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“La Argentina que viene necesita del trabajo conjunto de todos. Para eso debemos ponerle fin a esa grieta que tanto daño nos ha hecho”

Alberto Fernández, 8/12/2019. Homilía de Luján.

Desde que los dueños del campo cortaron rutas allá por el 2008 la Argentina quedó partida en dos mitades políticas. Sólo hizo falta que alguien la denomine. La grieta fue el nombre que el periodismo clarinesco usó para describir al nuevo abismo que se abría de un lado y otro en este nuevo siglo que se empezaba a gestar. En su primera aparición “un lado” y “otro lado” indicaba los que estaban con el gobierno de Cristina Kirchner y los que estaban con el campo y la oposición derechista.

Si la escenificación de la grieta parecía poner de un lado a los sectores progresistas de la sociedad versus los conservadores, lo que disimuló fue un fuerte antagonismo entre sectores dominantes de la sociedad argentina que hace décadas pujan por la parte de la ganancia capitalista que arroja la producción agroindustria. El conflicto de la 125 fue la puja por una renta extraordinaria en torno al sector más competitivo de la clase capitalista nativa. Fue la lucha por si una parte de la renta se redistribuye hacia el conjunto del funcionamiento social o si se restringe en mayor medida sólo a los que la producen. El resultado del conflicto es conocido: la patronal agraria salió triunfante y sobre eso construyó una relación de fuerzas que le permitió poner un presidente a gusto y piacere.

Por otro lado, una parte de la sociedad se ubicó por fuera de esta polarización, que en términos políticos adscribía a la izquierda. Desde el Nuevo MAS sostuvimos que los trabajadores, como clase social distinta a los empresarios, teníamos que ubicarnos en una “tercera posición”, que exprese los intereses de los explotados y oprimidos. Y sobre esa posición de independencia política sí aplicar retenciones elevadas a los pools de siembra y avanzar sobre la estatización de la tierra concentrada en unas pocas manos para ponerla a producir, no para la ganancia empresaria sino en función de la necesidades de las mayorías populares.

Cuando asumió Macri la grieta continuó pero mutando algunos elementos. El punto de clivaje ahora se volvería más nítido: de un lado los defensores del gobierno de Macri y de otro los que se ubicaban en el campo del kirchnerismo. En la medida que Macri avanzó en su ajuste porciones cada vez más grandes de los trabajadores que se habían ubicado en el lado de la grieta M permitiéndole sus dos triunfos electorales en 2015 y 2017, se fueron pasando al otro lado de la grieta. Es muy notorio como en los lugares de trabajo en el 2015 un sector no menor votó a Macri y hoy se vió reducido al mínimo. Así, si nos imaginamos una pirámide social cruzada con la preferencia electoral puede verse que cuanto más arriba se suba más votaron a Macri y cuanto más se baje a Fernández. El voto se polarizó socialmente mucho más que antes. Las heterogéneas clases medias, por estar en el medio de la pirámide, también se dividieron: los estratos altos y medios con Macri y los bajos con Fernández.

Pero no sólo el voto mutó. Sino que cristalizó en un terreno político el lado de la grita M. Nunca, desde la crisis orgánica que vivió la Argentina en 2001, los sectores medios conservadores se habían dotado de un partido político de forma bastante estable como ahora bajo estos 4 años de macrismo. Y lo hicieron “luchando” a su manera. Salieron a las calles para votar las leyes punitivistas de Blumberg en 2004, cortaron rutas campestres en 2008, cacerolearon por la “republica” en 2012, y ya durante el macrismo llenando plazas de Mayo y movilizando vistiendo de celeste contra el movimiento de mujeres. Los 40% de votos y la foto de Macri en andas por la Plaza de Mayo en el medio de una multitud clasemediera es la consumación de este lado de la grieta que vino para quedarse en Argentina del Siglo XXI.

A su vez, el lado de la grieta K fue mutando estos 4 años. Como parte del operativo “hay 2019” lanzado por el pan-peronismo, se fueron plegando actores cada vez más amplios. Desde los referentes centroizquierdistas como Grabois y Patria Grande que ya habían sentido atracción por el kirchnerismo durante años sin dar el salto definitivo, hasta los albertistas y felipistas que tiempo atrás se habían pasado al otro lado de la grieta. Recordemos que Alberto Fernández se fue del gobierno de Cristina como consecuencia de la “lucha del campo” y Felipe Sola llegó a ser candidato con Macri en elecciones pasadas. Al canto de “todos unidos triunfaremos” este lado de la grieta se amplió y ganó las elecciones.

Como resultando de este proceso de mutación de los campos hoy hay dos sectores que pueden “llenar plazas” bajo banderas de partidos políticos: el peronismo y el macrismo.

 

Cerrar la grieta

En la campaña electoral del 2015 el macrismo hizo varias cosas simultaneas para ganar las elecciones: hacia los sectores de trabajadores prometió terminar con la pobreza y quitar el impuesto al salario, para la clase media eliminar el cepo y poder comprar dólares libremente y para el empresario pasar a la ofensiva con medidas que le aumenten su ganancia.  Y para darle una cobertura ideológica a este combo construyó la idea de “terminar con la grieta”: es decir, cerrar el conflicto social abierto años atrás que no permitiría que el país avance. Sin embargo, en la medida que su fracaso económico hundía al país y no había frutos para mostrar en esa materia, echó mano de la grieta para explotar una división más ideológica y edificó la idea que ellos son la democracia y la república y los otros el autoritarismo venezolano. El coronel Pichetto fue el encargado de maximizar una proeza que no le alcanzó a Macri para retener el poder pero si para dejar una fuerza política en pie.

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Como la palabra “grieta” fue acuñada por el gorilismo mediático para achacar al kirchnerismo que es el responsable de “la división de los argentinos” y “que las familias se peleen en la mesa de los domingos”, el lado K de la misma nunca la acuñó como parte de su vocabulario. Hasta que comenzó la última campaña electoral y los principales candidatos del peronismo incorporaron el concepto como reconociendo la existencia de esa realidad. Pero ya no para aceptarla como un reconocimiento de que la grieta existe como confrontación entre “progresistas y conservadores”, entre “el pueblo y lo oligarquía”, sino para señalar que de lo que se trata en Argentina es de “cerrar la grieta”. De hecho fue el hilo conductor de las campañas de Kicillof y Fernández y de su discurso de asunción en torno a la idea fuerte de “unir a los argentinos”. El abrazo entre FF y Macri en la homilía de Luján frente a Monseñor Ojea donde se pregonó “la unidad y paz” y el nuevo presidente señaló que “había que terminar con la grieta” fue en este sentido.

 

¿Pero qué significa en boca de Fernández esta idea?

Si bien la grieta es la denominación específica que venimos describiendo, el uso del concepto le hizo tomar vuelo propio y llegó a hablarse de “nueva grieta” cuando fue la lucha del movimiento  de mujeres por el derecho al aborto para señalar la división entre pañuelos verdes y celestes. Como si una nueva división emergiera, con lo negativo que eso supondría para la “convivencia democrática”. La grieta, entonces, se transforma en el concepto universal para designar cuando la sociedad se divide en una puja fuerte de intereses, que se polariza de forma encarnizada, que “crispa” el clima político y toma las calles para imponerse. Es el nombre actual de la conflictividad social cuando se vuelve en torno a una idea (campo vs. Gobierno, K vs. M, verde vs. Celeste).

Retomando la pregunta inicial…. Señalamos que cuando Fernández plantea “cerrar la grieta” lo hace en todos estos sentidos señalados. Y mucho más: es la búsqueda de evitar que los conflictos sociales se resuelvan por la fuera de las instituciones de la actual democracia. Esto es: nunca por la acción directa de las calles. Recordemos que en su momento acusó de “violentos” a los que combatieron en la Plaza Congreso el 14 y 18 de diciembre contra la reforma previsional que impulsó Macri. O más atrás en el tiempo, cuando fuera el conflicto con el campo, Fernández renunció como jefe de gabinete 6 días después de la votación “no positiva” Cobos. Inclusive, en su discurso inaugural no mencionó el tema del aborto, que como señaló en otras ocasiones, aun estando de acuerdo con su despenalización, no quiere que ese tema “vuelva a dividir a los argentinos”. Así, cada vez que los acontecimientos políticos van más allá de los carriles normales de las instituciones del Estado, tiende a ubicarse de forma conservadora. Volviendo a una antigua oposición: es más del palacio que de la calle. O para decirlo en términos concretos: Fernández quiere que reine el orden social.

Pero….. ¿a quién le beneficia el orden social cuando existe un orden que perpetúa un 40% de pobres, salarios por el piso, una relación de opresión estructural sobre las mujeres y un sin números de desigualdades?. Siempre, a lo largo de la historia, el orden beneficia a quien tiene el poder en ese orden. Esto es, a los empresarios que no quieren que los trabajadores luchen por su salario, al Estado que no quiere que los pobres corten rutas en demandas por mejoras sociales, a la Iglesia y los antiderechos que pretenden que las mujeres se disciplinen y no irrumpan como lo vienen haciendo. Es el orden que la burocracia sindical quiere en sus sindicatos y los lugares de trabajo para que los trabajadores no se organicen de forma independiente y protagonicen luchas históricas como las del 14 y 18 de diciembre de 2017. Es el mismo orden que los rectores y decanos universitarios quieren en sus casas de estudios cuando los estudiantes hacen tomas para defender el derecho a la educación pública. Es el orden de los arriba para que los de abajo “esperen” a que algún día su vida mejore, pero sin salir a pelear para que eso suceda ahora.

Volver a ese orden sin conflictos es la pretensión que hoy tienen muchos actores en Argentina. Empezando por el nuevo presidente, por los empresarios que quieren “tranquilidad” para hacer sus suculentos negocios, las patronales agrarias para que no les toquen su renta extraordinaria, las megamineras para seguir saqueando los recursos naturales y claro está… la reina del orden y la paz: la Iglesia Católica, maestra si las hay en concertar la armonía entre partes desiguales. Así fue, por poner un ejemplo reciente, cuando los trabajadores del Astillero Río Santiago luchaban contra su cierre y tomaron el Ministerio de Economía de Vidal. Fue el obispo Rubén Marchioni quien le hizo el aguante a la ex gobernadora para que los obreros rebeldes se retiren del ministerio, levanten la toma y retrocedan en sus demandas. Y es la misma Iglesia que supo decirle feminazi al movimiento de mujeres cuando peleaba por el derecho al aborto.

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Por lo tanto, “cerrar la grieta” en boca de Fernández sólo puede leerse bajo esta pretensión pacificadora del orden social dominante. Es el deseo de los que viven en las altas esferas de la sociedad. Es la preocupación, también, de que la oleada de rebeliones populares que se esparce por el mundo no llegué a la Argentina. Y en ese punto todos los de arriba, sin excepción, quieren lo mimo.

 

Una sociedad cruzada por grietas

Como el poder quiere evitar que la grieta vuelva a sacar de las instituciones el orden natural de los asuntos políticos, todos se esfuerzan porque esa preocupación sea la que se expanda hacia el conjunto del cuerpo social. Que la grieta entre los de arriba se cierre para garantizar una gobernabilidad del estado capitalista. Es la foto de Alberto con Mauricio en Luján la que quieren que cunda como ejemplo de comportamiento social: abrazarse con el enemigo. Amigarse con el que te caga y jode la vida. Es la foto opuesta a la Plaza Dignidad en Chile: cientos de miles luchando cuerpo a cuerpo contra el orden social. Es el pueblo dejando de esperar a que el palacio resuelva su vida. No: esa es la imagen que los de arriba no quieren que vean los de abajo. Es la imagen maldita de la sublevación de los olvidados de la historia.

Pero las grietas están ahí. Y su persistencia en lo real es cada vez más rica y creativa, tomando formas que no siempre obedecen a la lógica para la cual fue nombrada en su origen. Y cuando emergen se hacen calle, plaza, movilización. Como cuando la justicia quería liberar a los genocidas con la excusa del 2 X 1 y miles se tomaron la Plaza de Mayo. O las ya mencionadas jornadas del 14 y 18 diciembre que fueron el inicio del fin de Macri. O fueron también las inmensas movilizaciones por Ni Una Menos al principio y por el aborto legal recientemente. Son las plazas que se hacen grietas que pujan por los derechos de los abajo. Son las grietas que no queremos que se vayan. Que queremos que se recreen, multipliqueny tomen nuevas formas. Porque son esas grietas, las que dividen a la sociedad entre los arriba y los de abajo las que permiten que se vaya poniendo un nuevo proyecto de trasformación enteramente opuesto al orden de los arriba.

Hoy, los de arriba avanzan en poner en pie ese proyecto de “cerrarla grieta” a través de la nueva política del peronismo de concertar un contrato o pacto social: el amistarse entre los de arriba y los de abajo. Es la pretensión de lograr una “unidad nacional” entre los de arriba, entre todos los sectores de poder capitalista con el fin expreso de estabilizar el país y evitar, al mismo tiempo, que esa grieta permita la emergencia de otras que surjan desde abajo.

Sin embargo, tanto las fuerzas polarizantes que recorren el mundo como las grietas abiertas no resueltas en nuestras tierras prometen desarrollar otra dinámica social. El desafío de los trabajadores en el próximo período es mayúsculo: avanzar hacia una nueva grieta que corte a la sociedad de una nueva forma más vasta y extensa: una grieta de clase. Una partición social que oponga de forma organizada a los trabajadores en pos de luchar por sus propios intereses en unidad con todos los sectores oprimidos de la sociedad. Eso implica claramente una ruptura con todos los partidos patronales, con todos lo que predicen hoy el “cierre de la grieta” y quieren que las calles estén tranquilas.

La tarea de la izquierda es alentar todos los procesos de lucha desde abajo que busquen avanzar en la recuperación de los derechos perdidos y sentar las bases para ir por mucho más. Al mismo tiempo tiene la obligación de levantar un programa de salida a la crisis desde una perspectiva anticapitalista. Esto es, una salida que coloque la necesidad de que la crisis que los de abajo pagamos todos estos años de macrismo no la sigamos sufriendo, sino que se afecten las ganancias empresariales. Empezando con afectar a los fondos de inversión y al FMI mediante el no pago de esa deuda completamente fraudulenta. Romper este mecanismo de subordinación imperial es una premisa fundamental para que Argentina tenga un programa económico a la medida de los intereses sociales. Pero no suficiente: hay que avanzar en la re-estatización de las empresas privatizadas por el menemismo y en la nacionalización de los recursos naturales. Concentrando toda esta enorme riqueza en un Estado gobernado por los trabajadores es que se puede comenzar a salir de este desastre social y abrir un período sustancial de mejora de la vida de los trabajadores, las mujeres y la juventud.

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