Por Claudio Testa

Las desiguales aunque terribles derrotas sufridas por la Primavera Árabe –que se inició hace casi diez años– hicieron creer a muchos que la paz de los cementerios reinaría durante generaciones en la amplia región que abarcó.

Pero, en estas épocas, por distintos motivos, aunque a veces las cosas no acaben bien (es decir, terminen triunfando los ricachones y gobernantes locales, y sus patrocinadores del Norte), las peleas vuelven a replantearse más pronto de lo esperado.

Eso parece suceder hoy en Argelia, un país que hasta hace poco era lo más parecido a un cementerio político (y no sólo en sentido político o metafórico sino literal).

Un poco de historia…

Recordemos que Argelia, estado situado en el norte de África entre Túnez y Marruecos, compone con esos países el llamado “Magreb”. Es decir, los países que dan sobre la zona Suroeste del Mediterráneo.

Argelia fue colonia francesa durante más de un siglo, de 1830 hasta el 5 de julio de 1962. Su independencia fue producto de una lucha heroica, que se inició en 1954 contra el ocupante imperialista, que se negaba obstinadamente a poner en práctica un plan descolonización. La guerra de liberación costó alrededor de 500.000 muertos a los argelinos. Y se calcula que durante todo el período colonial un 15 por ciento de la población de Argelia fue masacrada por los franceses.

Esta referencia histórica es de fundamental importancia, porque en buena medida el nuevo Estado “independiente” de Argelia aún refleja su pasado. Es que esta “guerra por la independencia” tuvo sus paradojas… que tendrían consecuencias políticas. 

Una de ellas fue que la gran mayoría de lo que serían luego las Fuerzas Armadas oficiales del nuevo Estado y su oficialidad, no luchó en primera fila por la independencia. Esas fuerzas, organizadas y armadas por otros Estados árabes ya independientes, permanecieron en gran parte estacionadas en las fronteras argelinas, principalmente con Túnez, como un elemento de presión. Las acciones principales (y la mayoría de los muertos) se dieron al interior, en combates desarrollados por guerrillas más radicalizadas políticamente.

Sobre esas bases –luego de la independencia en julio de 1962– se desencadenaron luchas por el poder (a veces a abiertas, otras solapadas) entre sectores “moderados” (miembros y/o socios políticos del mencionado Ejército oficial estacionado en la frontera, que había entrado a Argelia después del triunfo) y sectores más radicales, donde muchos se proclamaban “socialistas”[1] y que en su mayoría habían combatido en el interior.

Aclaremos que, aunque se tratase de medidas progresivas, estas tenían poco o nada de “socialistas”. En su aplicación y administración, por ejemplo, no existía la menor democracia obrera ni popular. En verdad eran medidas copiadas del régimen burocrático-stalinista que regía en esos momentos la Unión Soviética y que pasaba como modelo de “socialismo” para muchos luchadores anticolonialistas de la época.

Al principio, se impusieron los “radicales” o “socialistas”. Su principal líder, Ahmed Ben Bella, sería el primer presidente de Argelia independiente. Aunque Ben Bella no era realmente socialista  ni marxista revolucionario, tomó medidas radicalizadas, de expropiaciones de empresas, de liberación de la mujer contra las reaccionarias prescripciones del Islam, etc.

Pero al mismo tiempo otras medidas de Ben Bella (de tinte indudablemente stalinista) fueron contraproducentes. Por ejemplo, los intentos de imponer por la fuerza a toda la población argelina el uso del árabe, persiguiendo así a los sectores que hablan lenguas más antiguas, como el tamazight, o bereber.

En ese contexto contradictorio, la derecha, que manejaba las Fuerzas Armadas, impulsó un golpe de Estado, que no tuvo mayor oposición popular. En junio de 1965, Ben Bella no sólo fue destituido, sino también encarcelado durante toda una década.

Hacia la “normalidad” semicolonial: historia de panoramas turbulentos

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La “normalidad” posterior no fue, por supuesto, nada socialista. Argelia recorrió la “órbita” esencialmente común (aunque con diferencias formales de mayor o menor importancia) de las ex–colonias del Medio Oriente: hacia la “normalidad” semicolonial. Es decir, hacia la derecha…

En ese marco, en Argelia la producción petrolera pasó a tener importancia central. Aunque se han desarrollado ramas industriales menores y periféricas a los centros mundiales (en primer lugar a la Unión Europea), los ciclos de bonanza económica y de descenso a los infiernos siguen las oscilaciones comunes a todos los países petroleros.

La relaciones (y sometimiento) post-colonial con la antigua metrópoli, Francia, sigue también, en gran medida, marcando el paso de la economía, en combinación con el petróleo. Otros elementos fundamentales son político-sociales, que luego estallarían con gran estruendo. Y hoy lo hacen nuevamente.

En ese sentido, volviendo al pasado, digamos que el golpe de Estado de 1965, que acabó con el “socialismo” de Ben Bella, también terminó de consagrar a las Fuerzas Armadas, su oficialidad y su red de “amigos” civiles como el pilar o tronco del poder y, también, de los negocios y la acumulación que terminaría engendrando una nueva burguesía estrechamente relacionada con el Estado para todas sus operaciones.

Es que la pertenencia al partido único, el Frente de Liberación Nacional (FLN) y la cercanías a las cumbres del poder (centralmente militar), eran las condiciones sine qua non para desarrollar negocios y negociados,  prosperar y llenarse los bolsillos… Y ahora, aunque existe formalmente el “pluripartidismo” la cosa en el fondo no ha cambiado mucho…. aunque sus crisis han obligado a retoques y modificaciones…

La otra cara del régimen es que la mayoría de la población, que queda por fuera del aparato político-militar oficial, la pasa mal. Y no hablemos de enriquecerse. Digamos de conseguir un modesto trabajo, un empleo público o privado.

Una de las consecuencias sociales que produjo esto, fue la emigración masiva de la juventud a Francia. Pero también, a más largo plazo se produjo algo muchísimo peor a nivel político: a fines del siglo pasado irrumpieron con fuerza las corrientes islamistas. En la época de combate por la independencia, éstas no existían o, directamente, muchos de sus clérigos eran colaboradores del imperialismo francés, que predicaban no luchar.

Pero décadas después, un renovado islamismo archireaccionario se lanzaría al asalto… ahora contra un régimen político militar antidemocrático y corrupto… pero para ir a algo mucho peor…

Irrupción y sangriento choque con el islamismo

En los años de 1980/90, ya se había hecho insoportable y absolutamente ilegítimo, el régimen corrupto de “partido único” del Frente de Liberación Nacional (FLN). Esto podía ser aceptado en tiempos de la lucha armada o luego de la guerra con Francia, cuando el FLN aparecía como el héroe que había logrado la victoria contra el colonialismo.

Pero, a fines del siglo, el FLN se revelaba ante gran parte del pueblo como una pandilla de bandidos y corruptos dedicados a llenarse los bolsillos, mientras los sectores populares iban de mal en peor… Esta pudrición del nacionalismo burgués en la Argelia poscolonial –que fue un fenómeno generalizado en todo el Medio Oriente– le abriría de par en par las puertas al islamismo…

En tren de recuperar terreno político y algo de prestigio, a fines de los 90, el gobierno del FLN decide un cambio político importante. Una “apertura democrática”: acabaría con el régimen de partido único y se convocaría a elecciones multipartidistas… pero esto abrió las puertas no a fuerzas democráticas y de izquierda, sino a corrientes islamistas a cual más retrógradas.

Recordemos que en los 90, las más retrógradas corrientes islamistas sunnitas –financiadas principalmente por Arabia Saudita–estaban “de moda” y en ascenso en gran parte del mundo “islámico”.

En ese contexto, en Egipto es legalizado el Frente Islámico de Salvación (FIS), un partido integrista islámico que propugnaba la creación de un Estado basado en el Corán y la Sharía (cuerpo de leyes tradicionales del Islam sunnita).

La gran sorpresa es que el FIS triunfa en la primera vuelta de las elecciones legislativas, los primeros comicios pluripartidistas celebrados en diciembre de 1991. Esto lleva a la cúpula del poder (de hecho, bajo control de las Fuerzas Armadas) a anular la segunda vuelta y todo el proceso electoral. ¡O sea, un desastre político que, en vez de fortalecer al régimen, lo lleva al borde del precipicio!

Esto dio motivos a distintas organizaciones islamistas, principalmente el Movimiento Islámico Armado (MIA), fuerte en las montañas y el Grupo Islámico Armado (GIA) y otras, a lanzarse a una lucha armada, principalmente mediante atentados terroristas, masacres de sectores estimados “infieles”, etc.

Pero eso fue al mismo tiempo la perdición de los islamistas. No sólo generaron un amplio rechazo. También el islamismo se escindió en varias organizaciones que se combatían mutuamente. Esto dio oportunidad a las fuerzas armadas oficiales para montar toda clase de provocaciones y lanzar una terrible represión general.

Este terrorismo masivo alentado desde arriba (el aparato del Estado) y desde abajo (las organizaciones islamistas) produjo innumerables matanzas, pero al mismo tiempo paralizó a los trabajadores y sectores populares,  y a la izquierda. Fue una situación que se prolongó entrado este siglo… pero que ahora pareciera despejarse con las presentes movilizaciones.

Ahora, gran crisis del régimen por ola masiva de protestas

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Las consecuencias negativas de estas masivas atrocidades gemelas (cometidas desde las corrientes armadas islamistas y desde el Estado) se prolongaron más allá de la primera década de este siglo XXI. Así, en la misma Primavera Árabe, Argelia fue uno de los países que menos se movilizó, aunque de ninguna manera estuvo absolutamente pasivo

¡Pero ahora, al fin, estalló!

La chispa fue el descarado fraude electoral que se prepara con vistas a las elecciones presidenciales. Se pretende reelegir nuevamente al actual presidente Abdelaziz Bouteflika para que cumpla un quinto mandato.

En verdad todo es un fraude descarado, organizado desde la camarilla que compone la actual cúpula militar. Es que además del escándalo de imponer cinco reelecciones en medio de un repudio popular generalizado, Bouteflika hoy es una especie de zombi. Durante su quinto mandato se supone que gobernaría estando seriamente enfermo, inválido y mudo a consecuencia de un accidente cerebro vascular muy serio.

Simplemente sus “patrocinadores” –una camarilla de familiares y jefes militares– quiere continuar gobernando, sentando en el sillón presidencial a un virtual cadáver, que tiene dificultades no sólo para caminar, sino meramente para hablar y/o responder una pregunta que se le haga.

Pero las dimensiones del estallido de repudio, que abarca a amplios sectores populares, sobre todo juveniles, va más allá del lamentable candidato.

Apuntan, más o menos conscientemente, a la necesidad inmediata una salida democrática… pero objetivamente esto sólo sería posible mediante un cambio radical de régimen… es decir, mediante una revolución.

Para marchar en ese sentido, el primer paso es luchar por una salida democrática que favorezca a los trabajadores y al pueblo, y no a las camarillas de generales y millonarios!

Esto podría concretarse imponiendo mediante la movilización de las masas trabajadoras y populares, una Asamblea Constituyente democrática, con plenos poderes y absolutamente independiente de las mafias político-militares que vienen gobernado Argelia.

1.- Aclaremos que, aunque se tratase de medidas progresivas, estas tenían poco o nada de “socialistas”. En su aplicación y administración, por ejemplo, no existía la menor democracia obrera ni popular. En verdad eran medidas copiadas del régimen burocrático-stalinista que regía en esos momentos la Unión Soviética.

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