contrario, Fairbank se está refiriendo a las condiciones todavía imperantes en el campo chino en la actualidad y que dan cuenta del fracaso respecto de un auténtico proceso de colectivización y socialización agraria de la producción, proceso que es un hecho que no tuvo lugar.

«La intensa aplicación de mano de obra y fertilizantes en pequeñas porciones de tierra ha tenido (…) sus repercusiones sociales, puesto que establece una dependencia recíproca entre la densa población y el uso intensivo del suelo, donde lo uno hace posible lo otro (…). Una vez establecida, esta economía siguió funcionando por inercia: el agotador trabajo de muchas manos se convirtió en la norma, y los esfuerzos inventivos par ahorrar mano de obra fueron la excepción (…) el pueblo campesino, que hoy continúa siendo la base de la sociedad china, todavía se compone de unidades familiares que permanecen de generación en generación y dependen del uso de ciertas posesiones de tierra. Cada morada familiar es una unidad social y económica. Sus miembros se ganan el sustento trabajando en sus tierras, y su nivel social lo adquieren por pertenecer a dicho hogar. El ciclo vital del individuo en un pueblo agricultor se halla estrechamente vinculado al ciclo estacional de una agricultura intensiva. La vida y la muerte de los campesinos sigue un ritmo que se compenetra con el crecimiento y el cultivo de las cosechas» (Fairbank, pp. 38 y 45).

Sin duda, en la China de hoy, la mayor parte del PBI se genera en las ciudades y las industrias. Pero, al mismo tiempo, es un hecho que, incluso en la actualidad, la mayor parte de la población vive en el campo. Con mucho mayor motivo, entonces, cuando la revolución de 1949. Allí asistimos a un sujeto social campesino que vivía mayoritariamente en las condiciones aquí descriptas: una clase campesina pequeña propietaria o que había sido despojada de sus tierras.11

Las ciudades del «Tratado»

En la costa sur del país (ciudades como Shanghai, Hong Kong y otras), estaban radicadas tradicionalmente las sedes del comercio exterior chino. Estas ciudades, desde finales de los años 40 del siglo XIX (luego de la derrota de China en la «guerra del opio») habían quedado bajo control de las potencias imperialistas: se las llamaba ciudades bajo Tratado. Pero junto con su evidente sometimiento y expoliación, fueron los centros de una incipiente industrialización y un relativamente pequeño pero muy dinámico proletariado.

Este es el proletariado que protagonizó la revolución frustrada de 1925-27 y que dio lugar a la conocida controversia acerca del carácter de la revolución china. No sólo entre el trotskismo y el estalinismo, sino incluso en el seno de la Oposición de izquierda. Contra Evgeni Preobrajensky (eminente economista, miembro de la Oposición hasta su capitulación), León Trotsky defendió que la revolución china tendría una connotación «más directamente socialista» desde su mismo comienzo que la rusa, en la medida en que el país se encontraba más sometido que la Rusia de los últimos zares al control directo de la economía mundial capitalista-imperialista.

China era a comienzos del siglo XX, entonces, una sociedad agraria de incipiente industrialización, enormemente desigual pero crecientemente integrada y subordinada al giro del capitalismo-imperialista mundial. Una economía proto-capitalista colonial emergente, claramente dividida, económicamente hablando, en dos regiones: la de las ciudades costeras, orientadas hacia el exterior –a la que se debe sumar, bajo la ocupación japonesa, el importante desarrollo industrial en la región norteña de Manchuria–, y un campo mercantilizado pero volcado sobre sí mismo.

El dirigente trotskista Ernest Mandel realizó un sobrio análisis de las condiciones más generales de la revolución de 1949 (aunque con otros problemas de análisis que veremos más abajo). Marcaba los contrastes del desarrollo extremadamente desigual de la China de mediados del siglo XX: «Con 500 millones de habitantes en un continente vasto como Europa; población nómada viviendo al lado de un proletariado moderno; la lámpara de kerosén y los hidrocarburos de Rockefeller penetrando las más pequeñas ciudades del sur, mientras la moneda permanece desconocida en vastas regiones; esta es la China de hoy, un clásico ejemplo del desarrollo histórico combinado (…). La penetración del capital internacional industrializó una insignificante franja costera y una miríada de provincias del norte; en el resto del país, fue limitada a la destrucción de una producción artesanal de siglos y a la opresión de los campesinos bajo la carga de la usura. Entre el capital internacional y la masa de la población china emergió una clase de intermediarios, los ‘compradores’, que viven de la ganancia comercial garantizada a ellos por los inversores extranjeros y su conversión en capital usurario».12

Esta industrialización de una franja «insignificante» del país, sumada al carácter parasitario de la clase de los compradores, hace a los retardos en el desarrollo de una clase burguesa específicamente capitalista. Fairbank documenta esto de manera convincente, señalando que, incluso en medio de un muy importante desarrollo del comercio, el peso rural de la economía y el hecho de la complementación de las labores agrícolas campesinas con el desarrollo de una artesanía familiar fueron elementos inhibidores de un desarrollo capitalista sobre la base de una mano de obra asalariada libre.

A esto se le vino a sumar la estrecha relación entre los ricos de las localidades (los terratenientes) con el funcionariado del Estado y la sistemática opción por elacaparamiento de tierras y la usura, algo que medió hasta prácticamente comienzos del siglo XX la emergencia de una clase capitalista independiente, que de todos modos permaneció siempre raquítica. No es casual que por esto, bajo el mando del Kuomintang en las primeras décadas del siglo XX, la clase burguesa se dividiera entre la directamente vinculada al imperialismo y la capa «capitalista-burocrática», es decir, aquellas industrias bajo la gestión directa del Estado nacionalista o del grupo de familias íntimamente ligado a él.

En este sentido, «la industria estaba ‘ruralizada’ (…) o ‘familiarizada’ (…); es decir, el trabajo artesanal de las mujeres campesinas producía artículos en forma más económica de lo que podían hacerlo las industrias de la ciudad o las hilanderías de seda (…). No se trataba tanto de un síntoma de capitalismo incipiente como del ingenio del agricultor chino para complementar su insuficiente ganancia debida a parcelas de tierra demasiado pequeñas (…) el capitalismo no pudo prosperar en China porque el mercader nunca fue capaz de independizarse del control de la nobleza terrateniente y de sus representantes en la burocracia. En la Europa feudal (…) los burgueses medievales lograron su independencia estableciendo comunidades urbanas separadas de los feudos (…). En China estas condiciones no se dieron (…) la clase de la nobleza –como un estrato de élite sobre la economía campesina– encontró su seguridad en la tierra y en el cargo, no en el comercio y la industria. Entre ellos, la nobleza y los funcionarios se encargaron de mantener a los mercaderes bajo control y contribuyendo a sus arcas, en lugar de establecer una economía separada» (Fairbank, pp. 212 y 222).

Es en estas condiciones que se explica el retraso del desarrollo capitalista y el hecho de que, en sus comienzos, éste estuviera ligado a las ciudades costeras abiertas al comercio internacional y sometidas a las potencias extranjeras. Pero retraso no significa inexistencia de este incipiente desarrollo a partir de comienzos del siglo XX: «Un mayor comercio hizo crecer los pueblos mercantiles dedicados al comercio y la industria (…). Particularmente en el delta del Yangtsé, estos pueblos recién establecidos fueron testigos de cómo los talleres artesanales comenzaron a utilizar la mano de obra sobre una base capitalista. La élite del pueblo estaba constituida por mercaderes, mientras que una fuerza laboral libre para desplazarse, comenzó a aparecer como un genuino proletariado, a menudo organizado en cuadrillas laborales administradas por contratistas jefes. Cada vez más campesinos abandonaban la actividad agrícola por la artesanía, mientras otros se dedicaban al emergente sector del transporte» (Fairbank, p. 218).

Según otro especialista en China, B. I. Schwartz, «el aspecto teórico de la línea de Trotsky está marcado por la insistencia de que los intereses de la burguesía en las áreas atrasadas no están diametralmente opuestas a aquellos de la burguesía imperialista. Por el contrario, sus intereses ya están estrechamente ligados a aquellos del imperialismo mundial. El imperialismo ya ha hecho de las ‘relaciones capitalistas’ la relación económica dominante en la sociedad china, incluso en el campo» (El comunismo chino y el ascenso de Mao, p. 82).

Revolución desde las cuevas

En abierto contraste con las ciudades costeras y la China del sur del valle del Yangtsé (la región más desarrollada del país a partir del siglo XVII), la China del norte, sede del PCCh a lo largo de más de una década, había sido la cuna histórica del Imperio, pero hacía siglos que había caído en el atraso más extremo.

Mirá también:  De la revolución de 1911 a la revolución de 1949

Fairbank describe así la región de Yenan: «Desde el neolítico hasta el presente, el pueblo de China del Norte ha construido viviendas en fosas o casas en cuevas sobre el fino y volátil suelo amarillo de los loes, que cubre cerca de 260.000 kilómetros cuadrados de la China del noroeste, hasta una profundidad de 45 metros o más. El loes tiende a resquebrajarse verticalmente, lo que resulta muy útil para este propósito. Cientos de miles de personas viven hasta hoy en cuevas construidas en los costados de los farallones de los loes» (Fairbank, p. 36).

Es en estas cuevas en las que se refugiaron y vivieron durante años (1937-45) Mao y su Ejército Rojo campesino tras llegar a Yenan luego de la «Larga marcha».13 Es necesario subrayar el enorme contraste entre ambas zonas del país: se trataba de una región apartada y de un inmenso atraso respecto de la región sur en su conjunto, por no hablar de las ciudades costeras, señaladas como sede del emergente proletariado y «naturalmente» orientadas hacia el cosmopolitismo. Hasta en este aspecto la revolución china de 1949 fue el «modelo» opuesto a la revolución rusa de 1917 (o a la propia revolución obrera frustrada de 1925-27).

Así lo destaca el conocido biógrafo de Trotsky, Isaac Deutscher: «El maoísmo, desde el principio, fue semejante al bolchevismo en dinamismo y vitalidad revolucionarias, pero se diferenció de él por su relativa estrechez de horizontes y por la falta de contacto directo con los desarrollos críticos del marxismo contemporáneo. Uno vacila al decirlo, pero lo cierto es que la revolución china, que por su ámbito, es la mayor revolución de la historia, fue dirigida por el más provinciano e ‘insular’ de los partidos revolucionarios. Esta paradoja muestra en todo su relieve el poder inherente de la propia revolución».14

No nos detendremos a discutir ahora el carácter «revolucionario» que le atribuye Deutscher al PCCh ni los alcances del poder «inherente de la revolución»; sí queremos subrayar los elementos que destaca. Estrechez nacional, provincianismo e insularidad, agravados por el abandono total del trabajo urbano y el desplazamiento a las zonas campesinas y agrarias más atrasadas y aisladas del país: ésta fue la forja de la corriente maoísta y su aspiración a una estrategia «agrarista».15

En el mismo sentido, agrega Deutscher: «Como señaló Lenin, el bolchevismo seguía las huellas de varias generaciones de revolucionarios rusos que habían respirado el aire de la filosofía y del socialismo europeos. El comunismo chino no tiene semejantes antepasados. La arcaica estructura de la sociedad china y la autosuficiencia, profundamente arraigada, de su tradición cultural, eran impermeables a los fenómenos ideológicos europeos» (Deutscher, p. 125).

¿Qué consecuencias tuvieron estos factores a la hora de la revolución de 1949? ¿Qué problemas acarreó su desplazamiento desde las zonas urbanas proletarias más avanzadas y cosmopolitas del país a las zonas más atrasadas, aisladas y agrarias? ¿Qué implicancias tuvo la orientación «romántico / agrarista» de la corriente Mao respecto de la verdadera naturaleza social y política de la revolución de 1949? ¿Hasta qué punto la ausencia total del proletariado y de elementos orgánicos de autodeterminación campesina afectó el carácter de la revolución? Estas son algunas de las cuestiones que intentaremos develar en este trabajo.

Comunidad de mercado

Si de lo que se trata es de establecer la dinámica socio-política de la revolución de 1949, es importante dejar establecida la estructura social del campo y las pautas de la rebeldía campesina. Nos apoyaremos aquí en Fairbank, Skocpol y Schwartz, todos especialistas en China. Hacemos la salvedad de que, dado que ninguno de estos autores es marxista, queda a nuestro cargo la interpretación de los hechos en clave del materialismo histórico.

Hay que partir de dejar establecido el carácter de pequeño propietario y productor privado del campesino chino. «Para comprender cabalmente esta situación en su particular forma china, hemos de notar que la unidad básica de comunidad en la China tradicional no era la aldea individual (es decir, un puñado de residencias campesinas y/o parcelas individuales), sino la comunidad de mercado, compuesta por un núcleo de aldeas. Como ha escrito G. W. Skinner: ‘lo que puede llamarse plano básico de la sociedad china era esencialmente celular. Aparte de ciertas zonas remotas y escasamente colonizadas, el paisaje de la China rural estaba ocupado por sistemas celulares de forma aproximadamente hexagonal. El núcleo de cada célula era de aproximadamente 45.000 poblados de mercado (a mediados del siglo XIX), y su citoplasma puede verse, en primera instancia, como la zona mercantil del mercado del pueblo. El cuerpo de la célula –o sea, la zona inmediatamente dependiente del poblado– típicamente incluía de quince a veinticinco aldeas, habitual, pero no necesariamente nucleadas’. Aun cuando residieran y trabajaran en aldeas aisladas, la comunidad de mercado era el mundo local de los campesinos. Allí vendían y compraban regularmente en los mercados periódicos, obtenían servicios de artesanos, préstamos, participaban en los ritos religiosos y encontraban parejas para casarse.

«Los ricos de la localidad, no los campesinos, aportaban directa o indirectamente la guía para las actividades sociales organizadas dentro de la comunidad del mercado y representaban a la localidad en sus interfases dentro de la sociedad en general. Los clanes y muchos tipos de asociaciones que reclutaban campesinos organizados por doquier con propósitos religiosos, educativos, benéficos o económicos tendían todos a basarse en las comunidades de mercado y eran administradas por los ricos.Especialmente en las localidades más prósperas y estratificadas internamente, los ricos organizaban y controlaban las milicias y otras organizaciones que, en realidad, funcionaban como canales de control popular y socorro a los pobres. Irónicamente, esto significó que los ricos, en las zonas con más altas tasas de tenencia, acaso eran los menos susceptibles a las revueltas campesinas locales, basadas en los clanes, contra sus privilegios. Pero lo mismo ocurrió por toda China: los ricos, al crear y encabezar las organizaciones locales, se ganaban o cooptaban a los campesinos, aumentando así su poder de negociación local en relación con los funcionarios imperiales, desviando de sí mismos la potencial hostilidad» (Skocpol, p. 242).

En estas condiciones, «donde los nexos de asociación, clientelas y cuasi parentesco pasaban por encima de las distinciones de clase entre los campesinos y los terratenientes de la China tradicional, los campesinos de las aldeas estaban en gran parte aislados y en competencia entre sí. Como lo ha dicho Fei Hsiao-Tung: ‘por lo que hace a los campesinos, la organización social se detiene en el vecindario apenas organizado. En la estructura tradicional, los campesinos viven en pequeñas células que son las familias, sin poderosos nexos entre células’. Salvo donde las organizaciones dirigidas por los ricos desempeñaron una función clave (por ejemplo, al construir y mantener obras de riego), la producción agrícola era administrada por familias individuales, básicamente nucleares. Estas familias habían de poseer o alquilar sus propias tierras y poseer o comprar su propio equipo y (en caso de ser necesario) trabajo suplementario. Las familias constantemente estaban maniobrando para adquirir más de sus vecinos, en un sistema en que los factores de producción podían comprarse y venderse, y donde los muy pobres podían ser completamente derrotados. No había tierras comunes para que los propios campesinos las administraran; si los clanes o las organizaciones poseían tierras, eran administradas a su vez por los ricos o sus asociados. Y los campesinos rara vez cooperaban desempeñando labores agrícolas, salvo sobre una base comercial-contractual. En suma, a menos que los campesinos chinos se organizaran bajo la égida de los ricossolían permanecer en un aislamiento competitivo» (Skocpol, p. 243).

La comunidad de mercado, como centro nervioso del campo chino, es un elemento de inmensa importancia para comprender su estructura. Tradicionalmente, el campo chino había estado enormemente mercantilizado, así en las formaciones precapitalistas no se tratara de un campo ya capitalista. Sin embargo, en el siglo XX, y como había establecido León Trotsky, en la medida en que los ricos chinos iban formando cada vez más parte del giro del capitalismo mundialla revolución agraria contra los terratenientes se trataba de una revolución «anticapitalista».

A este respecto, Mandel retoma el análisis de Trotsky:

«La usura era la consecuencia directa de la exorbitante tasa de renta que impedía que los campesinos acumularan al menos un fondo de reserva. Ella se expandió considerablemente con la comercialización de la agricultura que ligaba el valor de las cosechas a las fluctuaciones del mercado mundial (…) El histórico desarrollo desigual de China encuentra su más fiel reflejo en el desigual desarrollo de la agricultura en las diferentes regiones de China (…). En el norte de China, los pequeños terratenientes predominan; en el sur, los arrendatarios constituyen la mayoría del campesinado (…). En 1936, el profesor Chen Han-Seng estimaba que el 65% del campesinado chino o no posee tierras o posee tan pocas que no puede vivir de ellas.

«La agricultura china está de todos modos marcada por una fuerte diferenciación en la forma de pago de la renta agraria (…). Los propios terratenientes son ellos mismos muy diferentes. En el norte, viven en general en sus tierras; el capital va de la ciudad al campo; los mercaderes tienden a transformarse en terratenientes. Por el contrario, en el sur, el propietario generalmente vive en las ciudades e invierte las rentas que recibe en finanzas o industria. El capital va del campo a la ciudad. En ambos casos, sin embargo, la capitalización de la renta agraria nunca se realizó por la vía de la industrialización y mecanización de la agricultura, el mejoramiento de la tierra o el crecimiento de la productividad del trabajo. Se hizo bien sacándole tierras al campesino arruinado y parcelándolo para otros campesinos que lo trabajaban con los mismos arcaicos métodos, bien por intermedio de la usura (…). Esto explica el considerable retraso en el desarrollo de la agricultura en relación al crecimiento de la población» (La tercera revolución china, pp. 154 ss.).

En suma, el carácter mercantil y no comunal del trabajo de la tierra, la adquisición de los bienes y la mercantilización tan acentuada del campo chino hacían que lejos de encontrarse en «comunidad», los campesinos chinos compitieran entre sí. Y allí donde había organizaciones comunes, a su frente, en los centros de las localidades, estaban los ricos. No había entonces elementos o tradición de comuna rural «colectivista», ni, por tanto, organizaciones propias independientes o semi-independientes de los campesinos. Sobre esta realidad de atomización y competencia entre sí de los campesinos se vino a montar el PCCh.

La ausencia de tradición comunal

Cabe comenzar por aclarar los términos. Por «tradición comunal» nos referimos a casos como la «comuna rural rusa» tratada por Marx en su famoso intercambio de cartas con Vera Zasulich o, por ejemplo, a países del altiplano latinoamericano, donde se llevaba a cabo la producción de una manera en gran medida colectiva. Esto creaba (y crea) la base material de una serie de tradiciones políticas y sociales de «democracia primitiva» entre los campesinos, mayormente ausentes en China.

Establecer esto es importante, porque autores como Deutscher afirman algo livianamente la existencia de una tradición comunal en China: «Cuando Marx y Engels hablaron de la clase obrera como el agente del socialismo, dieron por supuesta, obviamente, la existencia de esta clase. Su idea no era pertinente para una sociedad preindustrial en la cual aquélla no existiera. Hay que señalar que ellos mismos subrayaron esta cuestión más de una vez, y que incluso admitieron la posibilidad de una revolución como la china; así, en su correspondencia con los narodnikis rusos en los años 1870 y 1880. Sabemos que los narodnikis consideraban que la fuerza revolucionaria rusa fundamental, la constituían los campesinos, pues entonces no existía en el país una clase obrera industrial. Esperaban que, al preservarse la obshchina, la comunidad rural, la Rusia de los mujiks encontraría su propia vía al socialismo y evitaría pasar por el desarrollo capitalista. Marx y Engels no rechazaron esta esperanza como infundada» (Deutscher, p. 152). Lo que evidentemente se le escapa a Deutscher es que en China no había, ni económica ni políticamente, tradición de comuna rural, sino algo totalmente diferente, una tradición de «comunidades de mercado». Éste fue un factor decisivo en el que se apoyó el PCCh para inhibir toda posible dinámica de auténtica revolución socialista agraria.

Para terminar de dar cuenta de las características de la comunidad de mercado, es necesario incorporar más determinaciones. Dice J. K. Fairbank: «En todo caso, normalmente la vida del campesino chino no se veía confinada a un sólo pueblo, sino más bien a un grupo de aldeas que formaban un área comercial. Esa figura puede observarse desde el aire: una estructura celular de comunidades mercantiles, cada una centrada en una aldea dedicada al comercio y rodeada por un anillo de aldeas satélites. El campo prerrevolucionario chino era un panal de estas áreas relativamente autosuficientes. Desde la aldea comercial partían senderos (…) en dirección a un primer anillo de alrededor de seis aldeas, continuando hasta un segundo anillo compuesto por unas doce aldeas. Cada una de estas cerca de dieciocho aldeas tenía quizá 75 casas, y en cada una de ellas vivía una familia de cinco personas en promedio (…). Ninguna de las aldeas se encontraba a más de 4 kilómetros de la aldea comercial (…). Formaban (…) una comunidad de aproximadamente 1.500 hogares o 7.500 personas. La aldea funcionaba con días fijos de mercado (…) en esta pulso del ciclo mercantil, una persona de cada familia podía dirigirse al mercado cada tres días (…). En diez años, un agricultor habría ido unas mil veces al mercado. Así, aunque las aldeas no eran autosuficientes, la gran comunidad del mercado constituía una unidad económica y todo un universo social» (Fairbank, pp.45-46).

Así, un elemento distintivo señalado por todos los historiadores serios de China es el carácter fuertemente mercantil del campo prerrevolucionario chino. Este intenso desarrollo «mercantil simple»16 no necesariamente implicaba que el campo fuese capitalista, pero fue adquiriendo cada vez más este carácter, a partir del imbricamiento de los ricos de las localidades con el capitalismo mundial.

En el mismo sentido se orienta el análisis de Theda Skocpol: «La revolución china es, de común consenso, la revolución social más obviamente basada en los campesinos de las tres que hemos presentado en este libro (la francesa, la rusa y la china). Así pues, por sorprendente que pueda parecer, las estructuras políticas agrarias de clase y locales de la China del antiguo régimen (…) se parecían a las de Inglaterra y Prusia en ciertos aspectos clave. Analizando las estructuras agrarias chinas en una perspectiva comparada, nos pondremos en posición de comprender los diferentes ritmos y pautas del interregno revolucionario de China entre 1911 y 1949. Una revolución campesina contra los terratenientes a la postre ocurrió, como en Francia y en Rusia, pero los campesinos chinos carecían del tipo de solidaridad y autonomía que ya existía en sus estructuras y que permitieron a las revoluciones agrarias de Francia y Rusia surgir rápidamente y con relativa espontaneidad, en reacción al desplome de los gobierno centrales de los antiguos regímenes. En contraste, la revolución agraria china fue más prolongada; y para su consumación requirió que la conquista militar estableciera ‘zonas de base’, dentro de las cuales pudieran ser creadas para los campesinos organizaciones colectivas y libertad del control directo de los terratenientes» (Skocpol, p. 240).

Se trata de un elemento de inmensa importancia para el decurso de la revolución: la ausencia en China de una tradición de acción y organización independiente de su población campesina. Si, desde antiguo, las organizaciones de las localidades eran copadas por las capas superiores de los ricos de las villas, en el proceso revolucionario estas organizaciones fueron copadas y/o cooptadas por el PCCh.

Esto mismo es lo que subraya una y otra vez Peng Shu-Tse en su Informe: «Este movimiento bajo el liderazgo del PCCh no sólo se negó a movilizar las masas trabajadoras, sino que incluso se abstuvo de llamar a las masas campesinas a organizarse, a pasar a la acción, a involucrarse en una lucha revolucionaria (echar a los terratenientes, distribuir la tierra, etc). Como muestran los hechos, el PCCh sólo se basó en la acción militar del ejército campesino en vez de la acción revolucionaria de las masas obreras y campesinas».

Continuemos con el análisis de Skocpol:

«Como en la Francia del siglo XVIII y en la Rusia zarista después de la emancipación, la vida agraria en China había sido considerablemente modelada por las relaciones rentistas entre campesinos y terratenientes, aun cuando el grado de desigualdad de tenencia de la tierra fuese menor en China. Cerca del 40% de todas las tierras estaba alquilado, relativamente mucho más en el sur y menos en el norte [lo que marca un mayor desarrollo relativo proto-capitalista del campo en el sur que en el norte. RS]. Entre el 20 y el 30% de todas las familias campesinas alquilaban todas las tierras que trabajaban, y muchas tenían las partes alquiladas para suplementar sus propias pequeñas tenencias. Los terratenientes que no trabajaban ni vivían en las aldeas (aunque a menudo vivieran en los pueblos locales) poseían cerca de tres cuartas partes de las tierras alquiladas. Esto significa que poseían alrededor del 30% de las tierras en total, y tales tierras les producían rentas hasta del 50% de la cosecha. Por estos simples hechos acerca de la tenencia de la tierra, podríamos concluir que los terratenientes chinos eran considerablemente más débiles y los campesinos chinos considerablemente más fuertes que sus homólogos respectivos en Francia y en Rusia.

Mirá también:  Au Loong Yu: “La burocracia china ha privatizado el Estado”

«Pero no ocurrió así, ni en lo económico ni en lo sociopolítico. Es importante recordar que la clase acomodada china asignaba sus excedentes no sólo mediante alquileres de tierra. También obtenía ingresos mediante tasas de interés de usura en los préstamos a los productores campesinos, compartiendo los impuestos imperiales y las sobretasas locales, y exigiendo ciertas cantidades para organizar y dividir las organizaciones y los servicios locales (como clanes, sociedades confucianas, obras de riego, escuelas y milicias). De manera semejante, los impuestos imperiales eran una fuente de ingreso para las clases dominantes francesa y rusa, pero la usura y los diversos impuestos y cargos locales fueron formas de asignación de excedentes mucho más distintivas de los ricos chinos. A su vez, éstos reflejaron y dependieron del hecho de que, en agudo contraste con los señores franceses y los terratenientes rusos, los ricos chinos tenían una posición preponderantemente organizativa dentro de las comunidades locales. Su posición fue un tanto análoga, especialmente en sus consecuencias políticas sobre el campesinado, a la hegemonía local de la clase terrateniente inglesa y a los junkersprusianos» (Skocpol, p. 240-41).

Esto es, las organizaciones de los centros de las localidades, estaban políticamente copadas por los señores y no eran organizaciones propias de las comunidades campesinas, cuestión claramente distintiva a la tradición comunal rusa.

«Los campesinos chinos no tuvieron sus propias comunidades de aldea en oposición a los terratenientes. Y aun cuando eran pequeños terratenientes (…), los campesinos chinos, como sus desventurados homólogos ingleses y prusianos, carecían de nexos entre sí que pudiesen apoyar la solidaridad de la clase comunal contra los ricos. En cambio, los ricos nobles chinos dominaban las comunidades rurales locales de tales maneras que simplemente, favorecían la posición económica (por simple tenencia de la tierra) y mantenían a un campesinado fragmentado internamente bajo un firme control sociopolítico» (Skocpol, p. 241).

Es decir, la propia formación no comunal del campesinado chino (básicamente propietario y trabajador privado) hizo a la tradicional falta de elementos de agregación y organización comunes, elemento en que se montó el dominio de los ricos de las villas y, posteriormente, el propio encuadramiento del PCCh en el campo.

A una conclusión análoga llega el especialista chino en estudios agrarios Qin Hui, que compara las tradiciones rurales rusa y china: «La apuesta fuerte de Stolipin [a la privatización de las tierras] fracasó porque subestimó la cohesión moral de las comunidades aldeanas rusas, que se resistían a que las familias aisladas se ‘apartaran’ de las prácticas de propiedad colectiva de la tierra (…) las comunidades aldeanas (…) tenían una tradición igualitaria muy fuerte, pero también autónoma que unía a todos los campesinos en una economía moral común. La colectivización soviética se demostró un desastre. En China, por otra parte, el partido tenía un fuerte arraigo en el campo, por lo que disfrutaba del respeto de los campesinos después de la liberación, mientras que las aldeas carecían del tipo de organización autónoma y colectiva que distinguía al mir[comuna] ruso (…). Más o menos coincido con esta descripción de las colectivizaciones rusa y china, aunque creo que en China la falta de instituciones autónomas aldeanas fue mucho más importante que la implantación del partido en el campo (…) precisamente porque los campesinos chinos carecían de lazos comunes, eran bastante incapaces de oponer una resistencia colectiva a la voluntad del Estado del tipo que enarboló la tradición del mir en Rusia. Para un estado autoritario fuerte, resulta mucho más fácil controlar un campo atomizado que uno comunizado» (en New Left Review, pp. 149-150). Ya volveremos sobre esto al analizar las afirmaciones sobre la supuesta existencia de formas orgánicas de democracia agraria en la revolución de 1949.

En todo caso, a nuestro modo de ver están claras las graves consecuencias que tuvo laausencia de auténticas tradiciones comunales en cuanto a la definición del carácter de la revolución china de 1949. Esta realidad histórica se entronca con los clásicos análisis de Marx sobre las dificultades de la agregación campesina y la facilidad del dominio bonapartista «popular» sobre esta base social, incluso en condiciones revolucionarias.

A esto cabe agregar un elemento idiosincrático chino: la «distinta relación de los seres humanos con la naturaleza constituye uno de los contrastes más sobresalientes entre la civilización oriental y la occidental: en ésta el hombre ha sido siempre protagonista (…). Para apreciar la magnitud de esta brecha sólo tenemos que comparar el cristianismo con la relativa impersonalidad del budismo. O comparar un paisaje Song – con sus diminutas figuras humanas empequeñecidas por peñascos y ríos– y un primitivo italiano, donde la naturaleza no es lo que interesa en primer término (…) uno de los lugares comunes del saber popular chino es la absorción del individuo tanto en el mundo de la naturaleza como en el de la colectividad social» (Fairbank, pp. 38 y 40).

Esta característica histórica –de manera subordinada, sin duda– también contribuyó a la «normalidad» de la ausencia de elementos de autodeterminación agraria en las zonas más atrasadas del campo chino, en las que era más marcada la impronta de la tradición confuciana. Esto es, las reglas ancestrales de disciplina familiar y hacia el Estado características de la sociedad china a lo largo del Imperio. No es casual que Chen Du-Xiu le diera tanta importancia a la lucha contra esta herencia de la hora de la fundación de la tradición socialista. Por supuesto, este elemento no puede ser interpretado en clave determinista: la revolución se debe llevar a cabo en las condiciones reales tal como son. Pero no se debe desconocer el peso de este tipo de elementos si no se los enfrenta de una manera consciente.

Pautas de la rebeldía campesina

Esto no quiere decir, claro está, que no hubiera en China tradición de rebeliones campesinas. Por el contrario: a lo largo de siglos, China había estado marcada por rebeliones que llegaron a ser inmensas y abarcar a millones de campesinos, desarrollándose por años, como fue el caso de la rebelión de los Taiping a mediados del siglo XIX, que ocupó un período de 15 años.

«Dadas las características de las comunidades locales, no resulta sorprendente que, en la última época imperial, la inquietud agraria pocas veces tomara la forma de ataques concertados de los campesinos contra los terratenientes dentro de sus comunidades (…) las formas más prevalecientes y mejor organizadas de rebelión agraria incluían ataques a los agentes oficiales del Estado imperial (…) especialmente, contra las «malas prácticas», como corrupción oficial, acaparamiento de granos y precios y rentas consideradas exorbitantes. Asimismo, las sociedades secretas no confucianas que trataban de reclutar a campesinos pobres frecuentemente elaboraron ideologías milenaristas, que presentaban sueños utópicos de justicia política e igualdad de acceso a la tierra.17 Sin embargo, en materia de organización, todas las formas más sostenidas de revueltas basadas en los campesinos, más tarde o más temprano fueron dirigidas o infiltradas por no campesinos (…) frecuentemente fueron encabezadas por mercaderes o por presuntos letrados que no habían pasado los exámenes imperiales; es decir, por individuos en las márgenes de la riqueza (…). Los motines contra los impuestos o los funcionarios fueron dirigidos muy a menudo por los propios ricos de las localidades» (Skocpol, p. 245).

Nuevamente, constatamos la ausencia de un patrón de acción autónoma campesina. Es significativo que «sólo los ricos tenían las conexiones y los intereses que salvaban las brechas entre los poblados administrativos y los extensos campos poblados. En la cumbre de su poder, a mediados del siglo XIX, la rebelión Taiping estaba mostrando tendencias similares, aún cuando no lograra ganarse el apoyo de los ricos campesinos, fracaso que puede ayudar a explicar su derrota final. A lo largo de toda la historia de la China imperial, las quejas de los campesinos fueron combustibles de revueltas, especialmente de las rebeliones triunfantes, que simplemente revitalizaron el sistema existente, pues los campesinos carecían de la autonomía local, basada en la comunidad, para hacer que su resistencia fuera siquiera potencialmente revolucionaria (…).

«Mientras los terratenientes ingleses del siglo XVII y los prusianos del siglo XIX eran los amos de sectores agrarios que –aunque de diferentes maneras– estaban pasando con éxito a la producción capitalista, los ricos chinos formaban la clase dominante de una economía agraria significativamente comercializada, pero estancada en su desarrollo. Además, los ricos chinos no se hallaban sobre campesinos de clase media ni sobre labradores, sino sobre una masa de pequeños terratenientes, que en su mayoría tendrían mucho que ganar si las tierras de los ricos eran redistribuidas y quedaban abolidas las asignaciones de su excedentes (…)

«En contraste con los junkers prusianos, los ricos chinos (especialmente a partir de mediados del siglo XIX) se encontraban cada vez más en pugna con la monarquía y sus agentes burocráticos (…). Los ricos asentados en las localidades y las provincias desempeñaron un papel activo, haciendo caer la dinastía y desmantelando el Estado imperial en 1911 [esto es, en la revolución burguesa. RS] e inmediatamente después» (Skocpol, pp. 245-246).

Por otra parte, se hacen patentes las contradicciones que limitan su papel «revolucionario» procapitalista y le impiden ser consecuentes con sus tareas históricas planteadas: «A diferencia de la clase alta de los hacendados ingleses18, los ricos chinos, históricamente, dependían de un Estado imperial centralizado y considerablemente burocrático. No había un Parlamento nacional que uniera a los representantes de la clase dominante de todas las diversas comunidades de mercado. Históricamente no se había desarrollado la sencilla conjunción del poder local y el nacional en un país tan vasto como China, con sus diversos niveles de administración que intervenían entre Pekín y cada localidad. En cambio, los ricos chinos, con raíces locales, se hallaban unidos en bases regionales sólo por su participación y cooperación con la burocracia imperial confuciana. De manera similar, sólo el unificado poder administrativo y coactivo del Estado imperial podía aportar cierto apoyo, a largo plazo, a la posición de clase dominante de los ricos» (Skocpol, p. 246).

La clase rica terrateniente proto-burguesa del campo chino, entonces, no podía ser consecuente siquiera en el terreno de la revolución burguesa, en la medida en que estaba atada por mil hilos de dependencia con el pasado imperial chino y con el propio imperialismo europeo: «La ironía es que aun cuando los ricos chinos, durante el período que desembocó en 1911, habían tenido la capacidad y el interés de socavar el Estado imperial, una vez que ello ocurrió, se encontraron vulnerables, como clase, a toda fuerza política organizada extra-localmente que se revolviera a atacar su posición en el orden agrario» (Skocpol, p. 247). Es en este marco donde se coloca el rol que cumplió el PCCh en el campo.

El bandolerismo social

Sin embargo, había una tradición en el campo chino con ciertos elementos independientes: la tradición del «Haiducry» o bandidismo social. Luego veremos cómo Mao se sirve de y se apoya en esta tradición para poner en pie su «Ejército Rojo» de milicias campesinas.

«Tal fuerza antiterrateniente tampoco sería capaz de reclutar partidarios campesinos para una lucha contra los ricos terratenientes. Es cierto que los campesinos asentados, y con trabajo, serían difíciles de alcanzar al principio. Pero había un componente, del ciclo, a largo plazo, del declinar dinástico: la rebelión; y una renovación que requería una mayor autonomía insurreccionaría campesina, en lugar de procesos en las comunidades asentadas, o que envolvieran a estas. Durante los períodos de debilidad de la administración central y de deflación y catástrofe en la historia china –fenómenos que solían ocurrir juntos–, invariablemente floreció el ‘bandidismo social’» (Skocpol, p. 247).19

Se trata, claro está, de un fenómeno de los oprimidos, pero nada tenía que ver –como sujeto– con la clase obrera urbana: se trataba de un sector social distinto, proveniente y emergente de otra estructura social y otras tradiciones. Sobre esta base social se apoyó la emergencia del «maoísmo» como corriente particular dentro del PCCh, y que luego se haría hegemónica.

«Precisamente porque las relaciones agrarias chinas estaban considerablemente comercializadas, los campesinos no fueron a menudo protegidos por sus nexos comunales en la aldea contra las dislocaciones económicas. Durante los períodos del declinar económico, los campesinos más pobres, especialmente en las comunidades que no contaban con una élite local acomoda que les diera empleo, perdían su propiedad, su medio de vida y aun su familia, y se veían obligados a emigrar para evitar morir de inanición. Los emigrantes empobrecidos a menudo se reunieron como bandidos o contrabandistas que operaban en las ‘zonas limítrofes’, en los bordes del imperio, o en las intersecciones de las fronteras provinciales, lugares donde estaban fuera del alcance de los ricos locales y del Estado imperial cuando no se encontraba en la plenitud de su vigor» (Skocpol, p. 247).

Eran, entonces, campesinos que, al ir quedándose sin el medio elemental de vida campesina, la tierra, se veían incluso «obligados» a vender a sus esposas e hijos como esclavos. Estos elementos, tal como luego fue el caso de la guerrilla de Mao, se ubicaban en los «intersticios» de la sociedad, en las zonas limítrofes donde no podía llegar el poder del Estado, fuera imperial o «nacionalista» en la primera mitad del siglo XX.

«Para sobrevivir o prosperar, los bandidos atacaban a las comunidades asentadas y, siempre que les fuera posible, especialmente a sus miembros más ricos; porque atacar a los ricos, llevaba al máximo los ingresos de los bandidos y también aumentaba las oportunidades de liberarse de ser capturados por las autoridades. Por tanto, en tal bandidismo social se expresó la lucha de clases, aún cuando fuera indirectamente y, a través de la historia, siempre efímeramente» (Skocpol, p. 248). Esto fue así, precisamente, hasta Mao. Luego veremos, con Schwarz, la especificidad de la corriente Mao y su opción estratégica por el campesinado. Pero sigamos con Skocpol:

«El siglo XIX y la primera mitad del XX constituyeron un período de decadencia dinástica e interregno político en China. Dificultades económicas, empobrecimiento de los campesinos, difusión del bandidismo social y violentos conflictos entre milicias locales; grupos de bandidos y señores de la guerra y/o ejércitos ‘ideológicos’ caracterizaron todo el período (…). Como hemos visto, este período de decadencia del gobierno central se vio complicado de maneras nuevas por las intrusiones imperialistas occidentales y japonesa. Sin embargo, aunque el imperialismo dislocó y revolucionó la política nacional y de la clase dominante, no alteró básicamente la situación económica y política de la vasta mayoría de los campesinos y las comunidades rurales. Salvo en las cercanías de los «puertos del tratado», las principales vías navegables y la escasa red ferroviaria (construida después de 1880), las redes de mercado, agentes y pautas de cambio tradicionales no fueron desplazados por el moderno desarrollo económico. Los campesinos siguieron trabajando con técnicas tradicionales, cultivando básicamente cosechas de subsistencias y a vender para pagar su alquileres y sus impuestos» (Skocpol, p. 248).

Esta es la situación que se da en el campo entre los años 1911 y 1949. La revolución burguesa de 1911 no cambia nada esencial de la vida campesina. Al respecto, «el Partido Comunista, operando en el marco de la fragmentación político-militar, a la postre consideró necesario tratar de fundir sus esfuerzos con las fuerzas del bandidismo social de base campesina para formar un ‘ejército rojo’ capaz de tomar y conservar regiones que después administraría. Entonces, bajo la protección aportada por los militares comunistas y sus controles administrativos, la política local fue finalmente reorganizada de tal manera que permitiría a los campesinos la influencia colectiva contra los terratenientes de la que históricamente habían carecido. Una vez que esto ocurrió –como en el norte de China durante el decenio de 1940-9– los campesinos se levantaron violentamente contra los restos de la clase rica y destruyeron sus posiciones de clase y poder. Así, la contribución campesina a la revolución china se pareció mucho más a una respuesta movilizada a las iniciativas de la élite revolucionaria que las contribuciones de Francia y Rusia» (Skocpol, p. 250).

Quedan así establecidos los elementos de «encuadramiento» campesino por parte del PCCh, contra los análisis fantasiosos de la revolución china que se refieren a la «autodeterminación campesina». Veremos esto más adelante.

«Las razones de este aspecto movilizador de masas tuvieron poco que ver con la ideología revolucionaria y mucho con las ‘peculiaridades’ (…) de la estructura sociopolítica agraria china. Tal estructura no permitía a los campesinos chinos establecidos la autonomía institucional y la solidaridad contra los terratenientes. Pero, en períodos de crisis político-económica, sí generó parias marginados, campesinos pobres, cuyas actividades exacerbaron la crisis y cuya existencia aportó un apoyo potencial a las rebeliones encabezadas por una élite, incluyendo, en el marco del siglo XX, un movimiento revolucionario. Así, las actividades de los comunistas chinos después de 1927 y su triunfo final en 1949 dependieron directamente de los potenciales insurreccionales y de los bloqueos a las revueltas campesinas autónomas que ya existían en el orden agrario chino» (Skocpol, p. 250).

Este «bloqueo» de los elementos de autodeterminación agraria y la fusión con las tradiciones de bandolerismo social dan elementos para explicar el rol del PCCh en la revolución de 1949 en conjunto con la inmensa importancia de su gravitación social hacia el «modelo» de la URSS estalinizada.

 

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