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Editor en Jefe del portal IzquierdaWeb - Noticias de los trabajadores, las mujeres y la juventud.

La corriente SoB se encuentra en Chile acompañando la rebelión sin precedentes desde la dictadura del 73. Una rebelión que comenzó el 18 de octubre y suma a la fecha 3 semanas de movilización permanente e ininterrumpida.

En “Chile: un país que se resiste a volver a la normalidad”[1] hemos aportado una caracterización de la situación general que se vive en el país trasandino. Nos interesa aquí actualizar algunos elementos así como reafirmar la necesidad poner en el centro de la lucha la renuncia de Piñera, paso que podría abrir realmente el camino a la Asamblea Constituyente.

Recrudecimiento represivo de Piñera

Tras el “Estamos en guerra”, la puesta en la calle de más de 20 mil carabineros y fuerzas armadas, Estado de emergencia y toque de queda mediante, el gobierno recibió el cachetazo de la movilización más grande de la historia de Chile con 1 millón y medio (algunos medios hablan de hasta 2 millones) de manifestantes en las calles el viernes 25 pasado. Esto lo obligó a declarar terminado el Estado de excepción y el fin del toque de queda, y a la vez ensayar una agenda de reformas superficiales a las que le sumó en estos días el anuncio de una reforma previsional, tributaria y laboral que no han tenido efecto sobre la población que reclama un cambio estructural.

Las movilizaciones de esa plaza histórica, con la huelga de la CUT (una de las 4 centrales del fragmentado movimiento obrero chileno) y el llamado muy progresivo de los portuarios a la huelga general hasta lograr una asamblea constituyente, han continuado aunque con algún elemento de “reflujo”. A pesar de esto, las concentraciones siguen siendo masivas y sostenidas por una vanguardia amplia y fundamentalmente juvenil.

Esta merma relativa de la movilización, que insistimos se da sobre la base de un país en el que la normalidad cotidiana aparece fracturada y en la que persiste un estado de movilización permanente, se enfrenta a un recrudecimiento de la represión de Piñera. La finalización del Estado de Emergencia aparece como una declaración formal. Hemos visto estos días el ingreso de carabineros a un liceo (colegio secundario) en el que les estudiantes habían decidido comenzar una toma y expulsar a la autoridades durante la medida. Los “pacos” ingresaron al liceo y dispararon con balas de goma, dejando varios jóvenes heridos y generando un escándalo nacional.


La novedad ha sido la convocatoria de Piñera al Consejo de Seguridad Nacional (Cosena), un organismo creado por la dictadura y sancionado por la Constitución pinochetista que está integrado por los jefes de las Fuerzas Militares (armada, ejercito y aérea), de Carabineros, del Senado, Diputados y la Corte Suprema. Un organismo reaccionario que actúa como asesor del Presidente ante casos de “emergencia de seguridad nacional”. Esto se da junto con la ofensiva represiva que intenta aplicar una ley anti-saqueos, anti-encapuchados y proteger a las fuerzas represivas para actuar con mayor impunidad aún. Un intento de aplicar la Ley Antiterrorista para liquidar la rebelión con terror y represión.

Esto ha  generado la indignación masiva de la población que vuelve a convocar a una nueva concentración hoy (viernes 8) bajo el lema “La tercera es la vencida”. A su vez, los portuarios vuelven a llamar al Paro General para el martes 12 y a la conformación de comités de huelga territoriales y laborales, lo que ha recogido la solidaridad de sectores de la educación entre  otros[2], cuestión que de masificarse podría colocar como referencia del movimiento de lucha a los trabajadores. Un elemento central por el rol estratégico que puede jugar la clase obrera frente a un movimiento muy combativo y heroico, pero que carece de una orientación común ante la multiplicidad de consignas des-jerarquizadas (todas ellas muy sentidas), y que podría dar una poner como norte (en caso de desarrollarse) la renuncia de Piñera y la Asamblea Constituyente.

Un régimen reaccionario que hay que tirar abajo

El régimen reaccionario heredado de la dictadura de Pinochet tuvo como elemento “legitimador” la sanción de una nueva Constitución (1980) que con sus múltiples reformas de los gobiernos en democracia subsiste hasta hoy y legaliza el sufrimiento, la opresión y la super-explotación en Chile, donde nada es un derecho para los de abajo y todo es un servicio por el que hay que pagar. Desde la salud, la educación, la jubilación, el transporte, hasta los recursos naturales (Chile cuenta con uno de los régimen de propiedad privada de los recursos hídricos más extremos a nivel mundial) así como la injerencia directa de las fuerzas militares y de la Iglesia en la vida de las masas; todo el funcionamiento social, político, económico y ambiental se encuentra amparado por la Constitución pinochetista.

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El movimiento de lucha está haciendo crujir hasta las bases el régimen reaccionario de Chile. Un régimen que fue sancionado en la Constitución pero que surgió del aplastamiento físico de la clase obrera y la juventud que luchaba por el socialismo[3]. Una “legalización” de las relaciones de fuerzas en la que los capitalistas eran todo y los de abajo nada. Lo que cruje es una legalidad que no se corresponde con la nueva relación de fuerzas que ha impuesto el movimiento de lucha en las calles, pero que aún debe avanzar más para lograr un cambio estructural.


En este sentido llama la atención la política infantil de la LIT que rechaza la Asamblea Constituyente con el argumento de que nada cambiará si la clase obrera no está en el poder, por lo que habría que aplazar todo en una lógica ultimatista. Este razonamiento ridículo es completamente ajeno al recomienzo histórico de la experiencia que se vive hoy en Chile, que lucha por sacarse de encima el lastre de la dictadura. Además de ser un planteo totalmente abstracto que desconoce que siendo una asamblea constituyente la consigna más ampliamente democrática que puede existir (en los límites de la democracia burguesa)  podría sancionar un régimen mil veces más progresivo que facilite la organización del movimiento obrero y de los oprimidos en una perspectiva estratégica. [4]

Esta nueva (des)orientación de la LIT  la coloca de hecho junto a los discursos de los partidos del régimen que ven en la Constituyente un “abismo” que hay que evitar. Lograr la sanción de una nueva Constitución por la vía de una Asamblea Constituyente requerirá de un enorme proceso de organización que garantizará que cada punto y coma sean defendidos por el pueblo mediante sus organismos y organizaciones políticas.[5]   La perspectiva de la Constituyente es una consigna guía de destrucción de todo el viejo régimen, que permite darle impulso a las asambleas y organizaciones surgidas desde abajo, que les da perspectiva de lucha contra todo el régimen político, económico y social. El impulso de crecimiento de los organismos de lucha de los trabajadores y sectores populares, que le dé a la movilización salida a largo plazo y una perspectiva de poder, requiere de consignas políticas como la Constituyente.

Es necesario encauzar toda la energía de lucha, toda la fuerza que ha irrumpido en la calle en una consiga que ponga en el centro la renuncia de Piñera. Esta es la única manera en que podremos lograr una primera enorme conquista que tuerza definitivamente las relaciones de fuerzas (que aparecen al día de hoy en un equilibrio bastante inestable) hacia nuestro favor. Y de esta manera abrir paso al debate de una Asamblea Constituyente libre, soberana y revolucionaria. Una Asamblea Constituyente que re-discuta el país de punta a punta, para que los de abajo sean todo, que abra en la experiencia de lucha de masas la perspectiva de un gobierno obrero y popular.

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No hay intermedios. Toda reforma a un régimen reaccionario es un barniz para mantener las cosas como siempre. Así ha ocurrido con las múltiples reformas que se han hecho desde 1989 hasta la fecha, sumando prácticamente una reforma cada dos años hasta la fecha, sin cambiar nada realmente. La nueva Constitución debe reflejar el nuevo Chile que ha despertado y para eso sólo puede surgir del método más amplio que existe en la democracia burguesa, no por intermedio de mecanismos institucionales que dejen por fuera a las masas movilizadas sino por intermedio de la Asamblea Constituyente.

Insistimos: para avanzar en este camino es necesario ir a una mayor organización para lo que el llamado de los portuarios a comités de huelga regionales y por trabajo, y en lugares de estudio agregamos nosotros,  pueden ser un punto de apoyo enorme en la perspectiva de poner contra las cuerdas a Piñera, echarlo y avanzar por la constituyente.

Desde la corriente SoB nos ponemos humildemente al servicio de la construcción de una organización que tenga las miras puestas en una estrategia anticapitalista y socialista, para que en Chile gobiernen los trabajadores y trabajadoras al servicio los propios intereses, los de las mujeres y la juventud, partiendo de la necesidad de echar Piñera y avanzar hacia la Asamblea Constituyente.

 

[1] Ver http://izquierdaweb.com/chile-un-pais-que-se-resiste-a-volver-a-la-normalidad/

[2] Ver en fb. Unión Portuaria del Centro. Desconocemos que sectores dirigen allí pero sus comunicados han sido a la fecha muy progresivos.

[3] Sobre un balance respecto del proceso de los 70 en chile y la orientación no revolucionaria de Allende junto al P.S y el PC recomendamos la lectura de “Chile: la vía pacífica al socialismo”, una vía que se demostró incapaza de llevar a los trabajadores al poder, y por lo tanto de avanzar hacia el socialismo.

[4] Ni que decir que la asamblea constituyente fue levantada por el partido bolchevique a lo largo de todo el periodo previo a la toma del poder en 1917, y que sólo fue rechazada cuando esta institución de máxima democracia burguesa fue superada por la toma del poder y la organización del Estado en Soviets de trabajadores, campesinos y soldados que garantizaban la mayor democracia posible y el poder mismo. Una democracia ejercida por y para las amplias mayorías y que debe mantener a raya a la burguesía.

[5] A modo de digresión queremos dejar sentado que en nuestra opinión ha quedado demostrado a lo largo del siglo XX la necesidad de construir partidos revolucionarios que puedan conducir los procesos a revoluciones triunfantes. Partidos que no pueden sustituir la fuerza revolucionaria de las masas en las calles que hacen historia con sus métodos y sus organismos, pero sin los cuales la toma del poder no se concreta como hemos visto en numerosos casos, como el de Alemania por poner un solo ejemplo. Desde ya que rechazamos todo partido de conciliación de clases y que han traicionado a los trabajadores en su lucha revolucionaria,  como es el caso del PC que ha demostrado a lo largo y ancho del mundo ser organizador de derrotas y en ocasiones abiertamente contrarrevolucionario.  Al respecto de la necesidad de construir organizaciones revolucionarias recomendamos la lectura de “Lenin en el silgo XXl” de nuestra producción.

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