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Por Guillermo Pessoa

 

 

Todo está clavado en la memoria, espina de la vida y de la historia

Como el mismo Traverso reconoce en la introducción a su nuevo libro, éste es el resultado de la reunión en un solo volumen de diversos artículos que ya se han publicado en distintas revistas y medios digitales, fundamentalmente europeos.

Si bien “la melancolía de izquierda” es el eje vertebrador de los mismos, el trabajo no logra un cosmos realmente ordenado. No intenta ser esto una crítica sino la “simple evidencia de un hecho” como diría Auguste Dupin, aquel detective pionero creado por E.A. Poe.

Intentaremos en esta breve nota, algunas aproximaciones a determinadas temáticas (no a todas) desarrollada por el italiano en cada uno de los capítulos. La obra está dedicada a Michel Lowy, sociólogo de origen brasileño, nacionalizado francés,  estudioso de la producción marxiana y con un sesgo bien marcado en cuanto a “su” marxismo. En el desarrollo de la nota veremos la coherencia existente entre dicha dedicatoria y “Melancolía…

 

Una miscelánea melancólica

En el primer capítulo “Cultura de la derrota” comienza a surgir en sus páginas la figura y la obra de Walter Benjamin, el pensador marxista alemán de origen judío, quien se suicidara en la frontera franco española en 1940 intentando huir del nazismo1. Es aquí en donde Traverso enuncia la cita que nos sirve de epígrafe. Sin embargo la lectura del mismo deja mucha más nostalgia y “melancolía” que el acto de “redención” de la postura socialista revolucionaria que el autor cree perentoria.

Como en un caleidoscopio las experiencias del siglo XX que se realizaron en nombre del marxismo, se van sucediendo sin un balance preciso de las mismas. Palmiro Togliatti y el PC italiano, la muerte del Che en Bolivia, las experiencias “soviéticas” en Europa del Este tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y las diversas guerrillas latinoamericanas y tercermundistas se dan cita en esa larga enumeración. El común denominador que poseen es que fueron derrotadas; coronadas con la muerte, la persecución, el exilio; en donde hay que recomponer dicha memoria que sólo parece contar con valores e ideales dispersos en alguno de aquellos que aún viven. 2

Benjamin sirve aquí para entender la melancolía que produjeron esos fracasos con el horizonte de una utopía que nunca termina del todo y siempre recomienza. Si muchos revolucionarios tuvieron empatía luego con ciertos sectores dominantes, una vez perimida su teleología historicista positivista, el alemán contrariamente celebra a las clases subalternas como las encargadas de dar una luz nueva a la citada utopía y realizar la “apuesta pascaliana” para que ésta se concrete con los riesgos y peligros de toda acción no pre determinada de antemano. Actitud loable y necesaria pero sin un norte político preciso. La obra benjaminiana tan rica en muchos aspectos (culturales en su más vasta acepción) es mucho más fragmentaria y a veces elíptica en el tratamiento histórico político de coyunturas o episodios concretos.

“Marxismo y memoria” tal es el nombre que el italiano da a su segundo capítulo y creemos uno de los más logrados con los que cuenta el libro. La memoria, entendida en cierta clave hegeliana, es la que “pone” al sujeto como tal (sujeto en sentido amplio: una nación, una clase). La pérdida de ésta es la carencia de una tradición, una experiencia que ha sido cortada u ocultada por los que han vencido. De lo que se trata ahora es hacerla visible y redefinirla.

A la figura de Benjamin, Traverso suma la de Ernst Bloch y su principio esperanza, entendió como utopía lo que permite marchar tras un objetivo. Sin embargo como sabemos, éste ha sido sepultado producto de las “revoluciones comunistas derrotadas” en el pasado siglo, nos vuelve a advertir el italiano. La memoria también, para fijarse, se encarna en la obra artística: afiches, esculturas, filmografía (el siguiente capítulo tratará específicamente sobre cine) y arquitectura, así lo demuestran. Son agudas las observaciones que realiza en relación al arte que celebra a Marx, en parangón (y diferenciación)  con la cultura religiosa del Renacimiento y a su vez con los movimientos modernos como el futurismo, celebrado y criticado por Trotsky, y con el monumentalismo o arte de propaganda que implementaría el nazismo y el denominado realismo socialista.

Su conclusión “melancólica” (sin eufemismo alguno) es la siguiente: (el arte)… su dimensión estratégica no consiste en organizar la supresión del capitalismo sino, antes bien, en superar el trauma de un derrumbe sufrido. Su arte radica en la organización del pesimismo: extraer lecciones del pasado y reconocer una derrota sin capitular frente al enemigo, con la conciencia de que un nuevo comienzo tomará ineludiblemente nuevas formas, caminos desconocidos. La vista de los vencidos es siempre crítica.

Modestamente decimos que no siempre (y aquí más) “los caminos son desconocidos”. No partimos (“los vencidos”) de cero. Hay una experiencia de la cual estamos “desmemoriados” de la cual nos tenemos que asir; no talmúdicamente como un sobre de siete sellos, pero sí como una hoja de ruta que permanentemente estamos transitando, reescribiendo y realizando los (necesarios) balances.

En “Imágenes melancólicas” Traverso se ocupará de la forma cinematográfica de la historia o historiofotía, utilizando este último término para diferenciarlo de la historiografía que es (o debe serlo) crítica, mientras que los filmes históricos son con frecuencia inexactos y sólo aproximados en su descripción fiel de los hechos. De allí la existencia de “amplias libertades” que el director puede tomarse y de hecho, se toma.

A partir de allí presenta un muestrario variopinto de realizadores y películas. Desde el emblemático Potemkin, Luchino Visconti, Gillo Pontecorvo y el “descubrimiento” por un europeo de la opresión colonial, Chris Marker (quizás poco conocido aquí), el sí reconocido Ken Loach (de “Tierra y Libertad” su principal logro, sostiene Traverso,  es hacer ver el orgullo de un combatiente vencido cuya vida coincide con la trayectoria del socialismo del siglo XX) y la chilena Carmen Castillo (viuda de un integrante del MIR trasandino) que en 2007 con su “Calle Santa Fe” rindió homenaje a la lucha guerrillera latinoamericana.

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Su conclusión, en donde recurrentemente se entrelazan (con preeminencia de la primera) la nostalgia de lo perdido y lo nuevo que recomienza, es aquella en la que la utopía hoy no aparece como un “aún no”, sino más bien como u-topía, un lugar ya no existente, una utopía destruida que es el objeto del arte melancólico. Las utopías del siglo XXI están aún por inventarse, culminando así dicho apartado.

El capítulo dedicado a la bohemia (el cuarto) es quizás, el mejor del libro. Valida un poco lo que decíamos al comienzo: el carácter heterogéneo del mismo, que de alguna forma permite abordar problemáticas y aspectos específicos en el criterio de selección y reunión.

Comienza con la genealogía del término y distingue una primera divisoria entre la bohemia estética, la que Puccini inmortalizó en una de sus óperas y la bohemia política, que sitúa por vez primera en Francia durante la Monarquía de Julio (1830) para expandirse luego por todo el continente (y a su vez, la diferencia del dandy británico, más snobista, ¿Oscar Wilde?). Ambas bohemias, no tienen demarcaciones muy rígidas y comparten en general una actitud anti burguesa, de crítica y hastío ante la sociedad basada en el dinero y lo que algunos luego denominarán “razón instrumental”. Algunos de sus representantes abordarán cánones románticos y en algunos casos pre capitalistas (Lowy, al cual dijimos que volveríamos brevemente, estudio el romanticismo estético y político y ensayó una distinción entre aquel “reaccionario” y el de cuño “revolucionario”)3.

Entre aquellos a quienes ubicará en la bohemia menciona a Marx, variedad muy “sui generis” de ésta con críticas mordaces y duras sobre la inconsecuencia política de ciertos bohemios y con rasgos fuertemente individualistas que la harán más cercana al pensamiento anarquista que al socialista revolucionario. El italiano expresa una real simpatía por Gustave Courbet, pintor socialista, admirador de Fourier y partícipe de la Comuna parisina de 1871. Coyuntura en donde las dos bohemias (la política y la artística) se dieron la mano y encontraron en él uno de sus más claros exponentes. Sus admirados Benjamin y Baudelarie, cada uno con sus especificidades, componen  el conjunto estudiado. Un León Trotsky joven es incluido allí también, aunque el análisis es medio unilateral y sumario, lo que no le permite ver lo que hay de continuidad entre ese Bronstein “bohemio” y el que finalmente creará el Ejército Rojo y será la mano derecha del “nada bohemio” Lenin, en los comienzos de la revolución rusa.

Son sugerentes, si bien no explayadas in extenso, sus apreciaciones sobre la bohemia que confluirá con el fascismo italiano e incluso el nazismo, la vanguardia surrealista y aquella que se reunía en el Barrio Latino de Paris.

En el siguiente capítulo “El marxismo y Occidente”, aborda un tema que les cabe más a determinados marxistas europeos que al propio Marx: el de una visión eurocéntrica pero no supremacista con cierto desprecio para aquellos pueblos (de Oriente y de Latinoamérica) que “carecerían de historia” según la expresión de Hegel, retomada luego por Engels.

La producción de Marx como sabemos es una obra en construcción, en constante desarrollo, dentro del marco epocal que le tocó vivir. El imperialismo como etapa superior del capitalismo recién comenzaba a pergeñarse cuando el autor de “El Capital” fallecía. No podemos expandirnos en dicha problemática aquí. Traverso conoce la producción marxiana y no puede obviar como la posición se va “afinando” en relación a los diversos temas que menciona: la dominación británica en la India y en China, el problema  irlandés, el intento de algunos rusos de entender la doctrina marxista como una “teoría suprahistórica”, etc.

Lo que sí se mantiene en Marx y Engels (y en los socialistas revolucionarios del siglo XX) como una continuidad,  es la aseveración de que el socialismo es mundial, que requiere de un importante desarrollo de las fuerzas productivas (no haciendo un fetiche de éstas) y que por eso, el hipotético triunfo revolucionario en países y regiones de la periferia requerirá de la mancomunión con la victoria en los países desarrollados. Esto conformará ciertos rasgos de las “burguesías nativas” que en realidad serán meramente locales y socias menores del imperialismo de turno. El tema es complejo y requiere del estudio de elementos que los fundadores del socialismo revolucionario no llegaron a conocer.

El autor italiano (algo que había expuesto en un libro anterior “A sangre y fuego”) presenta aquí y reivindica (con razón) al marxista trotskista haitiano Cyril James y lo contrapone al marxista occidental Theodor Adorno, bregando por un diálogo que no tuvo lugar. Es por eso que concluye afirmando: Varias décadas después de ese encuentro malogrado entre Adorno y James, el marxismo occidental y los estudios poscoloniales se fusionaron bajo el signo de la derrota. El primero había tenido su origen en el fracaso de la revolución en los años treinta – stalinismo y fascismo – y los segundos surgieron de las cenizas de las revoluciones coloniales, enterradas en las fosas comunes de la Camboya de Pol Pot. Su terreno común pasó a ser la academia, donde el pensamiento crítica encontró refugio, luego del ruido y la furia del siglo pasado. La historia está hecha de encuentros fallidos y oportunidades perdidas que dejan el sabor amargo de la melancolía. 4

Los dos últimos capítulos los podemos agrupar ya que tratan de tres autores, dos de ellos ya mencionados, como Benjamin, Adorno y Daniel Bensaid

Theodor Adorno, uno de los fundadores de la Escuela de Frankfurt, tuvo que exiliarse en los EEUU ante la irrupción nefasta del nazismo. El suyo fue un marxismo muy particular (dedicado a la filosofía y no a la política, como distinguía Perry Anderson, del marxismo occidental) que luego intentó hacer una síntesis un tanto ecléctica con determinada visión de Heidegger lo que lo llevó incluso a abjurar de la “negatividad” hegeliana y de toda propuesta política superadora. “Marxista de derecha” podría definírselo, si tal frase fuese posible. Aquí Traverso lo “lee” bien. Conoce el intercambio epistolar que mantiene con su admirado Benjamin en las postrimerías de la década del treinta. Cartas en la medianoche del siglo como el italiano las denomina al comienzo de su estudio.

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Especial atención le presta a la polémica que ambos mantienen en cuanto al llamado “arte de masas”. Para Benjamin, sin desconocer el grado de reificación que la sociedad de consumo tiene, ésta aún puede (y cuenta) con expresiones artísticas que la “reproductibilidad técnica” le permite (qué diría hoy en cuanto a ese aspecto ¡!) difundir exponencialmente, lo que es su aspecto positivo. Para Adorno en cambio, su juicio es extremo: todo arte de la sociedad de masas es reaccionario y decadente, del cual, el jazz (¿cómo se puede afirmar tal cosa?) es una muestra evidente. Grosso modo, parte del eje del debate está centrado en dichas premisas. Como muy bien deduce Traverso, lo reaccionario y conformista es en verdad el criterio “adorniano” de la cultura… y de la política (Adorno conformaría un rara avis de marxista, aquel que no toma en cuenta la lucha de clases).

Por último, suma al escritor y dirigente mandelista Daniel Bensaid, como expresión cabal de una melancolía más cercana a la de Benjamin (y la de Lowy), sin forzar el parentesco. El francés (algo en lo cual no abunda Traverso) es mucho más político que Benjamin, sus análisis de “situaciones concretas” son mayores en cantidad y calidad que los de aquel; pero en definitiva (algo que se refuerza sobremanera pos caída del Muro de Berlin) en el contexto de un pesimismo muy marcado y como diría el autor de “Tesis sobre la historia”: en donde el enemigo nunca ha dejado de vencer y que Bensaid hará más concreto aún cuando afirma (casi que con esta cita culmina el libro) que en el balance de las probabilidades (actuales), la barbarie no tiene menos posibilidades que el socialismo.

 

A modo de conclusión: Cerrado por melancolía

Digamos lo obvio: la lectura de Traverso, como la de los autores nombrados, enriquecen, como ocurrió siempre, al marxismo como cosmovisión del mundo, que siempre cambia dentro de una continuidad. Incluso, en la productiva “gimnasia” que resulta del conocer y estudiar sus enunciados aunque no se concuerde con ellos. Y más aún cuando esto sucede.

En la corriente, diversos compañeros han leído y escrito sobre el autor italiano en los últimos tiempos 5. Un poco también como reflejo de la difusión que su obra tuvo aquí en la Argentina (este último trabajo lo presentó aquí en Buenos Aires), creímos necesario realizar esta breve sinopsis. La conclusión debe tener en cuenta aquello de que…

No podemos exigirle a Traverso que tenga el balance del marxismo revolucionario. Pero la suma de la pérdida de centralidad de la clase obrera y un abordaje unilateral respecto de Trotsky deja sesgada su elaboración hacia un costado que no se plantea la lucha por el relanzamiento de la revolución socialista en el siglo XXI. 6

Lo que sí podemos exigirle es al menos un balance, un intento explicativo y no sólo descriptivo, que intente dar cuenta de lo acontecido en el siglo “de los extremos”. En especial de su “fundamento” de la melancolía: las revoluciones comunistas de la anterior centuria. Porque será de esa manera donde podamos evitar el peligro y el error de “arrojar al niño junto al agua sucia”. Si en Benjamin, muerto en 1940, era más entendible que pensara que “el infierno” era muchísimo más probable que la “revolución mesiánica”, en Bensaid o Traverso que, con sana prudencia, se alejan de todo determinismo lineal  u objetivismo; debería ser más plausible que “descubran” en lo existente las entrañas del mundo nuevo que puja por darse su alumbramiento. Quizás sea, una vez  más, la lucha de clases (en el caso del italiano, Bensaid falleció en 2010) la que no lo deje anclado en una melancolía que pareciera volverse estéril.

En algunos de sus párrafos este deseo intenta cobrar vida. Con ellos preferimos quedarnos y culminar estas breves aproximaciones. Dice Traverso:

La melancolía de izquierda no significa una nostalgia por el socialismo real y otras formas arrasadas de stalinismo (…) Significa memoria y conciencia de las potencialidades del pasado: una fidelidad a las promesas emancipatorias de la revolución (…) Militancia, claro está, pero también duelo: duelo y militancia. Que así sea.

 

 

NOTAS

 

1: Benjamin, influenció al mencionado Michel Lowy. Su marxismo de neto cuño antipositivista y con un sesgo “mesiánico” que él reinvidicaba, halló en aquel un estudioso y ferviente admirador.  Aviso de incendio es un trabajo corto (introducción a la Tesis sobre la Historia del autor alemán) pero de gran profundidad y conocimiento del tema, que realizara el franco brasileño.

 

2: Traverso utiliza la expresión “estructuras de sentimiento”, término del marxista británico, historiador de la cultura, Raymond Williams, cuando a dichos valores refiere.

 

3: Ya esta idea está presente en un agudo y recomendable trabajo temprano de su producción La teoría de la revolución en el joven Marx. Recordemos que en los Grundrisse, Marx sostenía que mientras exista el capitalismo, la crítica romántica lo acompañaría hasta la tumba.

 

4: Un buen artículo, entre muchos otros, que trabaja estos temas (está citado por Traverso) es el de Kevin Anderson No sólo el capital y la clase: Marx sobre las sociedades no occidentales, el nacionalismo y la etnicidad en “De regreso a Marx”, Marcello Musto coordinador. Octubre. Buenos Aires, 2016.

 

5: Por ejemplo, recientemente, Ciro y Martiniano: Cuando la derecha se agita.  Reseña de “Las nuevas caras de la derecha” de Enzo Traverso. IzquierdaWeb.25/11/18.

 

6: Sáenz R. Siglo XX y dialéctica histórica. Ed. Antídoto. 2015

 

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