Literatura argentina

Arlt: aquel que nunca camina solo

121 años de Roberto Arlt.

Guillermo Pessoa
Columnista de Izquierda web.


 

Si hay un escritor profético en la Argentina, ése es Arlt. No trabaja con elementos coyunturales, sino con las leyes de funcionamiento de la sociedad. Arlt parte de ciertos núcleos básicos, como las relaciones entre política y ficción, entre dinero y locura, entre verdad y complot, y los convierte en forma y estrategia narrativa, los convierte en el fundamento de la ficción.

R. Piglia

 

Recientemente una encuesta literaria proclamaba que “Borges, Arlt, Cortázar, Piglia y Saer” eran los mejores escritores argentinos. Si bien en toda lista siempre resaltan las omisiones (¿Di Benedetto, Alejandra Pizarnik o Walsh no deberían estar?), nos parece que el quinteto está bien escogido. También se puede cuestionar la necesidad de andar haciendo “rankings”, naturalmente.

El próximo 26 de abril se cumplirá un nuevo aniversario (el 121) del nacimiento de Roberto Arlt. Mucho se ha escrito sobre él e incluso se lo ubicaba como “estandarte” de una línea Boedo, proletaria ella, contra la burguesa Florida que tendría en Borges uno de sus más preclaros exponentes. Este último se reía de dicha clasificación y el creador de Los siete locos nunca la tuvo muy en cuenta.

Vida literaria

Los programas de estudio de escuelas media lo incorporaron, en especial su primera novela El juguete rabioso. Hagamos un breve recorrido variopinto sobre su “vida y obra” y ciertos “lugares comunes” que sobre éstas se dijeron: que se jactaba de su falta de educación formal (llegó a decir que sólo tenía tercer grado y ello se demostró falso), sus lecturas de clásicos en lengua extranjera a través de traducciones ordinarias, su trabajo periodístico (las Aguafuertes) que hicieron que se tripliquen las ventas del diario “El Mundo”, algunas de las expresiones de sus personajes que quedaron en el panteón de la ficción rioplatense, como aquellas de “rajá turrito rajá” o “la literatura entendida como un cross a la mandíbula”.

Sus cuatro novelas y sus poco más de una docena de cuentos y obras de teatro, están sin duda, entre lo más granado de la literatura latinoamericana del pasado siglo. Arlt no envejece y logró lo que sólo los grandes logran: que su prosa sea inconfundible y que aquellos que intentaron imitarla (o peor aún, “mejorarla”) se conviertiesen en tristes caricaturas de sí mismos. Su obra jamás resultó indiferente, él nunca caminó solo.

Vida política

Desde la izquierda se lo empezó a revalorizar en los años sesenta luego de una biografía y ensayo sobre su obra de Oscar Massotta. Su origen “plebeyo y transgresor” ofició de estímulo para ello, con algunas críticas injustas hacia otros escritores que eran tildados de “preciosistas” (recordar lo ya mencionado de Boedo y Florida). Arlt tuvo un acercamiento a sectores de la izquierda pero nunca nada orgánico. Se comentaba que estuvo presente en el Teatro del Pueblo en 1939 en un acto anti fascista y le tocó presenciar cómo en cuestión de minutos el orador del PC cambiaba de posición luego de que le avisaran del pacto nazi soviético y la mutación de 180 grados en su línea política, lo cual lo sumió en el desencanto. Se decía simpatizante del marxismo, el cual “le resultaba muy difícil entender”, según confesó.

Sus personajes novelescos transitan una Buenos Aires y un país que acababan de sufrir un golpe de estado y comenzaban a padecer los coletazos de la Gran Depresión (comienzos de los treinta), sin embargo no se sienten muy apesadumbrados por la caída de la democracia liberal existente o la destitución del “presidente del pueblo”. Sus preocupaciones son más universales y bordean propositivamente las salidas más extremas. Será por aquello que sostenía Piglia: “Arlt trabajó con las leyes de funcionamiento y los núcleos básicos de la sociedad y no con elementos coyunturales”.

En plena primavera alfonsinista su figura tuvo cierto opacamiento y se volvía a mencionar aquello de que “Arlt escribía mal”. En ese momento, borroneamos un textito que, creemos, ha resistido medianamente bien el paso del tiempo. Nos animamos a transcribirlo (y de paso cerrar la nota) sin modificarle una sola coma…

¡Salud don Roberto!

Salud, don Roberto! Aunque nunca lo entiendan esos “hombres honrados” dueños de los cafés de Buenos Aires; ésos que tampoco nunca entenderán a las parejitas en los días lluviosos del parque Rivadavia, acurrucadas en silencio.

Salud, don Roberto! Por enseñarnos las ciencias ocultas porteñas y a descubrir las medias gomificadas para las señoras “paquetas” del barrio; esas esposas inclaudicables de los eternos “equenún”, filósofos pre socráticos del asfalto gastado.

Salud, don Roberto! Porque después de usted, caminar los domingos a la tarde por las calles de Flores, es volverse a sentir pibe (aunque tengamos cara de “jovies”) y saludar con un guiño burlón a los molinos de viento herrumbados por el tiempo, que se cruzan en el infinito.

Salud don Roberto! Porque cuando nos tiramos en la mesa de algún feca o apoyamos la zabiola en la almohada, soñamos empecindadamente con encontrarnos con Erdosain, o con Hipólita o con el Astrólogo; mientras le hacemos una gambeta enorme a la mishiadura, de la mano maestra del Rufián Melancólico.

Salud don Roberto! Porque entre tanto escritor “culturoso”, metido a sociólogo libresco, fiscales ecuánimes de una historia chiquitita, nos queda su sinceridad “ratera” tan poco proclive a la solemnidad y los trajes de etiqueta.

Y un Salud bien grande don Roberto! Por ese porvenir que será “triunfalmente nuestro”, con costureritas que podrán trabajar sonriendo y en donde los “siniestros mirones” tendrán que pagar boleto de ida y vuelta.

Y la literatura que nacerá de las entrañas de ese mañana distinto, tendrá en el nombre suyo, la punta de un camino que habrá que seguir recorriendo, construyendo con tesón y furia las nuevas formas de la alegría.

Será así y allí nos veremos don Roberto…

y que los eunucos bufen”

La tragedia del hombre honrado

Por Roberto Arlt

Todos los días asisto a la tragedia de un hombre honrado. Este hom­bre honrado tiene un café que bien puede estar evaluado en treinta mil pesos o algo más. Bueno: este hombre honrado tiene una esposa honrada.

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A esta esposa honrada la ha colocado a cuidar la victrola. Dicho procedi­miento le ahorra los ochenta pesos mensuales que tendría que pagarle a una victrolista. Mediante este sistema, mi hombre honrado economiza, al fin del año, la respetable suma de novecientos sesenta pesos sin contar los intereses capitalizados. Al cabo de diez años tendrá ahorrados…

Pero mi hombre honrado es celoso. ¡Vaya si he comprendido que es celoso! Levantando la guardia tras la caja, vigila, no sólo la consumición que hacen sus parroquianos, sino también las miradas de éstos para su mujer. Y sufre. Sufre honradamente. A veces se pone pálido, a veces le fulguran los ojos. ¿Por qué? Porque alguno se embota más de lo debido con las regordetas pantorrillas de su cónyuge. En estas circunstancias, el hombre honrado mira para arriba, para cerciorarse si su mujer correspon­de a las inflamadas ojeadas del cliente, o si se entretiene en leer una revis­ta. Sufre. Yo veo que sufre, que sufre honradamente; que sufre olvidando en ese instante que su mujer le aporta una economía diaria de dos pesos sesenta y cinco centavos; que su legitima esposa aporta a la caja de aho­rros novecientos sesenta pesos anuales. Sí, sufre. Su honrado corazón de hombre prudente en lo que atañe al dinero, se conturba y olvida de los intereses cuando algún carnicero, o cuidador de ómnibus, estudia la anato­mía topográfica de su también honrada cónyuge. Pero más sufre aún cuan­do, el que se deleita contemplando los encantos de su esposa, es algún mozalbete robusto, con bigotitos insolentes y espaldas lo suficientemente poderosas como para poder soportar cualquier trabajo extraordinario. En­tonces mi hombre honrado mira desesperadamente para arriba. Los celos que los divinos griegos inmortalizaron, le desencuadernan la economía, le tiran abajo la quietud, le socavan la alegría de ahorrarse dos pesos se­senta y cinco centavos por día; y desesperado hace rechinar los dientes y mira a su cliente como si quisiera darle tremendos mordiscones en los ri­ñones.

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Yo comprendo, sin haber hablado una sola palabra con este hombre, el problema que está encarando su alma honrada. Lo comprendo, lo interpreto, lo “manyo”. Este hombre se encuentra ante un dilema hamletia­no, ante el problema de la burra Balaam, ante… ¡ante el horrible proble­ma de ahorrarse ochenta mangos mensuales! Son ochenta pesos. ¿Saben ustedes los bultos, las canastas, las jornadas de dieciocho horas que éste trabajó para ganar ochenta pesos mensuales? No; nadie se lo imagina.

De allí que lo comprendo. Al mismo tiempo quiere a su mujer. ¡Cómo no la va a querer! Pero no puede menos de hacerla trabajar, como el famoso tacaño de Anatole France no pudo menos de cortarle unas rebarbas a las mo­nedas de oro qué le ofrecía a la Virgen: seguía fiel a su costumbre.

Y ochenta pesos son ocho billetes de a diez pesos, dieciséis de a cinco y… dieciséis billetes de a cinco pesos, son plata… son plata…

Y la prueba de que nuestro hombre es honrado, es que sufre en cuanto empiezan a mirarle a la cónyuge. Sufre visiblemente. ¿Qué hacer? ¿Renun­ciar a los ochenta pesos, o resignarse a una posible desilusión conyugal?

Si este hombre no fuera honrado, no le importaría que le cortejaran a su propia esposa. Más aún, se dedicaría como el célebre señor Bergeret, a soportar estoicamente su desgracia.

No; mi cafetero no tiene pasta de marido extremadamente compla­ciente. En él todavía late el Cid, don Juan, Calderón de la Barca y toda la honra de la raza, mezclada a la terribilísima avaricia de la gente del terruño.

Son ochenta pesos mensuales. ¡Ochenta! Nadie renuncia a ochenta pesos mensuales porque sí. El ama a su mujer; pero su amor no es incom­patible con los ochenta pesos.

También ama su frente limpia de todo adorno, y también ama su comercio, la economía bien organizada, la boleta de depósito en el ban­co, la libreta de cheques. ¡Cómo ama el dinero este hombre honradísimo, malditamente honrado!

A veces voy a su café y me quedo una hora, dos, tres. El cree que cuando le miro a la mujer estoy pensando en ella, y está equivocado. En quien pienso es en Lenin… en Stalin… en Trotzky… Pienso con una ale­gría profunda y endemoniada en la cara que este hombre pondría si ma­ñana un régimen revolucionario le dijera:

-Todo su dinero es papel mojado.

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