Roberto Saenz
Dirigente del Nuevo MAS y la corriente internacional Socialismo o Barbarie. Director general de izquierdaweb.com


La teoría de la revolución después de la burocratización “Todo acontecimiento es a la vez definitivo y transitorio. Se prolonga en el tiempo, bajo aspectos a veces imprevisibles” (Víctor Serge, Treinta años después de la Revolución Rusa).

 

 

3.1) Completar la teoría de la revolución

El curso de la Revolución Rusa dio lugar a comparaciones con la Revolución Francesa, la revolución burguesa por antonomasia y la mayor revolución histórica hasta 1917. Los orígenes de la teoría política del marxismo se forjaron estudiándola críticamente y asimilando los desarrollos ocurridos durante el siglo XIX, con los levantamientos abortados de 1830 y 1848 así como con la primera experiencia de la dictadura proletaria, la Comuna de París.

Todas estas experiencias hablaron de la impotencia de la pequeño burguesía para cumplir un rol independiente. La teoría de la revolución por etapas (que desempolvó Stalin en su lucha contra la Oposición de Izquierda), no pasó la prueba de los hechos: terminó en tremendas derrotas en China y España (esto por no olvidarnos de la capitulación ignominiosa en Alemania por cuenta de la teoría ultraizquierdista del “Tercer período” estalinista).

En la segunda posguerra el patrón pareció cambiar: direcciones pequeño burguesas de base campesina o de las clases medias urbanas parecieron llevar adelante la revolución “socialista” en China, Cuba y la ex Yugoeslavia. Incluso sin revolución alguna, desde arriba y en frío, el estalinismo expropió al capitalismo en los países del Este europeo a la salida de la segunda guerra (en 1939 había hecho lo propio en la porción de Polonia que le tocó de su reparto con Hitler).

Por otra parte, en su giro “izquierdista” a finales de los años 20, Stalin la emprendió contra los campesinos y liquidó lo que restaba de la propiedad privada agraria. Escritores “trotskistas” como Isaac Deutscher hablaron de una “segunda Revolución Rusa” realizada por el dictador, cuando lo que estaba concretándose era una contrarrevolución burocrática: “Stalin (…) se anotó una inmensa victoria política: quebró la columna vertebral del arcaico individualismo rural que amenazaba frustrar la industrialización” (Deutscher, 2007; pp. 99)[30].

Trotsky no llegó a apreciar en toda su cabalidad estos desarrollos[31]. Tuvo la suficiente sensibilidad, sin embargo, para calificar la colectivización estalinista como una “monstruosidad” y lo hizo mucho antes que se conocieran los horrores que la acompañaron: “Nunca se le había ocurrido que una clase social tan numerosa como la burguesía rural pudiera o debiera ser destruida por decreto y por la violencia, que millones de personas debieran ser despojadas y condenadas a la muerte social y, en muchos casos, a la muerte física también” (Deutscher; 2007; 91[32]).

Algunos desarrollos los pudo observar en tiempo real, aunque quizás no con la suficiente distancia histórica (de ahí que mantuviera hasta el final su definición de la ex URSS como Estado obrero burocratizado); otros ya no viviría para apreciarlos. De todas maneras, hizo un enorme esfuerzo de interpretación durante la colectivización forzosa del campo y la industrialización acelerada, lo mismo que sentó posición sobre la primera ocupación de Polonia. De ahí que haya colocado en El Programa de Transición esa idea –que habían estado dando vueltas con Lenin durante 1917- que, en condiciones excepcionales de crisis, guerra, revolución, crack económico, la pequeña burguesía podría verse empujada a romper con la burguesía en una vía anticapitalista, aunque condicionando este desarrollo a la idea de que eso sería sólo “un corto período de tiempo”: una suerte de “interregno” hacia la verdadera dictadura del proletariado. Las  revoluciones  china,  cubana,  yugoslava,  etcétera, constituyeron un enorme desafío para la teoría de la revolución permanente. La revolución no fue por etapas: el capitalismo fue expropiado. Pero los que llevaron adelante estas tareas no fueron la clase obrera, sus partidos y organizaciones: fueron las direcciones pequeñas burguesas burocráticas por exclusión expresa de la clase obrera; lo mismo ocurrió con el proceso de transición (bloqueado) abierto luego de la toma del poder por parte de estas direcciones.

Durante el debate en el seno de la Oposición de Izquierda en 1928/9, Trotsky había insistido en que, para apreciar el carácter de los desarrollos, no alcanzaba con evaluar las tareas llevadas adelante sino quién y cómo las realizaban. Siempre hemos dicho que esta simple afirmación encierra una clave teórica para comprender las revoluciones de posguerra (y, más en general, los procesos de transición bloqueados). El hecho que, finalmente, la clase obrera no haya tomado el poder, o haya sido desalojada del mismo, de que no se hayan constituido realmente dictaduras proletarias (o que se haya perdido ese carácter en la Rusia soviética), dejó colocada la discusión sobre el carácter de las sociedades donde el capitalismo fue expropiado, pero la clase obrera no tuvo arte ni parte en los asuntos: el problema del sustituismo social de la clase obrera.

Nuestra posición es que la teoría de la revolución y de la transición socialista se enriquecieron críticamente con esos desarrollos, demostrando que el carácter socialista de ambos eventos quedó cuestionado: que no se trata solamente de qué tareas se llevan adelante, sino quién y cómo las ejecutan.

El “determinismo paramétrico” del que hablara Mandel (en relación a un orden de determinación no mecánico), señalaba que las revoluciones eran anticapitalistas: no podían ser otra cosa cuando expropiaban a los capitalistas. Pero la estructura no podía determinar mecánicamente que se constituyeran Estados proletarios y sociedades de transición al socialismo, cuando la clase obrera no fue llevada al poder. Una cuestión decisiva a la que una parte del trotskismo no le dio la menor importancia. Ocurre que, si se trataba del evento de una revolución social, y se la definía por exclusión de los sujetos sociales y políticos que la protagonizaban, a lo que se llega es a un absurdo: ¿cómo podría definirse una revolución, el evento político-social por antonomasia, haciendo abstracción de las clases en lucha?

En todo caso, el siglo veinte demostró que la estructura social podía determinar dos desarrollos posibles y no sólo uno: hacia el Estado obrero o hacia un Estado burocrático, como subproducto que era una burocracia y no la clase obrera la que quedaba al frente del poder: “Tales especulaciones sobre las posibles variantes de la historia son legítimas e incluso necesarias, si se quiere comprender el pasado y orientarse en el presente; para condenarlas, habría que considerar la historia como un encadenamiento de fatalidades mecánicas y no como el desarrollo de la vida humana en el tiempo” (Serge; 2017).

Así las cosas, la riqueza contradictoria de los desarrollos en el siglo pasado, la emergencia de la revolución y la contrarrevolución, nos llaman a “completar” la teoría de la revolución socialista (permanente) en función del balance de la experiencia real ocurrida el último siglo.

 

3.2) Una contrarrevolución también social

Un primer elemento teórico-estratégico de importancia tiene que ver con la analogía entre la revolución proletaria y la burguesa. Dos de las más grandes revoluciones en la historia de la humanidad, la francesa y la rusa, no podían carecer de elementos comunes, al menos en lo que hace a la mecánica de la revolución y la contrarrevolución. La experiencia de los Jacobinos llevados a la cúspide y luego derrotados por la reacción, era una guía para la comprensión de los desarrollos revolucionarios y posrevolucionarios en la Rusia soviética. De ahí que la Oposición de Izquierda trabajara con la analogía del Termidor[33].

En principio y a lo largo de muchos años, Trotsky pensó dicha analogía en el sentido que el Termidor constituía una contrarrevolución social (más abajo veremos las apreciaciones de Rakovsky al respecto). Desde ese punto de vista, consideró (hasta mediados de los años 30), que el Termidor estaba por delante: no se había consumado a finales de los años 20.

Pero en 1935 corregiría dicha analogía (ver Estado obrero, Termidor y bonapartismo) señalando que, en realidad, el Termidor se venía consumando desde 1924, sólo que no como contrarrevolución social sino como contrarrevolución política: la clase obrera había sido desplazada políticamente del poder, pero no socialmente: seguía siendo la clase dominante en la sociedad: la contrarrevolución estalinista había preservado las bases sociales del Estado.

Trotsky afirmó que había que ajustar la analogía con la Revolución Francesa; comprenderla mejor. La caída de los Jacobinos no había avanzado sobre los fundamentos sociales (burgueses) de la revolución: los había preservado: “así como Napoleón no ‘reestableció la economía del feudalismo’, argumentó Trotsky, ‘el contenido social de la dictadura de la burocracia está determinado por las relaciones productivas creadas por la revolución proletaria” (Murphy; Octubre; 2017).

La Revolución Rusa había expropiado a la burguesía; la contrarrevolución (social) rusa debía devolverles la propiedad. Lo que se había consumado era una contrarrevolución sólo política; la propiedad seguía estatizada. De ahí que Trotsky excluyera como hipótesis una tercera posibilidad (aunque habló de ello a finales de los años 30, pero siempre como algo no consumado).

Sin embargo, a nuestro modo de ver, la contrarrevolución estalinista sí constituyó una contrarrevolución social; afectó las bases sociales del Estado obrero, aunque sin llegar a la restauración del capitalismo: configuró   un  Estado  burocrático  con  restos proletarios comunistas, lo que era, repetimos, una tercera variante histórica: “La reacción política que se abre con el Termidor consiste en que el poder comienza a pasar, formalmente y de hecho, a las manos de un número cada vez más restringido de ciudadanos. Las masas populares, al comienzo por una situación de hecho, posteriormente igualmente de derecho, fueron poco a poco separadas del gobierno del país” (Rakovsky citado en Broué; Cahiers León Trotsky).

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En esto es agudo Bensaïd cuando afirma que una contrarrevolución no es necesariamente una revolución en reversa; configura un desarrollo inédito que puede dar lugar a fenómenos nuevos. La contrarrevolución estalinista no significó una vuelta al capitalismo sino otra cosa: la emergencia de la burocracia, del Estado burocrático. De ahí que la analogía con el Termidor francés no fuera del todo correcta tampoco en la versión modificada por Trotsky en 1935.

De todas maneras, ese valioso texto que anticipaba La Revolución Traicionada (nos referimos a Estado obrero, Termidor y bonapartismo), Trotsky presentaba algunas definiciones de importancia que nos interesa volver a sumariar aquí: establecía una suerte de diferenciación principista entre la revolución burguesa (más espontanea en sus desarrollos) y la revolución socialista, que al entregarle el mando al Estado como “economista y organizador”, era inseparable de una construcción consciente: no era secundario que la clase obrera estuviera al frente del Estado (ver más adelante el subtítulo “Los problemas de la propiedad estatizada”)[34].

Sin embargo, a pesar de la enorme riqueza de los análisis de Trotsky, la Oposición de Izquierda se mantuvo atada al esquema del “tercero excluido” (Estado obrero burocratizado o vuelta al capitalismo, ninguna tercera alternativa), cuando la variante que finalmente se dio fue la emergencia política y social aún inestable de la burocracia; variante que fue intuida con más claridad por Rakovsky, que se mostró agudo en entender qué de específico había en la emergencia de la burocracia como una “nueva clase de gobernantes” (ver su “Carta a Valentinov”).

 

3.3) Sujetos, tareas y métodos en la revolución socialista

“El modo de producir los medios de vida de los hombres depende, ante todo, de la naturaleza misma de los medios de vida con que se encuentran y qué hay que reproducir. Este modo de producción no debe considerarse solamente en el sentido de la reproducción de la existencia física de los individuos. Es ya, más bien, un determinado modo de actividad de estos individuos, un determinado modo de manifestar su vida, un determinado modo de vida de los mismos. Los individuos son tal y como manifiestan su vida. Lo que son coincide, por consiguiente, con su producción, tanto con lo que producen como con el modo de cómo lo producen. Lo que los individuos son depende, por tanto, de las condiciones materiales de producción” (Marx; 2010; pp. 20).

Otro antecedente que enriqueció enormemente la teoría de la revolución fue la dramática crisis de los años 1928/9 en el seno de la Oposición de Izquierda, que colocó en cuestión su razón de ser.

La Oposición estaba en el destierro interior. De repente, Stalin pareció asumir su programa en el súbito giro “izquierdista” a la colectivización forzosa (la liquidación de la propiedad privada en el campo) y la industrialización acelerada (una exigencia de la Oposición desde 1923).

Simultáneamente, continuaba con su mano de hierro sobre el partido y el régimen, amén de una política internacional de capitulaciones (China, Comité Anglo-ruso, etcétera).

Preobrajensky, Radek y Smilga, el primero y el último no casualmente economistas (nunca se subrayará lo suficiente que el punto de vista revolucionario es global, político), vieron una oportunidad para capitular en el hecho que Stalin había tomado “partes” del programa de la Oposición.

El “giro izquierdista” de Stalin (en verdad, un giro contrarrevolucionario), introdujo una dramática crisis en las filas de la Oposición. Muchos lo vieron aplicando el programa de la misma. El propio Trotsky señaló que Stalin giraba a la izquierda “espoleado por la Oposición”. Pero subrayaba, a la vez, “que una parte del programa no es todo el programa”; que el mismo es una totalidad.

Una totalidad donde la parte más importante no era la eventual industrialización, sino el restablecimiento de la democracia partidaria y soviética (Rakovsky). Las cuestiones de régimen de partido se habían hecho fundamentales en la medida que era el partido (y la clase obrera por intermedio de él), el que estaba en el poder: “Radek y Preobrajensky veían en el primer Plan Quinquenal un punto de partida radicalmente nuevo. ‘La cuestión central’, replicó Trotsky, ‘no es la de las estadísticas de este Plan Quinquenal burocrático per se, sino el problema del Partido’[35], el espíritu con el que se dirigía al Partido, porque eso determinaba también su política. ¿Estaba el Plan Quinquenal, en su formulación y ejecución, sujeto a algún control desde abajo, a crítica y discusión? Y, sin embargo, de esto dependían también los resultados del Plan” (Deustcher; 2007; 74).

El problema que se colocó –y que la experiencia histórica permitió evaluar- fue la necesidad de una apreciación doblemente crítica del verdadero carácter de las medidas de Stalin. Porque, a priori, acabar con la propiedad privada agraria y avanzar en la industrialización planificada del país, aparecían como medidas “socialistas”. Sin embargo, el problema fue la desnaturalización de estas medidas en manos de la burocracia. Ocurre que no fue la clase obrera la que llevó adelante las mismas bajo un régimen de democracia obrera: las concretó la burocracia al servicio de sus propios beneficios; y lo hizo de manera brutal.

El propio Deutscher (que expresa una visión justificatoria in toto de Stalin), reconoce que fue la clase obrera la que pagó los costos de la industrialización estalinista: “Fue por lo tanto en un sentido literal que, por medio de la inflación, Stalin tomó la mitad del salario del obrero para financiar la industrialización” (Deutscher; 2007; pp.)

Aquí ya se ve lo que estamos señalando: cómo el carácter de las tareas llevadas adelante no puede ser apreciadas per se (en sí mismas, el propio Trotsky lo da a entender) en exclusión de quién y cómo las concreta: “Para juzgar la política de Stalin, ‘es necesario considerar no solamente qué es lo que se hace, sino también cómo se lo hace” le escribiría Trotsky a Palatnikov, un “profesor rojo” y economista exiliado por Stalin (Deutscher; 1964; 599).

A un materialista vulgar este criterio podría parecerle “idealista”, abstracto: expropiar a la burguesía es expropiarla y eso es lo que queda; lo demás sería “secundario”.

Pero resulta que en la dialéctica marxista es el todo el que determina las partes. Siquiera la expropiación agota el carácter de la cosa: “‘Nosotros’ declaró Rakovsky, ‘luchamos por todo el programa de la Oposición’. Quienes hacían las paces con Stalin porque éste estaba poniendo en práctica la parte económica de este programa y porque esperaban que cumpliría también la parte política, se comportaban como reformistas de viejo cuño, que se contentaban con la satisfacción gradual de sus demandas. Las ideas políticas de la Oposición eran inseparables de sus postulados económicos: ‘Mientras la parte política de nuestro programa permanezca incumplida, toda la obra de la construcción socialista está en peligro de saltar hecha pedazos’” (Rakovsky parafraseado por Deutscher; 1970; 76). La expropiación de la burguesía es una tarea anticapitalista y, por lo tanto, progresiva. Pero una expropiación socialista es la que se consuma llevando a la clase obrera al poder. Si la expropiación no tiene esta dinámica, si no lleva a la clase obrera al poder, si es apreciada sólo económicamente, su carácter no es el mismo: “La más importante crítica de Twiss al análisis de Trotsky se refieren a la colectivización forzosa de Stalin y a los kulaks (supuestamente campesinos ricos). Observa que Trotsky aceptó la propaganda estalinista de una ‘huelga de los kulaks’ o ‘kulaks ideológicos’ para los campesinos medios o pobres que resistían la colectivización (…) Solamente en 1939 Trotsky comenzaría a aceptar el catastrófico costo humano de la colectivización en Ucrania (…) Incluso las distorsionadas estadísticas soviéticas (…) reconocieron que la mayoría de los 2.5 millones de campesinos envueltos en 13.754 rebeliones, solamente en 1930, estaba formada por campesinos medios o pobres (…) A pesar de sus reservas y revisiones posteriores, la posición de Trotsky en la época de la colectivización lo colocó en el lado equivocado de la rebelión campesina más violenta del siglo XX” (Murphy; 2017)[36].

De ahí que hayamos diferenciado las connotaciones anticapitalista y socialista de los procesos. Socialista sólo es cuando la expropiación es llevada adelante por la clase obrera. Si así no fuera, sería indistinto que la clase obrera tomara el poder: cualquier sujeto podría reemplazarla en la obra de la transformación social. Esto no debía ser apreciado de manera doctrinaria. Pero ocurre que toda la experiencia del siglo pasado puso sobre el tapete esta conclusión: “Las implicaciones anti-marxistas de deslizarse [para definir el carácter del Estado] del poder de la clase obrera a la propiedad estatizada fueron estrictamente limitadas en el trabajo del propio Trotsky. Él fue cuidadoso en enfatizar en sus últimos textos que la propiedad nacionalizada era un remanente; un último vestigio del Estado obrero, y que el contenido progresivo de la nacionalización sólo podría realizarse luego de tirar abajo la burocracia” (Davidson; International Socialist Journal; 2004).

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Con la expropiación (nos referimos ahora a las revoluciones de posguerra) se abre una transición: la burguesía fue echada del poder. Pero a partir de ahí se inaugura un nuevo proceso en el sentido de si la clase obrera logra tomar el poder en sus manos. Las direcciones pequeñoburguesas hicieron lo posible (y lo imposible) para evitar este desarrollo. El corto período que debía mediar entre el gobierno revolucionario pequeño burgués y la verdadera dictadura del proletariado, se congeló (se hizo infinito en términos del proceso anticapitalista).

Esto se aplica a Polonia y a las expropiaciones de posguerra. Pero vale también para el giro de Stalin a comienzos de los años 30: su brutalidad, su carácter convulsivo, su realización a expensas de los explotados y oprimidos del campo y la ciudad, estaba indicando otra cosa: no una “revolución complementaria” (como la definiera Trotsky algunas veces), mucho menos “la segunda revolución” que vio Deutscher, sino el inicio de la contrarrevolución política y social de la burocracia.

Desde ya que alguna medida había que tomar frente a la levantada de cabeza de los elementos burgueses, kulaks y nepmens (en esto cabe la crítica a la orientación derechista de Bujarin, que fue primariamente el que condujo al callejón sin salida de finales de los años 20). Pero cómo se llevara adelante estas tareas, no abría una vía sino dos: podía dar lugar, en condiciones de democracia obrera y socialista, al reforzamiento del Estado obrero, a su desarrollo revolucionario; o abrir la vía, como efectivamente ocurrió, al Estado burocrático[37].

 

3.4) Estado, propiedad y burocracia

Las dificultades para apreciar cabalmente el carácter de la burocratización se vincularon a una definición demasiado reduccionista de la propiedad estatizada (para un desarrollo más pormenorizado de esta temática ver el ya citado “Los problemas de la propiedad estatizada”).

Existía aquí un matiz profundo respecto de la revolución burguesa. Con la propiedad privada no puede haber dudas de quién es la misma: es la propiedad del capitalista. Es su propiedad privada, lo cual establece una vinculación directa entre el bien y su dueño; de aquí que la propiedad privada capitalista sea la forma de la propiedad más absoluta, la forma absoluta de la propiedad[38].

Pero la propiedad estatizada plantea un problema más complejo: está mediada por relaciones políticas[39]. La propiedad es del Estado, muy bien. ¿Pero el Estado de quién es, en manos de quién está? Y otra cuestión: el Estado en cuanto “comunidad política” real o ilusoria, lo mismo da aquí, ¿en qué instituciones está representado? ¿Cómo se representa la voluntad colectiva, popular? Ocurre que no hay manera de atribuir la propiedad al pueblo entero, si este “pueblo entero” no está en el poder.

La propiedad estatizada está mediada por el poder del Estado, por el Estado en tanto que ámbito de representación de los intereses colectivos de la sociedad; y en tanto es así, supone determinaciones no solamente económicas sino políticas.

Dicha propiedad entraña, necesariamente, un plano político: de alguna manera se debe hacer valer esa colectividad (mediante asambleas, soviets, o como sea). Va de suyo entonces, que la propiedad estatal como forma transitoria hacia la disolución de toda propiedad, entraña un nivel necesariamente político: contiene el problema de quién está al frente del Estado como colectivo, sus formas de representación de la voluntad colectiva de los trabajadores.

Se ha dicho, correctamente, que es malo fetichizar una forma de Estado y de propiedad, aunque sea un Estado obrero[40]. El Estado se afirma como obrero en la medida que comienza a dejar de ser un Estado (en el sentido pleno de la palabra); en la medida que es un “semiestado proletario” organizado bajo formas de democracia proletaria. Y lo mismo ocurre con la propiedad estatizada: cumple su función en la medida que va camino a dejar de ser propiedad

como tal (en la vía de la socialización real de la producción, de que los productores directos la tomen realmente en sus manos): “la revolución proletaria no es, según creo, nuestro fin; la revolución que proponemos debe ser socialista, en el sentido humanista de la palabra; más exactamente, socializante, democrática, libertariamente realizada…” (Serge, 2017)[41].

Naville decía que este tipo de propiedad (se refería a la forma cooperativa) entrañaba amplias posibilidades de saqueo, apropiación indebida, parasitismo. Lo mismo afirmaba Trotsky respecto de la propiedad estatal, y se entiende: si la propiedad está estatizada pero no está en manos de los propietarios directos porque el Estado es burocrático, da lugar entonces a indebidas relaciones de apropiación. Puede ser el “parabrisas” (el concepto es de Naville), el “espejo” para el retorno de la explotación del trabajo, aunque esto no se establezca de manera orgánica, jurídica; aunque no se retorne a una relación de propiedad tan absoluta como la propiedad privada (“La burocracia considera al Estado como su propiedad”, Marx).

De ahí que haya sido un error esa idea que, a pesar de todo, la burocracia “trabajaba para el socialismo”. Aquí se coloca el problema de la burocracia: si puede ser independiente sin llegar a ser una clase. Un poco la idea es que la burocracia, como tal, no tendría contenido social propio: debe traducir las presiones de la burguesía o el proletariado[42]; por esto mismo, el Estado burocrático sería una contradicción en los términos, evitaría dar cuenta del carácter social del Estado: “Twiss sustenta que, en 1936, Trotsky creía que la burocracia se alejaba de la ‘autonomía relativa’ yendo en dirección a una ‘extrema autonomía’ y, según Twiss, ‘eso sugería un grado de autonomía de una clase’ (…) Ciertamente, Trotsky nunca afirmó haber redefinido la teoría marxista del Estado, como sugiere Twiss. O la burocracia era un fenómeno temporario que oscilaba entre las clases en disputa o representaba intereses de una determinada clase, mismo si esa clase fuera la propia burocracia. Esta era la posición hacia la cual estaba moviéndose Trotsky, a pesar de la afirmación de Twiss de que, en la instantánea de 1936, habíase congelado su veredicto final” (Murphy; Octubro; 2017).

¿No sería una interpretación demasiado mecánica de la burocracia considerar que la misma sólo puede trasmitir los intereses de una u otra clase? De ahí que, en este punto, nos parezcan (abordadas muy sumariamente) pertinentes las analogías con el Estado asiático, donde una burocracia estaba al frente del Estado sin que se hubieran desarrollado todavía clases sociales en el sentido moderno del término.

Aquí ocurre lo mismo que respecto del problema de la propiedad: las clases sociales clásicas (como están caracterizadas bajo el capitalismo), se definen por exclusión del Estado, económicamente, por su relación con la propiedad de los medios de producción.

Pero en el Estado asiático la burocracia se apropiaba de sus privilegios por el control del Estado. De ahí que la definición de las clases sociales combinara elementos más complejos; lo que puede dar lugar a la idea de un Estado burocrático, o que el estalinismo, sin llegar a ser una clase orgánica, se asentó de todas maneras –mediado por su control del poder político- en relaciones de explotación: “La querella terminológica no agota sin embargo el enigma de una ‘clase’ particular, donde las relaciones de producción y de propiedad no garantizan los automatismos de la reproducción” (Bensaïd; 1995; pp. 127).

¿Qué consecuencias tendría esto para la teoría de la revolución socialista? Simple: si como dijera Trotsky, la revolución permanente es la transformación de la revolución democrática en socialista, la transformación integral del país y la revolución internacional en manos de la clase obrera, esto no ocurrió en la posguerra.

No fue la burocracia la que, “objetivamente”, llevó adelante una revolución socialista y la transición; la revolución fue anticapitalista y la transición quedó bloqueada, sencillamente porque la burocracia no fue la “mandadera -en última instancia- de la clase obrera”, sino aportó su propia impronta social abriendo una tercera vía inesperada: “Se hacía necesario pensar esas contradicciones reales en lugar de negarlas en provecho de simplificaciones. Para el II Congreso [de la IV Internacional] de 1948, la URSS era una sociedad de transición entre el capitalismo y el socialismo. La fórmula tiene el inconveniente de inscribirse en una visión lineal de la historia y en una lógica del tercio excluso en lugar de comprender una realidad social singular” (Bensaïd; 2002; pp. 53).

 

 

 

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