Marcelo Yunes
Intelectual marxista del Nuevo MAS


Todos los informes de las negociaciones en marcha entre representantes de los gobiernos de EEUU y China para llegar a un acuerdo comercial eran optimistas, siguiendo la línea pacífica de la tregua acordada entre ambas potencias en la reunión del G-20 de Buenos Aires. Hace tan poquito como el 28 de abril, el secretario del Tesoro (equivalente al ministro de Economía) de EEUU, Steven Mnuchin, sostuvo que las conversaciones estaban “en las rondas finales”. En cuestión de días, el presidente yanqui descerrajó una serie de tuits y todo quedó en el aire. Y a los tuits siguieron las medidas. ¿Es una jugada audaz del autor de “El arte de la negociación”, famoso por apostar fuerte, o es el comienzo de una guerra comercial en regla con todas sus gravosas consecuencias?

Repasemos primero los hechos: Trump anunció que en rechazo a los cambios de último momento que los funcionarios chinos quisieron incluir en el documento del acuerdo, impondría un arancel del 25% a exportaciones chinas a EEUU por 200.000 millones de dólares (sobre un total de 560.000 millones). Pese a las advertencias de Trump, Xi Jinping respondió casi de inmediato con aranceles a 60.000 de los 180.000 millones de las exportaciones yanquis a China.

El acuerdo se iba a centrar en pocos puntos: exigir a China el respeto a la propiedad intelectual y el fin de las transferencias forzadas de tecnología (esto es, aceptar inversiones extranjeras bajo la condición de compartir con los socios locales el know-how), mayor apertura a inversiones de EEUU y el compromiso de eliminar o reducir subsidios estatales a empresas chinas que compiten con las extranjeras. Algunas de estas exigencias llegan un poco tarde: la transferencia tecnológica, que fue decisiva en los primeros años de apertura en los 90, ocupa un rol decreciente a partir justamente de la mayor capacidad china para autosustentarse en el terreno de investigación y desarrollo, aunque todavía le falta bastante para declararse tecnológicamente autónoma. Pero aparentemente el punto de discordia que motivó la caída, por ahora, del acuerdo fue, según la versión china, que EEUU reclamó que los cambios en la relación comercial fueran más allá de un mero convenio y se estipularan por ley, algo que el PCCh considera una nueva versión de humillaciones imperialistas muy presentes en la historia política de ese país.

 

Mucho más que comercio

Desde el punto de vista estrictamente comercial, el balance del intercambio entre ambas naciones es abrumador: el déficit comercial para EEUU (o superávit para China) se acerca a los 400.000 millones de dólares anuales. Esto es algo que Trump, en su mirada proteccionista, casi mercantilista (1), viene cuestionando desde la campaña electoral presidencial y es uno de los pocos temas en los que tenía una postura clara y permanente. Las amenazas de guerra comercial vienen desde entonces, pero hasta ahora parecía uno de los tantos puntos en los que la retórica de Trump no se ve acompañada de medidas o resultados, desde el muro con México a la relación con Corea del Norte, pasando por la aún no concretada liquidación del plan de salud pública implementado por Barack Obama.

La formulación más clara de esta visión la dio el propio Trump en marzo del año pasado cuando soltó, con su habitual liviandad, “las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar”. Afirmaciones ambas que la mayoría de los líderes de las demás potencias del mundo no suscribiría, y que teme más bien que resulten ser exactamente lo contrario: malas, largas y perjudiciales para el conjunto de la economía mundial.

Sin embargo, nadie ignora que el aspecto comercial o incluso económico de este conflicto no comienza ni se agota allí, sino que es, más bien, sólo un costado de una pulseada geopolítica más general entre la potencia mundial dominante hasta ahora indiscutida desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y la amenaza a ese sitial que representa el ascenso de China en todos los órdenes, desde su capacidad de desarrollo económico hasta sus aspiraciones en el plano tecnológico y militar.

Las dos grandes iniciativas lanzadas por China, que dan sustento y estrategia a ese ascenso, son, en el plano de las relaciones internacionales, la llamada Nueva Ruta de la Seda (Belt and Road Initiative), un muy ambicioso proyecto de financiación y ejecución de obras de infraestructura que abarca más de 60 países, en su mayoría no desarrollados, y el plan Made in China 2025, que en el orden interno se propone instalar a China en el máximo nivel, incluso superando a Occidente, en la investigación, desarrollo y producción de varias de las industrias y tecnologías más modernas e innovadoras, como robótica, inteligencia artificial, biotecnología, energías renovables y muchas otras.(2)

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En este punto, Trump no actúa sólo por sí, o por su base electoral chauvinista y nativista, sino que expresa un nuevo y claro consenso de todas las vertientes políticas del imperialismo yanqui, incluido por supuesto el Partido Demócrata, que identifican a China como, indiscutiblemente, la mayor amenaza estratégica global a la hegemonía de EEUU. Como dice un analista de la Universidad de Pekín, Zhang Jian, “lo más importante no es si hay o no hay acuerdo; es el consenso en el seno de la clase política norteamericana sobre China como una amenaza” (C. Buckley y S. L. Meyers, en La Nación, 11-5-19).

Dicho esto, es casi seguro que la jugada de Trump también incluye un ojo puesto en las presidenciales de 2020. No es ningún disparate afirmar que “demostrar dureza con los chinos y retirarse del acuerdo podría ponerlo en mejor posición política que firmarlo” (M. Landler y A. Swanson, The New York Times, 10-5-19). Nada caerá mejor a la base electoral de Trump que un mensaje de ese tipo, en vez de mostrarse como un líder contemporizador pero sospechoso de haber cedido a los chinos. Como dijo el ex asesor político y estrella mediática de derecha Stephen Bannon, “ahora la política conduce a la economía”. Irónicamente, la frase remite a la célebre divisa de Mao “la política al puesto de mando”. Pero en lo que tenga de verdad, revela una estrechez y cortedad de miras alarmante en quien conduce la principal potencia capitalista.

 

Posibles consecuencias, perdedores y ¿ganadores?

Los vaivenes de la situación se suceden día tras día. Tras el anuncio de Trump, Wall Street y las demás bolsas tuvieron un fuerte bajón. Después corrieron rumores de que todo era un bluff más de Trump y se recompusieron. Después volvió el temor, y así sigue todo. Por lo pronto, los dirigentes chinos mostraron en general más coherencia que Trump (lo que, concedamos, no es el mayor de los méritos) y exhibieron una postura que resumió el lunes 13 un comunicador mediático chino cercano al PCCh, en un video que se viralizó rápidamente en Occidente: “Si quieren hablar, la puerta está bien abierta. Si quieren pelear, vamos a pelear hasta el final” (The Economist, 15-5-19). Por su parte, en otro giro desconcertante, Trump tuiteó en medio de la histeria que “habrá un acuerdo, es sólo una rencilla”; algo que se leyó como un guiño a Wall Street. Además, las medidas aún no están vigentes: las tarifas se aplicarían a los bienes que salieron de puerto después del anuncio, lo que da unas tres semanas de tiempo para negociar.

Analistas bursátiles, economistas y burócratas de organismos financieros internacionales tienden a pensar que finalmente habrá fumata blanca y la sangre no llegará al río, pero eso tiene algo de moción de anhelo: las consecuencias pueden ser muy graves. Y puede haber acuerdo o no, pero lo que hoy predomina es la incertidumbre y  a la vez la constatación del agravamiento de la situación: “El conflicto ha entrado a una nueva y peligrosa fase. Sin discusión, el mundo está ahora más cerca de una guerra comercial en regla de lo que lo ha estado desde los años 30” (L. Elliott, The Guardian, 10-5-19).

El economista keynesiano Paul Krugman, por ejemplo, se preocupa mucho menos por las consecuencias económicas a corto plazo, que son a su juicio “el aspecto menos importante de lo que está ocurriendo”, que por el efecto disruptivo que puede tener una guerra comercial nada menos que sobre la paz y la estabilidad globales, y denuncia que Trump parece estar trabajando para “hacer del mundo un lugar más peligroso, menos democrático, de lo cual la guerra comercial sería sólo una manifestación más” (“Killing the Pax Americana”, The New York Times, 10-5-19). Como dijo nuestra conocida Christine Lagarde, “es un momento delicado para el mundo”.

No es tampoco que los efectos a corto plazo de un conflicto comercial abierto sean despreciables. El comercio global caería un 2%, el crecimiento global, un 0,8% (y ya venía en descenso), la inflación en EEUU subiría al menos un 0,5%, lo mismo que caería el PBI de China (“The Guardian view on US-China trade wars: don’t let them get started”, The Guardian, 10-5-19, y The Economist, cit.). Pero esos cálculos quizá no toman en consideración que el cimbronazo comercial, bursátil y económico crecería como una bola de nieve. Las propias autoridades chinas especulan con que Trump no resistiría una caída demasiado pronunciada en Wall Street, a la vez que los “halcones” del gobierno de Trump se frotan las manos pensando en los desequilibrios que el impacto de los aranceles traería en la economía china.

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Este peligroso “chicken game” (dos autos que aceleran para chocar hasta que uno de los conductores se asusta y se desvía) puede terminar muy mal. La realidad es que ambas economías son mucho más interdependientes que nunca (un reciente mote de los economistas para esta situación es “Chimerica”, China y EEUU, en inglés). Es posible que uno de los dos tenga más para perder que el otro, pero el “ganador” se puede encontrar con una victoria a lo Pirro, es decir, casi más gravosa que una derrota. Sin duda que China puede perder, en todo o en parte, su importantísimo superávit comercial con EEUU, pero las represalias no serán leves: se habla de boicot a productos yanquis (3) y de castigar la cadena de suministros de empresas líderes globales como Apple. Para no hablar de los riesgos políticos: sin duda subirán los precios de productos de consumo masivo en EEUU, y además los aranceles chinos son “quirúrgicos”: apuntan a los productos exportados por los estados de EEU que son claves electoralmente y podrían comprometer la reelección de Trump.(4)

Esa interdependencia y el carácter de China, que es capitalista pero no occidental, ni liberal, ni aliada de EEUU, hacen que este entuerto comercial y geopolítico no tenga precedentes claros y ofrezca, por ende, un final abierto. El temor del establishment mundial es que todo esto conduzca a un mundo con menos apego a reglas e instituciones como la Organización Mundial del Comercio, más proteccionista, más inestable: “Aunque la rivalidad geopolítica haya sido moderada hasta ahora por la interdependencia económica, las relaciones entre EEUU y China están construidas sobre la sospecha mutua. (…) EEUU ya ha estado en disputas comerciales antes, como con Japón en los 80. Pero eran países democráticos agradecidos por la protección de EEUU durante la Guerra Fría… y los presidentes de EEUU eran personajes muy diferentes. Una analogía más cercana podría ser el comienzo del siglo XX, cuando la interdependencia económica demostró no compensar el creciente nacionalismo y líderes malos. El temor es que los aranceles que imponga Trump sean menos un camino para corregir injusticias comerciales legítimas que un paso hacia un mundo mucho más oscuro” (“Trading peace for war”, The Economist, 23-6-18).

Como se ve, en varios de los análisis más pesimistas de la situación, el espectro que se agita no es el de la guerra comercial, sino el de la guerra a secas, o al menos “un mundo mucho más oscuro”. Pero sin llegar a esos extremos, e incluso suponiendo que finalmente haya arreglo, la incógnita es, mientras tanto, cuál será la magnitud del daño que se habrá infligido tanto a la economía como a la estabilidad política del orden capitalista global. Veremos si las próximas semanas, o incluso días, pueden aportar una tendencia.

 

Notas

  1. El mercantilismo es una doctrina económica nacida en el siglo XVII, en el período de expansión de los imperios coloniales europeos, que se caracteriza por sostener la necesidad de conseguir superávits comerciales (esto es, que las exportaciones superen a las importaciones) de manera permanente. Si ocurre lo contrario, según la teoría, se corre el riesgo de salida continua de metales preciosos (fuente y sostén de las monedas nacionales por entonces), con el consiguiente empobrecimiento del país en cuestión.
  2. Tratamos esta estrategia de desarrollo chino con más detalle en nuestro texto sobre economía mundial publicado en la revista Socialismo o Barbarie 32/33.
  3. Los boicots suelen ser ineficaces en países capitalistas desarrollados. Pero en China, con el peso inmenso de las directivas y regulaciones estatales, tienen un impacto mucho más tangible. Así ocurrió hace poco cuando, tras un encontronazo político con Corea del Sur, las autoridades chinas lanzaron un boicot contra empresas coreanas en China que las dejó al borde del colapso.
  4. Es el caso de los llamados estados “violetas” (los demócratas son azules; los republicanos, rojos) o “swing states”, que son los estados en disputa y donde verdaderamente se dirime la elección presidencial, gracias al absurdo y antidemocrático sistema indirecto yanqui. Astutamente, China concentra las sanciones y aranceles en esos estados buscando generar descontento en una franja de la base de Trump que, por pequeña que sea, puede definir la elección. Recordemos que en 2016 Trump hubiera perdido si se daban vuelta no más de 150.000 votos en los estados clave.
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