CFK, neoliberalismo y… ¿un (nuevo) fin de las ideologías?

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Editor en Jefe del portal IzquierdaWeb - Noticias de los trabajadores, las mujeres y la juventud.


Por Ayelén Obladi

Hace semanas que las últimas palabras de Cristina vienen generando un importante debate en todos lados; redes, reuniones con amigos y familia. Y es que el discurso de la ex-presidenta durante el 1º Foro de Pensamiento Crítico (que de crítico tuvo poco)  organizado por CLACSO, pareció más una especie de inicio de lanzamiento de campaña electoral tras el anuncio de la necesidad de conformar un Frente Patriótico, que otra cosa. Sin embargo, su discurso intentó ser al mismo tiempo una especie de disertación académica con lenguaje coloquial. Realizó así un recorrido desde la crisis del Estado de Bienestar, pasando por la caída del Muro de Berlín, la oleada neoliberal de la mano de Thatcher y Reagan, hasta una comparación de su gobierno con el de Macri.

 

Izquierda y derecha, pueblo y clases sociales

A través de esa “clase de historia reciente”, CFK lanza su “propuesta” político-conceptual acerca de cómo enfrentar al neoliberalismo: “Debemos acuñar una nueva categoría de frente social cívico patriótico en el cual se agrupen todos los sectores que son agredidos por las políticas del neoliberalismo…” Hasta aquí no hay más que la propuesta de un frente amplio y hasta podría preguntarse ¿qué carácter tendría ese frente?, ¿cuál sería su programa?, ¿y una tendencia de qué tipo representaría? Sin embargo, acto seguido a la anterior definición, Cristina dice que esa categoría “no es de derecha o de izquierda”.

En primer lugar, digamos que es absolutamente imposible la existencia de una organización política “ni de izquierda ni de derecha”. Esta forma de entender la política es ineludible desde la revolución francesa. Allí, la Asamblea Constituyente de 1791 se dividió en dos alas: la que quería limitar el poder absoluto del rey – que se ubicó a la izquierda de la sala de sesiones- y la que quería defender su poder efectivo y sin límites – ubicada a la derecha-. Desde ese momento, “izquierda y derecha” es: de un lado, quienes cuestionan el orden existente; del otro, los que quieren sostenerlo.

Decir no ser ni una ni otra es reemplazar las definiciones concretas de las aspiraciones, el programa, las perspectivas de la organización que busca el poder por la confianza ciega, sin perspectivas claras, en una figura salvadora que se ubica por encima de las personas y las clases. Precisamente, la existencia de la “izquierda y la derecha” secularizó la política, la sacó del reino intangible e inalcanzable de los cielos para traerla a la tierra, donde viven las personas reales. Hasta ese momento, casi todos los movimientos de las sociedades, las luchas entre capas sociales por sus aspiraciones y necesidades, adquirieron una forma ideológica mística o religiosa, en la que un mensajero de lo divino venía a salvar a los suyos de la odiosa realidad terrenal. Del surgimiento de la “izquierda y la derecha” las luchas políticas dejaron de procesarse a través de salvadores, reyes o papas para surgir los partidos políticos, los programas, las perspectivas concretas de realidad social.

Esto no significa que no existan “intermedios” como lo es la misma CFK, pero no asumirse ni como izquierda ni como derecha es ser ambiguo en algo bastante poco susceptible de ambigüedades: ¿Se acepta como tal al viejo orden o no? No ser “ni uno ni otro” es no querer cuestionarlo a fondo (porque no es de izquierda) pero no perder el apoyo de quienes lo sufren. Se trata de un intento (que suele salir bien) de “atrapar” la simpatía y los votos de oprimidos y opresores a la vez, dibujando en el aire una realidad en la que ambos pueden ganar al mismo tiempo, que no necesitan tener perspectivas concretas propias, un programa a aplicar, una agenda de poder: basta confiar en CFK. El giro discursivo del cristinismo – de “a mi izquierda la pared” a “ni de izquierda ni de derecha”- es, pues, un giro a la derecha en el que trata de mostrarse confiable para empresarios, clérigos y reaccionarios de todo tipo.

Así es como CFK nos propone pensar ¡como una novedad! a través de la categoría de “puebloque no sería ni de derecha ni de izquierda y con lo cual, el frente que represente al “pueblo” tampoco podría ser ni de derecha ni de izquierda. Dijo querer conformar un frente “con todos los sectores agredidos por el neoliberalismo”. Semejante “amplitud” puede incluir entonces a grandes empresarios cuyos negocios se vieron adelgazados en favor de otros grandes empresarios (banqueros), que para poder “competir” ahorran en condiciones de trabajo, y a quienes pierden un dedo, un brazo o la vida misma porque esos pobres patrones no ganan suficiente dinero. Semejante “amplitud” implica diluir los intereses de los segundos en beneficio de las ganancias de los primeros. Semejante “amplitud” es subordinar luchadores a reaccionarios.

Con esto, Cristina no hizo más que responder las anteriores preguntas, evadiéndolas con suspicacia al centrar su proyecto en supuestas nuevas categorías que ella misma se encargará de vaciar en un significado. No importa si en ese frente convive la Iglesia machista y retrograda junto a las pibas del pañuelo verde; no importa si en ese frente convive un asesino como Felipe Solá junto a movimientos sociales. Ninguno de esos sectores/actores/sujetos tiene ideología. El pueblo no tiene ideología, porque las ideologías están muertas; y así es como, la política ya no podría ser pensada en términos de “derecha e izquierda”.

 

¿Qué hay de nuevo viejo?

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Paradójicamente,  Cristina  pretende  cuestionar al neoliberalismo pensando bajo categorías… ¡propias del neoliberalismo! Y es que su énfasis en atacar a la izquierda y/o al pensamiento para comprender la política en clave de “izquierda-derecha” no es algo novedoso. Pese a las enormes distancias, sus palabras suenan mucho a las del viejo politólogo estadounidense Francis Fukuyama, quien publicó en el año 1992 el famoso libro “El fin de la historia y el último hombre”. Fukuyama fue el ideólogo en la academia de lo que otros, como Thatcher y Reagan ya estaban ensayando en la política, la aniquilación de la clase obrera y el hundimiento de las grandes ideologías y proyectos, como el comunismo que, con la caída del Muro de Berlín tras el fracaso de la URSS burocratizada por el stalinismo, contribuyeron a terminar de “asesinar”. Fukuyama proponía de ahora en más “el imperio de la economía” e “inauguraba” así una era donde todos y todo se subordine a los dictámenes del mercado.

Los años noventa significaron la hegemonía mundial del neoliberalismo junto a la globalización. En América Latina éstos fueron impulsados a sangre y fuego, primero en Chile con los Chicago Boys y el pinochetismo y, en Argentina con la dictadura del 76’ que sentaría las bases de lo que luego Menem terminaría de llevar a cabo, tras la liberalización del mercado y la valorización financiera como factor dinamizador de la economía. El neoliberalismo fue impuesto sólo a través de la derrota de la clase obrera junto al socialismo. Lo que significó un desmantelamiento no sólo de la alternativa política, sino de la misma clase obrera en términos materiales. La industria fue barrida en muchos países del mundo y la clase obrera se encontraba dispersa e hiper fragmentada, además de hiper precarizada. Mientras tanto, el capitalismo neoliberal se disfrazaba con una nueva  investidura, la de la posmodernidad.

 

Posmodernidad… ¿de “derecha” y de “izquierda”?

La era posmoderna a nivel ideológico puede ser pensaba al menos bajo tres variables centrales: la no existencia de “la verdad” (relativismo), la muerte de la clase obrera como sujeto revolucionario (el descentramiento del sujeto) y la idea de que sólo hay relatos/interpretaciones de la realidad (incognoscibilidad de lo real). Así fue como la posmodernidad y el posmodernismo penetraron en todas las esferas y, mientras algunos (por derecha) aprovechaban “la muerte de la clase obrera y el marxismo” para proponer el imperio del “mercado” (Fukuyama), otros aprovecharon “la muerte la clase obrera y el marxismo” (por izquierda) para proponer la hegemonía de otra categoría no menos abstracta que la del mercado, la de “pueblo” (Laclau). Precisamente esa palabrita que nuestra ex presidenta nos viene a ofrecer como novedad.

El peronismo históricamente construyó su política a través de la noción de “pueblo”; sin embargo es Laclau el que le da una base teórico-conceptual densa a aquella forma de construir la política, donde pensar en clave de izquierda vs. derecha aparece como algo “arcaico”. Para Laclau “el pueblo” puede ser cualquier sector que tenga insatisfechas necesidades o demandas “populares”, que se identifique con un significante vacío (libertad, igualdad, un líder) y construya su identidad en oposición a un otro delimitado. Por ejemplo: diversos sectores, como la burguesía industrial, la burocracia sindical, la Iglesia, las feministas, tienen una serie de demandas que el gobierno de Macri no puede absorber y se identifican con un significante vacío como el de “CFK”, al mismo tiempo que construyen su identidad colectiva por oposición a un otro que los delimita, en este caso el neoliberalismo. No importa si la Iglesia es enemiga de las feministas; pensar que la Iglesia es una institución de derecha y que el feminismo implica un sectores volcado hacia la izquierda, para Cristina sería pensar en una clave sin sentido. Lo importante es que ambos estarían en contra del neoliberalismo y su principal demanda, el cambio de gobierno, los dota de una identidad común, la de ser “pueblo”, ni de derecha ni de izquierda, simple y llanamente pueblo.

Más allá de las distintas “estrategias”, tanto Fukuyama como Cristina exigen dejar de pensar bajo las categorías “derecha” e “izquierda”. A ambos les parecen cosas caducas y la clase obrera como sujeto independiente son anuladas de sus discursos. En ambos la posibilidad de una superación del sistema les parece algo arcaico y la izquierda es sólo tomada como un simple berrinche de románticos de otra época que no entenderían “el mundo de hoy”.

 

El mundo de hoy

Unos renglones más arriba acabábamos de decir que a la izquierda y mucho más a la izquierda revolucionaria (para ellos “izquierda tradicional”), nos suelen endilgar que no comprendemos la realidad (al menos cuando reconocen que ésta sí existe). Que el marxismo y las ideas revolucionarias son cuestiones viejas y que junto a sus categorías, ya no sirven para analizar el mundo actual. Pero, ¿cómo vemos realmente el mundo de hoy? En principio, por supuesto que muy distinto que al de ayer, y no sólo que al de unos 200 o 100 años atrás, sino que nos atreveríamos a decir que incluso algo distinto al de los años noventa, donde el neoliberalismo y la posmodernidad estaban en auge y donde la sentencia del “fin de las ideologías” aparecía como algo incuestionable.

La crisis mundial de 2008 supuso el anuncio de una crisis de carácter estructural que aún hoy el mundo no termina de saldar. Para esos años, existe si no un estancamiento de la acumulación del capital, al menos un crecimiento “amesetado” o “a cuenta gotas”, que en los últimos años se empezó a revertir, pero que sin embargo no logró saldar el problema de fondo. Algo que desde nuestra corriente venimos llamando como “el agotamiento del  impulso ascendente de la globalización.” De alguna manera, este agotamiento implica la apertura hacia una era donde los países del mundo tengan que buscar “nuevas estrategias” para relanzar sus economías y paliar sus crisis políticas y sociales, si bien ello no implica un abandono actual del neoliberalismo ni de la globalización (de hecho muchos analistas hasta hablan de un recrudecimiento de éstos). Pero al menos el amperímetro en la esfera política comienza a moverse. La asunción de Trump prometiendo una vuelta a los gloriosos años ‘50, donde el proteccionismo imperialista y el racismo se vuelven parte de una dialéctica, es sintomático de ello. Más allá de que Trump, Le Pen o Bolsonaro sean las primeras expresiones y no necesariamente cumplan con lo que dicen, lo cierto es que se empiezan a decir cosas distintas y, la derecha más parecida a la derecha tradicional, crece. Estamos viviendo una ofensiva reaccionaria a nivel mundial con un giro a la derecha en todo el globo, que en la región se expresa en el ascenso de Bolsonaro, un hombre de la derecha extrema (que algunos llaman incluso cuasi “fascista”).

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Ahora bien, este es un mundo que no sólo sufre un giro hacia la derecha con expresiones políticas de derecha, sino que también se caracteriza por su bipolaridad. ¿Qué quiere decir eso? Que a toda acción, le sigue una reacción y que entonces existen contratendencias. Un ejemplo, es el movimiento de mujeres internacional. El elemento más dinámico que sale a las calles en todo el mundo contro los Trump, los Bolsonaro y los Macri, y que forma parte de un actor más general, la juventud (tanto de trabajadores, como de estudiantes y mujeres) y que es aquel sector donde se viene asentando y construyendo la izquierda, quien también viene creciendo (a su tiempo) en todo el mundo.

 

Los límites tendenciales del fin de las ideologías

Este giro a la derecha y el signo de la bipolaridad, implica que cada vez hay menos margen para las “zonas grises”, para las alternativas políticas de centro, y que vamos hacia una era donde la tendencia es el crecimiento de los extremos y los “gobiernos burgueses normales” ocupan lugares más reducidos; basta ver cómo crecen gérmenes de “post-fascismo” en todo el mundo (Traverso). Nadie podría negar esto, aunque mal le pese a Cristina. “La izquierda” y “la derecha” vuelven a ser categorías y sectores fundamentales de la realidad, que todo analista serio tiene en cuenta. Muy lejos de ser la izquierda, la que hoy está más desubicada y “poco aggiornada”, es nuestra católica ex presidenta.

¿Pero esto no lo comprende CFK? No podríamos asegurar aquí nada respecto a su subjetividad, pero sí hay una objetividad en su discurso. El kirchnerismo, como variable institucional burguesa, necesita para ganar las próximas elecciones, no sólo juntar votos de todos los colores e ideologías. Tiene también que procurar un 2019 sin un desborde del gobierno hacia la izquierda, que ponga en riesgo la vuelta del peronismo al poder. Pretende envolvernos a todos, como en una bolsa de gatos, en la categoría de “pueblo”, aunque para muchos, la Iglesia genocida, los burócratas millonarios o la burguesía explotadora, poco tengan que ver con “nuestros intereses como pueblo”. El problema de esto, no es que el Kirchnerismo corra el riesgo de no ganar las elecciones o de no convencer a miles (la tendencia hacia los extremos es a largo plazo, y más aún en un país como Argentina, donde el peronismo es históricamente hegemónico en la clase obrera y hoy en el sector progresista). El problema de ello es que disfraza su alternativa con ¡ideología! Sentencia el fin de la izquierda y de la derecha, para que las amplias masas de sectores populares decidan formar parte de un proyecto hegemonizado ¡por monstruos conservadores y de derecha! En el camino, lo más peligroso es que al negar ello, lo que se encubre es que ni siquiera la alternativa que prepara pueda llegar ser lo que fue el de “la década ganada”. La expresión que surja del Kirchnerismo y del peronismo, en este contexto de crisis mundial y corrimiento hacia la derecha, no puede ser más que una alternativa corrida a la derecha. El anuncio de que seguirán el acuerdo con el FMI, de que “no cambiarían lo hecho por Macri” y de mandar a las mujeres a no enojarse con la Iglesia nos dan una muestra de ello.

Finalmente, al pueblo entendido no como un significante vacío, a la clase obrera que viene recomponiendose, a las mujeres y la juventud que son dinamizadores, no nos quedará más que seguir saliendo a luchar, desbordar a la Iglesia, a los K y a la burocracia sindical contra el gobierno de Macri, en dirección a enfrentar los males de hoy, pero también en perspectiva a construir una real alternativa de, con y para los de abajo. Porque cuando todo se corre hacia la derecha, la tibieza, como en el caso de Brasil, solo da más luchar a la derecha. Porque a la derecha no se le discute, sino que se la combate y si realmente se le quiere dar un knock-out, no queda más que golpearla con la izquierda, aunque a Cristina, no le guste.

 

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