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Editor en Jefe del portal IzquierdaWeb - Noticias de los trabajadores, las mujeres y la juventud.

Oriol Junqueras fue condenado a trece años de cárcel, y Raül Romeva, Jordi Turull y Dolors Bassa recibieron condenas de doce años, todos ellos por sedición y malversación. A su vez, fueron condenados por sedición Carme Forcadell (once años y medio), Joaquim Forn y Josep Rull (diez años y medio) y Jordi Sànchez y Jordi Cuixart (nueve años). Los otros tres procesados, Santi Vila, Meritxell Borràs y Carles Mundó, fueron condenados por desobediencia a penas de inhabilitación y económicas, pero no de cárcel.

Este es el fallo del Tribunal Supremo tras el juicio del 1-O que desató una seguidilla de acciones y movilizaciones de protesta en toda Catalunya que van desde el copamiento del aeropuerto del Prat, pasando por cortes de vías ferroviarias y carreteras, hasta manifestaciones permanentes y masivas en el centro de la ciudad dirigidas contra las instituciones símbolo del Estado español. A su vez, bajo el nombre “Marchas por la libertad” cuatro columnas partieron el día miércoles desde distintos puntos y se prevé que confluyan el viernes en Barcelona, día en el que está convocada una huelga general. Nada exento de enfrentamientos y represión.

A las convocatorias de los CDR (Comités de Defensa de la República) y del denominado “Tsunami Democrático, una red ciudadana virtual que cuenta con App propia y que dice imitar las acciones de Hong Kong con el objetivo de paralizar las calles hasta lograr la libertad de los presos y la independencia,  cientos de miles se sumaron e inundaron las calles haciendo sentir por todo el territorio catalán el repudio a la condena.

Es la esperada reacción ante una dura, escandalosa y aleccionadora sentencia y la justa respuesta del pueblo catalán ante este nuevo atropello a su legítimo derecho a decidir.

Y es que esta sentencia, es ante todo, una clara muestra del despliegue de la nefasta maquinaria del Estado contra todo lo que atente o cuestione la Constitución, la democracia y la unidad de España. Esta es la Santa Alianza que une y define a los autodenominados partidos constitucionalistas (PSOE, PP y Ciudadanos) frente a los llamados independentistas, sediciosos catalanes que, según estos, desconocen la Carta Magna, ponen en riesgo la unidad del país y socavan la democracia.

Y así lo hizo saber en comparecencia Pedro Sánchez, actual presidente en funciones del PSOE, luego de los primeros disturbios y enfrentamientos cuando dijo que “el gobierno contempla todos los escenarios posibles y responderá con tres reglas; firmeza democrática, unidad del país y de los partidos constitucionalistas y proporcionalidad en la respuesta”. Recordemos que fue el propio PSOE bajo la dirección de Sánchez el que junto al PP y Ciudadanos dio su apoyo al gobierno de Rajoy para la aplicación del artículo 155 de intervención en Catalunya, lo que derivó en la detención de los hoy presos y condenados.

Por su lado, la derecha fue directa y contundente. Tanto casado del PP como Rivera de Ciudadanos, matices más, matices menos, salieron al unísono a pedirle a Sánchez que aplicara ya el 155 o que mínimamente cesara a Torra (president de la Generalitat) de su cargo por hacerlo responsable de la situación y de estar al frente de las manifestaciones. La ultraderecha de Vox, directamente pide el Estado de excepción en Catalunya.

Y aquí hay que hacer referencia a una cuestión que al fin y al cabo es el debate de fondo que se oculta y se da por sentado a la vez, pero que, caprichosa e inevitablemente, vuelve a ponerse sobre la mesa como producto de la lucha de clases y a la luz de los hechos. Y éste es el debate alrededor del contenido, el significado  los fundamentos de la “Transición” y el Régimen del 78.

Se trata de la disputa por un balance histórico opuesto a la versión de la clase dominante que presenta de la Transición.

Se trata, a fin de cuentas,  de una batalla que hay que dar para que sirva como guía y legado para la acción de las nuevas generaciones de jóvenes, cada vez más jóvenes, que hoy se ponen en pie de guerra alrededor del mundo y están siendo protagonistas de enormes y vitales movimientos de lucha por sus derechos como la marea verde en Argentina o los jóvenes de Hong Kong. La juventud catalana no es la excepción. Y de eso hay que tomar nota, de la enorme presencia en las manifestaciones de jóvenes dispuestos a movilizarse todo el día, todos los días.

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De esta manera,  la historia oficial se refiere a la Transición como un período de inestabilidad social, política y económica del cual se pudo salir gracias a la buena voluntad, predisposición  a los valores democráticos del rey  de las principales fuerzas, figuras políticas y sindicales, para encarar el camino hacia la democracia. Se resalta el papel clave  progresista de un re como el iniciador de este camino, que lo pudo hacer así, en “buenos términos”,  gracias a esos “grandes hombres” como Adolfo Suarez (Ministro franquista y dirigente de la UCD) y Santiago Carillo (Secretario General del PCE) por delante de todos.

Sin embargo, no todo fue color de rosa. Los años previos a la Transición y la Transición misma fueron especialmente duros, ya que continuó operando la ferocidad y la represión del franquismo sin Franco. El estado de excepción (la militarización), el toque de queda (prohibición de circulación y reunión), las persecuciones, las torturas, los secuestros, los asesinatos, la cárcel, los fusilamientos y un largo y horroroso etcétera permanecían.

Era la respuesta de un régimen perforado y desbordado por la lucha de un movimiento obrero y de masas contestatario que se levantaba y quería acabar con la dictadura y que se expresaba en huelgas, en asambleas, en ocupaciones de fábricas, de minas y de universidades, en manifestaciones, sabotajes, boicots, ataques a la policía y otro largo etcétera en un contexto de crisis económica y galopante inflación. Este fue el trasfondo político y social en la Transición, el de un régimen cada vez más insostenible por la presión de la lucha de clases.

El paso de la dictadura franquista a la democracia ratificó las bases burguesas del Estado, no trajo la Tercera República y conservó la monarquía restaurada y designada por Franco.

Durante la Transición se negoció y se consensuó entre el gran capital, el rey y los partidos una salida por arriba ante la evidente crisis del régimen. Los Pactos de la Moncloa prepararon y diseñaron los términos de ese acuerdo y la Constitución del 78 selló el pacto social. Un pacto que “concilió a todos los españoles”, salvando culpas y responsabilidades (la amnistía) y que a la vez heredaba y reciclaba mucho de las estructuras e instituciones del franquismo.

Efectivamente, el franquismo no cayó producto de la acción independiente de las masas. El franquismo se replegó bajo el amparo y la protección del consenso y el pacto burgués. El actual Estado monárquico es descendiente directo del franquismo y, más precisamente, es producto de la infame capitulación del PSOE, el Partido Comunista Español y los partidos “nacionalistas” (catalanes, vascos, gallegos, etc.) a la monarquía designada por Franco para sucederlo y a su personal político reciclado en lo que hoy es el PP.

La Constitución fue ratificada en referéndum en diciembre de 1978 (aprobado por el 87% de los votos emitidos) siendo posteriormente sancionada por el rey y publicada en el Boletín Oficial del Estado. Con la promulgación de la Constitución se da por finalizada la Transición Española: el régimen del 78 había nacido.

Esta es la Constitución, la democracia y la unidad nacional, emanadas de los pactos de la Moncloa, que defienden a capa y espada los representantes actuales del Régimen. No solo porque constituyen la base  y los pilares de su existencia y estabilidad, sino también y fundamentalmente, porque la reivindicación y la  definición de la lucha por la independencia se transforma en una enorme y  tremenda contradicción porque atenta directamente  y pone en jaque la unidad nacional del estado español.

Por lo tanto, estas condenas que buscan ser ejemplificadoras, desatan una respuesta con elementos de radicalización, como el caso del copamiento del aeropuerto en una clara sintonía con el movimiento de Hong Kong en una especie de masiva rebeldía ciudadana. Elementos de radicalización del siglo XXI sobre la base de que el problema, o contradicción existente, es que el programa, (aunque se plantee por una vía pacífica, democrático burguesa e institucional), es el de la Independencia.

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Una contradicción evidenciada en el hecho de que que las sentencias, lejos de derrotar al movimiento, lo avivan.

Estamos ante un problema político e histórico erróneamente trasladado en su día por el PP a instancias judiciales, y que,  a diferencia de lo que dicen de que sólo por la vía del diálogo – y no por la de la agitación callejera– podrá resolverse, sostenemos por el contrario, que si la lucha por el derecho a la autodeterminación no se orienta en el camino  del cuestionamiento y ruptura con el régimen del 78, no se resolverá el conflicto de manera favorable a los intereses del pueblo catalán y de los trabajadores, las mujeres  la juventud del resto del Estado.

 

Las elecciones como trasfondo

El escenario real e inmediatamente existente después de la sentencia es la repetición de elecciones generales del 10 de noviembre tras el bloqueo político que imposibilitó la investidura de Pedro Sánchez (PSOE) y la formación de gobierno por no contar este con la cantidad de apoyos necesarios para ser investido. Porque a pesar de haber sido el ganador de las elecciones del 28 de abril los números no le cerraban, quedando muy lejos de la mayoría absoluta viéndose presionado a pactar para que los números den ya sea con Podemos  y los partidos independentistas o ya sea con la derecha del PP (que salió segundo) y Ciudadanos (al que no le fue nada bien pero era determinante para un posible pacto)

No se llegó a acuerdo durante los tres meses del verano, todos se echaron las culpas y responsabilidades por la obstrucción y el bloqueo, se le comunicó de esta situación al rey, y siguiendo el protocolo, éste disolvió las Cortes y convocó a elecciones nuevamente.

El fin del bipartidismo y de las mayorías absolutas son hechos irrefutables después  del 15M del 2011. El panorama político a partir de entonces mutó por izquierda y por derecha con el surgimiento de Podemos, que nacía como parte y representante de esa marea que cuestionaba en las calles a la figura del rey, a la clase política y al sistema tradicional de partidos por un lado y el de Ciudadanos que se daba a conocer como la marca blanca del PP  la renovación del neoliberalismo. Por primera vez en cuarenta años de convivencia y alternancia, le surgían competidores políticos y electorales al PSOE al PP.  Con la irrupción de la ultraderecha de Vox y hay nuevos estrenos a nivel nacional como la CUP  y Mas País de Errejón (ex mano derecha de iglesias y fundador de Podemos) y el escenario de hoy se presenta complejo, abierto y multipartidista.

Y este es el marco en el cual impactan los hechos de Catalunya, en una España con una dinámica creciente a la fragmentación y aunque esto no se traduzca en crisis económica, ni en un proceso más global nacional, ni en una ruptura de la estabilidad, es expresión de un elemento de fragmentación política nacional que a la vez significa otro elemento de inestabilidad. En una especie de crisis crónica política que no se resuelve y es delicada.

Contradictoriamente a la vez, en este contexto de fragmentación y con el problema catalán en la tapa de los periódicos del mundo, no puede descartarse un triunfo electoral de la derecha. Porque el grave problema es que el programa catalán burgués es que no tiende ni tiene puentes con el resto de la clase trabajadora y del país y la gravedad de no contar con estos puentes  puede  generar una reacción conservadora por derecha. El peligro de que el resto de España reaccione por derecha en las próximas elecciones. Y eso también es una gran contradicción más que se suma.

Por todo esto, seguiremos en las calles.

Libertad a los presos políticos

Abajo el Régimen del 78

 

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