El golpe chileno provocó un alto grado de movilización y repudio de parte de las nuevas generaciones. La principal movilización en nuestro país llenó las calles de la Capital con combativas y masivas columnas de las principales organizaciones de izquierda y de las organizaciones de base peronistas.

Hicimos oír nuestra voz y nuestro vivo repudio. No fue suficiente. Pinochet y sus comandantes tomaron el gobierno ese trágico 11 de setiembre de 1973 y sumieron a nuestros hermanos chilenos en la más cruel de las dictaduras que conocíamos hasta ese momento.

Le había precedido el auto golpe por decreto del presidente Bordaberry de Uruguay el 27 de junio del mismo año. Y mucho antes aún, el 31 de marzo de 1964, las jerarquías  militares habían tomado las instituciones del poder en Brasil.

Fueron las décadas del mayor ascenso obrero-estudiantil y de la contraofensiva de los mandos militares (avalados por el amo del Norte) para frenarlo y liquidar a sus vanguardias.

Nuestro país fue el último de esa recorrida trágica: el 24 de marzo de 1976.

La lucha contra ellos y sus posteriores caídas no tuvieron un signo igual

En el caso de Argentina, la crudeza del golpe tuvo no sólo el carácter atroz y con el objetivo de liquidar a lo mejor de la vanguardia obrera y juvenil para frenar el ascenso continental, sino que el ensañamiento y la cantidad de desaparecidos fue único en América Latina.

Ese carácter, tal vez, hizo que la respuesta posterior que, tuvo sus marchas y contramarchas, cuando arrancó, se prolongó en años y fue hasta el final. Hasta el final no porque lográramos imponer un gobierno de los trabajadores y todos los explotados y oprimidos, sino que tiró a la dictadura de cuajo. Tan de cuajo que, por más vendajes y colchones que le pusieron, el máximo jefe de la Junta Militar, Jorge Rafael Videla, murió en la cárcel, así como otros represores. Y muchos siguen presos. De ahí la preocupación de personalidades como Miguel Ángel Pichetto y Lilita Carrió por esos “pobres viejitos”.

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No pasó lo mismo en Chile. Pinochet se tuvo que ir porque ya la crisis y el repudio no permitían que siguiera gobernando. Pero fue una caída amortiguada. Tan amortiguada que el señor siguió estando al frente de los altos mandos castrenses y paseándose por las calles de Chile. Fue arrestado recién en 1998 en una visita a Londres. En el 2000 lo dejaron regresar al país y el ex dictador estuvo bajo arresto domiciliario… o sea, en su casa.

Desde ya que el heroico pueblo chileno sufrió los campos de concentración, las torturas, los crímenes y también salió a pelear cuando tuvo la posibilidad. Pero el peso muy fuerte entre los trabajadores y el conjunto de la sociedad de los aparatos contrarrevolucionarios y la escandalosa Concertación entre el Partido Socialista y la Democracia en 1990 (¡17 años de dictadura!), lograron poner paños fríos para que ésta cayera con paracaídas y un colchón esperándola.

Este proceso, tan distinto al de nuestro país, le dio aire a la burguesía y al imperialismo para rearmarse y hacer de Chile un país estable, donde los carabineros en acción sofocaban cualquier protesta molesta. “Y aquí no ha pasado nada”, se creían los opresores.

Pero ese “aquí no ha pasado nada” fue haciendo un fermento. Fermento que atravesó las generaciones desde el golpe. La juventud es la que indudablemente está al frente de la rebelión actual. Pero también las generaciones se están cobrando la deuda de haber tenido las manos atadas para luchar con todo contra la dictadura y las instituciones sagradas y represivas que se mantienen hasta el día de hoy.

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Por eso, esta Rebelión tiene la mayúscula no sólo de ser profundamente de abajo, juvenil, popular, obrera, sino también de ser la reacción legítima y democrática que fue ahogada en su momento para evitar que el pueblo chileno saliera por todo. Es una deuda pendiente que saltó del silencio obligado al clamor de las calles.

¡Fuera Piñera!

¡Por la organización independiente para luchar hasta el final!

¡Toda la solidaridad de los pueblos oprimidos de Latinoamérica y el mundo!

 

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