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Editor en Jefe del portal IzquierdaWeb - Noticias de los trabajadores, las mujeres y la juventud.
Ana Vázquez



El general Juan Carlos Onganía se instala en la Casa Rosada

“Entendemos por bonapartismo el régimen en el cual la clase económicamente dominante, aunque cuenta con los medios necesarios para gobernar con métodos democráticos, se ve obligada a tolerar –para preservar su propiedad­- la dominación incontrolada del gobierno por un aparato militar y policial, por un ‘salvador’ coronado. Este tipo de situación se crea cuando las contradicciones de clase se vuelven particularmente agudas; el objetivo del bonapartismo es prevenir explosiones.” (El bonapartismo burgués y el bonapartismo soviético, León Trotsky, negritas nuestras)

El derrocamiento del presidente radical Arturo Illia se produce el 28 de junio de 1966. Derrocamiento es una palabra exagerada para expresar ese “traspaso de poder civil al militar”. Exagerada no porque no fuera un golpe en regla, sino porque no hubo ninguna acción violenta para desalojar al presidente constitucional y poner un general en la Casa Rosada, más que acompañar al mandatario destituido hasta su casa.

La definición de Trotsky encaja como anillo al dedo en esta circunstancia histórica. Nos parece que ya había un acuerdo “pampa” entre toda la burguesía argentina, siempre cipaya y socia de los yankys, en que ese gobierno radical, que había ganado con el 25% de los votos (con el peronismo proscripto), no iba a poder parar “lo que se venía”. No podría contener una situación de ascenso fuerte mundial de luchas de obreros y estudiantes que empezaba a colarse, aunque todavía no se había manifestado, por los poros de la sociedad argentina. Esos poros habían sido erosionados por los golpes militares, los sucesivos gobiernos radicales y las entregadas de la burocracia peronista, pero la juventud y los trabajadores argentinos empezaban a ser parte de ese humor social y político que quería poner al mundo “al revés”: a favor de los explotados y oprimidos.

Fue un golpe preventivo, para abrir el paraguas ante un ascenso latente, que inundaba el mundo, desde la Revolución Cubana triunfante en 1959 hasta la lejana Europa. Y la cúpula de la CGT, junto con la Iglesia, fueron parte de los que apostaron a su ejecución, antes incluso que el general ordenara desde Madrid: “Hay que desensillar hasta que aclare”. Augusto Timoteo Vandor, de la Unión Obrera Metalúrgica, era el sector colaboracionista con cierto juego propio, independiente del general, y José Alonso, que se definía participacionista, de la Asociación Obrera Textil, que dirigían de arriba para abajo los sindicatos férreamente, dirigentes peronistas que tenían aún todas las aureolas casi intactas dentro del movimiento obrero, porque habían sido parte de los que arrebataron los sindicatos a los trabajadores, poniéndolos bajo el ala del Estado y se hicieron sus dueños durante el gobierno del general y los siguientes. Al mismo tiempo, empezaban a crearse sus enemigos dentro de una amplia vanguardia, pero la base obrera aún confiaba en ellos.

Pero esta ubicación totalmente rastrera tras los generales, provocó la ruptura de la central obrera. Los sectores que no se ubicaron al lado de los alcahuetes de la dictadura conformaron la CGT de los Argentinos, con Raimundo Ongaro a la cabeza. Esta ruptura reflejaba también la situación mundial en la cual, producto del ascenso fuerte de las luchas, se formó el movimiento de los sacerdotes del Tercer Mundo, del cual Ongaro era su alfil. Las dos cumplieron su rol: unos entregadores totales (aunque tuvieran sus matices), los otros tratando de contener una situación que se iba de los carriles institucionales, que se radicalizaba.

Los primeros “palos” del gobierno de la Revolución Argentina fueron hacia el movimiento estudiantil, el movimiento obrero, las libertades democráticas.En relación a las instituciones democrático-burguesas del Estado, se disolvieron el Congreso Nacional y los provinciales, así como se destituyó a los miembros de la Corte Suprema. En materia de Seguridad, la dictadura adhirió a la Doctrina de la Seguridad Nacional, sostenida desde EEUU para facilitar la intervención del imperialismo en los países dependientes. Se congelaron los salarios y se convocaron a paritarias recién en 1969;se intervinieron las Universidades, liquidando la autonomía universitaria (obtenida en 1918); se sancionó una ley anticomunista (17.401) que imponía penas de prisión a los activistas de la izquierda o combativos, una censura feroz en los medios de comunicación y en las actividades artísticas. Como parte de estos ataques, y no menos importante, porque estaba dedicado especialmente a la juventud y sus expresiones, se prohibió la minifalda en las mujeres, el pelo largo en los hombres.

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Con estos “palos” tenía el plan el general de que, combinando un modelo económico desarrollista y liberal, y con el apoyo de sus aliados nacionales y del norte, podía gobernar 40 años. Ese fue su plan. ¿Quiénes le impidieron el festejo del soñado aniversario?

 

Los “azos” recorrieron la Argentina desde principios del 69 hasta los dos años siguientes

La juventud, estudiantil y obrera, fue la primera que puso el pie en el acelerador. Ante la quita de derechos en la Universidad, se rebeló en la Universidad de Buenos Aires toda la comunidad universitaria y allí entró la Policía a reprimirlos. Esta epopeya, recién asumido el nuevo gobierno, el 29 de julio de 1966, conocida como “La noche de los bastones largos”, aunque lograron desalojarlos y provocó una importante fuga de catedráticos y científicos al exterior, mostró el puño de una juventud que no se iba a dejar avasallar. Ni por 40 años, ni por 3…

La denominación de “azos” corresponde a que fueron levantamientos que, si bien fueron encabezados por el movimiento estudiantil y en algunos lugares también con la participación activa del movimiento obrero junto con los estudiantes, se sumó el resto de la población pobre y de las clases medias bajas.

El Primer Rosariazo tuvo sus predecesores. El primero fue el Ocampazo, localidad del norte de la provincia de Santa Fe afectada por el cierre de los ingenios, en enero del 69. Le siguió el 13 de mayo de 1969 el “azo” tucumano, provincia también duramente afectada por la baja de la producción local, en la cual los trabajadores del ingenio Amalia lo tomaron por la falta de pago de sus salarios. Los trabajadores de Córdoba empezaron a hervir las calderas reclamando el “sábado inglés”, conquista también suprimida. Le siguió Corrientes en el mismo mes de mayo, cuando los estudiantes, ante el aumento de un 500% en el comedor universitario, tomaron las calles masivamente. La respuesta fue la declaración del estado de emergencia y la imposición de la jurisdicción militar en la provincia. En esos enfrentamientos, la Policía asesina al estudiante Juan José Cabral.

El repudio nacional a ese hecho fue una caja de resonancia, con distintas intensidades, en todos los centros urbanos del país. Preventivamente, el 16 de mayo, el rector de la Universidad de Rosario no tuvo mejor idea que suspender las clases por tres días, para evitar que la bronca no estallara. No tuvo buena suerte. Provocó el efecto contrario.

Al día siguiente, los estudiantes se congregaron en el Comedor Universitario y de allí, ante la represión policial, siguieron la manifestación en las calles del centro, cantando, entre otras consignas: “Acción, acción, acción para la liberación”. Cayó asesinado otro joven estudiante, Adolfo Bello. Las manifestaciones siguieron sin interrupción, convocaron a un paro nacional el 20 de mayo, sumando sectores de trabajadores. También desde otras provincias hicieron llegar su solidaridad con medidas efectivas de paros y movilizaciones. Entre ellas estaban Córdoba, Corrientes, Mendoza.

La CGT de los Argentinos, junto a las agrupaciones estudiantiles de la Universidad y de los colegios secundarios convocaron a una nueva marcha el 21 de mayo. Se congregaron 4.000 personas. La multitudinaria movilización no retrocedió ante la fuerte represión policial. Se dispersaba y volvía a congregarse en otros puntos de la ciudad. Ardía Rosario y el gobierno militar transpiraba.

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En esa pelea multitudinaria cae abatido Luis Norberto Blanco. El gobierno declaró a la zona de emergencia, detuvo a cientos de manifestantes. Pero la movilización no se detuvo. Sumó a los trabajadores que respondieron con un masivo paro de actividades. Una multitud juvenil, obrera y popular, en un número de 7.000, acompañaron los restos del joven Blanco, en una demostración de fuerza inquebrantable.

Estos hechos también darían inicio a un conflicto en la Unión Ferroviaria, que luchaba contra la suspensión de sus delegados. Conflicto que se afianzaría y provocaría nuevos estallidos en esta ciudad en el año de los “azos”, esta vez en setiembre del mismo año.

 

1969: un año que fue un “antes y un después” para los planes patronales imperialistas

Podemos decir que estas masivas acciones del movimiento obrero y la juventud, que se mantuvieron a lo largo de todo el año, marcaron un antes y un después, no sólo para el proyecto del general Onganía de mantenerse en el poder, sino para el proyecto de país “obediente” y “sustentable” para el conjunto de la burguesía argentina y los amos del Norte.

Por abajo, la bronca aumentó y se potenció, trasladándose a las ciudades capitales del interior, en semiinsurrecciones que sumaban a toda la población trabajadora y paralizaban a las fuerzas policiales. Todo el país estuvo cruzado, en la mayoría de las localidades del interior en forma masiva, en Capital y Gran Buenos Aires donde, aunque las movilizaciones no fueron masivas, pero sí la vanguardia, tomó las calles en apoyo a los “azos” y repudiando al gobierno y su represión.

Pero como parte del giro mundial, también se instaló una fuerte vanguardia de izquierda, clasista, que luchaba por la “liberación”, para la cual cantar “obreros y estudiantes, unidos y adelante”, no era una frase retórica, era una convicción a llevar adelante. Una vanguardia que se nucleaba en corrientes peronistas, frentepopulistas, del Partido Comunista, de corrientes trotskistas.

Esa vanguardia se extendió como una mancha de aceite e iluminó el país y la conciencia de miles de explotados y oprimidos. Y eso provocó el terror de la burguesía. Tuvieron que cambiar de plan. Oficialistas y “opositores”. Éste ya no le servía para contener a esta “marea obrero-estudiantil”. Que no paraba, que avanzaba sobre el gobierno y además, pretendía tirar abajo el sistema capitalista.

¡Oh! ¡Qué horror! Vociferaban los ricachones del campo y la ciudad. “Estos pibes provocaron un amanecer prematuro”, meditaría el general, teniendo que cambiar de planes y de slogan para sus seguidores.

Igual que los del siglo XXI. Tienen el mismo miedo a nuestra movilización que hace 50 años. Y hacen bien, porque se lo vamos a seguir demostrando en cada lucha, en cada defensa de nuestras fuentes de trabajo y nuestros derechos.

La generación que hacía su primera experiencia en la lucha en esa etapa en el país, era en forma directa, al entrar a estudiar o a trabajar. En la década de los 80, 90, lo empezaron a hacer en la lucha democrática de repudio al golpe del 76 y las políticas de perdonar a los genocidas. En este siglo XXI, el movimiento en el que más se incorporan las nuevas generaciones es el movimiento por los derechos de las mujeres.

Las circunstancias y los momentos políticos cambiaron, pero no la voluntad y la conciencia de que es necesario pelear para que no nos atropellen.

Avanzando hacia la unidad de las luchas de los trabajadores, las mujeres y la juventud,y de la construcción de un partido socialista revolucionario, daremos pasos gigantes para que no nos roben el futuro.

 

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