A Salinger, con amor y sordidez

El carácter improductivo de la literatura es antagónico de la razón burguesa: la conciencia artística es un caso extremo de esa oposición. La máxima autonomía del arte es a la vez el momento más agudo de su rechazo a la sociedad. R. Piglia

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Guillermo Pessoa

 

Jerome David Salinger provenía de una familia de  ascendencia judía, procedente de Sudargas, un pequeño poblado situado en la frontera polaco lituana, entonces perteneciente al Imperio ruso. Al trasladarse ésta para América, será el 1 de enero de 1919 en Nueva York, donde nacería el autor de The catcher in the rye (El guardián en el centeno o El cazador oculto en España y América Latina). Centenario que recordamos en este artículo.

Como todo aprendiz de escritor, pasó por el consabido rechazo y final aceptación de los cuentos que presentaba en distintos periódicos neoyorquinos. De alguna manera es deudor de esa brillante pléyade de literatos norteamericanos que comienzan su producción en los años veinte, los denominados “años locos o era del jazz”: fundamentalmente Ring Lardner, Francis Scott Fitzgerald y un poco posterior, Ernest Hemingway. Digamos que a la vez, Salinger deja su impronta en grandísimos escritores que lo sucedieron (impronta no siempre explícita) como Truman Capote (en especial en sus cuentos), Raymond Carver y Paul Auster.

A comienzos de la década de los cuarenta la vida personal de Salinger estaba centrada en su romance con Oona O’Neill, hija del dramaturgo Eugene O’Neill, que se distanciaría de él para casarse en 1943 con Charles Chaplin. Como él mismo decía, “luego de esa frustración amorosa, ahora mi única y auténtica ambición es aparecer en la revista literaria norteamericana más prestigiosa, The New Yorker”. Ésta terminó aceptando a finales de 1941 la publicación de Slight Rebellion Off Madison, relato en el que hace su aparición Holden Caulfield, el futuro protagonista de El guardián entre el centeno. Sin embargo, la entrada de Estados Unidos en la guerra haría que The New Yorker aplazara la publicación. Se venían tiempos difíciles.​

Salinger se alistó en el ejército en abril de 1942 y finalmente fue destinado al 12.º Regimiento de la 4.ª División de Infantería, unidad en la que permanecería durante toda la guerra, como agente de inteligencia y grado de sargento del Estado Mayor. Tras pasar por Londres estuvo recibiendo instrucción en Tiverton, localidad del condado de Devon  y el 6 de junio de 1944, el  denominado “día D”, la unidad de Salinger debía desembarcar en la playa de Utah, hecho que con cierto retraso, lo contó finalmente entre sus participantes.  Con un fuerte trauma emocional, regresa a Nueva York y en 1951 verá la luz The cátcher in the rye.

​Su producción no es para nada voluminosa (sin contar unos cuentos que empezaron a publicarse digitalmente tras su fallecimiento, como él había estipulado) y se completa con la (brillante) serie de relatos breves Nine Stories (Nueve cuentos) en 1953,  Franny y Zooey, en 1961; y en 1963 una colección de novelas cortas Raise High the Roof Beam, Carpenters and Seymour: An introduction (Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción). En cuanto a su vida personal, en 1955 se casó con Claire Douglas, unión que concluyó también (como su primer matrimonio) en divorcio en 1967.

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A pesar de contar con una obra no muy prolífica, ésta sin embargo se convirtió en un verdadero ícono de la juventud norteamericana post Segunda Guerra. Tanto Holden Caulfield como los integrantes de la incorrecta familia de comediantes y proyecto de escritores de apellido Glass, protagonistas de la mayoría del resto de sus trabajos; fueron un revulsivo para un sector de la sociedad que veía con verdadero desprecio “el sueño americano” y todo lo de hipocresía y falsedad burguesa que éste conllevaba. El epígrafe de Piglia expresa muy bien esa actitud.

En un sugerente y profundo estudio sobre la obra salingeriana, se afirma que en ella “hay dos mundos: el falso y el bueno”.1 Naturalmente el primero es el de la sociedad capitalista del país más importante de la economía mundial, aquel universo que sus personajes repudian, no sin contradicciones y pagando aún con su vida ese  “desacomodamiento”. Seymour Glass (alter ego de Salinger) termina suicidándose en el bello “Un día perfecto para el pez banana”. El mundo bueno es el que expresan con sus acciones Holden y Seymour junto a los hermanos menores de éste que intentan escaparse/sublimarse a través del arte y en ese cosmos, pareciera que fuesen sólo los adolescentes y los niños los únicos realmente sinceros, no exentos de  una mórbida ironía. Hay dos cuentos en donde esto se ve con claridad y con suma belleza: El hombre que ríe y Para Esmé, con amor y sordidez.

Muchos jóvenes que se movilizaron y lucharon contra la guerra de Vietnam tenían en los libros de Salinger una referencia ineludible. El cine y la música (un tema de los Guns and Roses entre otros, lo celebran) intentaron rendirle homenaje.2 Después de haber obtenido la fama y la notoriedad con El guardián entre el centeno, Salinger se convirtió en un eremita, adhirió al budismo zen apartándose del mundo exterior y protegiendo al máximo su privacidad. El intento por acercarse a su “gurú” literario por parte de jóvenes y adultos que crecieron leyéndolo fue constante aunque nunca coronado con el éxito. Se mudó de Nueva York a Cornish (Nuevo Hampshire) en donde falleció en enero de 2010 a los 91 años

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La obra de Salinger tiene pues dos logros inmensos: el de crear personajes entrañables a través de una prosa hermosa y no exenta de humor y el de ser un documento acusatorio de la sociedad a la que los socialistas revolucionarios queremos derribar, sociedad que paradójicamente da vida a este tipo de creadores, verdaderamente universales. Como decían nuestros maestros: es tarea de los trabajadores cuando se conviertan en clase dominante, recoger lo mejor de la cultura burguesa que los precedió. La obra de  Salinger es una de ellas,  realizada con mucho amor y también con mucho de sordidez.

 

NOTAS:

1: Nos referimos a French Warren: J.D. Salinger. Vida y obra del autor de El cazador oculto. Los libros del mirasol, Buenos Aires, 1969.

2: La forma más perversa de dicha devoción (devoción doble en este caso) fue el comprobar que cuando Mark David Chapman asesina a John Lennon en 1980, tenía en su mochila un ejemplar de El guardián en el centeno.

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