Aborto

¿Bajar los pañuelos para que gobiernen con el papa?

Estamos a mediados del tan mentado 2019, arrancando la campaña electoral, y el movimiento feminista de nuestro país se encuentra en medio de un momento decisivo, que podría resumirse de la siguiente manera: si va a seguir siendo el movimiento de la marea verde que se atrevió a cuestionar a los dinosaurios del Senado, a la Iglesia y a uno de los mandatos más arraigados del patriarcado capitalista, constituyéndose como vanguardia mundial del feminismo, o si va a guardar sus pañuelos para que el peronismo vuelva a gobernar.

Tofi Mazú


Cuestionar al poder o pasárselo a los mismos de siempre

Las mujeres, la población LGBT+ y la juventud somos un actor político fundamental en nuestro país. Tras haber probado el año pasado que estamos para hacer historia, no podemos quedarnos fuera de los grandes debates del momento; y el gran debate actual es el inicio de una campaña electoral en la que los principales candidatos buscan dejarnos afuera a nosotres y a nuestros reclamos.

Desde que Cristina anunció la candidatura de Alberto Fernández, la militancia y los votantes k han salido a intentar explicar de diferentes maneras (más o menos elaboradas) el por qué de una fórmula con un señor de Estado que los había “traicionado” yéndose del FPV para apoyar al campo, un aliado del multimedio Clarín y en línea directa con la embajada Yanqui. Muchísimas personas se encuentran en la terrible y dolorosa situación de intentar autoconvencerse de que la fórmula Fernández – Fernández es lo “menos malo”. Muchísimos candidatos y referentes K buscan darles argumentos a estos honestos y honestas votantes para que den su apoyo al PJ-K lo más seguros posible, aunque deban taparse la nariz al introducir la boleta en la urna. El principal asunto que les permite explicar esta cuestión es el “fuera Macri” y la promesa utópica de que simplemente con que el presidente sea otro estaremos mejor (mejor, nunca bien). En relación con eso, establecen que ellos (el peronismo) son los únicos capaces de “disputar el poder real” y que con esta fórmula lo conseguirían. Con Cristina de Vice y el ala “progresista” de sectores como Patria Grande por un lado, y con un amigo de los  empresarios y de los mercados por el otro, consiguen tender lazos entre el amo y el esclavo y proclamar así su ansiada “unidad nacional”.

Muchos ya están festejando que van a volver, apoyados en el sano sentimiento de les trabajadores y la juventud de que al gobierno de Macri no se lo aguanta más. Se paran sobre la base del ahogo que a una generación entera le produce la falta de futuro, la incertidumbre acerca de si mañana va a tener trabajo o no, si va a poder pagar un alquiler o no, si va a poder seguir estudiando o no, si va a comer o no… Pero “disputar el poder real” no se parece en nada a cuestionar al poder, o a quién tiene el poder.

La mística de los nombres y las fórmulas no arregla la situación en la que se encuentra el país; una situación que sólo puede resolverse con cambios profundos, con medidas anti-capitalistas.

El Kirchnerismo está pregonando que vendrá  a salvarnos, pero sin tocar ni un centavo de la ganancias empresarias. Las compañeras kirchneristas intervinieron en la asamblea por el 3J diciendo “desdendeudadas nos queremos”; y la cuestión es que hay dos maneras de “desendeudarnos”: o renegociamos una y otra vez con el FMI y volvemos al orgullo K de ser “pagadores seriales”, o rompemos con el imperialismo y el Fondo Monetario Internacional. Con la deuda, gobierne quien gobierne, la situación sólo puede empeorar. Por un lado, seremos víctimas de la dependencia política y económica del imperialismo yanqui. Lejos de “comprar soberanía”, como supo decirle Cristina a pagar la deuda externa, pagarle al FMI es atarnos a las voluntades políticas del gigante de América del Norte y el gobierno reaccionario de Trump, desesperado en sumar baldosas a su patio trasero para ganar la guerra comercial con China.

Bajo esta tónica general, pensemos qué implica para las mujeres y la población LGBT semejante cosa. Por un lado, implica el desempleo masivo, cuestión que sabemos que afecta particularmente a mujeres, trans y travestis. Si el cupo laboral travesti-trans no se cumple hoy día ¿qué sucederá con la reforma laboral aprobada, requisito fundamental del FMI? El acuerdo de Lagarde y Macri exige la absoluta precarización y el despido de cientos de miles de nosotras y nosotres, atando la vida de las mujeres a la dependencia económica de padres y maridos sin importar si son violentos o no, atando a las travestis, a les trans y a las mujeres más pobres a la prostitución como única salida posible al hambre. Implica, también, que no habrá ni un peso para los ya desmantelados programas del Estado para combatir la violencia machista, o para contener a niñas y adolescentes víctimas de explotación sexual. Si la plata se la lleva el Fondo, no hay ni un centavo para las mujeres y la diversidad, para que tengamos trabajo genuino, vivienda, salud, educación. Esto es así, gobierne quien gobierne, mientras sean los de siempre. Porque todas las medidas políticas y económicas estarán necesariamente supeditadas a mantener el acuerdo.

El kirchnerismo dice disputar el poder real… para dárselo a los mismos de siempre. Se cansan de decirnos a las militantes de la izquierda que nosotras no comprendemos “el poder real” ¿Pero qué es el poder real? : el poder de los banqueros, de los millonarios que viven del trabajo del 99% de la humanidad, el poder de la Iglesia Católica, de los sojeros que arrasan el suelo y las megamineras que detonan la cordillera, de los Benetton que son dueños de la Patagonia y las fuerzas represivas que le hacen el trabajo sucio para garantizar ese poder. En todo caso, lo que parece incomprensible es que  presenten como una solución que el poder siga en las mismas manos, pero que la representación política cambie de partido, mientras la barbarie capitalista sigue rigiendo el mundo.

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Con una fórmula encabezada por un agente del empresariado, anuncian no sólo que seguirían con el FMI, sino que irían a un pacto social. En la mesa chica se sentarían la Iglesia Católica, la burocracia sindical que nos negó el dinero del escenario del 8A y se dedicó a no hacerle paro a Macri y los empresarios. Disputar el poder entre fracciones de un mismo tipo de poder no resuelve nada, simplemente traspasa de manos el ajuste en curso. Para seguir avanzando en nuestros derechos debemos cuestionar a quienes tienen el poder. Ante la crisis, las mujeres de la clase trabajadora y la diversidad debemos tener un programa propio de independencia de clase y feminista. Para que podamos construir un futuro digno para todas y todos la plata no debe salir de nuestro sacrificio para llenar las arcas del imperialismo. Dejando de subsidiar a la Iglesia Católica, cobrándoles retenciones a las exportaciones agrarias y a las energéticas, con grandes impuestos a las patronales y a los ricos, podemos resolver el futuro de las y los de abajo. Podemos conquistar vivienda, trabajo genuino, educación sexual y salud para las mujeres, trans y travestis. Podemos hacerle frente a una crisis económica, social y política devastadora que sólo arroja más miseria, violencia y barbarie sobre la vida y los cuerpos de las más oprimidas. Disputar el poder es ponerlo en nuestras manos y sacárselo a los explotadores y opresores de siempre. Aún no sabemos el programa completo de Alberto Fernández; pero tras haber sido ungido candidato a presidente hizo tres anuncios para congraciarse con todo lo que está mal en este mundo: dejó tranquilo al FMI asegurándole que pagaría dólar sobre dólar, le aclaró a los empresarios que no haría nada en contra de sus intereses y se congració con la Iglesia planteando que la legalización del aborto no es una necesidad.

 

No Bajamos los pañuelos

La marea verde nació y creció por abajo, nadie la digitó por arriba. Es así como ocurren las cosas  transformadoras, florecen de las propias manos de quienes sufrimos la opresión cuando nos volvemos conscientes de nuestra situación. Fuimos las mujeres, la diversidad, el activismo feminista, la izquierda, quienes instalamos el debate por la legalización del aborto y la educación sexual y obligamos así a que los organismos del Estado tuvieran que hacerse cargo del asunto, y el proyecto se trató. Ante ese hecho consumado, todo el mundo se vio obligado a tomar posición. Y así fue que en ese marco, cantidad de oradoras y oradores intervinieron en el plenario de comisiones con discursos muy contundentes, incluso políticos del régimen y candidatos de partidos tradicionales.

El discurso de Ofelia Fernández, la referente más joven de Patria Grande, había emocionado y envalentonado a muchas. Una piba de 17 años plantada frente a políticos de todos los colores cuestionando que la maternidad sea, a modo de mandato clerical, el destino de mujeres y niñas, exigiendo la ESI y acusando al Estado de femicida, era algo que no se había visto antes en los salones del parlamento. El propio Fernández había twitteado en febrero del 2018 que “…la legalización del aborto es una cuestión de salud pública. Ya es hora de despenalizarlo”. Pero ¿Qué pasó con estos discursos llenos de palabras como “libertad”? Se los llevó el viento, o más bien, se los llevó el papa Francisco, de la mano de Juan Grabois. ¿Qué pasó con el “ya es hora de despenalizarlo” del flamante candidato K? Para él, en cuanto tuvo que hacerse cargo de su nuevo rol, la urgencia de hace un año se transformó el algo que “no es una necesidad”. Fernández declaró hace unos días que la legalización del aborto divide a la Argentina y que por eso no se lo puede abordar. Y la verdad es que sí, divide a la Argentina: la divide entre quienes luchamos por una sociedad más justa y libre de opresión, de quienes quieren dejar las cosas tal cual son; nos divide a la izquierda y las protagonistas de la marea verde, respecto de la Iglesia Católica y los conservadores. Lo importante es ver quiénes están de cada lado de la línea divisoria. El señor Fernández quiere “juntar a todos y todas”, y en una sociedad de clases -dividida por definición- juntar a los opresores y a los oprimidos implica que estos últimos vayamos detrás del programa de los opresores que viven a nuestra costa. Así las cosas, la propuesta del kirchnerismo es bajar los pañuelos de la lucha y borrar el proyecto de ley del debate electoral para cerrar filas con el papa, la burocracia sindical que quiere beatificar a Eva Perón, los empresarios, reaccionarios de la talla de Manzur y cuanto conservador clerical quiera entrar en sus boletas. ¿Qué opinan diputadas como Gabriela Cerruti, que intervino en el Congreso el 13J pidiendo a todos que no desoyeran la manifestación multitudinaria de afuera, con pañuelo colgado y blazer verde a juego? Que es mejor callarse la boca en pos de la “unidad nacional”.

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Pero esto va más allá de la inclusión de reaccionarios en el frente “anti-Macri”. Mientras el debate por el aborto sirviera para criticar a Cambiemos, muchos políticos de la oposición tuvieron sus discursos más radicalizados. Pero hay alguien a quien estos sujetos temen más que a Macri: a los movimientos populares que no pueden controlar, al desarrollo de la historia, a la independencia de las mujeres y los trabajadores labrando su propio destino. Y ahora, lo que no logró el Senado con la derrota táctica, quieren que lo logre la campaña electoral. Está todo muy bien con que marchemos mientras gobierna Macri… pero si cambia el gobierno, hay cosas más importantes.

En este juego entran las autodenominadas feministas populares. Esta corriente nos llama a las mujeres a hacer lo mismo que nos pide el patriarcado: cocinar la olla popular, aguantar, organizar la miseria en el barrio y en la casa. Nos llama a que intentemos sobrevivir en silencio a la crisis, mientras de la política grande se encarga un señor de Estado como Fernández, un tipo que sabe. Pero las feministas socialistas pensamos lo contrario: la política también es cosa nuestra. La política es -y debe ser- cosa del movimiento que le hizo paro a Macri, que puso en agenda sus reclamos, que le pateó la puerta a la CGT y que puso en evidencia a estas burocracias atornilladas y traidoras, demostrando que había que salir a luchar. Un movimiento que, aliado de les trabajadores y el conjunto de las y los explotados y oprimidos, tiene una fuerza transformadora arrolladora. Un movimiento que, si no cae en la trampa de sus propios verdugos, puede plantearse cuestionar las bases de esta sociedad capitalista y patriarcal. Y es justamente a eso a lo que le tienen miedo estos sectores del feminismo, a que las luchas no sean únicamente reivindicativas, sino que se planteen una sociedad construída sobre bases radicalmente diferentes, opuestas.

El pedido casi explícito de la dirección kirchnerista es que no cuestionemos a sus aliados porque ellos deben tomar la tarea de arreglar el desaguisado macrista. Las muertes de mujeres por aborto clandestino acaban por contraponerse al hambre popular de la forma más pérfida, con tal de cercenar los espacios democráticos, la actividad militante, la experiencia de lucha con métodos propios que hemos sabido construir desde el movimiento feminista. Una generación entera tiene ansias de libertad y se ha venido expresando y politizando en torno a esta discusión ¿Y ahora nos quieren hacer creer que eso por lo que tanto trabajamos no es importante? Hemos puesto en pie dos vigilias extraordinarias, hemos realizado charlas, asambleas, volanteos, marchas, talleres. Hemos peleado, discutido y convencido a nuestros compañeros de trabajo y estudio, a nuestras familias, a nuestros vecinos. Hemos militado por un derecho de forma colectiva y organizada, hemos cuestionado el poder del Senado y su legitimidad. Hemos hablado de “transformar la realidad”, de “hacer historia”. Hemos sido sujetos, cada vez más conscientes, de las injusticias tremendas que pesan sobre nuestras espaldas de mujeres, trans, trabajadoras… y eso, tan valioso, tan movilizador, tan cargado de futuro es lo que quieren hipotecar en pos de “lo menos peor”.

¿Podrán convencer a cientos de miles de niñas, adolescentes, mujeres y jóvenes de que toda la experiencia vivida al calor de la lucha por el aborto legal puede ser tirada a la basura, para que un empresario ajustador, congraciado con Trump y el Vaticano gane las elecciones? Eso es lo que no podemos permitir. Debemos seguir construyendo un movimiento feminista que enfrente a todos los sectores reaccionarios, a todos los enemigos (no sólo a Macri). Un movimiento feminista independiente de todo sector patronal, que no acepte bajar sus pañuelos y sus banderas para que no seamos siempre las y los mismos los que paguemos la crisis y perdamos derechos. En el debate electoral no pueden ocultarse estas discusiones. La marea verde se ha ganado el derecho a intervenir en este proceso y a poner sus reivindicaciones sobre la mesa.

Las Rojas y el Nuevo MAS pondremos también nuestra campaña electoral al servicio de estas peleas, como siempre, con Manuela Castañeira y todas nuestras candidatas que no bajan los pañuelos. Militaremos en estas elecciones no por “lo menos malo”, no “por lo posible”. Militaremos por lo necesario; y el aborto legal es, por más que lo quieran barrer bajo la alfombra, una necesidad urgente.

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