Nota de opinión

Capitalismo y Salud Mental: La otra pandemia

Salud mental, cuarentena y aislamiento.

Pachi Alvarez y Sofi Awqay

La tesis de que «el modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general», de que todas las relaciones sociales y estatales, todos los sistemas religiosos y jurídicos, todas las ideas teóricas que brotan en la historia, sólo pueden comprenderse cuando se han comprendido las condiciones materiales de vida de la época de que se trata y se ha sabido explicar todo aquello por estas condiciones materiales; esta tesis era un descubrimiento que venía a revolucionar no sólo la Economía Política, sino todas las ciencias históricas (…). «No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia».

Friedrich Engels en su resumen de «Contribución a la Crítica de la Economía Política» de Karl Marx

Siendo que la situación de aislamiento social obligatorio por el Covid-19 pone sobre la mesa la salud mental, sus patologías y cómo abordarlas, queríamos aportar al debate desde una perspectiva clasista que contemple integralmente estas problemáticas.

Comenzamos nuestro análisis observando cómo se percibe a la salud mental (y a sus problemáticas particulares) desde la sociedad, tanto desde las personas en nuestra individualidad, como organismos del Estado, organizaciones de salud, sociales y políticas. Nos preguntamos ¿Por qué no se habla de salud mental? La mayoría de los trastornos y/o desórdenes mentales no son fácilmente notables, visibles. No poseen los síntomas físicos claros y universales de las enfermedades conocidas como tales, como la tos o la fiebre de una gripe, o marcadores bioquímicos certeros, como los virus. Si las personas con estos padecimientos no hablan, o su entorno social, como su familia, no toman nota de la situación (que sí presenta indicadores y síntomas propios), mayormente es ignorado y, por lo tanto, no es tratado en conjunto con un profesional, a tiempo. Esto se ve acompañado por la construcción de prejuicios alrededor de las patologías mentales, que van desde el miedo hasta el negacionismo. Prejuicios que se construyen y refuerzan cuando desde ninguna institución (desde la educación, por ejemplo) se brinda información científica y clara sobre la problemática. Prejuicios que se profundizan junto con el problema mismo cuando no se accede a atención psicológica gratuita, cuando la mayoría de las obras sociales no cubren al 100% las medicaciones, cuando, en resumen, la salud mental se vuelve excluyente.

 

¿No es depresión, es capitalismo?

Somos personas en una sociedad de clases, donde los principios que nos ordenan son individualistas. El individualismo exacerbado coexiste con una realidad en la que la individualidad de los sujetos pasa a segundo plano, es irrealizable como tal.

Los aparatos ideológicos del sistema construyen un ideal de deseo exigente e insaciable, mientras que a través de los años, sobretodo con la avanzada del neoliberalismo, se redujo el nivel de vida de les trabajadores y se condenó a la juventud a la precarización laboral. El consumo de psicofármacos, la inestabilidad mental, la ansiedad, la depresión, la intolerancia al duelo, la frustración y el estrés laboral son consecuencia de todo esto. Muchas veces, esta situación se condensa en un círculo vicioso cuando la patología produce exclusión social, y por lo tanto, muchas veces, desesperanza, miedo, y puede llevar a la autoagresión, y hasta al suicidio. Según la OMS cada 40 segundos, una persona se quita la vida. La Argentina, desde el 2008, se ubica entre los países con mayor tasa de suicidios y en los últimos 15 años se produjo un crecimiento entre jóvenes de 15 a 24 años, representando el 27% de la tasa de suicidios en el país. Esto no es una casualidad, o culpa de un virus: en todo caso, el virus es el capitalismo voraz, deshumanizante, que durante todas sus crisis intentó salir de ellas pasando por encima de las masas, reduciendo la calidad de vida de los de abajo, la estabilidad socio-económica, y así también la estabilidad mental de las personas.

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Existe un mandato de felicidad construido en el seno del capitalismo neoliberal, y potenciado por el posmodernismo adaptado, en el que la felicidad se consigue sólo desde la individualidad. Un mandato de felicidad irrealizable, fantasioso, y meritócrata, que puede responder a los ideales burgueses (tener la casa, los hijos y el perro), o a una fantasía posmoderna de felicidad por fuera de la sociedad (vivir solo a la montaña y cultivar mi comida). Un mandato que es alcanzable solo para unos pocos, que tienen los medios para competir por él. De esto habla Byung-Chul Han en “La Sociedad del Cansancio”, cuando afirma que las patologías mentales no son producto de una negatividad social sino de un exceso de positividad. Un ejemplo podría ser el de la juventud, que trabaja y estudia, y aún no consigue los medios para independizarse, o los trabajadores que llegado el verano no pueden irse de vacaciones. “El no-poder-poder-más conduce a un destructivo repoche de sí mismo”.

Mención aparte merece la presión laboral: la obligación de productividad, los horarios laborales que se distorsionan, y por supuesto, el desempleo, y particularmente en este contexto. La salud mental de les trabajadores no tiene absolutamente ninguna importancia para los patrones.

Esta sociedad capitalista deshumanizó, enajenó e hizo desaparecer la diferencia entre tiempo de trabajo y espacio de ocio, relaciones sociales y vida privada, creatividad y productividad, las necesidades humanas y la seguridad propia, al servicio de la valorización del capital, en perjuicio del bienestar de las personas.

Para Marx, no podría pensarse un capitalismo más humano, más igualitario, más distributivo. Porque las tendencias destructivas del capitalismo, que condicionan continuamente la subjetividad de las personas, son producto de la lógica del propio sistema que es el principal generador y reproductor del padecimiento psíquico, y que se construye sobre la explotación del hombre por el hombre y la destrucción de todo su medio ambiente.

En resumen y citando las paredes chilenas: No es depresión, es capitalismo. Y sin embargo, es importantísimo aclarar que esto no significa que las patologías como tales no existan, y que el sufrimiento que generan no sea real. Romper con los mitos negacionistas implica aceptar que el problema existe, y ver cómo se lo combate desde una perspectiva socialista, desde una perspectiva clasista.

 

El rol de las organizaciones y la exigencia al Estado

En resumen, las problemáticas de salud mental no son ajenas al sistema, por el contrario, son propias de él, son sistémicas. Como vivimos en un sistema excluyente, las medidas de atención y contención de estas patologías son también excluyentes: El acceso a atención psicológica, tratamientos adecuados, incluso las internaciones, se estratifican como en todo el sistema de salud en general. Por eso consideramos que estos problemas aquejan especialmente a los sectores populares, a la juventud, a les trabajadores. Por tanto, entendemos que debe ser abordada como tal, sin negacionismos ni infantilismos. Tiene que ser una preocupación de toda la sociedad y no sólo de quienes la padecen y de les trabajadores de la salud.

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Como ya expresamos, los problemas de salud mental son muy escasamente abordados en todos los ámbitos de la sociedad, por no decir que son negados como tales. En este sentido, consideramos que las organizaciones revolucionarias pueden jugar un rol importante yendo a contracorriente de estas tendencias: En primer lugar porque ofrecen a cada compañere una perspectiva de transformación de la sociedad y por tanto, una forma de ordenar la vida en pos de causas colectivas: la militancia es una “disparadora de la personalidad”, pues “la más grande felicidad del hombre no está en el usufructo del presente sino en la preparación del porvenir”. En segundo lugar, otorga la contención de un espacio que rompe las lógicas de individualismo exacerbado. Nos parece de primera importancia potenciar estos mecanismos de contención: la salud mental de compañeres no puede ser un tema menor, es indispensable para el desarrollo de su militancia. Para la transformación de la sociedad se necesitan compañeres sanos, tanto física como mentalmente.

En tercer lugar, se deberían discutir y levantar las reivindicaciones que esta problemática particular precisa: Atención psicológica gratuita y universal; cobertura al 100% de las medicaciones psiquiátricas; mayor presupuesto para la salud pública; incorporación de la temática de salud mental en todos los programas educativos; apertura de espacios de salud mental específicos para niñes y adolescentes; comités psicopedagógicos en todas las escuelas del Estado; mayor presupuesto para salud, para los hospitales psiquiátricos y las líneas de atención psicológica, con capacitación a sus trabajadores; revisión de los programas educativos en todas las universidades y carreras de Psicología con participación de estudiantes, docentes, profesionales de la salud y pacientes; Salario universal para les trabajadores de la salud y la salud mental; Basta de precarización laboral para les trabajadores de la salud mental. También en este ámbito es importante decir: Cuidemos a quienes nos cuidan. Hay que garantizar además de un salario digno, condiciones de trabajo acordes a la tarea de cuidar de la salud mental de las personas.

Nos queda mucho camino por recorrer. Necesitamos un abordaje clasista de la salud mental, que nos permita una mirada integral sobre la problemática. El capitalismo genera padecimiento y niega las posibilidades de tratarlos adecuadamente. Debemos organizarnos para luchar por una sociedad donde la salud y el bienestar sean derechos universales.

(Nota escrita con aportes de la psicóloga Lic. Gisele Martinez)

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