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En este mes de agosto se cumplirá el centenario del nacimiento de Cortázar (por cuestiones “accidentales” como decía el propio Julio), acaecido en Bruselas, la capital de Bélgica. (1) Quiere el azar que sea este año también el 30 aniversario de su muerte. Como vimos y veremos, esta cuestión numerológica dio lugar a un sin fin de comentarios, ediciones críticas de sus obras, puesta a la luz de cierta correspondencia inédita del escritor, eventos teatrales y musicales, y un largo etcétera más.

Hablar de la obra de Cortázar (cuya vastedad es considerable: cuentos, novelas, ensayos literarios, géneros híbridos como en Historia de Cronopios y Famas, y hasta una temprana obra teatral) excedería el espacio de este artículo. Digamos muy sumariamente que así como el autor de Bestiario afirmaba que “todos los que escribimos cuentos le debemos algo a Borges”, muchos cuentistas se vieron notablemente influenciados por los relatos breves cortazarianos e incursionaron en esa veta que él denominaba fantástica pero que la veía en una línea paralela, asíntota, al llamado realismo (a nuestro entender, lo mejor de su obra, pese a cierto desnivel en dicha producción con el riesgo de la repetición y el de caer por momentos, en cierta copia de sí mismo).

En dichas narraciones no sólo se desarrollan historias, se entrecruzan y mimetizan situaciones (muchas veces hijas de la oralidad y de sus vastas lecturas adolescentes), si no que también se reflexiona “metafísicamente” sobre los grandes temas del hombre de cualquier época: la vida, la muerte, el amor, la posibilidad del conocimiento. No nos parece casual que él escogiera a El perseguidor como su mejor cuento, en donde repasando los momentos finales de la vida de Charlie Parker, los temas que mencionamos sean la materia prima del mismo. Las novelas (cuatro publicadas en vida de él, dos póstumas de su etapa temprana, siendo claro está Rayuela la más afamada) son mucho más desparejas, algunas incluso (64 modelo para armar) semejan ejercicios de estilo y si bien la del nombre del juego infantil cae por momentos en ese vicio, supo construir allí algunos de los personajes más memorables de la literatura latinoamericana contemporánea.

Pero en este breve trabajo queríamos reflexionar sobre ciertas puntas que entrevió (puertas abiertas, quizás le hubiese gustado decir a él) para intentar comprender la sinuosa relación entre arte y política, entre literatura y compromiso socialista (palabras éstas muy en boga durante los sesenta/setenta). Como muchos saben, Cortázar fue muy sensible a los avatares propios de la realidad política y a la propia lucha de clases. En sintonía con la gran mayoría de intelectuales, saludó efusivamente (pero no acríticamente) la revolución cubana primero y la sandinista después, se pronunció más de una vez contra los imperialismos de turno (el norteamericano, el francés, lugar donde residía) y fue un tábano denunciando a la dictadura argentina de Videla y cía. Todos estos aspectos son los que hoy, algunas notas apologéticas remarcan y subrayan de su biografía intelectual. Claro está que siempre intentó que estas actitudes no tapasen íntegramente su obra literaria para que ésta no perdiera su especificidad. Él mismo señalaba en el prólogo a El libro de Manuel (1973) que a los literatos “comprometidos” la novela les parecerá demasiado lúdica y a los literatos “lúdicos”, demasiado comprometida. (2)

Si bien el autor de Rayuela reconocía que no había sido ni era un gran lector de Marx, estaba convencido que los “socialismos realmente existentes” eran una caricatura grotesca de los postulados de aquél, ya que (decimos nosotros) lo que sí poseía en grado sumo Cortázar era una fina sensibilidad además de ser muy permeable para con la realidad que le había tocado vivir. Siempre que cupiese la ocasión planteó la rica complejidad existente entre arte y política, con la intención de que el primero no caiga burdamente en un naturalismo panfletario; al mismo tiempo que no ahorraba críticas para aquellos que parecían escribir desde una torre de marfil y encima, lo hacían mal. (3) No era ajeno entonces a cierta visión o marco prospectivo en cuanto a lo que entendía debería ser el socialismo como proyecto a construir y no guardaba ninguna esperanza hacia las reformas o “lavadas de cara” que el capitalismo (fundamentalmente el europeo) intentaba pergeñar. Decía por ejemplo:

Mi idea del socialismo no se diluye en un tibio humanismo teñido de tolerancia; si los hombres valen para mí más que los sistemas, entiendo que el sistema socialista es el único que puede llegar alguna vez a proyectar al hombre hacia su auténtico destino; parafraseando el famoso verso de Mallarmé sobre Poe (me regocija el horror de los literatos puros que lean esto) creo que el socialismo, y no la vaga eternidad anunciada por el poeta y las iglesias, transformará al hombre en el hombre mismo. Por eso rechazo toda solución basada en el sistema capitalista o el llamado neocapitalismo, y a la vez rechazo la solución de todo comunismo esclerosado y dogmático; creo que el auténtico socialismo está amenazado por las dos, que no solamente no representan soluciones sino que postergan cada una a su manera, y con fines diferentes, el acceso del hombre auténtico a la libertad y a la vida.”(4)

En un Congreso de Cultura en la Cuba castrista, en donde cierto amordazamiento artístico ya se dejaba vislumbrar (el exilio forzado de Cabrera Infante y el comienzo del “caso Padilla” por citar los más relevantes), no se priva de señalar, sin olvidarse de la defensa irrestricta de la revolución, el bloqueo yanqui, etc., lo siguiente:

En una concepción socialista del hombre nuevo, de ese hombre que con tanto afán está buscando Cuba, el verdadero creador es aquel que arroja una piedra al agua apenas siente que la superficie se estanca; favorecedor de los desórdenes fecundos toda vez que la rutina o la burocracia intelectual amenazan hieratizar la palabra y los actos del individuo y de la colectividad, es el instintivo robador del fuego a la hora de los acatamientos globales y las consignas monótonas que han perdido vitalidad y se han vuelto letra muerta, slogans para marcar el paso.” (5)

Insistimos. En el marco de la celebración y por qué no, necesaria difusión de su obra, decidimos poner el acento en aspectos que muchas lecturas miopes malintencionadas olvidan. Ni Cortázar fue el escritor “progre” sin beneficio de inventario alguno que apoyó todo cuanto hicieron los “regímenes de izquierda”, como lo presenta el progresismo ilustrado; ni tampoco el maravilloso escritor de ficciones pero defensor a ultranza de las “dictaduras socialistas” como lo muestran ciertos escribas de La Nación. En definitiva, Cortázar pudo escapar de esas unilateralidades porque entendió como pocos la autonomía relativa existente entre creación literaria y realidad político social; no sin debilidades y vacilaciones trató de no escindir sus actitudes públicas de las privadas, siempre luchando con coherencia por lograr ser un artista y un hombre integral.

Guillermo Pessoa

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1. Señalemos también que este año es el centenario de Adolfo Bioy Casares, escritor que Cortázar admiraba y era una de sus fuentes inspiradoras. Parece no ser casual entonces, que el último relato publicado en vida por él (Diario para un cuento) esté expresamente dedicado al autor de La invención de Morel. Coincidimos con el juicio que el gordo Soriano hiciera sobre Bioy: “Los personajes del Río de la Plata y sus sueños destrozados están sobre todo en las páginas del Bioy más fantástico, irónico y sutil. El escritor que introdujo para siempre a Buenos Aires en el vértigo de la duda y la perplejidad”.

2. Un buen ejemplo de los primeros, es la opinión que expresa el padre Carlos Mujica. Justo es reconocer que por su voz se dejaba ver todo un espectro militante y su concepción en cuanto a la “función” que debía tener el artista, lo que muestra a la vez, que cada coyuntura, cada época histórica, “lee” de determinada manera una producción artística; éste señalaba: “Como escritor Cortázar me parece abstruso. No tengo tiempo para leer ficciones y su literatura va dirigida a los exquisitos y no al pueblo. He dicho que su actitud tiene algún valor, aunque personalmente prefiero más a los que donan la vida por una causa, que a los que ceden sus derechos de autor. Cortázar, como tantos otros intelectuales, puede tener buenas intenciones, pero está colonizado culturalmente. (Revista Crisis, Mayo 1973)

3. Con ese humor tan cáustico que lo caracterizaba, Cortázar escribió un breve textito que acompañaba una noticia sobre las tropelías económicas perpetradas por el imperialismo yanki en América, al que tituló El marfil de la torre en donde se lee: “SIN EMBARGO, el escritor latinoamericano, debe escribir tan sólo, lo que su vocación le dicte, sin entrar en cuestiones, que son de la exclusiva competencia, de los economistas”. (Último Round, Siglo XXI, 1969)

4. Respuestas a preguntas por escrito para la revista Life, abril 1969 en Papeles Inesperados, Alfaguara, 2009, p. 229.

5: El creador y la formación del público. La Habana, 1969. Ob. cit. p. 256.

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