Marcelo Yunes
Intelectual marxista. Especialista en economía.


Las medidas que anunció el gobierno son demasiado poco para todo lo que haría falta. Aunque seguramente vendrán más anuncios, en comparación con otros países, la intervención estatal en la economía es totalmente insuficiente para a la vez frenar la pandemia y morigerar el impacto en la producción y la actividad. Lo cual era de esperar, ya que la espalda financiera de la Argentina es mucho menor no sólo que la de los países desarrollados, sino incluso que la de otros “emergentes”. Se trata, como se señala en el editorial de esta edición, de un conjunto de medidas que apuntan en primer lugar a proteger a los empresarios, no a los trabajadores, con el taparrabos de un muy módico subsidio a los sectores más pobres, cuando las medidas que hay que tomar son mucho  más fuertes. La conclusión es muy simple: sin afectar los intereses de la clase capitalista, sin una enérgica batería de acciones que no pueden consensuarse con quienes sólo están pendientes de sus ganancias, no habrá cambios sustanciales sino sólo administración cautelosa de la situación.

¡No se puede abordar una crisis pidiéndole por favor a los que tienen la sartén por el mango! Un ejemplo sencillo es el cumplimiento de la cuarentena. Una vez que se tomó la decisión, no hay discusión, y al que la infringe se lo lleva de las pestañas: no se le ruega ni se le pide permiso. Pues bien, la misma lógica corresponde en el plano macro cuando se trata de medidas económicas. Si hay que producir más respiradores o alcohol en gel o barbijos o reactivos para tests, se hace. Si hay precios máximos para evitar especulaciones y abusos, se cumplen. Si hay que pagar los salarios caídos de trabajadoras/es que deben quedarse en su casa por razones médicas o de cuidado de sus hijos, se pagan. Y si estas asignaciones y gastos estatales tienen total prioridad económica, entonces hay que tomarlo así. Pero para eso hace falta una decisión política de disciplinar a la clase capitalista que está completamente ausente.

Para seguir con ese ejemplo, el presidente se tomó el tiempo de criticar a un energúmeno imbécil que se negó abiertamente a cumplir la cuarentena. Y es posible que veamos más retos a casos simbólicos por el estilo, especialmente si involucran a algún personaje conocido. Pero no veremos ninguna crítica parecida contra toda la clase capitalista que evade, que no paga sueldos caídos, que sube precios por las dudas, que busca todas las maneras posibles para que el peso de esta crisis caiga también, como las otras, sobre las espaldas de quienes trabajan.

Tal como se lo presentó, el paquete es, más bien, un paquetito. Está muy lejos de siquiera aproximarse a cubrir las urgencias, tanto sanitarias como económicas. Veamos por qué.

En lo estrictamente vinculado a la pandemia, los anuncios son directamente miserables. En vez de redireccionar los esfuerzos de la industria farmacéutica y de insumos de salud a la producción de lo que se necesita, lo que hay es un “programa de apoyo técnico a grupos de equipamiento médico”. ¿Apoyo técnico? ¡Lo que se necesita es apoyo económico, o más bien, que el propio Estado establezca las prioridades productivas! Y de inversión sanitaria: un informe reciente (1) mostró las condiciones pavorosas de las trabajadoras/es del Instituto Malbrán, que es exactamente la primera línea de defensa sanitaria en esta crisis. ¡Hay sueldos de 25.000-30.000 pesos! ¡Una de las mejores especialistas en virus respiratorios se fue en diciembre a trabajar a un hospital común a hacer guardias, porque ganaba más así! Vaciamiento del macrismo, se nos dirá. Por supuesto, pero ¿qué esperan en el gobierno para duplicar, como mínimo, el sueldo y la dotación de personal del principal centro epidemiológico del país? Hasta los diputados del PRO, en el colmo de la desfachatez, donaron el aporte de 100.000 pesos que harán todos los legisladores al Malbrán, criticando al gobierno por no concentrar el dinero ahí… Si esta miseria es lo que recibe el Malbrán, con toda la importancia que tiene en estos días, qué quedará para médicas, enfermeras y demás personal de salud.

En cuanto a las medidas para “levantar la economía”, no alcanzan ni para un lento carreteo, más allá de los bonos para jubilados (sólo los de la mínima) y AUH. Por ejemplo, se aumentará en 100.000 millones de pesos la obra pública. Bueno, eso es menos que cualquier crédito del BID o el Banco Mundial. Reactivar el Procrear con 100.000 créditos es algo a la vez escasísimo (el déficit de viviendas se cuenta por millones, no por decenas de miles) y de plazo demasiado largo. Ni hablar de los créditos de refacción de viviendas, por un total de 6.000 millones de pesos: una gota en el océano, al igual que los 8.000 millones para el teletrabajo. Y el colmo del ridículo es el presupuesto de 3.000 (tres mil) millones de pesos  para “ampliar y reactivar” 48 (cuarenta y ocho) parques industriales, a razón de menos de un millón de dólares por parque. Renovar el plan Ahora 12 por 6 meses, precios máximos por 30 días… Todo es así: chiquito, timorato, insuficiente, casi simbólico.

La única cifra significativa son los 350.000 millones de pesos para pymes… de los cuales el 90% saldrá de los bancos comerciales, no del Estado, a una tasa del 26%, supuestamente para cubrir salarios. Pero nos permitimos dudar de ese virtuoso destino, porque aunque se reflota el programa Repro, que habilita al Estado a pagar parte de los salarios de las empresas en crisis, se habló de un “reforzamiento del seguro de desempleo”. ¿Y eso? Por supuesto, no está de más aumentar la cifra miserable que hoy se paga, pero ¿significa eso que el gobierno prevé despidos como resultado del parate económico? Sea así o no, era elemental implementar una prohibición de despidos (y no sólo doble indemnización) como medida básica de protección a los trabajadores, muchos a merced de los caprichos de su empleador, que aprovecharán la recesión (vieja o nueva) para reducir personal.

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Acechan la recesión y revolotean los buitres

Irónicamente, con todo lo escaso y hasta exiguo del paquetito de medidas en relación con los objetivos declamados de enfrentar el virus y la recesión, es en cambio suficiente para empezar a tirar por la borda el programa fiscal acordado con el FMI. Decimos empezar porque hay que ver a) cuánto se concreta realmente, y b) si el propio FMI, ante el cariz que tomó la crisis del corona virus, no acepta estirar los márgenes.(2)

Esta decisión unilateral, espoleada por la situación, se da en el marco de lo que hasta la llegada del Covid-19 estaba en el centro de toda la atención: la renegociación de la deuda pública externa. Mientras todos los demás plazos se corren ante la emergencia, por ahora el calendario de negociaciones con los acreedores no tiene mucho margen para moverse. Es cierto que la idea de máxima del gobierno era tener todo abrochado para el 31 de marzo y que esa fecha evidentemente se movió unas semanas, pero los vencimientos siguen igual (y la capacidad del Tesoro para afrontarlos, igual o peor). Y mucho tiempo no queda: los pagos gordos vienen en mayo, y afrontarlos sin que haya acuerdo significa desprenderse de casi la mitad de las reservas líquidas reales del Banco Central.

Trataremos de resumir el estado de cosas. El gobierno anunció la “reestructuración” (esto es, un canje de bonos viejos por otros) de casi 69.000 millones de dólares. A diferencia de los canjes de 2005 y 2010, en los que había que arreglar con hasta el último acreedor–el 7% que quedó afuera, los famosos holdouts, son los que después le ganaron el juicio al país–, ahora alcanza con que el 75% acepte la propuesta. Otra a favor del plan oficial es que en esta ocasión no hay tantos acreedores, sino que la gran mayoría de los bonos se concentran en muy pocas manos, un puñado de grandes fondos de inversión (Black Rock, Gramercy, Vanguard, Templeton). A partir de aquí, todas son malas.

Recordemos que el valor de mercado de los bonos argentinos está lejos del valor nominal. Durante los últimos meses, el valor “presente” de los bonos rondaba el 45-50% de ese valor nominal. Pero las condiciones de la economía mundial bajo el corona virus empeoraron la performance de todos los bonos de países “emergentes”, y no hablar los argentinos. El famoso plan económico que hay que presentar a los acreedores para que éstos consideren viable la oferta del gobierno se basaba en unos pocos elementos: sostenibilidad política, evitar el default, prudencia fiscal, crecimiento muy moderado de aquí a dos o tres años y, la carta de oro, la fuente genuina de divisas de –sobre todo– Vaca Muerta (se le calculaba una capacidad de generación de unos 5.000 millones de dólares anuales) y otras explotaciones mineras. Pues bien, a todo esto se lo llevó el viento, o el virus.

En efecto: no sólo que la mayor fuente de divisas, las exportaciones, sufrirán bajo la caída de precios de las commodities en general –la soja araña los 300 dólares la tonelada–, sino que para colmo la disputa Arabia Saudita-Rusia está demoliendo el precio del petróleo a niveles insólitos. El de mayor calidad, el Brent, ya cotiza por debajo de los 30 dólares el barril, y ya hay quienes vaticinan que perforará la barrera de los 20 dólares. Vaca Muerta necesita un precio mínimo de 50 dólares el barril para no perder plata; ni hablemos de ganar. Se da el caso absurdo de que ahora ¡el Estado argentino debe subsidiar a las petroleras! Es decir, les paga el barril al “precio sostén” de 50 dólares aunque ahora en el mundo valga la mitad, porque de otro modo los yacimientos dejarían de ser operativos.

En suma: el Covid-19 se llevó puesta a Vaca Muerta, a la perspectiva de equilibrio fiscal –por más que el paquete sea modesto– y a la tasa de crecimiento económico esperada, para no hablar de eventuales rebrotes inflacionarios producto de devaluaciones como las que sacuden a México y Brasil. Del ya vago “plan” inicial no queda, literalmente, nada. La tasa de riesgo país, del orden del 35% (3.500 puntos básicos; lo habitual son entre 200 y 500 puntos…), refleja ese panorama.

Ahora bien, este panorama espantoso, según especulan algunos economistas, hasta podría favorecer a Argentina. ¿De qué manera? Así: dado el escenario semiapocalíptico que enfrentan todos los actores financieros, incluidos esos mega fondos acreedores de la Argentina, éstos resolverían concentrarse en los problemas importantes, lista en la que Argentina evidentemente no figura. De ese modo –siempre según este razonamiento–, los acreedores optarían por recortar daños en las inversiones grandes y sacarse rápidamente de encima los problemas menores –Argentina, claro–, aceptando sin mucha discusión los términos que el país proponga.

¿Es esto delirante? No del todo. Pero tampoco es lo más probable, por dos razones. Primera, que la oferta argentina va a ser, con toda seguridad, “poco amigable”; hasta el ministro Guzmán se atajó diciendo que los acreedores se iban a sentir “decepcionados”. Y no por voluntad de confrontación, desde ya, sino porque no queda mucho margen para otra cosa si el gobierno decide honrar la promesa de un acuerdo “políticamente sustentable”. Una oferta que implique ajuste brutal, decididamente, no lo es, y menos en el contexto actual. La segunda razón es que los acreedores pronto tendrán otra alternativa si lo que desean es olvidarse del asunto: vender sus bonos a los fondos buitres, en particular el de nuestro viejo conocido Paul Singer.

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Esto obedece a que aunque la oferta argentina podría incluso mejorar el valor de mercado actual de los bonos argentinos, que ronda entre el 30 y el 35% (4), la depreciación de la deuda argentina la está acercando a un valor atractivo para los buitres. Y si los buitres compran esos bonos –como vimos, alcanza con que compren no el total sino más del 25%, lo necesario para evitar que el gobierno llegue a la masa crítica del 75%– para bloquear toda la operación. Porque los buitres no tienen interés en negociar: tal como vimos en 2014-2015, su meta es, por el contrario, exigir el pago del 100% del valor nominal o le hacen juicio al país.

Aquí es donde conviene retener que parte de las leyes votadas hace poco en el Congreso sobre el tema deuda mantienen que la jurisdicción de la deuda pública, incluso para la “nueva”, va a seguir siendo extranjera (Nueva York o Londres). De modo que Singer, comprando el 25% de los 68.000 millones a un valor real del 30%, es decir, invirtiendo poco más de 5.000 millones de dólares (¡menos de lo que le arrancó al país con el pago de Macri en 2016!), estaría en condiciones de llevarse más del triple. O más: en el “juicio del siglo”, su tasa de ganancia excedió el 1.000%. El juez Griesa se murió, pero dudamos que su sucesora Loretta Preska, sea mucho más permeable a los intereses argentinos.

Esto deja tres escenarios para el canje de deuda que pretende el gobierno. Uno: los acreedores aceptan sin mucha discusión la oferta, con una quita suficiente como para darle –en principio– margen de acción al gobierno de Fernández. Posible por el grado de stress financiero; no muy probable por el volumen de pérdidas que deberían asumir. Dos: los acreedores se ponen más duros y pretenden forzar una oferta más “friendly” pero que obligue a un ajuste feroz.(5) Esto a su vez plantea tres salidas: a) el gobierno se aviene (poco probable); b) la contraoferta de los acreedores es tan inaceptable que fuerza la caída de la negociación y el default (no lo más probable, pero para nada descartable); c) sigue una negociación dura que concluye en un acuerdo que no deja muy conforme a nadie, pero es un acuerdo al fin (hoy, lo que tiene más chances). El tercer escenario ya es con los buitres sobre la mesa; en ese caso, el default es inevitable. Las próximas semanas (o días) irán delineando con más claridad las posibilidades. Una cosa está clara: difícilmente haya buenas noticias para una población que a la crisis sanitaria y la disrupción de su vida cotidiana pronto deberá sumar la carga del deterioro económico.

 

 

 

Notas

  1. Del periodista Alejandro Bercovich en el programa de C5N “Brotes verdes”, 17-3-20.
  2. De hecho, el FMI también se sube a la ola “keynesiana” mundial de anunciar fuertes intervenciones estatales para intentar que lo que ya apunta como recesión no devenga en depresión global. A las inyecciones gigantescas de gastos público ya comprometidas por China, Japón, EEUU, el Reino Unido, Francia, Italia, España y hasta Alemania, el FMI anunció que tendrá disponible un billón de dólares (20 veces el préstamo a la Argentina) para asistencia financiera.
  3. Parte del derrumbe general del valor de las empresas argentinas es el de YPF, que perdió dos tercios de su valor de Bolsa en lo que va del año. Claro que no es un caso aislado: no sólo entre las argentinas, sino que el desplome bursátil a nivel global ha dejado un tendal de víctimas. Por dar sólo algunos ejemplos: grandes empresas proveedoras de la industria petrolera como Transocean (la mayor contratista de perforación en alta mar del planeta) o Halliburton (que opera en Vaca Muerta) perdieron casi un 80% de su valor; Repsol cayó más de la mitad. A las aerolíneas y automotrices les va casi igual de mal, y no se salvan ni los bancos: Daimler, Boeing, Lufthansa, American Airlines, Unicredit (Italia), Iberia y British Airways perdieron la mitad de su valor; Ford, Citigroup, Delta Airlines, Bank of America, BMW, Fiat Chrysler y Disney, entre un 35 y un 50%. Es una masacre.
  4. Los detalles aún no se conocen, pero ya hay un primer indicio de la oferta del gobierno argentino a los acreedores: se pidió a la Autoridad Regulatoria de la Industria Financiera (sigla en inglés FINRA) de EEUU una autorización de emisión de deuda por unos 31.600 millones de dólares, esto es, un 55% menos que el monto original a reestructurar (C. Burgueño, Ámbito Financiero, 18-3-20). Este valor es indicativo, no final, ya que el “valor presente” es siempre un mix entre monto nominal, tasa de interés y plazo del bono; además, está sujeto asimismo a renegociación. Pero no deja de ser un dato.
  5. Recordemos que estamos hablando no de los “jubilados italianos” de 2010, sino de los fondos de inversión más grandes y profesionales del mundo, que manejan activos por valor de 16 billones de dólares, 40 veces el PBI argentino y más del 80% del PBI de EEUU. No son unos nenes de pecho; pasa que, comparados con Paul Singer y su troupe, el gobierno los debe considerar Bambi o el hada Campanita.
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