golpe de estado de 1955

A 64 años del bombardeo a Plaza de Mayo

Raíces internacionales y Nacionales de un Golpe de Estado Anti-peronista

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Editor en Jefe del portal IzquierdaWeb - Noticias de los trabajadores, las mujeres y la juventud.
Milcíades Peña


Perón había hecho sustanciales concesiones al imperialismo, diplomáticas y económicas. Pero no tanto ni tan rápidamente como lo querían Washington y la burguesía.

La penetración norteamericana avanzaba de tal modo que en setiembre de 1955 en lo que a dependencia respecto de Estados Unidos se refiere, la Argentina se parecía mucho más al resto de América latina que a la Argentina de 1940. El imperialismo inglés se había debilitado, y su peso específico en el país no era comparable al de la preguerra. Inglaterra seguía ocupando un sitio estratégico en el comercio exterior argentino, pero su capacidad como inversor de capital era muy inferior a las necesidades del capitalismo argentino.

Y, sin embargo, aunque menos intenso el contraste, todavía eran correctos en 1955 los tonos con que un vocero norteamericano describía en 1942 la situación de América latina: «La posición económica de Estados Unidos es más fuerte en la parte norte del continente y se debilita a medida que avanza hacia el sur hasta que alcanza su punto más débil en la Argentina, donde en tiempos normales Estados Unidos vende mucho más de lo que compra. No es mera coincidencia que la Argentina sea el punto más frágil y más peligroso en toda la política latinoamericana de Estados Unidos, incluyendo la defensa hemisférica» (White, 290).

Es que aún no están dadas las condiciones económicas para que la Argentina «encaje» plenamente como semi-colonia norteamericana. La industria ha crecido mucho, y con ella la influencia del capital norteamericano. Pero la estructura económica argentina sigue siendo predominantemente agropecuaria: el 97 % de los valores exportados corresponde a productos agrarios naturales (granos, por ejemplo) o con transformaciones industriales simples (carne, cueros, etc.). Esas exportaciones son fundamentalmente competitivas con la producción similar norteamericana, y la competencia lejos de disminuir se ha acrecentado.

Si antes de la guerra se limitaba a la carne y la lana y tenía lugar sólo dentro del mercado estadounidense, ahora se ha extendido a los cereales y su escenario es el mercado mundial, con consecuencias desastrosas para la Argentina.

Desde 1945-46 Estados Unidos es el primer exportador mundial de trigo y harina, aumentando sus exportaciones en 1952 ocho veces con respecto a la preguerra. Sus excedentes almacenados —más de 27 millones de toneladas— por simple acción de presencia deprimen los precios en el mercado mundial. De modo que aun esforzándose para complacer a Washington el gobierno peronista no podía dejar de señalar —cuando se enteraba del propósito norteamericano de colocar sus excedentes en mercados tradicionalmente argentinos— que «frente a este grave problema cabe repetir que es una perturbación creada exclusivamente por la voluntad de los Estados Unidos.

Los excedentes que se acumulan son el resultado de una política de subsidios en escala jamás aplicada por ningún país a su producción agropecuaria. Por lo demás, resulta inadmisible que en los Estados Unidos no se comprenda el daño tremendo que causa la destrucción de los mercados internacionales normales, particularmente en países como el nuestro, que tienen en las exportaciones de productos agropecuarios más del 90 por ciento de sus ingresos en divisas» (Democracia, agosto 20, 1955).

Por otra parte, el comercio exterior argentino se orienta principalmente hacia Inglaterra. En la década 1945-54 la Argentina exporta a Gran Bretaña y la zona de la libra por valor de 16.200 millones de pesos, e importa desde .allí 8.985 millones. A los Estados Unidos exporta 7.100 millones, importando 12.700; como la libra es inconvertible, el saldo favorable con Gran Bretaña no sirve para cubrir el déficit con los Estados Unidos, de modo que hay que reducir drásticamente las compras en Norteamérica.

Estas condiciones, propias de la estructura económica, constituyen un serio obstáculo para el avance norteamericano. El apoyo popular con que contaba el peronismo agregaba una dificultad adicional y particularmente irritante, pues sumado a las características de la economía argentina, y al respaldo británico, concedía a Perón una amplia posibilidad de maniobrar, perturbando continuadamente el viejo deseo monroísta de tener un apéndice continental rígidamente obediente desde el Rió Grande hasta el Cabo de Hornos. Resulta explicable entonces que la prensa norteamericana fuera profesionalmente anti-peronista y que el Departamento de Estado, por muchas concesiones que obtuviese de Perón, estuviera siempre bien dispuesto hacia cualquier movimiento burgués capaz de acabar con Perón. Washington no ignoraba que por su naturaleza necesariamente anti-popular, por su inevitable carencia de respaldo de masas, cualquier gobierno burgués anti-peronista sería infinitamente más débil que el peronismo para negociar con los Estados Unidos. Sin duda, los intereses imperialistas no podían en 1955 concederse el lujo de intervenir en la Argentina al estilo Braden, ni podían armar algunos cuantos bandidos para que repitiesen en el Río de la Plata la «operación Guatemala». Mas ello no invalidaba la necesidad que sentía Norteamérica de desembarazarse de Perón. Y aunque Washington declarase una y otra vez que no intervenía en la política argentina, la no intervención —ya lo dijo Tayllerand— es un concepto difícil: significa, aproximadamente, lo mismo que intervención. Todos los anti-peronistas burgueses conocían perfectamente que contaban con la tácita aprobación norteamericana, y si tenían alguna duda les Bastaba leer la prensa de ese origen.

En junio de 1954, Castillo Armas y sus bandoleros ocupan Guatemala. En agosto, tras una campaña de escándalo bien orquestada, los generales brasileños suicidan a Getulio Vargas, quien molesta al capital brasileño-norteamericano con proyectos de salario mínimo, introducidos «como criminal fermento de agitación en el seno de la masa trabajadora» —según declara el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas brasileñas— (Esto Es, agosto 23, 1955). Washington extendió dos reconocimientos diplomáticos y sendas «ayudas» económicas. Más de un antiperonista pensó, en Buenos Aires, que había llegado el momento de merecer el tercero.

Ciertamente, los aspirantes argentinos a Castillo Armas sabían que no sólo en Washington encontrarían apoyo. Si eran eficientes, las clases dominantes argentinas en masa los apoyarían, hartas como estaban —como lo estuvo siempre, desde 1944— de Perón y del peronismo, de la CGT y de Evita, viva o muerta, de la dictadura que no le permitía jaquear eficazmente al gobierno, del bonapartismo que sobresalta sus nervios y saqueaba su bolsa. Indudablemente, Perón sentía su vocación de garantizar el orden capitalista. «Yo estoy hecho en la disciplina. Hace treinta y cinco años que ejercito y hago ejercitar la disciplina.» Pero la fuerza del orden burgués está en el burguesía. Perón se sabía, por lo tanto, representante de la burguesía, y gobernaba en tal sentido. Pero si era algo, era gracias a haber roto y a romper diariamente la fuerza política de la burguesía. Pero, al proteger su fuerza material, engendraba de nuevo su fuerza política. La tarea del peronismo consistía, entonces, en mantener viva la causa, pero suprimir el efecto allí donde aquella se manifestara. Pero esto no era posible sin una pequeña confusión de causa y efecto, pues al influir el uno sobre la otra y viceversa, ambos pierden sus características distintivas. Luego, Perón se reconocía frente a la burguesía como el representante de las masas trabajadoras, llamado a hacer felices dentro del orden capitalista a las clases inferiores del pueblo. Esto es propio del bonapartismo, y en el constante ir y venir de izquierda a derecha y viceversa, la acumulación del capital se resiente. Bien entendido, desde 1949, y particularmente a partir de 1952, la situación económica obliga al gobierno peronista a marchar continuadamente hacia la derecha, desandando el camino iniciado en 1944. Mas el peronismo no marchaba en este sentido con la celeridad requerida por la evolución —es decir, por el estancamiento— del capitalismo argentino[13]. Desde el punto de vista de la evolución capitalista del país había, pues, sobradas razones para que las clases dominantes en su conjunto contemplaran como una necesidad el derrocamiento de Perón. Perspectiva esta que, además, presentaba la ventaja para la burguesía, los industriales en especial, de eliminar una fuente de fricción con los Estados Unidos y facilitar los acuerdos con la nueva metrópoli, que si a Perón le prestaba equis millones de dólares era seguro que a un gobierno más manejable le suministraría equis por dos.

Por lo demás, desde 1944 el bonapartismo peronista había diseminado e infectado profundas e irreparables heridas políticas y sociales en el seno de las clases dominantes y de amplios sectores de la clase media. Por completa que fuera la conversión del peronismo a una política económica ortodoxamente conservadora, libre empresista y anti-obrera, densos núcleos de las clases dominantes habrían de conservar intacta una pasión política anti-peronista que sólo podría satisfacerse con el derrocamiento de Perón.

Una cosa era, sin embargo, la aspiración de las clases dominantes de deshacerse de Perón —coincidente, por lo demás, con las aspiraciones de Norteamérica y del capital financiero internacional— y otra su capacidad para realizar semejante tarea, pues el peronismo había debilitado considerablemente a los aparatos políticos opositores. La suprema esperanza de la oposición residía en las Fuerzas Armadas. Pero la mayor parte de los oficiales de las tres armas, bien cebados, colmados de privilegios y seguidos de cerca por la policía, eran fíeles a Perón —al menos mientras no hubiera una fuerza política que lo amenazara seriamente—. Con todo, la oposición no se hallaba enteramente desamparada. Trabajaban para ella el progresivo deterioro de la estructura económica y la torpeza del aparato totalitario que golpeaba e irritaba ciegamente a izquierda y derecha, empantanado en la charca de su corrupción y de la creciente decadencia personal de Perón. Pronto el anti-peronismo golpista encontraría un eficacísimo instrumento político, surgido inesperadamente del ala derecha del bonapartismo.

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La Iglesia Católica Ingresa al Frente Anti-peronista

A fines de 1954, como rayo en cielo sereno, cae sobre el país una inaudita declaración de Perón: el clero católico está combatiendo al gobierno, el clero intenta formar un partido demócrata cristiano para destruir al peronismo, el clero es enemigo de la revolución peronista. Efectivamente. el matrimonio de conveniencias entre Perón y la Iglesia católica se había roto. Fiel al componente reaccionario de su naturaleza, el peronismo había concedido privilegios nunca vistos a la Iglesia y a sus organizaciones colaterales: enseñanza religiosa en las escuelas. Servicios que la Iglesia pagó cumplidamente en 1946, apoyando la candidatura de Perón mediante una pastoral y diversas declaraciones de sus obispos.

Y en ocasiones como la de setiembre de 1948 cuando, anunciado por Perón el supuesto complot de Reyes para asesinarlo, los obispos fingieron creer en la realidad del complot y ordenaron que el día 26 se elevaran en todas las iglesias del país plegarías para agradecer la salvación de las vidas de Perón y Evita. Pero la Iglesia, trinchera final de todas las clases dominantes, no podía tolerar para siempre los aspectos plebeyos del bonapartismo y, menos que nada, «la agudización artificial de la lucha de clases» y de «la desconfianza de los desposeídos en la buena fe de los demás» —según reza el manifiesto de fundación del partido Demócrata Cristiano argentino— (La Nación, julio 13, 1955).

Además, Eva Perón, con su innegable aptitud para abochornar a los altos dignatarios de todas las corporaciones, supo también cómo humillar a la alta jerarquía eclesiástica. Sutilmente, como en la ocasión en que se fotografía junto al cardenal primado luciendo audaz vestido de noche, o cuando, en febrero de 1951, desairan ostensiblemente —ella y Perón— al Legado Papal que llega para el Congreso Eucarístico. Las invocaciones peronistas a la «Santa Evita» tañían dolorosa-mente en los oídos de los sacerdotes y de sus feligresas oligárquicas.

Para colmo, las respetables familias burguesas que enviaban sus niños y adolescentes a colegios religiosos para ponerlos a cubierto de la propaganda peronista que se impartía en las escuelas comunes, se sublevaron junto con los virtuosos varones ensotanados cuando el gobierno comenzó a arrear a los alumnos secundarios dentro de una organización estatal donde se les enseñaba el culto pagano del deporte y de la admiración por Perón. La Curia se decidió a cavar la fosa del peronismo, y aún no había dado el primer piquetazo cuando ya tenían tras de sí a toda la burguesía argentina, y a Washington, conscientes de haber hallado el gran instrumento político necesario para acabar con Perón.

Cuando éste salió públicamente a la batalla, una cálida corriente de simpatía hacia la Iglesia circuló por los ambientes opositores, y casi de inmediato quedó constituida una nueva Unión Democrática, aglutinada no ya en torno a Braden sino a la Curia, y en la cual no faltaba ni siquiera el partido Comunista. Cuando el gobierno detuvo a los curas más recalcitrantes, que desde los pulpitos llamaban a la insurrección, el radicalismo se apresuró a declarar su «solidaridad con los católicos perseguidos», mientras el partido Comunista llamaba a «luchar unidos por la libertad de los curas democráticos».

El clero desató una violenta ofensiva contra el gobierno, que halló cálida acogida en la prensa norteamericana, indignada al comprobar una vez más que «oposición es algo que Perón se niega a permitir», gozosa al recordar que «la Argentina es 80 por ciento católica, y quizá Perón esta vez ha ido demasiado lejos» (US News and Worid Report, abril 8, 1955).

Perón respondió con una serie de medidas democráticas progresivas: anulación de la enseñanza religiosa, supresión de los privilegios impositivos de la Iglesia, ley de divorcio, convocatoria de una Asamblea Constituyente para reformar la Constitución, a fin de separar la Iglesia del Estado. Los parlamentarios radicales votaron en contra de todo esto. El partido Comunista explicó: «Es innegable que la reforma de la Constitución al objeto de plantear la separación de la Iglesia del Estado es una cortina de humo: se quiere que el pueblo olvide la entrega del petróleo, de la siderurgia, de la metalurgia; que olvide la carestía, que olvide la política de guerra y la línea reaccionaria» (Nuestra Palabra, mayo 24, 1955).

Entre tanto, la Iglesia prosiguió su ofensiva al frente de toda la oposición, organizando huelgas universitarias, campañas de volantes y rumores, tumultos callejeros y células terroristas[14] . Los templos se transformaron en comités políticos, las procesiones religiosas en ardientes manifestaciones anti-peronistas. Las calles céntricas de Buenos Aires re» vivían los días de 1945. Señoras soberbiamente vestidas salían enardecidas de las misas de once para enfrentar valerosamente a la policía, y para corear el grito de guerra de. la muy cristiana oposición: «Perón, Perón, ¡MUERA!»

Poco a poco se iba configurando el clima del golpe de Estado. Manifestación tras manifestación, los curas y la oposición creaban un ambiente de guerra civil con el claro propósito de incitar una salida cuartelera que derrocase a Perón para salvar las instituciones. El gobierno confiaba en la fidelidad del Ejército, en la Policía y en la clase obrera. Pero en ningún momento se intentó movilizar al proletariado.

Al contrario, la CGT colaboraba con la CGE reclamando mayor disciplina y rendimiento en las fábricas. Por otra parte, el peronismo, si bien conducía una intensa campaña anticlerical, no mencionaba en ningún momento la vinculación entre la Iglesia y el golpe de Estado en marcha. En vísperas de un putch dirigido en primer término contra ella, la clase obrera estaba completamente huérfana de dirección y atada de pies y manos por la CGT, cuya consigna capital —obediente a las órdenes estatales— era como siempre: «De casa al trabajo y del trabajo a casa».

El 12 de junio una gigantesca manifestación unida de toda la oposición anti-peronista, recorrió las calles céntricas de Buenos Aires enarbolando la bandera de El Vaticano. El gobierno contesta con un paro general de la CGT, que se realizó el 14 de junio al estilo burocrático, simplemente arreando las masas a la calle para demostrar que Perón tenía respaldo popular. -La consigna de la CGT seguía siendo: «Orden. Del trabajo a casa y de casa al trabajo».

El 16 de junio, al mediodía, los empleados que iban de su trabajo a su casa o viceversa, quedaron clavados en el trayecto por los aviones de la aviación naval que bombardeaban la Casa de Gobierno y la Plaza de Mayo con el objeto de asesinar a Perón y aterrorizar a las masas. La CGT declara la huelga general y ordena a los obreros que concurran a la Plaza de Mayo. A las 15.30 y a las 17, nuevamente la aviación naval bombardea la Casa de Gobierno, la Plaza de Mayo y la CGT, masacrando a las masas allí concentradas. A las 18, el Ejército, que permaneció fiel a Perón, dominaba las bases rebeldes y los aviones habían huido al Uruguay.

Perón seguía siendo dueño del poder. Pero, entre tanto, había pasado algo nuevo en Buenos Aires. Al propalarse al mediodía la noticia del estallido del putch —mientras las terrazas de los barrios residenciales se erizaban de aplausos para los aviadores—, algunos núcleos obreros, en su mayoría activistas sindicales, se movilizan hacia el centro de la ciudad. Piden armas, asaltan algunas armerías para procurárselas y forman barricadas en las avenidas de acceso por donde podrían llegar tropas rebeldes.

El carácter del putch del 16 de junio queda indicado por sus propósitos: evitar la separación de la Iglesia y el Estado, anular la ley de divorcio y, sobre todo, destruir la CGT. La ferocidad puesta en el ametrallamiento y bombardeo inútiles de las concentraciones de trabajadores desarmados fue un anuncio, meridianamente claro, de los métodos democráticos con que se pensaba liquidar al peronismo. Desde luego, los autores del golpe »en manera alguna alientan sentimientos hostiles hacia los Estados Unidos, país al que admiran y con cuya lucha en favor de la democracia se solidarizan» —según declararon en Montevideo al diario La Prensa, de Lima, tres días después del putch—. Militarmente, el golpe fue vencido por el Ejército, pero la movilización de algunos núcleos de la clase obrera ejerció una cierta influencia.

 

El Ejército Sostiene a Perón Como la Soga al Ahorcado

Como lo declaró el ministro dé Ejército: «Ha de reconocerse que nada pudo ser más feliz para la suerte de las instituciones que la postura asumida por el Ejército. Nuestros conocimientos profesionales nos permiten deducir el caos que reinaría ahora en el país si hubiéramos seguido otro camino. Y fácil les será meditar sobre las consecuencias gravísimas de la guerra civil con e! desconcepto internacional y la tragedia de luchas sangrientas entre hijos del solar patrio común» (La Nación, julio 12, 1915),

Después del 16 de junio, una revista del gran capital financiero y del Ejército norteamericano informó así: «El humo se disipa. Perón queda, pero no está solo. El Ejército salvó al dictador, ahora puede dictarle a él» (US News and Worid Report, julio 1, 1955). En Londres se observó: «Cualesquiera sean los sucesos que el futuro depare, es el Ejército quien tiene la llave del mismo» (Quarterly Economic junio 1955).

En efecto, el putch destruyó el equilibrio bonapartista preexistente, fortaleciendo al ala derecha encarnada por el Ejército, en detrimento de la CGT. El 16 de junio dejó al Ejército en posición de arbitro capaz de decidir la suerte del gobierno. Y obligó a Perón a aflojar los resortes de la dictadura, facilitando el juego de la oposición y permitiéndole jaquear públicamente al peronismo. A partir de junio, por primera vez desde 1948, toda la prensa escrita y oral pudo informar sobre la oposición, y los partidos opositores pudieron hacer uso de la radio. Asimismo, se postergaron por seis meses las elecciones para la Asamblea Constituyente que habría de separar la Iglesia del Estado, lo cual constituía un importante triunfo de la oposición que, envalentonada, aumenta su presión sobre el gobierno pidiendo la renuncia de Perón. Paralelamente, en la misma medida en que la oposición obtenía el disfrute de algunas libertades democráticas, los obreros presenciaban una creciente restricción de sus libertades en las fábricas, donde la patronal intensificaba su ofensiva- en torno a los salarios, a las condiciones de labor y a la autoridad sindical en el sitio de trabajo.

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La experiencia del 16 de junio demostró que la clase obrera apoyaba a Perón y que en su seno existían núcleos dispuestos a empuñar las armas contra el golpe de Estado. Pero evidenció, también, que el peronismo no tenía disposición alguna a apelar a la movilización de las masas, y que trataba de coartar, más que de estimular, la proliferación de aquellos núcleos. Perón asentaba su estrategia en el Ejército «leal», y seguía reservando a la clase obrera el papel de coro bullicioso.

Inútilmente intentó el gobierno peronista detener la marcha ascendente del golpe con ofertas de liberalizar su aparato semi-totalitario y de facilitar alguna participación opositora en el poder. En vano desaconsejaron el golpe algunos estrategos de la alta clase dominante, como Federico Pinedo, que preferían bloquear al gobierno y desembarazarse de Perón por vía de negociación, sin conmociones militares. El cerco militar se hacía cada día más estrecho y el creciente poderío de la oposición se palpaba en el aire y era hecho más visible por reiteradas acciones de comando contra las fuerzas policiales. Para forzar una salida Perón acudió, entonces, a la farsa, que era el arma suprema de este inconducente conductor.

El 31 de agosto, Perón ofrece su renuncia a la CGT; la CGT la rechaza y convoca a los trabajadores a la Plaza de Mayo. Muchas horas aguarda la multitud hasta que, por fin, aparece Perón anunciando que retira su renuncia, que está dispuesto a ser implacable con la oligarquía y a matar cinco opositores por cada peronista que caiga. Todos los peronistas, dice, tienen la obligación de matar a los enemigos del gobierno allí donde éstos levanten la cabeza.

Semejante oratoria era sumamente eficaz para exarcebar el odio de los anti-peronistas y templar su decisión de jugarse la vida para terminar con el régimen. Pero sólo lograba desorientar a las masas peronistas, acostumbradas durante diez años a marchar alegremente «del trabajo a casa y de casa al trabajo» luego de escuchar en la Plaza de Mayo toda clase de arengas incendiarias y fanfarronadas anti-oligárquicas. El 31 de agosto y después, como siempre, las cosas no pasaron de los discursos. La primera preocupación del gobierno peronista era conservar el orden. Y así cavaba los últimos tramos de su propia fosa.

Pues a esa altura de los acontecimientos el putch sólo podía ser detenido mediante una vigorosa movilización de las masas trabajadoras, aplicando métodos revolucionarios que implicaban desde el armamento del proletariado hasta impartir a los soldados y suboficiales la orden de desobedecer a sus superiores. Rechazando hasta el pensamiento de semejante política, Perón se ataba de pies y manos a la fracción «leal» del Ejército —que sólo estaba dispuesta a apoyarlo en la medida en que hubiese peligro de que su defección dejase en manos proletarias la defensa armada del gobierno peronista.

 

El Régimen Peronista se Desvanece sin Combate y Sin Honor

El 16 de setiembre se sublevaron la flota de mar, la principal base aeronaval y algunas guarniciones militares del interior. En la Capital el gobierno controlaba totalmente la situación, así como en el resto del país, donde la mayor parte del ejército era «leal», al igual que el grueso de la aviación y todas las fuerzas policiales. El único éxito importante de la «Revolución Libertadora» fue la captura del gobierno en la Provincia de Córdoba, con la activa colaboración armada de la pequeña burguesía, la burguesía y el clero locales.

Desde el primer momento el gobierno proclamó por radio cada cinco minutos que «las fuerzas leales dominan totalmente la situación excepto en los reducidos focos rebeldes, que serán inexorablemente aplastados».

Durante dos días el gobierno anunció la reconquista de, Córdoba y el inminente aplastamiento de los restantes focos rebeldes. En cuanto a la amenaza de la flota, afirmó que contaba con suficiente aviación para hundir cuanto objeto flotase sobre el Río de la Plata. Sien entendido, estos comunicados los leían locutores anónimos. Perón no se hacía presente, ni tampoco la CGT, que recién dio señales de vida dos días después del estallido del putch, para pedir a los obreros que guardaran la mayor calma. Poco antes del 16 de setiembre, la CGT había hecho como si estuviera dispuesta a formar milicias obreras. Pero ahora pedía orden y tranquilidad, indicando a los obreros la obligación de con

fiar en el Ejército «leal». Mas la lealtad del ejército se enfriaba a medida que se alejaba el peligro de que el gobierno acudiese a la movilización armada del proletariado, y a medida que quedaba definitivamente claro que el general don Juan Domingo Perón no era el tipo de caudillo capaz de ponerse al frente de sus hombres e imnantarlos con el ejemplo de su coraje personal. Generales insospechables empezaron a pasarse a los rebeldes, y finalmente el lunes 19 a las 13 se anunció al país la renuncia de Perón, que cedía el poder al ejército en la persona de una junta de generales que de inmediato concertaron un armisticio e iniciaron las negociaciones, es decir, los detalles de la capitulación, ante la marina y los generales sublevados. Sin embargo, las fuerzas «leales» eran militarmente más poderosas que las insurrectas, controlaban la capital y contaban con la simpatía total y activa de la clase obrera y el pueblo trabajador. Militarmente, los rebeldes no habían aniquilado, ni siquiera debilitado, a los «leales». Habían derrotado su lealtad.

Poco después del 16 de junio, la CGT había resuelto que en caso de ser derribado Perón respondería con la huelga general. Sin embargo, producida la renuncia de Perón, lejos de decretar la huelga general, la CGT pidió a todos los obreros del país que guardaran la mayor calma y obedecieran las órdenes del Ejército. En momentos en que la reacción anti-peronista se adueñaba del país, los dirigentes peronistas de la CGT recomendaban «de casa al trabajo y del trabajo a casa» y, por añadidura, con el mayor orden.

Así cayó el régimen peronista, o mejor dicho, así se desvaneció, sin combate y sin honor. Perón declaró en el exilio que en sus manos estaban los arsenales y que no quiso dar armas a los obreros que las pedían insistentemente, para evitar una matanza (El Piafa, de Montevideo, octubre 3, 1955). En verdad, no fue la matanza lo que Perón trató de evitar, sino el derrumbe burgués que podría haber acarreado el armamento del proletariado. La cobardía personal del líder estuvo perfectamente acorde con las necesidades del orden social del cual era servidor.

El día que los jefes de la Revolución Libertadora se hicieron cargo del gobierno, toda la pequeña burguesía acomodada y la burguesía en pleno se volcaron a la Plaza de Mayo. Ni un solo trabajador perturbaba la elegante uniformidad de gente distinguida, engalanada con banderas uruguayas, norteamericanas, del Vaticano, y también argentinas. Se gritaba «¡Libertad'», «¡Viva la Marina!», «¡Viva la Argentina Católica!», y nuevamente «¡Libertad!». Voces distintas .resonaban en las barriadas obreras. «¡No hay trabajo sin Perón!»; tal era la consigna que recorría los suburbios.

Núcleos de obreros y contados elementos del Partido Peronista intentaron aquí y allá levantarse en armas —revólveres y piedras—, pero fueron fácilmente neutralizados por los tanques del ejército y la infantería de marina[15].

La caída ingloriosa del régimen peronista dio lugar, pues, a gérmenes de una insurrección obrera. Diez años de educación política peronista y el ejemplo de la dirección peronista se encargaron de que esos gérmenes no prosperasen.

 

¿»Revolución Peronista»?

El 15 de julio de 1955, dos meses antes del derrumbe, Perón irradió al país una extraña noticia: «La revolución peronista ha terminado». En realidad no había existido nunca, salvo en el incesante parloteo de la propaganda totalitaria. El 15 de setiembre de 1955, como el 3 de junio de 1943, la República Argentina seguía siendo un país atrasado y semi-colonial, dominado por una burguesía terrateniente e industrial trustificada entre sí y con el capital financiero internacional, con la trascendental variante de que la vieja metrópoli británica había disminuido su participación y Norteamérica aumentado la suya. Y, a diferencia de lo que ocurría en 1943, el país estaba iniciando un nuevo ciclo de endeudamiento masivo al capital financiero internacional.

Sindicalización masiva e integral del proletariado fabril y de los trabajadores asalariados en general. Democratización de las relaciones obrero-patronales en los sitios de trabajo y en las tratativas ante el Estado. Treinta y tres por ciento de aumento en la participación de los asalariados en el ingreso nacional. A eso se redujo toda la «revolución peronista».

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