Golpe de estado en Bolivia

Bolivia: Las masas de El Alto se insurreccionan contra el golpe

Fueron claves en la caída de Sánchez de Losada en 2003, protagonistas de la insurrección de octubre. Junto a los mineros, vanguardia combativa de los explotados y oprimidos de Bolivia. Hoy, están en pie de guerra contra el golpe de estado.



El golpe de estado tiene por objetivo principal aplastar la organización de masas que subsiste luego de casi década y media de gobierno del MAS. Así lo ha sido con todos los golpes, se sacan de encima a un gobierno molesto para apuntar a las organizaciones de trabajadores y populares. A nadie debería parecerle casual que El Alto reaccione: saben muy bien que la clase dominante boliviana no les perdona haberle marcado el paso durante tantos años.

Cuando la renuncia sin pelea de Evo ya era un hecho, la FeJuVe (Federación de Juntas Vecinales) anunciaba la puesta en pie de guerra de su organización, llamando a “conformar comités de autodefensa, bloqueos, movilización permanente y contundente, en diferentes sectores de la sede de Gobierno”. A su vez, hicieron un llamado explícito por el armamento del pueblo de El Alto: “se instruye a construir la policía sindical civil para resguardar a nuestra población”.

Antes incluso del llamado de la organización, cientos y miles ya se habían concentrado en las rutas que conectan la ciudad con La Paz y su aeropuerto.

Las masas de El Alto se han convertido en una referencia de enfrentamiento y triunfo desde abajo sobre el estado capitalista boliviano. En octubre del 2003 bloquearon las rutas, se organizaron en “comuna” contra el gobierno, pusieron a disposición de la rebelión todo su potencial social en la derrota del ejército. Y aún con el equipamiento militar de las fuerzas armadas, de tener a su disposición toda la técnica moderna de matar y de haber dejado un saldo de cientos de muertos, fueron derrotados por El Alto.

A lo largo de los años siguientes siguieron siendo incluso un problema para el gobierno de Evo. El Alto tuvo fuerte protagonismo en la lucha contra el “gasolinazo” del 2010.

La ciudad es una concentración urbana de mayoría trabajadora, poblada en las últimas décadas por originarios aymara provenientes del campo. Con su tradición cultural campesina y aymara, se han convertido en un núcleo de organización obrera y popular de referencia para las amplias masas.

El gobierno de Evo Morales fue en muchos sentidos una “transacción” entre las organizaciones de masas surgidas de la lucha y el estado boliviano. Sin tocar las bases sociales del capitalismo boliviano, Evo trató de institucionalizar y domesticar esos organismos de lucha. Se trató para la clase capitalista de una concesión necesaria frente a los peligros que implicaban las movilizaciones radicalizadas que echaron a los gobiernos anteriores. El golpe de estado ahora implica la voluntad de la burguesía de acabar con esa “transacción” y volver a gobernar sin ningún condicionamiento obrero, indígena y popular.

Quieren el regreso de la vieja situación, en la que “los indios” estaban sometidos a un estado racista y oligárquico para el que trabajaban sin chistar ni pedir nada a cambio. En ese sentido, es profundamente simbólico el gesto de Camacho ayer cuando ingresó al palacio de gobierno restaurando en ella la Biblia y diciendo que Bolivia “es de Cristo”. La dominación de clase adquiere allí formas de polarización racial y cultural brutales: por momentos retoma las formas de dominación de españoles sobre originarios de la época de la colonia.

La fuerza de resistencia que puso en jaque a la clase dominante en otras épocas fue precisamente lo que el gobierno del MAS no quiso poner a prueba en la lucha contra el golpe de estado. Hacerlo podía implicar poner en riesgo las instituciones de las que es vocero y que las masas explotadas y oprimidas vayan más allá de su tibio reformismo.

 

Así fue caracterizado El Alto por nuestra Corriente Socialismo o Barbarie en oportunidad del levantamiento del 2003.

Crítica del romanticismo “anticapitalista”

La comuna revolucionaria de El Alto

Estas mismas conclusiones hacen parte de la disputa a la hora de la caracterización del levantamiento de octubre. Según estos autores, en el centro del mismo, habría estado, lisa y llanamente, el campesinado aymará.

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Luego nos referiremos a la inmensa importancia y el carácter del movimiento indígena originario. Pero lo que nos interesa aquí es recordar que la tesis romántica por excelencia refiere a que el sistema sólo puede ser cuestionado a partir de energías humanas y naturales supuestamente “exteriores” a él, y no esencialmente por las fuerzas que el capitalismo mismo despierta: esto es, la nueva clase trabajadora boliviana, aun transformada parcialmente respecto de la clase trabajadora minera de 1952. Esto es, la clase trabajadora de hoy: la de la comuna de El Alto, la de los asalariados del campo capitalista de Santa Cruz, la de la industria del gas y del petróleo, de la minería actual, puesta de pie y estableciendo una nueva alianza obrera, originaria, campesina y popular.

Parte muy importante de esta discusión es precisamente la caracterización de qué es El Alto. Para nosotros se trata de una comuna de trabajadores, popular y originaria.

Pero, ¿de qué se trata la “forma comuna”? A nuestro entender consiste en una forma social en la cual las clases sociales no se expresan directamente en sus relaciones de producción, sino indirectamente en el territorio en el cual viven como “vecinos”.

García Linera se refiere a “la ‘forma vecino’ (…) para condensar conceptualmente esta cualidad territorializada de la acción colectiva en El Alto y La Paz, a la vez indígena como mestiza, obrera como gremial (…). Ayuda a precisar la consistencia de las ‘células’ locales que permitieron construir (…) esa gigantesca y tupida red social con capacidad de paralizar al poder y de recuperar para sí la deliberación de lo que se va a entender por ‘lo común’ que une a la sociedad” (25).

Sin embargo, a diferencia de lo que dice Linera, este carácter de “vecinos” y/o territorial del levantamiento no puede agotar la cuestión. Por ejemplo, cuando el famoso levantamiento de la Comuna de Paris en 1871, éste revistió el mismo carácter a primera vista “territorial”. Sin embargo, Marx no dudó en caracterizarlo como la primera experiencia de levantamiento obrero triunfante de la historia, que se hizo del poder a lo largo de dos meses. Esto fue así porque a pesar del carácter efectivamente “territorial” del levantamiento de la Comuna parisina, la composición social mayoritaria de la ciudad era de trabajadores, que expresaban “indirectamente”, como vecinos, este carácter de clase del levantamiento (26).

En el mismo sentido general, creemos que la insurrección de El Alto fue un levantamiento no simplemente “obrero”, claro está, pero sí de trabajadores, popular y originario. Y, además, en confluencia con los mineros. No se trató de un mero levantamiento “indígena”, sino de una población trabajadora que efectivamente es culturalmente aymará e indígena pero que al vivir masivamente en las ciudades ha dejado de ser campesina, o está en tránsito a dejar de serlo (27).

En este sentido, contamos con el reciente informe de Desarrollo humano de La Paz y Oruro del año pasado del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Respecto de El Alto, se señala: “Otra característica de la industria paceña es su localización urbana, y más concretamente en la ciudad de El Alto y ciertas zonas de la ciudad de La Paz. En la última década se habría producido un cambio en la localización de estas actividades al interior del área metropolitana. El Alto es actualmente la principal zona industrial de la región: en 1992, el 41% de la población ocupada en el rubro industrial del área metropolitana se ubicaba en esta ciudad, y en el 2001 este porcentaje ya llega al 54%. La población ocupada industrial ha crecido en 80% en la ciudad de El Alto en los últimos 10 años, mientras que en La Paz este crecimiento sólo llega al 19%. Como dice Rojas y Guaygua, en los años 90 El Alto va cobrando una creciente importancia como ‘ciudad de productores”(28).

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Esta última caracterización es de enorme importancia, mas allá del problema real, no relevado en el informe, de cuál es la combinación entre “informalidad” y/o empresas familiares, por un lado, y el grado de incorporación a la relación salarial de la fuerza de trabajo alteña en las tareas productivas. Este problema “sociológico” es parte del debate estratégico, dado que mayoritariamente los distintos analistas y corrientes intelectuales y políticas de la vanguardia han tendido a ocultar o desestimar el análisis a partir de las relaciones de producción y reproducción de la vida de los vecinos de El Alto (es decir, el análisis de clase), para hacer hincapié en la mera identidad “indígena aymará” de la ciudad. Por ejemplo, Pablo Mamani habla del “levantamiento indígena popular de El Alto” haciendo referencia a los elementos de tradición de lucha indígena y campesina que vienen de los “cercos” a La Paz: la rebelión de Tupac Katarí de fines de siglo XVIII y el levantamiento de 1899 de Zarate Wilca, entre otros.

En esos casos efectivamente se trataba de poblaciones directamente indígenas y campesinas, mientras que hoy esto es así de manera relativa y parcial, es decir, sólo en la dimensión cultural, pero no en lo que hace a las relaciones sociales de producción y reproducción de la vida más inmediatas, las que se realizan en la ciudad.

Esto para nada quita que como dice este autor: de “barrio en barrio, zona por zona y distrito por distrito, ha recorrido un sentimiento de autoafirmación propia sobre la construcción urbana indígena de esta ciudad. Esto porque El Alto es una ciudad construida por sus vecinos, en cuanto al aporte de su mano de obra y capital económico para la construcción de sus calles, avenidas, mercados, canchas de fútbol, etc. Además, hay una construcción social propia de la vida cotidiana, fundamentalmente en amplias relaciones de parentesco, compadrazgos dispersos en el espacio urbano, amistades interbarriales de los jóvenes, relaciones más o menos comunes de procedencia desde los ayllus y comunidades del altiplano, los valles y las regiones subtropicales de los Andes” (29).

Pero esto no va en menoscabo de lo anterior: se trata hoy ya de una población urbana de cientos de miles de habitantes, la mayoría de los cuales, de una manera u otra, se hallan subordinados a las relaciones de mercado del capitalismo. Desde este punto del vista, El Alto es fundamentalmente una ciudad proletaria, de explotados por las relaciones del capitalismo, y como si esto fuera poco, una de las dos principales ciudades manufactureras del país, junto con Santa Cruz.

Desarrollamos este aspecto que llamamos el “carácter de comuna” de El Alto porque es fundamental para entender la dinámica de clases del levantamiento de octubre y los cauces que pueda tomar el futuro desarrollo de la lucha de clases en el país. Por ejemplo, todas las crónicas han resaltado que lo que terminó inclinando la balanza para la caída de Goñi fue la confluencia de El Alto urbano insurrecto junto con los mineros (30). Se habló de dos columnas mineras de unos 5000 integrantes cada una que se abrieron paso hacia La Paz a sangre y fuego, a costa de varios mineros muertos.

Que la dinámica de clase dependió de esta confluencia de alteños y mineros lo dice el propio Mamani: “El día anterior (9 de octubre) habían arribado hasta Ventilla los mineros procedentes de Huanuni. Los mineros vuelven a anunciar su lucha como antaño. En ese momento se juntan dos fuerzas: una, la de los mineros, y la otra, de los indígenas urbanos y rurales del lugar” (31). Esta confluencia, esta dinámica de clases plantea la importancia estratégica del desarrollo del trabajo de los socialistas revolucionarios de Bolivia en El Alto.

 

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