Ale Kur
Redacción Semanario Socialismo o Barbarie.

El miércoles 9/10, el Estado turco lanzó un “operativo militar” contra la zona del norte de Siria, conocida como “Rojava”, habitada mayormente por kurdos junto a otros grupos étnico-nacionales. En dicha región es donde, desde 2014, se desarrolló un heroico combate contra las fuerzas de ISIS (“Estado Islámico”), teniendo uno de sus episodios más mundialmente conocidos en la resistencia de la ciudad de Kobane. En dicho momento, las imágenes de las milicianas y milicianos de las YPG-YPJ dieron vuelta al mundo, ganando una amplia simpatía internacional para la lucha contra las fuerzas reaccionarias teocráticas.

El Estado turco, bajo el comando del presidente Erdogan, ahora intenta aplastar a los mismos combatientes que lograron frenar y erradicar a ISIS de la región. Es decir, bombardea brutalmente el norte de Siria (con aviones, tanques y artillería), y se prepara para invadirla (de manera directa con sus tropas y/o a través de grupos islamistas locales), con el objetivo de derrotar a las YPG-YPJ y sus aliados (ahora renombrados bajo el nombre “Fuerzas Democráticas de Siria”)[1].

Este es un objetivo que el gobierno turco viene persiguiendo hace largo tiempo: detesta a las fuerzas kurdas de Siria porque forman parte de la misma resistencia que sostienen los kurdos de la propia Turquía. Erdogan lleva también muchos años reprimiendo brutalmente a dichos sectores en su propio país, encarcelando a varios de sus principales dirigentes (como SelahattinDemirtaş, candidato opositor que obtuvo más del 10% de los votos en las elecciones nacionales de 2015) y a miles de activistas, arrasando militarmente ciudades enteras y suspendiendo en los hechos las libertades democráticas de amplias regiones.

En 2014, Erdogan “tercerizó” la tarea de aplastar a los kurdos (y su experiencia de autogobierno democrático en el norte de Siria) a través de su apoyo a ISIS, proveyéndole plena libertad de movimientos, suministros e inteligencia (al mismo tiempo que le cerraba las fronteras a las YPG-YPJ e intentaba reducirlas mediante la asfixia económica y humanitaria). Pero el triunfo militar de los kurdos contra el Estado Islámico frustró esta vía, y de hecho produjo el efecto opuesto: el autogobierno democrático impulsado por los kurdos se expandió territorialmente hasta abarcar buena parte de la frontera norte de Siria, e inclusive amplias regiones al este del país.

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Por otra parte, desde 2014 en los territorios de Rojava se encontraba una fuerte presencia militar de EEUU, en el marco de la campaña de bombardeos que la Coalición Internacional llevaba adelante contra ISIS. Aunque formalmente ISIS fue derrotado en marzo de 2019 (con la caída de su último bastión territorial en Siria), esta presencia norteamericana se mantenía, en parte con el pretexto de evitar el resurgimiento del grupo jihadista. Paradójicamente, y pese a los enormes problemas que esto implica, la presencia de EEUU era el principal factor que evitaba que Turquía intentara atacar Rojava: el Pentágono necesitaba a los kurdos en su lucha contra ISIS -así como para poseer un interlocutor local en Siria con quien fuera posible llegar a ciertos acuerdos- y no estaba dispuesto a permitir que Turquía antepusiera sus propios intereses a esa relación. Pero en los últimos días, Donald Trump ordenó la retirada de las tropas norteamericanas, con objetivos poco claros y en condiciones políticas que aún resultan opacas. Este retiro de tropas significó luz verde para que Erdogan lance su propio operativo militar. De esta forma, con el terreno despejado, el gobierno turco finalmente consiguió la oportunidad para poder retomar la tarea que la derrota de ISIS dejó trunca.

La ofensiva de Turquía sobre Rojava es criminal y reaccionaria por múltiples razones. Sin duda alguna es un crimen en el terreno humanitario, donde cientos y miles de civiles morirán o verán sus vidas destrozadas por los bombardeos. Es un crimen político porque intenta aplastar una experiencia democrática y progresiva (que incluye la coexistencia y autodeterminación de múltiples grupos étnico-nacionales-religiosos, la defensa de los derechos de las mujeres, cierto grado de laicidad e inclusive elementos de cooperativismo en el terreno económico) y reemplazarla por el dominio de las bandas reaccionarias islamistas -incluyendo el regreso de ISIS o por lo menos el reciclaje de muchos de sus líderes y combatientes bajo nuevas banderas-. Es un crimen internacional porque implica la violación de la soberanía nacional tanto del Estado sirio como de la nación kurda. Por otra parte, es una profundización de la política globalmente reaccionaria y represiva de Erdogan, que le da mayor ímpetu a su autoritarismo dentro de Turquía (y por lo tanto, a sus ataques contra los trabajadores, las mujeres, la juventud y todos los sectores explotados y oprimidos turcos).

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Es necesario pararle la mano al Estado turco y derrotar a la política reaccionaria de Erdogan, con la más amplia movilización y solidaridad internacional con el pueblo kurdo.

 

[1] Algo similar ya había hecho Turquía y sus aliados locales en enero de 2018, con la invasión a la región de Afrin (noroeste de Siria). El actual operativo puede tratarse, si no fracasa en el intento, de una reproducción en escala ampliada (en toda la frontera turco-siria) de esa misma experiencia reaccionaria.

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