Mientras el gobierno negocia con los gobernadores genuflexos un Presupuesto 2019 de ajuste antipopular y antiprovincias, se filtró de manera insólita una entrevista televisiva a Larry Kudlow, director del Consejo Económico Nacional, quien dijo my suelto de cuerpo que el Tesoro de EEUU (es decir, el equivalente al Ministerio de Economía) está “profundamente involucrado” en la instrumentación de un plan de convertibilidad dura para la economía argentina. Kudlow no es un simple comentarista, sino uno de los más altos funcionarios del área económica del gobierno de Trump. Y el esquema en el que, según Kudlow, “estamos trabajando” (ese plural incluye tanto a gente del Tesoro yanqui como funcionarios argentinos), implica un regreso a exactamente el mismo modelo monetario de los 90 bajo Menem y Cavallo. No es una interpretación: Kudlow aclaró explícitamente que se trataba de “un esquema que ya se empleó en los 90 y funcionó”. El hombre no parece tener información muy actualizada, pero es lo que dijo.

¿En qué consiste el plan? Kudlow lo dijo con todas las letras: el Banco Central no podrá emitir un centavo salvo teniendo como contrapartida reservas en divisas, tal como sucedía en los 90. Claro que en los 90 esas reservas en divisas se formaban a partir de la emisión de deuda, proceso que el menemismo agotó en ocho años y el macrismo en el tiempo récord de dos años y medio. Es de suponer que el anuncio, si se concreta, incluiría un aporte sustancial del Tesoro yanqui como garantía de solvencia del “nuevo peso” convertible. Aclaramos otra vez que lo de “nuevo peso” son palabras textuales de Kudlow; según parece, el nivel de coloniaje del macrismo es tan alevoso que ni el nombre de la moneda se va a decidir en Buenos Aires sino en Washington.

Si no fuera porque ya estamos curtidos y porque los “mecanismos institucionales” de este país no gozan de muy buena salud, por decirlo suavemente, es para pedir juicio político a un montón de gente, empezando por el presidente y siguiendo por todo el equipo económico. ¡Nos enteramos por boca de un funcionario extranjero de cuáles son las verdaderas intenciones de un gobierno que juega a las escondidas con su plan económico, que implicaría condiciones inaceptables de sumisión económica y política… a un gobierno extranjero!

¿Cuánto de verdad hay en esto? Difícilmente sea un invento total o una más de las “fake news” (noticias falsas) tan en boga hoy. El gobierno de Trump es por lejos el más informal que haya tenido EEUU en mucho tiempo, rozando incluso el descontrol y la irresponsabilidad lumpen (1), pero justamente la cuota de relativa seriedad la ponen los altos funcionarios como Kudlow, no el propio Trump. Algo, o bastante, de cierto debe tener. Dicho esto, tampoco es seguro que la cosa esté abrochada. Más bien, pareciera ser una de las opciones que baraja el gobierno… o el FMI, más probablemente.

De más está decir que avanzar hacia una nueva convertibilidad respaldada con dólares del Tesoro yanqui sería una confesión de que el agua llegó no al cuello sino al borde de la nariz. Es prácticamente un salto al vacío tanto político como económico, cuyos riesgos no parecen haber sido calibrados. Las consecuencias de intentar llevar adelante un plan semejante en el contexto actual pueden ser muy serias. Y no sólo para el gobierno de Macri, sino para los intereses estratégicos y geopolíticos de EEUU en América Latina.

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Más aires de 2001

Es inevitable, como tantas veces en estos meses, sentir la sensación de déjà vu (ya visto) con 2001. En esa época, la número dos del FMI y cabeza del “ala dura” del organismo, la estadounidense Anne Krueger, tenía la teoría de que los estados soberanos con problemas financieros o insolventes debían ir a la quiebra como cualquier empresa. En eso estaba en sintonía con el secretario del Tesoro (ministro de Economía) yanqui en 2001, Paul O’Neill, que se negaba a gastar la plata pública (“de carpinteros y plomeros”, una frase célebre por entonces) en rescatar “Estados fracasados”. El “nuevo FMI” y el gobierno de Trump parecen más “sensibles políticamente”, pero en cuanto a capacidad de previsión de catástrofes, uno diría que se sacan chispas con Krueger y O’Neill.

A todo esto, la neoconvertibilidad es un plan B “oficial” que, nos enteramos ahora, están pergeñando los gobiernos de Argentina y EEUU. Pero hay otras opciones más radicales sobre la mesa para el caso de que el plan A –el acuerdo con el FMI y el presupuesto de ajuste que conocíamos hasta ahora– fracase demasiado estrepitosamente. Y el plan C no es otro que un viejo anhelo de los sectores ultraliberales locales y extranjeros: la lisa y llana dolarización, esto es, abandonar definitivamente el peso como moneda soberana y adoptar el billete verde como moneda de curso legal, siguiendo el camino de Ecuador, El Salvador y Zimbabwe.

A diferencia del proyecto de convertibilidad, por ahora la opción de dolarización es impulsada por lobbies fuera del gobierno. Además de los habituales voceros de la escuela ultra neoliberal de Chicago que pululan por las consultoras y la prensa gorila argentinas, hubo una reciente embestida de una conocida columnista de derecha yanqui, Mary Anastasia O’Grady, que en el periódico Wall Street Journal (9-9-18) tituló su nota: “Argentina necesita dolarizar”, con el argumento de que “el Banco Central no es confiable”. En este punto en particular, no es en absoluto la única que lo piensa: tanto en el establishment financiero internacional como en la clase capitalista vernácula se agigantan las dudas sobre la capacidad y los márgenes de manejo de la política monetaria, y de toda la política económica, por extensión, del mesadinerista Luis Caputo, el estresado Nicolás Dujovne y el meditador zen Mauricio Macri.

 

La bomba de la deuda y la bomba social

Por dar un solo dato, pero muy significativo: el déficit financiero real (ya explicamos muchas veces la trampa de hablar sólo del déficit primario, que no considera los pagos de deuda pública) para 2019 no va a ser cero, incluso si el gobierno cumple sus (bueno, del FMI) muy ambiciosos planes presupuestarios. Ese déficit va a ser del 4% del PBI, que es lo que deberá destinarse al pago de intereses de la deuda, según la consultora Quantum (Ámbito Financiero, 10-9-18). Pero la cifra más preocupante, y la que da la medida de la solvencia real de un país, es el peso global de la deuda pública sobre el conjunto de la economía, que se mide como relación entre la deuda total y el PBI.

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Esa relación era del 60% en 2001, y había caído a menos del 30% en 2015. Pero el festival salvaje de endeudamiento de Macri desbarajustó todo cálculo previo. El informe de Quantum, que considera, como corresponde, la deuda pública total, incluyendo la Nación, las provincias y la deuda del BCRA, estima la ratio deuda/PBI en el 69%, “porque [ahora] el 67% de la deuda total está denominada en moneda extranjera, principalmente dólares. El economista Walter Graziano calcula el déficit total ya no en el 4% sino en el 6,5% del PBI. Y Daniel Marx, ex funcionario del equipo de Cavallo que fue uno de los disertantes “de lujo” de la reciente convención anual del IAEF (Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas, la mayor densidad de garcas por metro cuadrado del país) calcula que el índice de la deuda pública consolidada real ya superó el 70%. El bueno de Daniel (no infamemos el apellido) agregó, con eufemismo de diplomático, que “es una zona que no es lo holgada que se venía diciendo” desde el gobierno (El Cronista Comercial, 7-9-18). Ya que él no lo dice, lo decimos nosotros: para una economía como la argentina, una ratio deuda/PBI del 70% es “zona” de default.

Son datos como éste, más todos los incumplimientos seriales de metas económicas y financieras que caracterizaron a la gestión Macri desde su inicio, ahora agravados, los que asustan a los “mercados” locales y foráneos, a punto tal de llevarlos a pensar en alternativas que eviten el desastre. La neoconvertibilidad y la dolarización son sólo las más recientes, con la novedad de que el gobierno se las oculta a la población de manera escandalosa y de lo más impropia de una “república”.

Desde ya, todos estos proyectos de encontrar una solución capitalista al “dilema argentino” (Kudlow dixit) son elucubraciones en las alturas cuya viabilidad política, económica y social está sujeta al veredicto de las luchas sociales, que parecen estar cobrando temperatura en las últimas semanas. Si el clima sigue así, por más que se diseñen planes hasta la Z, la última palabra no la tendrá el gobierno, ni el FMI, ni Trump, ni los cráneos liberales, sino el pueblo trabajador en las calles.

Notas

  1. Al respecto, no hay más que leer los jugosos adelantos del reciente libro de Bob Woodward, el mismo periodista del Washington Post que encabezó la investigación por el caso Watergate que condujo a la caída del presidente Richard Nixon en 1973, respecto del increíblemente caótico, inorgánico y hasta irresponsable proceso de toma de decisiones de la primera potencia mundial. El libro tiene el muy adecuado título de “Miedo” (Fear).
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