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Editor en Jefe del portal IzquierdaWeb - Noticias de los trabajadores, las mujeres y la juventud.

 

Por Ale Kur

Hace poco más de una semana, ocurrieron hechos de una profunda gravedad en Alemania. En la ciudad de Chemnitz, en el este del país, se llevó adelante una movilización de varios miles de personas con un contenido de ultraderecha, levantando consignas xenófobas, que culminó en ataques violentos y persecuciones contra los inmigrantes.

Entre sus participantes había unos cuantos grupos neonazis (exhibiendo sus símbolos fascistas), hooligans (barrabravas de equipos de futbol) y simpatizantes de organizaciones políticas de la “lejana derecha”, además de unos cuantos “ciudadanos de a pie” enardecidos por la demagogia racista.

Las movilizaciones se realizaron bajo la excusa de la muerte de un ciudadano alemán luego de que fuera acuchillado, supuestamente, por dos refugiados provenientes de Medio Oriente. Esto ocurrió en un clima muy caldeado: desde 2015 llegaron al país más de un millón de refugiados (originados en su mayoría por la devastadora guerra civil siria), y la derecha alemana viene realizando una campaña sistemática de incitación al odio contra ellos.

Estos sectores acusan a los árabes y musulmanes de ser esencialmente extremistas (responsabilizándolos colectivamente del terrorismo), de introducir una cultura disruptiva con los “valores occidentales” y de ser en su conjunto atrasados y barbáricos. Este discurso racista y xenófobo logró prender en una importante porción de la sociedad, formándose movimientos (como el denominado Pegida, “Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente”) y partidos políticos alrededor de la plataforma del rechazo a los inmigrantes. Entre ellos, destaca el movimiento Alternativa por Alemania (AFD por sus siglas en alemán), que en las últimas elecciones obtuvo el 12,6% de los votos en todo el país, entrando en el parlamento con nada menos que 94 escaños.

El crecimiento de la xenofobia se trata de un fenómeno no solo alemán sino globalmente europeo: el mismo discurso enarbolan en Francia el Front National, en Reino Unido partidos como el UKIP y movimientos fascistoides como el Democratic Football Lads Alliance. Estos mismos sectores existen también en Austria y en buena parte de Europa Oriental. En países como Hungría el gobierno es abiertamente xenófobo.

Las raíces del crecimiento de la ultraderecha

En todas partes de Europa, la “lejana derecha” se nutre del crecimiento del malestar social, especialmente luego de la crisis de 2008, pero más en general por los efectos del neoliberalismo y la globalización. En las últimas décadas aumentó por doquier la precarización laboral, el desempleo, la decadencia industrial, los efectos nocivos de las políticas de “austeridad”.

La “casta política” que viene gobernando Europa pierde cada vez más su legitimidad, dando lugar a fenómenos de desborde del régimen tanto por derecha como por izquierda: este es el caso de los fenómenos como Podemos, Syriza, Jeremy Corbyn en el Reino Unido, Mélenchon en Francia, etc.

Pero el elemento que más contribuye a inclinar el péndulo hacia la derecha es precisamente la debilidad de las alternativas por izquierda. Es el caso especialmente luego del rotundo fracaso de la experiencia de gobierno de Syriza en Grecia, que aparecía como la “nave insignia” del rechazo progresista a la austeridad. Luego de que su gobierno capitulara en toda la línea a las exigencias neoliberales de la Unión Europea, la bandera de la crítica al régimen europeo quedó principalmente en manos de los sectores reaccionarios. Estos sectores intentan canalizar el malestar social descargándolo sobre los inmigrantes, como si fueran ellos los responsables de la situación y no los gobiernos, los banqueros y los grandes capitalistas en general (es decir, los auténticos creadores de la crisis).

Por último, en el caso de Alemania oriental y Europa del Este en su conjunto, donde la xenofobia y el ultraderechismo adquieren formas más agudas (y masivas), es claramente visible el efecto nefasto que produjo la restauración capitalista luego de la caída de los así llamados “socialismos reales”. Restauración que se produjo sobre la base de formas muy duras de explotación y precarización, funcionando estas regiones como fuente de mano de obra barata para toda la burguesía europea. En estos casos, la decadencia social se combinó con el auténtico “agujero negro” en la conciencia política que dejó la catástrofe del estalinismo, generando un caldo de cultivo ideal para el desarrollo de las tendencias de ultraderecha.

Masiva reacción popular contra el racismo

Pese a todo lo anterior, el panorama no es tan oscuro como parece: estas tendencias reaccionarias existen, pero también provocan una fuerte reacción popular, una profunda polarización política. Allí donde la ultraderecha levanta la cabeza, se demuestra que existe espacio político para convocatorias masivas de rechazo, de defensa de los inmigrantes y todos los sectores oprimidos.

Por ejemplo, en Chemnitz las movilizaciones de ultraderecha no quedaron sin respuesta. Inmediatamente comenzaron a organizarse contramarchas denunciando al racismo y xenofobia, de las que participaron también miles de personas, organizadas por más de 70 organizaciones políticas, sindicales, sociales, etc. Más aún, se organizó en Chemnitz un festival antirracista que fue un éxito rotundo: asistieron más de 65 mil personas, participando bandas internacionalmente reconocidas como Die Toten Hosen.

Esto mismo ocurre también en otras partes de Europa como respuesta al crecimiento de la derecha. En Reino Unido se vienen poniendo de pie organizaciones y movilizaciones contra el racismo, habiendo logrado por ejemplo una marcha multitudinaria de cientos de miles de personas en rechazo a la visita de Donald Trump (referente mundial de la discriminación y la xenofobia).

Por lo tanto, es posible y necesario aislar a la ultraderecha, levantando movilizaciones masivas de repudio. Queda planteada una fuerte pelea política por el control de las calles y la conciencia de las masas: si la izquierda y los sectores progresivos triunfan en esa contienda, se abre la posibilidad de acabar con la situación política reaccionaria y volver a inclinar el péndulo en el sentido opuesto. Es la única alternativa para evitar una profundización del curso derechista de la situación en Europa y el mundo.

 

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