Roberto Saenz
Dirigente del Nuevo MAS y la corriente internacional Socialismo o Barbarie. Director general de izquierdaweb.com


La experiencia de posguerra generó un fenómeno que dio lugar a un inmenso equívoco. Se tendió a hacer una racionalización: la expropiación del capitalismo sin clase obrera habría dado lugar a revoluciones “socialistas”, Estados “obreros” y “transiciones al socialismo”

El trotskismo fue al “psicólogo” para entender el “trauma” y cuando salió de la sesión dijo: “Estado Obrero, Estado Obrero, Estado Obrero”, esto en vez de hacer una evaluación crítica. Pesó, evidentemente, la presión de los acontecimientos.

Es real que se trató de problemas inéditos, desarrollos paradójicos. China del 49 fue una revolución inmensa. En China los japoneses hicieron masacres, violaciones en masa; ponían a las mujeres de “damas de compañía” de los soldados japoneses durante la segunda guerra, etcétera. Japón fue parte del sometimiento colonial de China a partir de la mitad del siglo XIX[22]. Hubo una inmensa revolución, pero con un desarrollo paradójico.

En la teoría de la revolución permanente de Trotsky hay una combinación de tres teorías, tres partes integrantes de la misma. La primera, la revolución democrática que se consuma en socialista porque la clase obrera llega al poder expropiando. La segunda, la transformación socialista del país que es todo el proceso de transformar las relaciones sociales opresoras, de injusticia, la explotación: que el Estado proletario sea realmente una dictadura del proletariado. Por último, la revolución mundial.

Todo eso es la teoría de la revolución permanente; las tres partes componentes en su integralidad. Pero precisamente esa es la dinámica que no se dio: no ocurrió el pasaje completo de revolución democrática en socialista, quedó estancada en el plano anticapitalista. Tampoco se desarrolló la revolución –en tanto revolución socialista- en el ámbito internacional.

 

2.1) La inhibición de la dinámica permanentista

Entonces ocurrió otra circunstancia paradójica: la burocracia expropiando la propiedad privada en el campo vía la colectivización forzosa (finalizando los años 20). Una década después estuvo el reparto de Polonia entre Hitler y Stalin. La burocracia expropia en Polonia. Pero Trotsky afirma que el mal supera el beneficio porque se desprestigia la causa del proletariado mundial, y porque expropia la burocracia (educando en el sustituismo burocrático). Trotsky vivió esas cosas; escribe El Programa de Transición (1938), y siguiendo a Lenin afirma que, en condiciones excepcionales de crisis, bancarrotas, guerra civil, la pequeño burguesía podía tomar el poder, romper con la burguesía, abriendo luego de un corto interregno el camino a la verdadera dictadura del proletariado. Aquí la clave del problema es que ese “corto período” terminó eternizándose. Muchos trotskistas afirmaron: “¡Nos salvamos! ¡Tenemos la condición excepcional del Programa de Transición! El estalinismo nos resolvió el problema: tomaron el poder; expropiaron. Se trata de un Estado obrero”. Se olvidaron de la parte fundamental de la evaluación trotskiana: el corto período de tiempo. Se debía abrir una transición. Se expropia a la burguesía y se abre la posibilidad de que la clase obrera dispute el poder. Trotsky dice que la estatización de los medios de producción tiene su valor en la medida que abre “una ventana a una vida mejor”.

El problema dramático de la posguerra fue que esas expropiaciones y la toma del poder por las direcciones pequeñoburguesas, no dieron lugar en un corto período a la toma del poder por parte de la clase obrera: el proceso quedó congelado, la transición abortó. El Estado soviético degeneró burocráticamente y se transformó en un Estado burocrático liso y llano. Ya en 1920 Lenin comienza a discutir el carácter de la URSS, de la Unión Soviética: definía a la URSS como Estado obrero con deformaciones burocráticas.

No lo interpreten en forma metafísica: hay una acción consciente (de parte de las direcciones) para que la clase obrera cierre el “pico” y se vaya a trabajar. Hay concesiones. No es el mismo tipo de explotación que en el capitalismo. Pero sigue habiendo desigualdad y explotación. La burocracia estalinista, las direcciones pequeñoburguesas y también el castrismo (que no era estalinista, pero era bien pequeño burgués), actuaron para atomizar.

En 1960 (no recuerdo bien) hubo un congreso sindical en Cuba; tomen nota que el país era mucho más obrero que hoy. Había mucho entusiasmo. Aparece Fidel, que tenía un peso de masas inmenso (obvio, había conquistas enormes: entrega de tierras, expropiación de ingenios, etc.). Se iba a votar la nueva dirección de los sindicatos. Pero Fidel trae para dirigir los sindicatos al tipo más odiado por el movimiento obrero cubano, que era el dirigente de la central sindical estalinista que había colaborado con Batista. Fidel lo pone de Secretario General. La clase obrera, que es muy concreta, no lo puede interpretar, es incomprensible. Se vuelve desmoralizada a sus casas. Y eso selló, simbólicamente, que nunca haya tenido protagonismo hasta hoy[23].

Fue muy complejo: direcciones que expropian y actúan conscientemente para atomizar a la clase obrera. Pueden leer a Roland Lew, que ya falleció, especialista en China, que viene del mandelismo, luxemburguista. Él cuenta cómo el maoísmo satisfizo las condiciones de vida de un sector minoritario de la clase obrera, privilegiado, atado a la fábrica, que es donde tenían vivienda y escuela. El resto de los trabajadores permaneció precarizado. El maoísmo dividió conscientemente a la clase obrera. No niega esto que hubiera conquistas: la expropiación, que se haya unificado el país, la independencia del imperialismo. Fue progresivo pero limitado, paradójico. En Cuba también hubo conquistas inmensas. ¿Por qué, si no, Castro fue un gran dirigente? Echó a patadas a los yanquis, lo que tiene un valor inmenso. Pero eso lo hizo Castro, el castrismo, no la clase obrera. No somos castristas. Tenemos la perspectiva de la auto emancipación de la clase obrera como protagonista histórico, un proceso opuesto a lo ocurrido en la posguerra. Son debates fundacionales del movimiento obrero: el problema del sustituismo. Ferdinand Lasalle, fundador del movimiento obrero alemán, decía: “Yo, la clase obrera”. Marx era enormemente crítico de él porque apostaba a la revolución social como una obra colectiva (en Cuba el santo y seña era de igual cuño: “Comandante en Jefe, ordene”, en relación a Fidel).

Esto no tiene nada que ver con la teoría y el programa del marxismo revolucionario. No fue un corto período de tiempo el del gobierno burocrático pequeño burgués en los Estados no capitalistas, sino que el proceso se congeló ahí: se inhibió la dinámica de la revolución permanente. Se conquistó un Estado, se destruyeron las FFAA. Pero quedó un Estado en el que no tenían arte ni parte las masas. Veamos el ejemplo del encuadramiento de las masas agrarias por parte del maoísmo. Solían realizar asambleas en los pueblos: una suerte de “tribunales populares”, pero falsos. Había rondas donde los campesinos “opinaban” pero encuadradas burocráticamente: se acusaba a tal o cual fulano digitado por la burocracia. Era una especie de purga, un fetiche de participación.

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El Estado se erige como aparato, no como forma transitoria. El Estado de la revolución proletaria es un órgano que no concentra a todas las masas sino principalmente de vanguardia, un semi Estado que debe tender a ser una entidad cada vez más colectiva. El Estado de la transición socialista debe tender a negarse como Estado. Lo mismo la propiedad estatizada, que es o debe ser, una forma de propiedad colectiva. Forma colectiva necesaria para acabar con toda propiedad: porque si la propiedad es colectiva, ¿para qué vas a declarar la propiedad? Cuando se declara una propiedad es porque se declara contra alguien (contra los burgueses del país y los burgueses del mundo). Pero una vez que la transición avanza y todo es de todos: ¿para qué se va a declarar la propiedad? Insistimos. La propiedad sólo se declara cuando es contra alguien. Pero tiende a re-absorberse en la medida que las desigualdades tienden a acabarse también y entonces deja de ser propiedad: la propiedad (realmente) social es casi la negación final de la propiedad, la última forma de la misma (está claro que estamos hablando de los medios de producción).

Salvo que, contrariamente a su carácter (o principio) social, la propiedad estatizada se transforme en fuente de privilegios, enmascare privilegios de hecho. Entonces se transforma en otra cosa: deja de ser una forma transicional[24]. La propiedad estatizada tiene un valor inmenso en la medida que los privilegios disminuyan. Pero pierde ese carácter de forma transicional si los burócratas andan en limusina, si sigue la desigualdad social y la injusticia (en límites que van más allá de lo razonable[25]).

La desigualdad cuestiona dos grandes criterios: la democracia socialista, la gestión colectiva de los asuntos y que no haya injusticia social. Trotsky afirmaba que Stalin se erigió en el guardián de la desigualdad porque inventó la idea de que la igualdad era “un concepto pequeñoburgués”, un criterio evidentemente anti socialista y justificador de los privilegios de la burocracia.

Lenin y Trotsky tenían la opinión contraria. Entendían que en la transición no podía haber condiciones para la igualdad completa; que a los trabajadores con calificaciones diferentes había que pagarle sumas distintas, lo mismo que ya señalamos el caso de los profesionales. La transición al socialismo es una transición: no es que se puede decretar la abolición del Estado y la desigualdad. Pero lo que sí debe verificarse es una tendencia a que el Estado como aparato, junto a las injusticias y desigualdades, se diluya (ver en el mismo sentido la Plataforma de la Oposición de Izquierda).

Esa debe ser la dinámica en la transición socialista: la tendencia a que la desigualdad se reduzca y crezca el carácter colectivo de la gestión del Estado: “La propiedad del Estado no es la de ‘todo el pueblo’ más que en la medida en que desaparecen los privilegios y distinciones sociales y en que, en consecuencia, el Estado pierde su razón de ser. Dicho de otra manera: la propiedad del Estado se hace socialista a medida que deja de ser propiedad del Estado” (Trotsky).

Detrás de todo debe estar la politización de la población (un concepto que, paradójicamente, gran parte del trotskismo no entiende), la participación activa[26]. Este es un problema que tiene el marxismo revolucionario: no logra hacer nada sin las masas y la vanguardia. El sustituismo no funciona (no puede funcionar) en un sentido socialista. El partido debe dirigir, pero no puede sustituir a las masas, salvo en circunstancias muy particulares y por un cortísimo período de tiempo: “Hemos visto (…) que Lenin escribía entre comillas las palabras: ‘las fuerzas de la clase obrera’ [el autor se refiere a valoraciones de Lenin a comienzos de los años 20 luego de los desastres dejados por la guerra civil, R.S.]. La vanguardia partisana ya no tenía tras ella el grueso de las tropas; su base social estuvo en lo sucesivo entre comillas. Los cerebros más lúcidos del Partido se daban cuenta de que él mismo estaba en cierto modo suspendido en al vacío, pero creer que esta situación pudiera prolongarse por mucho tiempo era otra quimera de teóricos. El vacío social en cuestión iba a rellenarse muy pronto con fuerzas distintas de las que inicialmente se había previsto” (Lewin; 1970; 26[27]).

Esa es la dinámica de la revolución permanente y lo que califica el carácter de la expropiación. Por eso hay que unir la teoría de la revolución y la teoría de la transición: porque califica el hecho; el hecho no se autocalifica, no es una declaración de principios (la revolución no es socialista sin la clase obrera en el poder).

Trotsky dice muy bien que el problema en política no es cómo uno se etiquete sino como uno es. Es un tonto el que le cree a otra corriente política lo que dice que es sin apreciar lo que realmente es. Socialista es aquel que lucha por el poder, construye el partido, establece una dictadura del proletariado y se esfuerza porque esa dictadura tienda a ser, además de durísima con la burguesía, el imperialismo y la contrarrevolución, una democracia de un nuevo tipo con las masas trabajadoras, un ejercicio cada vez más colectivo del poder.

La experiencia histórica ha indicado que, caso contrario, se pudre la revolución. La propiedad estatizada es una apuesta para acabar con la desigualdad, no a regenerarla; caso contrario se transforma en una falsa propiedad “social”.

Trotsky había indicado que en el caso de Marx y la I Internacional, el solapamiento de propiedad estatal, social, colectiva o pública como formas idénticas, era comprensible porque se hablaba en una escala de tiempo histórico. Y, además, sin que se haya pasado por la experiencia histórica de alguna sociedad de transición. Pero en la experiencia de la URSS, aquello que parecía “indistinto”, adquirió todo su espesor: de ahí la analogía trotskiana del pasaje del gusano a la mariposa por la fase transitoria de la crisálida y la insistencia de Trotsky de que no toda crisálida se transforma en mariposa[28].

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Es decir: la estatización de los medios de producción es una condición necesaria pero no suficiente para llegar a la propiedad social, a la socialización de la producción: para esto los medios de producción deben estar realmente en manos de la clase obrera. Se trata de la teoría clásica de la revolución socialista, de la teoría clásica del Estado, de la teoría clásica de la propiedad.

 

2.2) La emergencia del súper Estado de la burocracia

Pero esa dinámica no fue la que ocurrió. La clase obrera tiene que recorrer su experiencia histórica, aprender, nadie le puede ahorrar ese aprendizaje; en todo caso sacar conclusiones para no volver a tropezarse con la misma piedra.

Si somos un partido revolucionario también lo somos para no repetir tonterías y llamar a las cosas por su nombre; tratar de entender qué fueron las revoluciones de la segunda posguerra para dar la pelea estratégica por la revolución socialista.

Tenemos que militar en toda revolución tal cual es. Pero si hablamos de estrategia hay que pensar el para qué, para qué perspectivas los revolucionarios vamos a la revolución. Vamos con un plan de trabajo. Es una pelea. No es chiste. Una pelea que puede ser durísima contra las direcciones burocráticas, contra las direcciones contrarrevolucionarias, contra la contrarrevolución imperialista: no hay revolución sin contrarrevolución en sus más variadas formas, como ha mostrado la experiencia del siglo veinte.

Veamos el estalinismo. Mao fusiló trotskistas. Ho Chi Min también: asesinó a Ta Tu Tao, gran dirigente trotskista vietnamita que llegó a ser una figura de masas, intendente de Saigón en 1938. Tito entregó oposicionistas. Stalin masacró a toda la Oposición en las grandes y pequeñas purgas.

No es chiste. Es lucha de clases, no es un paseo. El trotskismo murió en el Gulag, en los campos de concentración estalinistas defendiendo la perspectiva de la revolución mundial. Lean los Samizdat: los textos de la juventud trotskista en los campos de concentración estalinista en los años 30. La Oposición de Izquierda eran algunos viejos dirigentes y los demás, jóvenes con todas sus esperanzas, con toda la vida por delante: eran lo mejor de la Revolución Rusa que se plantó frente a Stalin.

La contrarrevolución estalinista cortó la dinámica transicional y reafirmó el súper Estado de la burocracia: en vez de extinguirse el Estado en la sociedad, el Estado burocrático liquidó la dictadura del proletariado. Insisto. Se cortó esa dinámica y se reafirmó el Estado de la burocracia. Hubo una ruptura tremenda, el partido bolchevique dejó de existir y surgió el partido de la burocracia: “(…) la dictadura se organiza para llevar a cabo su misión de desarrollo del país y establecimiento de una mayor justicia social, principios en nombre de los cuales se ha realizado la revolución. Pero el Estado dictatorial muestra tendencia a cristalizar en un organismo que tiene sus leyes e intereses propios, corre el riesgo de sufrir sorprendentes distorsiones en relación a los objetivos iniciales, escapar de las manos de los fundadores y contrariar, al menos durante un largo tiempo, las esperanzas de las masas. El instrumento se convierte entonces en un fin en sí” (Lewin; 1970; pp. 18).

Pero en otros casos, como China y Cuba, no hubo ruptura, no hizo falta una contrarrevolución burocrática, el Estado nació burocrático. La burocracia maoísta, castrista, continuó sin rupturas, se convirtió en restauracionista[29]. En la Revolución Rusa, la revolución obrera y socialista por antonomasia, el estalinismo masacró a la vanguardia obrera y bolchevique; el proceso fue con ruptura, no hubo continuidad. En China y Cuba, la misma burocracia que protagonizó la Revolución, se hizo restauracionista; sin contradicciones (se sobreentiende que estamos hablando de contradicciones fundamentales; obvio que contradicciones hubo, pero no ruptura).

En la URSS el pasaje del Estado obrero con deformaciones burocráticas al Estado burocrático produjo sangre contra el bolchevismo: no hay continuidad, hay ruptura. Es casi obsceno señalar que no tienen nada que ver Gorbachov y Yeltsin con Lenin y Trotsky.

Lo que diferencia los procesos es la naturaleza de los fenómenos históricos: la Revolución Rusa fue una verdadera revolución socialista en la que había que provocar un corte histórico para que dé lugar a la burocratización (y luego a la restauración capitalista; sobre la base de la derrota histórica anterior de la clase obrera, la derrota de los años 30). El carácter no obrero de los procesos en China y Cuba, anticapitalista, progresivo, con conquistas, pero no obrero y socialista, explica que la burocracia que dirigió dichos procesos sea la misma burocracia restauracionista de hoy. Fidel murió de muerte natural. Gobierna su hermano. Hay continuidad, son lo mismo. El maoísmo es igual. Estaban peleados con Deng, pero todos eran de la burocracia.

 

Hay que estudiar la revolución en el siglo pasado, porque es lucha de clases viva, no una abstracción: es la teoría de la revolución, la estrategia, que vive en la lucha de clases. Es la interpretación, la generalización de la experiencia y las herramientas del marxismo para hacer la revolución socialista, para transformar la realidad, para expropiar a los capitalistas y para que la clase obrera tome el poder.

Construimos el partido para eso. El partido es el resumen de la experiencia histórica. Aunque nuestra corriente internacional sea todavía extremadamente minoritaria, tiene el valor de haber tomado esta discusión estratégica, contra la corriente, porque toda la “ortodoxia” fue para el otro lado. Había que ponerse de pie y cuestionar esta falsa “ortodoxia” dentro del marxismo, desde la seriedad, estudiando críticamente la experiencia histórica concreta, dentro de los clásicos, apoyándonos en los hombros de nuestros maestros: Marx, Engels, Trotsky, Lenin, Rosa.

 

Se inhibió esa dinámica de la revolución permanente y el “corto período” fue un período total. Porque la clase obrera nunca pudo tomar el poder; no pudo aprovechar las conquistas para hacerse del poder. Y ahí se pudrió todo: las revoluciones anticapitalistas fueron a una bifurcación histórica dando lugar a Estados burocráticos en ausencia de la clase obrera en el poder, congelándose el potencial proceso de transición al socialismo.

 

 

 

 

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