Marcelo Yunes
Intelectual marxista del Nuevo MAS

El gobierno cumplió su objetivo de regalarle al FMI un presupuesto recién votado como para despejar dudas en el directorio y que apruebe el acuerdo stand-by recargado. Desde ya, como dijimos en otras oportunidades, el presupuesto es una ficción aceptada por todos los agentes económicos y políticos, cuyo único sentido es honrar la promesa de ajuste hecha a (y exigida por) el Fondo. Pero vale la pena revisar un poco tanto la carta de intención como el memorándum adjunto y el informe del equipo del FMI, porque explican muchas cosas que no se explican en los medios. Por lo pronto, una conclusión se desprende sola: no estamos ante un plan económico digno de tal nombre, sino, como lo reconoció el economista PRO Carlos Melconian, ante un “plan de contingencia”, o más bien de emergencia, cuya única meta real es tratar de correr el peligro de default para 2020 de modo que la elección de 2019 no se dé en medio de un desbarajuste absoluto, ya se verá con qué suerte.

La carta de intención, firmada por el ministro Dujovne y el presidente del BCRA Sandleris, es un modelo tal de lamebotismo y genuflexión ante el poder imperial que no debe leerse con el estómago vacío: da náuseas. Es una combinación de pedido de disculpas al jefe por haber fracasado, una promesa servil de que esta vez lo harán mejor y una aclaración presurosa de que no moverán un lápiz del escritorio sin consultar primero al amo. En sustancia, lo que se pide es un poco más de plata y que se considere el crédito del FMI no ya como “precautorio” (es decir, se usa si hace falta) sino como “apoyo presupuestario” (para tapar agujeros ya indisimulables).

Más interesante y detallado es el “memorándum de políticas económicas y financieras”, que empieza con la amarga queja de que el mercado no reconoce la solidez de “los fundamentos de nuestra economía”, pero acepta el mensaje del mercado de que “Argentina no puede vivir más allá de sus posibilidades”. Por ende, el primero de todos los objetivos es “restaurar completamente la confianza del mercado”. ¿Cómo? Pues congelando la emisión monetaria; lo que Melconian llama “una sobreactuación monetaria dada la pérdida de credibilidad”.

Según el memorándum, “esta política hará descender rápidamente la inflación y las expectativas de inflación”. Pero… no tan “rápidamente”, parece, porque al mismo tiempo, dicen Dujovne y Sandleris, “nos comprometemos a mantener la tasa a corto plazo (letras de liquidación, Leliq, a 7 días) por encima del 60%” hasta que las expectativas de inflación del mercado “hayan declinado decisivamente durante dos meses consecutivos”.

Tal como en 2016, a estos genios de las finanzas y la economía la única idea que se les cae para reducir la inflación es una recesión brutal. Recordemos que en 2016 el BCRA mantuvo las Lebac por encima del 30% durante casi un año. Resultado: caída del PBI de más del 2%. Este año, el BCRA intentó controlar la crisis cambiaria con tasas del 40-45%. Resultado: adiós “crecimiento raquítico”, regreso de la recesión. Pues bien, las tasas actuales son todavía más astronómicas. La tasa de interés de las “letras de capitalización” (un engendro de reemplazo a las Lebac caídas en desgracia) a un año y medio de plazo es del 52%; a siete meses, del 54%, y las Leliq a 7 días vuelan por encima del 70%. La recesión se profundiza.

Traduzcamos esto al criollo. Cuando la tasa está 5-10 puntos por arriba de la inflación, eso mata el crecimiento económico por omisión: la inversión no va a la producción sino a la timba. Pero cuando la tasa de interés oficial está más de 20 puntos por arriba de la inflación (70% vs 48% mínimo de inflación para este año), eso liquida la actividad económica ya no por omisión sino de manera directa: las empresas con menos espalda financiera no pueden sostener sus deudas y quiebran, que es lo que está pasando de manera creciente.

Este resultado, lejos de ser accidental, es perfectamente deliberado y buscado por el equipo económico: reventar la actividad aumenta el desempleo, baja el consumo y desalienta los aumentos de precios, porque igual no se vende nada. Recesión mata empleo, mata crecimiento… pero a la inflación sólo la hiere un poco. Por eso, de acá a por lo menos el segundo semestre de 2019, recesión habrá seguro; inflación “razonable” (según el memorándum, “poco más del 20%)… a rezarle a los “mercados”.

 

Ni V, ni U: se viene la L de larga recesión

Estas letras remiten a la forma que adquiere la línea de la evolución económica. Por lo pronto, el primer trazo es sin duda hacia abajo, pero Dujovne-Sandleris, siempre subidos a su optimismo lisérgico, esperan que “a partir del segundo trimestre de 2019” empiece la “recuperación en forma de V”, es decir, caída fuerte, tocar fondo y volver hacia arriba. Ya en el terreno de la más desenfrenada fantasía, los funcionarios argentinos vaticinan que para octubre-diciembre de 2019 el crecimiento estará en el 8,5% anual. Y ya que estamos en el festival de horóscopos financieros, revolean que la inflación será de un dígito para 2021. Total, delirar es gratis. Claro que, como señala el periodista Maximiliano Montenegro en su portal, se trata de “un pronóstico del que hoy desconfían hasta los propios ministros de Macri”.

Lo que estiman economistas más serios, o al menos sin tanta necesidad de mentirle a un Fondo que hace la vita gorda, es como mínimo una recesión en forma de U: caída del PBI, período de recesión más o menos largo y recuperación posterior. Pero hay otro equipo económico que no es tan optimista, y resulta ser justo el que decide las cosas: el del FMI. En efecto, el “staff report”, o informe preliminar de los muchachos del italiano Roberto Cardarelli que se instalaron en Buenos Aires para mirar los números de verdad, incluye una tabla de “indicadores económicos y financieros seleccionados” que cuentan una historia distinta.

Contra los pronósticos de Dujovne (y del Presupuesto), el FMI estima una caída del PBI del 2,8% para este año y del 1,7% en 2019. Y no sólo eso: como resultado directo del derrumbe del salario real, se prevé una baja del consumo privado de casi el 10% este año y del 4,5% el próximo. Y la inversión, que debería ser el verdadero motor de una acumulación capitalista relanzada que inicie un desarrollo “sustentable”, caería, según el equipo del FMI, un 7% este año y más todavía (9,5%) en 2019, con el consiguiente impacto negativo en el crecimiento y el empleo.

De modo que ni V (rebote rápido), ni U (recesión de duración moderada con recuperación), sino más bien un proceso económico en forma de L (caída fuerte y continuidad de la recesión sin horizonte de salida a la vista). Este diagnóstico, curiosamente, es compartido por el propio Banco Central. En efecto, el BCRA tiene un “Indicador Líder de Actividad” (ILA), que incluye una serie de variables y le permite detectar con cierta antelación las señales de cambio de ciclo económico. ¿Qué dice este ILA? Pues que “no permite anticipar un cambio en la fase recesiva iniciada en el segundo trimestre de 2018” hasta bien entrado 2019. De hecho, según el citado Montenegro, “en el propio Gobierno descartan la posibilidad de una recuperación en forma de V, e incluso hay dudas sobre una eventual salida en forma de U. El escenario más probable, en el que todavía ni los indicadores líderes del BCRA anticipan una lejana recuperación, es una recesión en forma de L” (www.planm.com.ar).

 

El propio Fondo tiene más dudas que certezas

 

En este contexto, la gente del Fondo pondera dos riesgos: uno, económico, el de la sustentabilidad de la deuda; el otro, político, los peligros para la continuidad del macrismo hasta y sobre todo después de octubre de 2019.

A diferencia de los funcionarios PRO, que dan vueltas y buscan excusas ridículas (¡pusieron en la carta de intención que la causa de los “cuadernos de la corrupción” fue una de las “dificultades imprevistas” que impidieron cumplir las metas comprometidas en junio!), el staff del FMI se permite ser más directo: “Los indicadores del peso de la deuda han empeorado desde el pedido del primer programa (con el FMI) más allá de lo previsto en el escenario adverso. La deuda pública llegará a un pico del 81% del PBI hacia el final de 2018…  Hay riesgos significativos al escenario base [reducción gradual del peso de la deuda hasta 2023. MY]… entre los que se incluyen la posibilidad de que el previsto regreso de la confianza de los mercados no se materialice, la estructuralmente alta proporción de deuda denominada en dólares y los potenciales pasivos contingentes del sector público en todos sus niveles [es decir, los papelitos del BCRA. MY]”. El resumen de la evaluación de los riesgos económicos es una obra maestra del palazo diplomático: “En general, la evaluación del staff es que la deuda se mantiene sustentable, pero no con una alta probabilidad”.

¿Qué significa eso? Pues que la “probabilidad” de que la deuda sea “sustentable” no es “alta”. O, en términos menos alambicados, lo más probable es que la deuda no sea sustentable. Lo que no asombra a nadie, ya que si como dice el gobierno “están casi cerradas las necesidades de financiamiento hasta 2019 inclusive”, eso debe entenderse como que a partir de 2020 no hay nada arreglado, que la deuda se va a disparar a niveles de default, que la economía va a seguir en recesión y que, en un contexto internacional que asoma cada vez más difícil para todo el mundo y en especial para los “emergentes”, el próximo gobierno va a recibir una bomba mucho más grande, explosiva y destructiva que la “pesada herencia” kirchnerista.

Finalmente, el Fondo tampoco se priva de señalar los riesgos políticos: “Mantener el apoyo social y político para las autoridades al ajuste propuesto probablemente se torne difícil, particularmente cuando (como se espera) la recesión económica se profundice. Este riesgo está exacerbado por el hecho de que habrá elecciones nacionales en octubre de 2019”.

Ahora bien, ¿cómo se explica un panorama tan negro firmado por la misma gente que termina recomendando que al gobierno argentino, culpable de malas praxis diversas como fumarse 15.000 millones de dólares en dos meses, se le preste una montaña de plata? Señala Montenegro que “es claro que los economistas del Fondo prefieren cubrirse por si acaso este segundo acuerdo con Argentina también fracasa, y dejan en evidencia que el renovado apoyo del FMI al gobierno de Macri parte de una decisión política del directorio del organismo, en el que la administración Trump tiene la última palabra” (cit.).

Se entiende, entonces, el tono servil de la carta de intención. Todos los involucrados –gobierno, “oposición”, empresariado, FMI, inversores– saben que las promesas y la pericia del “mejor equipo de los últimos 50 años” valen cero; el propio Melconian, miembro de ese equipo al principio y siempre candidato a volver, admite que “del programa que se aplicó desde el 10 de diciembre de 2015 no quedó nada, excepto la unificación cambiaria”. Lo único que el establishment local e internacional reconoce en Macri es que se trata de uno de los suyos en un panorama volátil y amenazante en lo económico y lo político, de modo que no hay, por ahora, carta mejor que sostener su gobierno (no necesariamente a él personalmente, sin duda).

De eso se trata la “decisión política” de Lagarde y Trump, que por ahora lograron el consenso del resto de los países desarrollados que deciden en el directorio del FMI. Si para respaldar esa decisión política el FMI tiene que pasar por alto las torpezas, mentiras, agachadas y falta de profesionalismo de los funcionarios macristas, sea. Total, confían en que la cuenta, finalmente, la pagará el pueblo trabajador de este país. Pero esa confianza, que es delirante en los funcionarios macristas y más moderada en los jerarcas del Fondo, está ensombrecida, en los equipos técnicos del FMI que conocen más de cerca la realidad política argentina, por una duda insidiosa: ¿y si vuelve a salir todo mal…?

 

 

 

 

 

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