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América estaba fuera de la civilización propiamente dicha cuando don Cristóbal Colón pisó su tierra por primera vez. Cierto es que los mayas quizá hubieran podido enseñarle astronomía a los europeos. Cierto es que los caminos y acueductos incásicos eran admirables. Pero en su conjunto las más avanzadas sociedades indígenas de la América precolombina se hallaban recién en el estado medio de la barbarie. Aún no sabían laborar el hierro, y por eso no podían prescindir de sus armas e instrumentos de piedra. La colonización española cortó, desde luego, toda posibilidad de ulterior desarrollo autónomo, pero aportó, simultáneamente, un sistema de producción superior, incorporando América al mercado mundial. Por eso pudieron triunfal, un puñado de conquistadores contra las multitudes indígenas que se les opusieron. Aunque ese sistema de producción traído por España se alimentaba de carne indígena masacrada en minas y obrajes.

Algunos teóricos populistas «condenan» a posteriori la colonización española (o inglesa) partiendo de la lamentable tontería de que la misma fue inhumana. Pero no se puede «condenar» la colonización —ni tampoco la esclavitud que prevaleció en la antigüedad— dado el hecho irrefutable de que resultaba económicamente necesaria. Era en su momento el único camino abierto a la humanidad para que una parte de ella pudiera ascender explotando al resto, a un creciente dominio sobre la cultura; preparando asi, objetivamente y pese a sus deseos, las bases para la emancipación de toda la humanidad.

«Condenar» la colonización española es moneda corriente entre las corrientes «indoamericanas» como el aprismo, que pretenden dar a la lucha por la emancipación de América Latina el carácter de reconquista de un supuesto esplendor precolombino, que la colonización habría truncado. Pero semejante grandeza pretérita y semejante frustración no es más que una ilusión antihistórica: la ilusión que la piedra, la llama, y el maíz eran superiores al hierro, la rueda, el caballo, la vaca, el trigo, la vid que trajeron los españoles. Y, como toda ilusión, esta constituye una traba para la acción eficaz.

Por otra parte, sólo el cinismo «ensotanado» de un católico como Sierra puede suponer que España «quería elevar al indio (Ideas, 105) o que «los negros eran bien tratados en Hispano América» (Historia, 3,26). Si hubo pocos negros fue sencillamente porque las civilizaciones indígenas que los españoles encontraron en América proveyeron suficiente masa de hombres para explotar, «suerte» que no tuvieron los ingleses a quienes no quedó más solución que llevar negros a sus colonias.

En cuanto a los indios, el testimonio de Tupac Amaru —entre tantos otros-escribe con propiedad cuáles eran las alturas evangélicas hasta dónde los indios eran elevados por España.

«Nos oprimen en obrajes, chorillos y cañaverales, cocales, minas y cárceles en nuestros pueblos, sin darnos libertad en el menor tiempo de nuestro trabajo; nos recogen como a brutos y ensartados nos entregan a las haciendas para laborar, sin más socorro que nuestros propios bienes y a veces sin nada». Es la pintura de un sistema de explotación de quince y más horas de labor cotidiana, abonadas con dos reales miserables y a veces con simples «vales» que ni siquiera se pagan. Y entre los vejámenes salen a relucir los tratos brutales en la mina de Potosí, donde «los indios rinden la vida con vómitos de sangre». En fin, bastará citar algunos párrafos de una condena de muerte dictada por la Real Audiencia de Caracas para borrar cualquier duda. Dice la cristianísima y muy católica condena: «que sea sacado de la cárcel, arrastrado a la cola de una bestia de albardo y conducido a la horca»… «que muerto naturalmente en ella por mano del verdugo, le sea cortada la cabeza y descuartizado; que la cabeza se lleve en una jaula de hierro al puerto de La Guaira… que se ponga uno de los cuartos a la entrada del pueblo de Macuto» y así los demás en distintos lugares (citado en Guiñazú, Epifanía, 46 y 53).

Todo esto quiere decir que los españoles demostraron ser tan buenos como cualesquiera otro, incluso tanto como los ingleses, para explotar brutalmente el trabajo humano que encontraron en América (así como el que importaron de África). Resultarla un exceso de candidez polemizar aquí con Sierra quién sostiene la ocurrente teoría de que la revuelta encabezada por Tupac Amaru se debió a los excesos de un inspector (Historia, 3) o con la opinión de otro defensor de la piadosa España para quién todo fue obra de las intrigas que llevaban a cabo los agentes británicos (Palacio I, 142).

Igual que toda la etapa de la acumulación primitiva capitalista —de la cual fue parte integrante y principalísima— la conquista y colonización de América derraman sangre y lodo por todos sus poros. Como afirma Marx en El Capital «del sistema colonial cristiano dice un hombre que hace del cristianismo su profesión: «Los actos de barbarie y desalmada crueldad cometidos por las razas que se llaman cristianas contra todas las religiones y todos los pueblos del orbe que pudieron subyugar no encuentra precedentes en ninguna época de la historia universal ni en ninguna raza, por salvaje e inculta, por despiadada y cínica que ella sea» (1, 2).

Esto demuestra el carácter esencialmente inhumano del capitalismo, pero no puede servir de argumento para negar el tremendo salto adelante de las fuerzas productivas que la humanidad logró mediante este sistema de explotación. Y la conquista y colonización de América —calificada por Marx como «cruzada de exterminio, esclavización y sepultamiento de la población aborigen en las minas»— no fue más que un eslabón en la expansión mundial del naciente capitalismo.

El Mito de la Colonización Feudal

Durante muchos años se ha repetido que la colonización española en América tuvo un carácter «feudal» (Mariátegui fue, entre los marxistas, uno de quienes más temprano y con mayor énfasis insistió en esta tesis. (Siete Ensayos, 12). Aparte de que Colón descubrió América esa es quizá la afirmación más repetida acerca de la colonización española. Nosotros en cambio, sostenemos que el contenido, los móviles y los objetivos de la colonización española fueron decisivamente capitalistas. ¿Vale la pena discutir al respecto? Si se tratara de una cuestión académica (tal como el origen exacto de la palabra gaucho, por ejemplo) no valdría la pena detenerse en la cuestión. Pero determinar el exacto carácter de la colonización española tiene una importancia nada académica. Baste decir que la conocida teoría sobre el carácter «feudal» de la colonización sirvió durante largo tiempo a los moscovitas criollos como telón de fondo para afirmar que la Argentina «muestra aún hoy en su estructura rasgos inconfundiblemente «feudales» (Puiggrós, Colonia, 23) y para enrollar la madeja de una fantasmagórica revolución «antifeudal» que abriría el camino a una supuesta «etapa» capitalista.

Atados a sus dogmas y compromisos políticos y frenados por su propia incapacidad, los teóricos comunistas posteriores a Puiggrós usan su definición de la colonia como sociedad feudal sólo para oponerse al socialismo en la Argentina de hoy, puesto que significaría «proponernos hoy tareas históricas inexistentes» (Paso, Colonia, 9.). Y su negativa al socialismo se extiende no sólo a América Latina sino incluso al África donde Leonardo Paso (curioso ejemplar «marxista») ve negativamente el paso a las formas colectivas de propiedad de la tierra porque es un salto «de etapas históricas muy importantes para ponerse a la altura de los pueblos más adelantados» (ídem, 118). ¡Y esto fue escrito cuatro años después de la Revolución Cubana!

Sergio Bagú ha señalado correctamente que «las colonias hispano-lusas de América no surgieron a la vida para repetir el ciclo feudal, sino para integrarse en el nuevo ciclo capitalista que se inauguraba en el mundo. Fueron descubiertas y conquistadas como un episodio más de un vasto período de expansión comercial del capitalismo europeo. Muy pocos lustros después de iniciada su historia propiamente colonial, la orientación que van tomando sus explotaciones mineras y sus cultivos agrícolas descubren a las claras que responden a los intereses predominantes entonces en los grandes centros comerciales del viejo mundo» (Bagú, Economía, 104).

Nadie, ni aun los obcecados teorizantes del «feudalismo» colonial, han negado que el descubrimiento y conquista de América tuvieron objetivos perfectamente comerciales. Efectivamente, cuando castellanos y portugueses tocan las costas americanas la existencia de un activo mercado internacional europeo es un hecho desde hace mucho tiempo. Las explotaciones del extremo oriente, las factorías que se establecen en las costas de la India, el reconocimiento y después el tráfico con las costas africanas, el descubrimiento y colonización de América, son meros episodios de esa formidable revolución comercial que está conmoviendo a Europa. Hay en el viejo mundo un mercado internacional que absorbe con avidez una cantidad de productos de otros continentes. Castellanos y portugueses, al ponerse en contacto con esta nueva realidad americana, estuvieron movidos por una misma necesidad, por un igual propósito: hallar algo que pudiera ser vendido en el mercado europeo con el mayor provecho posible (Bagú. Economía, 66). De modo que el objetivo de la colonización y conquista fue eminentemente capitalista: producir en gran escala para vender en el mercado y obtener una ganancia.

Hay por lo tanto, una neta diferenciación con los procesos de colonización realizados en el seno del feudalismo europeo, tales como el desplazamiento de los germanos hacia el Este, cuyo único propósito era obtener tierra para subsistir. La pequeña economía agraria y el artesanado independiente —indicó Marx— forman en conjunto la base del régimen feudal de producción. El régimen feudal en la agricultura supone que el señor no puede explotar toda la tierra por sí mismo o por un administrador, entonces concede parcelas a los campesinos, que se convierten en pequeños propietarios, pero sometidos a una multitud de censos y apretados con lazos personales innumerables. La producción feudal se caracteriza por la división del suelo entre el mayor número posible de tributarios. Por eso estaba salpicado de pequeñas explotaciones campesinas, interrumpidas sólo de vez en cuando por grandes fincas señoriales. El siervo de la gleba, aunque sujeto a tributo, era dueño de una parcela de tierra (Marx, Capital, 2, 3). Es decir que por paradoja! que esto resulte a primera vista, el régimen feudal supone la pequeña propiedad de la tierra. De ahí la pequeña escala de la producción disponible para el mercado y el reducido volumen del intercambio.

Ahora bien, el sistema de producción que los españoles estructuraron en América era francamente opuesto a esta estructura básica del feudalismo. Si alguna característica bien definida e incuestionable es posible encontrar en la economía colonial os la producción en gran escala (minas, obrajes, plantaciones) para el mercado. Desde los primeros tiempos del régimen hasta sus últimos días, ella condiciona toda la actividad productiva (Bagú, Economía, 117). Es posible que las primeras encomiendas hayan tendido a ser autosuficientes, pero en todo caso, ello estuvo perfectamente condicionado al hallazgo de metales preciosos. Descubierto el metal, la unidad autosuficiente se quiebra, con estrépito. Los indios comienzan a producir para el mercado europeo o local, y el señor vive con la mente puesta en el mercado. Además de metales preciosos, Potosí y la zona adyacente no producían prácticamente nada. De otras regiones del virreinato le enviaban alimentos y los más diversos productos. De todas partes del mundo le llegaban objetos de lujo. No puede darse un caso más claro de producción para el mercado.

Es falsa incluso la suposición de que el monopolio comercial español impedía a las Américas comerciar en gran escala. Como se sostiene en un trabajo reciente, «las colonias recibían toda clase de mercaderías europeas y a precios bajos; podían exportar sus productos a otras naciones sin más prohibición que para el oro y la plata; que efectuaban el comercio de trueque con las colonias extranjeras; que recibían en sus puertas a naves negreras de cualquier país y comerciaban con ellas; que utilizaban naves de potencias amigas y neutrales, y que, en general el mercado americano estuvo saturado de manufacturas europeas» (Villalobos, Comercio, 10). La corriente comercial no se detenía en los puertos, sino que penetraba profundamente en el interior del continente. En 1786 señalaba un comerciante que en Chuquisaca «todas las plazas se hallan abarrotadas de género» (citado en Villalobos, 57). Los trabajos de Levene (Investigaciones) así como otros más recientes (Halperín, Río de La Plata) señalan claramente las fuertes vinculaciones de todas las regiones de la América Española entre sí y con las potencias extranjeras.

Buenos Aires fue otra ciudad colonial que en el siglo XVII había adquirido la tonalidad de una típica concentración urbana de la época del capitalismo comercial en Europa. Era la puerta de entrada de una incesante corriente de mercaderías que se distribuían después en una vasta zona que alcanzaba al Alto Perú (Bagú, Economía, 129). En el Noroeste argentino, que se ha querido presentar como prototipo de colonización feudal, los obrajes fabricaban tejidos que llegaban a exportarse por los mercados de Chile, Potosí, Buenos Aires, e incluso Brasil (Levene, investigaciones, 1,7).

Buenos Aires fue fundada por segunda vez en 1580 para «abrir puertas a la tierra» como solicitaba el licenciado Matienzo una década antes (Fitte, Hambre, 264). Siete años después, la aldea que apenas contaba 60 pobladores, enviaba sus primeras exportaciones de géneros confeccionados en Tucumán con destino al Brasil. Aunque ese 2 de setiembre se recuerda ahora como el día de la industria fue en realidad el primer esbozo de la pujante fuerza comercial de Buenos Aires y el origen de una poderosa burguesía intermediaria.

Característica del Capitalismo Colonial

Pero —se dirá— aunque la sociedad colonial producía para el mercado, las relaciones de producción de dónde brotaba la mercancía (es decir, las relaciones entre los trabajadores y los propietarios de los medios de producción) eran feudales, puesto que se basaban en la sujeción personal del trabajador. El error de este criterio reside en que la servidumbre no era el régimen predominante en la colonia. La obra de Bagú y las investigaciones de Silvio Zabala (amén de otras) revelan categóricamente que «en las colonias españolas predominó la esclavitud en forma de salario bastardeado, siendo de menor importancia la esclavitud legal de los negros y el salario libre» (Bagú, Economía, 127). Es justo señalar que Mariátegui reconoce esto parcialmente (Siete Ensayos, 356), pero el «predominio de la esclavitud y el salario, a la vez que la poca importancia de la servidumbre —en el sentido histórico-económico— nos confirma en la creencia de que el régimen colonial del trabajo se asemeja mucho más al capitalismo que el feudalismo» (Bagú, Economía, 102).

Bien entendido, no se trata del capitalismo industrial. Es un capitalismo de factoría, «capitalismo colonial», que a diferencia del feudalismo no produce en pequeña escala y ante todo para el consumo local, sino en gran escala, utilizando grandes masas de trabajadores, y con la mira puesta en el mercado; generalmente el mercado mundial, o, en su defecto, el mercado local estructurado en torno a los establecimientos que producen para la exportación. Estas son características decisivamente capitalistas, aunque no del capitalismo industrial que se caracteriza por el salario libre.

En este sentido la colonización española anticipó la obra que el capital imperialista realiza en África, en Asia y en algunas zonas de América durante las últimas décadas del siglo 19 y primeras del 20, cuando los grandes consorcios imperialistas levantan sistemas de producción híbridos, que siendo en lo esencial capitalistas, se asemejan bastante a la esclavitud. Pero si la ocupación del mundo por el capital en el último siglo colaboró en impedir el surgimiento de las zonas atrasadas de la humanidad, no puede menos que recibirse con sorna la teoría avanzada por ciertos católicos que «mientras los pueblos civilizados por España y Portugal son baluartes de la civilización occidental, los pueblos conquistados por las naciones protestantes —en aquellos en que no hubo sustitución de poblaciones— la civilización occidental sólo ha penetrado en las élites» (Puiggrós, Historia, 15). Pretender que la explotación a sangre y fuego de los indios fue una obra piadosa para incorporar pueblos a la religión católica, y nada parecida a los crímenes que cometían los protestantes, será una teoría que podrá convencer a las señoritas de la Universidad del Salvador, pero de ninguna manera al más tímido bicho pensante.

Por supuesto, el capitalismo comercial posee una variedad de rasgos feudales que se combinan con él sin modificar empero su estructura capitalista. «Hay una etapa en la historia capitalista en la cual renacen ciertas formas feudales con inusitado vigor: la expansión del capitalismo colonial. En las colonias la posesión de la tierra, aparte del lucro que se busca en el tráfico de sus productos, van acompañadas de ciertas reminiscencias feudales. El poseedor, compañía o individuo, aplica allí su ley sin apelación, gobierna sobre la vida y los bienes sin preocupación jurídica o ética alguna, inventa en su beneficio todos los impuestos que su imaginación y las posibilidades del lugar le permiten» (Bagú, Economía, 102).

Que a lo largo de toda la historia colonial hay en la América Española un tipo de señor cuyos hábitos, cuya actuación y cuya mentalidad guardan estrecha semejanza con el señor del Medioevo no puede caber la menor duda. El senhor do engenho.y el fazhendeiro de ganado o de café, en Brasil; el encomendero, el minero, el latifundista, el cultivador de cacao y de azúcar, el obispo, el ranchero, el estanciero en las colonias españolas, tienen una marcada tendencia a considerarse señores absolutos dentro de sus dominios territoriales, jefes militares locales con menosprecio de la autoridad central, y a ejercer sobre sus subordinados una justicia de inspiración feudal. También puede decirse lo mismo de los propietarios de ingenios de las Antillas británicas y de los plantadores de tabaco de Virginia y las Carolinas. Pero los «señores feudales» americanos tienen con los europeos algunas diferencias dignas de notarse: las bases materiales de sus riquezas no son feudos cerrados, unidades autosuficientes, sino minas que producen para el exterior, o indios encomendados, o ingenios, o estancias, o ranchos cuyos productos se exportan. Como dijera Bagú, América fue una «concepción de casta sobre una realidad de clases» (Estructura, 102). Por su parte Aldo Ferrer, que siguiendo a Bagú reconoce que la producción en América se destinaba al mercado mundial, explica el atraso argentino en los siglos XVII y XVIII por la falta de productos exportables y la consiguiente ausencia de capitalización (Economía, 32). Lo que ni siquiera se pregunta es por qué ninguna zona de América española vinculada al mercado mundial y con abundante población tuvo impulso para desarrollarse como sucedió en la América del Norte. Definir la sociedad colonial como «economía primaria de subsistencia» es, además de falso, una manera de sustraerse mediante abstracciones económicas, del estudio de las formas de producción y propiedad. Que ese método en Ferrer no es una casualidad lo prueba el hecho que para él el rasgo distintivo de la sociedad feudal era «la ausencia de progreso técnico y el consiguiente estancamiento de la productividad» (Ferrer, Economía, 17).

Rodolfo Puiggrós, historiador de formación stalinista que hace años escribió historia argentina con el propósito de encontrar en ella —o, en todo caso, inventar los elementos feudales a los cuales contraponer la correspondiente burguesía progresista, hizo un descubrimiento que, guardando las distancias, es por lo menos tan trascendental como el de América. Se trata de que «La conquista colonizadora trasladó las formas de producción… del feudalismo ibérico en decadencia» y que luego «América dio oxígeno al agónico feudalismo… de la península ibérica» (Puiggrós, España, 3). Siguiendo a Puiggrós, Leonardo Paso dice también que en América «la colonización fue feudal» pero con injertos esclavistas (Colonia, 46 y 50). Y un apóstol del disparate que escribió un libro titulado «América Latina un País» dice que las colonias españolas desarrollaban su economía sobre bases feudales» (Ramos, 26).

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Pese a las afirmaciones sobre la colonización feudal, el mismo Puiggrós reconoce que «el descubrimiento de América fue una empresa llevada a cabo por comerciantes y navegantes» y tuvo objetivos perfectamente comerciales (Coloma, 9). Hay una evidente contradicción entre esa afirmación y la tesis sobre el carácter de la colonización, que Puiggrós esquiva con la teoría del «puente» según la cual los objetivos comerciales de la conquista de América sirvieron de pasarela para que en estas tierras arraigara el feudalismo español. Evidentemente, Puiggrós y Cía. entienden por feudalismo la producción de mercancías en gran escala con destino al mercado mundial, y mediante el empleo de concentraciones de mano de obra semiasalariada, similares a las que muchos siglos después acostumbra levantar el capital financiero internacional en las plantaciones afroasiáticas. Si esto es feudalismo cabe preguntarse con cierta inquietud qué será entonces capitalismo. Pero esta pregunta no preocupa a Puiggrós, quien explica el «carácter eminentemente feudal del dominio español en América» en base a que «la Corona consideraba al nuevo continente feudo directo suyo y vasallos a sus habitantes, y no colonias en el sentido que desde el siglo XVII les ha ido dando a sus dominios comerciales» (Puiggrós, Colonia, 16). Aunque parezca lo contrario, estas palabras no pertenecen a un especialista en derecho comparado, sino a un historiador que se proclama marxista. Pero nada es más extraño al marxismo que el cretinismo jurídico, y nada más revelador de un impenitente cretinismo jurídico que caracterizar como feudal la colonización española, no por la estructura de sus relaciones de producción, sino por la forma jurídica que asume el vínculo entre las colonias y la Corona española. La forma que reviste la relación entre las colonias y España tiene, indudablemente, en lo jurídico, un acentuado color feudal. Pero, bajo esa forma jurídica, el contenido económico-social de las colonias gira en torno a la producción para el mercado y la obtención de ganancias —lo cual da a ese contenido un decisivo carácter capitalista, pese a todos los matices feudales que lo envuelven.

Nuevamente se tropieza aquí —en la tesis de Puiggrós— con el pensamiento esquemático y formal, que tantos errores origina en el proceso del conocimiento; «España era feudal»; «luego», su colonización fue feudal. Perfecta deducción formal y perfecto error. Los españoles llegados a América encontraron una realidad nueva, inexistente en España; y el resultado fue que, aun cuando subjetivamente quisieran reproducir la estructura de la sociedad española, objetivamente construyeron algo muy distinto. La España feudal levantó en América una sociedad básicamente capitalista —un capitalismo colonial, bien entendido, del mismo modo que, a la inversa, en la época del imperialismo el capital financiero edifica en sus colonias estructuras capitalistas recubiertas de reminiscencias feudales y esclavistas. Este es precisamente el carácter combinado del desarrollo histórico. El pensamiento formal no capta esto, y por eso, en general, no capta absolutamente nada de lo esencial.

El Mito de la «Superioridad» de la Colonización inglesa

Mal que le pese a los españolistas, la fabulosa desproporción entre los destinos históricos de la América de habla inglesa y la América española reside en los diferentes procesos de colonización a que fueron sometidas. Pero, ¿en qué aspectos de la colonización está el origen de la tremenda diferencia ulterior? ¿Si es en la «raza» anglosajona— habría que explicar la América española como resultante de alguna inferioridad innata de la «raza» latina —o, lo que es lo mismo, si el vertiginoso engrandecimiento de Norteamérica obedece a la superioridad de la «raza» anglosajona»— habría que explicar otro enigma. ¿Por qué motivo esa «raza» anglosajona, que en el norte de los Estados Unidos edificó el capitalismo más progresista de la Tierra, sólo fue capaz en el sur de Estados Unidos de levantar una sociedad esclavista, monoproductora y semicolonial respecto a Inglaterra, mucho más parecida a la América española que ‘al norte de los Estados Unidos? En esto, como en todo, la raza —que por otra parte nadie sabe bien en qué consiste— no explica absolutamente nada. Vemos que la «raza» anglosajona cuando se instala en una región monoproductora de tabaco o algodón, con mano de obra esclava a su disposición, construye una sociedad similar a la que levanta la «raza» latina en base al trabajo del indio o a la volteada de vacas, y diametralmente opuesta a la sociedad que los anglosajones levantan en el norte de los EE.UU. dónde tuvieron que vivir de su propio trabajo como granjeros. Y esto significa que el factor determinante reside en la estructura de la sociedad y no en el plasma germinativo de españoles o ingleses.

Ahora bien: si la teoría de la «raza» es absurda, también lo es, y más peligrosa porque se reviste de marxista, la tesis que se podría denominar de la «herencia social». Según esta tesis, Norteamérica progresó porque recibió en herencia el desarrollo burgués de Inglaterra, mientras que el resto del continente se estancó en virtud de la herencia feudal española que le tocó en suerte. Esta teoría fue adelantada en un principio por Mariátegui (Siete Ensayos, 12 y 58), pero es Rodolfo Puiggrós —quién con su presunto marxismo ha logrado sembrar considerable confusión en torno del pasado y del presente del país— el que la desarrolla hasta el fin en los siguientes términos, que no tienen desperdicio: «Los ingleses que arribaron en el Mayflower y que siguieron llegando desde 1620 a 1640 —dice— trasplantaron al nuevo continente los gérmenes de desarrollo capitalista que traían de su patria originaria. Transfirieron a América sus hábitos de trabajo independiente, y su técnica avanzada y no necesitaron del trabajo servil, sino que por el contrario, ésta constituía un obstáculo para el desarrollo del orden social que implantaban. Se instalaron en pequeñas extensiones de tierra que trabajaron en forma intensiva». Esto —afirma Puiggrós— ocurrió en el Norte de Estados Unidos. En cambio, «la inmigración verificada después de 1648 estaba integrada, a diferencia de la primera, por elementos feudales encabezados por parte de la nobleza. Esa inmigración se estableció en el Sur, en Virginia, y —dice Puiggrós— implantó formas de producción y hábitos de vida que correspondían a su origen feudal. La explotación del trabajo de indios y negros, en forma servil y esclavista, constituyó su base social. Mientras la corriente inmigratoria burguesa impulsó la pequeña propiedad rural y el desarrollo manufacturero, la corriente inmigratoria feudal se afirmó en la gran propiedad territorial y en la economía doméstica» (Colonia 22-3). En la misma vena siguen los comentarios actuales del partido que rompió con Puiggrós y afirman que «los colonizadores de América del Norte arrasaban con las comunidades primitivas e instauraban, mediante el ingreso de colonos, el régimen capitalista» (Paso, Colonia, 40). Como se ve, la diferencia fundamental entre ambos consiste en que Paso ni siquiera señala la diferencia entre el Norte y el Sur de los Estados Unidos.

En primer lugar es necesario señalar el carácter místico de la teoría puigrosista. «Los ingleses trasplantaron los gérmenes del desarrollo capitalista… transfirieron sus hábitos de trabajo independiente y no necesitaron del trabajo servil». Los «gérmenes» en cuestión eran —parece— tan poderosos que resistían a todas las variaciones del tiempo y del espacio. En el nuevo continente los «gérmenes capitalistas» seguían siendo capitalistas, y los «gérmenes feudales» seguían siendo feudales. Puiggrós no parece ni sospechar siquiera que si en el Norte los ingleses no emplearon trabajo servil y se dedicaron a las pequeñas explotaciones rurales, fue porque el terreno no permitía hacer otra cosa, mientras que quiere decir, evidentemente, que si un feliz portador de los «gérmenes burgueses» hubiera desembarcado no en el Norte, sino en el Sur, en Virginia, no se hubiera dedicado en modo alguno a cultivar algodón y tabaco empleando mano de obra esclava en grandes extensiones de tierra, sino que —fiel a sus «gérmenes» progresistas— se hubiera dedicado a la pequeña empresa agrícola. Y a la inversa, según Puiggrós, si un retrógrado portador de «gérmenes» feudales hubiera desembarcado en las áridas tierras de Plymouth, de seguro que, consecuente con sus «gérmenes», hubiera acaparado grandes extensiones de terreno pedregoso y puesto sobre ellas grandes masas de esclavos dedicados quién sabe a qué. Como se ve Puiggrós tiene el mismo criterio histórico que el católico Sierra, según el cual los españoles se abstenían de exterminar indios porque eran católicos (no porque el indio latinoamericano podía ser explotado)… mientras que los ingleses mataban sistemáticamente los pieles rojas no porque estos no servían para ser explotados, sino porque… los ingleses eran protestantes…!

O sea que Puiggrós, Paso y Cía., en vez de explicar la conducta social por los elementos objetivos que la originan (tierra, disponibilidad de mano de obra, naturaleza de la producción) eluden la explicación científica con una tesis acerca de imponderables «gérmenes».

Un siglo antes que estos caballeros, Marx se burlaba ya de semejante teoría, señalando el absurdo de imponer el capitalismo en las colonias dónde sobraba el terreno libre para ocupar: «Desde luego —dice— descubrió Wakefield en las colonias que la posesión de dinero, medios de subsistencia, máquinas y otros medios de producción no da a un hombre el carácter de capitalista si falta el complemento, el trabajador asalariado, el otro hombre obligado a venderse voluntariamente. Descubrió que el capital no es una cosa, sino una relación social entre personas que se establecen mediante cosas. Nos cuenta, por ejemplo, esta triste historia: el señor Peel llevó consigo de Inglaterra a Swan River, en Nueva Holanda, medios de subsistencia y de producción por valor de 50.000 libras esterlinas. Fue tan previsor el señor Peel, que llevó también consigo 3,000 personas de la clase trabajadora, hombres, mujeres y niños. Llegado al lugar de su destino, «el señor Peel se quedó sin un criado para hacerle la cama o llevarle agua del río». ¡Desgraciado el señor Peel que todo lo habla previsto, excepto exportar a Swan River las relaciones inglesas de producción! (Marx, Capital, 1, 25).

Por otra parte, es totalmente errónea la afirmación de Puiggrós de que la inmigración «feudal» que se radicó en Virginia llegó después que la inmigración «burguesa» que se radicó en el Norte. Las cosas ocurrieron al revés. Los primeros colonizadores se establecían en Virginia hacia 1607, y el primer cargamento de esclavos negros llegó a Virginia en 1619 (Haecker, Proceso, 65). Y precisamente era Virginia a dónde se dirigían contratados por la Virginia Company los peregrinos que a raíz de un accidente de navegación anclaron en Plymouth. Si hubieran llegado a Virginia, los «gérmenes» burgueses de estos peregrinos hubieran quedado en invernadero, y se hubieran dedicado a explotar esclavos con tanto empeño como el más «feudal» de los plantadores (plantadores que, por lo demás, pese a Puiggrós, no tenían absolutamente nada de feudales, puesto que vivían pendientes y dependientes del mercado mundial para el cual producían mercancías en gran escala). Pero en el Norte de Estados Unidos el terreno sólo permitía cultivar el suelo en pequeñas parcelas sobre las cuales el trabajo esclavo o servil tenía escasa o ninguna utilidad. Fueron circunstancias tangibles de clima y terreno más bien que diferencias místicas en los motivos o en los «gérmenes», lo que explica el contraste entre el Norte y el Sur de los Estados Unidos y del continente todo.

«Además de brindar pronta prosperidad, el tabaco dio decidido impulso al desarrollo social en el Sur de Estados Unidos, determinó que la tierra debía ser cultivada, primordialmente no por pequeños terratenientes como los establecidos al Norte, en Nueva Inglaterra, sino más bien por mano de obra servil dirigida por los amos de las grandes propiedades» (Beard, Rise, 45). En cambio en el Norte el clima y el suelo de Nueva Inglaterra, sumados a la abundancia de tierra y la escasez de mano de obra, hicieron imposible una economía de plantación como la sureña. Los puritanos no prescindieron de las grandes plantaciones con esclavos porque tuvieran objeciones que hacer contra la servidumbre o la esclavitud; contrataban sirvientes blancos, se esforzaban por esclavizar a los indios y utilizaron a loa siervos negros siempre que en ello hubo beneficios que cosechar. Procedieron así porque descubrieron que en una tierra de largos inviernos, de campos erizados de piedra y de cosechas harto diversas, era económicamente imposible realizar en gran escala la servidumbre. Como se hallaban, pues, regidos por factores que estaban más allá de su posible dominio, los puritanos se extendieron por Nueva Inglaterra bajo la dirección de los agricultores dueños de tierras libres; y quienes no podían soportar aquella ardua carrera o no amaban la ruda vida entre colinas y rocas, encontraron salida para sus capitales y energías en alta mar (Beard, Rise, 55).

Bases Reales de Dos Destinos Diferentes

Esta apreciación de las diferencias entre la colonización realizada por los ingleses en el Norte y Sur de Estados Unidos ayudará a comprender la diferencia entre la colonización inglesa en el Norte de Estados Unidos y la colonización española desde México a la Argentina, tan similar en lo fundamental a la colonización del Sur de los Estados Unidos.

En el Norte de Estados Unidos, los ingleses buscaban lo mismo que sus hermanos en el Sur, y que los españoles más al sur todavía: buscaban metales preciosos o materias primas ávidamente reclamados por el mercado mundial y mano de obra indígena fácilmente explotable e intercambiable por la carne africana. «Su afán de cosechar oro no era menor que el de los españoles. Se hubieran regocijado si hubieran encontrado, vencido y explotado a una antigua civilización americana —otro México u otro Perú—; y su trabajo en la India así lo revela», pero «la zona geográfica que cayó en sus manos no rindió al principio el preciado tesoro. En lugar dé indígenas que quisieran someterse a la esclavitud, en lugar de vetustas civilizaciones, maduras para la conquista, los ingleses encontraron un inmenso continente de tierra y selva virgen, apenas colonizadas por pueblos indígenas que preferían la muerte antes que el cautiverio» (Beard, Rise,11). Y con el agravante de que sólo en el Sur el terreno y la producción eran aptos para emplear grandes masas de trabajo esclavo importado. Si los plantadores del Sur emplearon trabajo esclavo y los puritanos del Norte se decidieron a trabajar con sus propias manos, no fue por que unos portasen consigo «gérmenes» feudales y los otros «gérmenes» burgueses, sino porque el medio ambiente en que se radicaron no les permitió hacer otra cosa. Los puritanos del Norte no tenían escrúpulos para esclavizar a sus semejantes, ya fueran de su propio color o de cualquier otro. Se esforzaban como los españoles para reducir a los indios al estado de siervos y hasta cierto punto salieron airosos; pero el espíritu altivo del piel roja lo «convertía en un mal elemento para trabajar bajo el látigo» (Beard, Rise, 105).

Marx —que no creía en «gérmenes»— lo señaló con exactitud y concisión: «Aquellos hombres virtuosos del protestantismo, los puritanos de la Nueva Inglaterra, otorgaron en 1703, por acuerdo de su Asamblea, un premio de 40 libras por cada escalpado indio y por cada piel roja apresado; en 1720 el precio era de 100 libras. El Parlamento británico declaró que la caza del hombre y el escalpado eran recursos que Dios y la naturaleza habían puesto en sus manos» (Marx, Capital, 1, 25).

En América Latina los españoles —igual que los ingleses en el Sur de los Estados Unidos— encontraron productos fáciles de explotar en gran escala para colocarlos en el mercado mundial. Pero a diferencia de los colonizadores del Sur Norteamericano, no tuvieron que depender exclusivamente de la carne africana, porque encontraron enormes masas de mano de obra indígena fácilmente explotable. En las colonias españolas cristalizó bien pronto un sistema de explotación capitalista colonial en gran escala, basado en el trabajo del indio o del blanco proletarizado, con destino al mercado mundial. Desde su hora inicial, América Latina vive fundamentalmente en función del mercado mundial, y cuánto más crece, más se acentúa esta característica, que en rasgos generales la Independencia de España logró acelerar. En el Norte de Estados Unidos, en cambio, proliferó una clase de pequeños granjeros que empleaban principalmente el trabajo familiar, acompañados por el inevitable ladero de la pequeña agricultura, es decir, la industria artesanal. Esta clase vendía en el mercado mundial, pero también intercambiaba entre sí y con los artesanos, y a partir de ella fue entretejiéndose un extenso y sólido mercado interno.

Esta clase necesitaba demasiado de la tierra y era demasiado numerosa y fuerte para permitir que ninguna clase terrateniente se la expropiara y frenara el desarrollo nacional en interés de la renta agraria. Por otra parte, la cercanía del mar y la aspereza do la vida en la tierra, unida a la presencia de grandes bosques, facilitaba la vocación nacional por el mar y la construcción de barcos, lo cual era en sí mismo, aglutinante y punto de partida de una tradición industrial. «El suelo poco hospitalario de Nueva Inglaterra dirigía, desde el principio, la industria de los puritanos hacia el mar, a la pesca, el tráfico marítimo, al comercio y todos los diversos intereses relacionados con empresas de esa índole. Los bosques locales proveían roble para maderas y tablones, pino para mástiles, resinas para la obtención de trementina y alquitrán, los campos producían cáñamo para la fabricación de cuerdas; y había minas de hierro para fabricar anclas y cadenas. ¿Para qué iba a ser el hombre esclavo del suelo si podía dominar el océano? A todo lo largo de la costa septentrional, especialmente en el litoral de Nueva Inglaterra, había astilleros donde se hacían balandras y goletas magníficas (Beard, Rise, 90).

Sobre estas bases se estructuró en el Norte de Estados Unidos una democracia igualitaria, sin más desigualdad que la que surgía del enriquecimiento y la destrucción originados por la competencia. O sea, el clima ideal para el florecimiento del capitalismo en todas sus formas y, especialmente, en su forma revolucionaria, es decir, el capitalismo industrial.

En América Latina, en cambio, las características del terreno y la producción, y la disponibilidad de abundante mano de obra indígena, facilitó el temprano monopolio de la propiedad de bienes de producción —tierra, minas, vacas— por una reducida minoría privilegiada que se enriquecía vendiendo en el mercado mundial. La producción colonial no estaba orientada por las necesidades de las comunidades nacionales, ni siquiera por los intereses de los productores locales. La producción se estructuró y se transformó todas las veces que fue necesario para encajar dentro de un orden de cosas determinado por las metrópolis (Bagú, Economía, 122). Así quedó frenado por falta de estímulos el desarrollo del mercado interno, y se estructuró una sociedad oligárquica hostil al desarrollo de la agricultura basada en granjeros y al capitalismo industrial.

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En los primeros artos del siglo XIX voces autorizadas lo indicaban de un extremo a otro del continente. Abad y Queipo, obispo de Michoacan, exponía la situación de México: «Lejos de desmembrarse las haciendas se han aumentado de mano en mano». Y en el Río de la Plata, al otro extremo de la América Hispana, Manuel Belgrano escribía palabras que aún corresponden perfectamente a la realidad: «Hay potentados de Europa que no son señores de otras tantas leguas como los terratenientes hispanoamericanos» (citado por Bagú, Economía, 236). Mendoza, en su «Historia de la Ganadería Argentina», dice que al finalizar el siglo XVIII la media docena de propietarios con títulos perfectos poseían centenares de miles de leguas cuadradas (98). En 1744 fue levantado un censo de Buenos Aires, y reveló que sobre 6.000 habitantes que poblaban la campaña y 10.000 que habitaban en la ciudad, sólo el 1% (186 personas) eran propietarias … y poseían 28.000 kilómetros cuadrados.

Sarmiento escribió que «el error fatal de la colonización española en la América del Sur, la llaga profunda que ha condenado a las generaciones actuales a la inmovilidad y al atraso, viene de la manera de distribuir las tierras». Sólo falta agregar que el «error» era inevitable vista la presencia en América Latina de mano de obra, minas o productos fácilmente explotables. Si los puritanos tripulantes del Mayflower hubieran tocado tierra en el mismo sitio que Pizarro o Hernán Cortés, también ellos hubieran cometido gustosos el mismo «error».

El Norte de los Estados Unidos constituyó una verdadera colonia, es decir, un territorio virgen colonizado por inmigrantes libres (Marx, Capital, 1, 25). De ahí la rapidez con que creció su población europea, estructurando un considerable mercado interno y aportando todas las técnicas y habilidades de la civilización europea. En la América española, en cambio, los territorios coloniales eran en realidad, países conquistados dónde —con excepción del Río de la Plata— los indios constituían la inmensa mayoría de la población, oprimida por una reducida minoría de europeos, «Todo cesaría si ellos faltasen», decía de los indios una ley de Indias. La enorme cantidad de mano de obra disponible, la exhaustiva explotación que de ella se hizo, y los buenos precios que se pagaban en Europa por los productos coloniales, permitieron una precoz y cuantiosa acumulación de capitales en las colonias españolas.

El núcleo de beneficiarios, lejos de irse ampliando, fue reduciéndose en proporción con la masa de la población, como se desprende del hecho cierto de que el número de europeos y criollos desocupados aumentara sin cesar (Bagú, Economía, 113, también Estructura). Esta acumulación de capital que es a la vez producto y signo del proceso capitalista, brotaba no del trabajo productivo de los colonizadores, sino de su ultra parasitaria explotación de las espaldas indígenas.

Desde el vamos América Latina nace pues con una característica oligárquica y antidemocrática —tan antidemocrática como lo era el Sur de los Estados Unidos— por la elemental razón de que la aplastante mayoría de la población era semi o totalmente esclava o proletaria. La democracia burguesa, el hábito del autogobierno local que tanto admiraba Sarmiento en el Norte de Estados Unidos, no podían, desde luego, florecer en la América Española.

En una sociedad en que la minoría parasitaria de origen extranjero, vivía del trabajo casi esclavo de las grandes masas indígenas tenían forzosamente que florecer la oligarquía y la dictadura militar como métodos predilectos de gobierno.

Río de la Plata: Maldición de la Abundancia Fácil

El territorio actualmente argentino se inserta en el cuadró general de la colonización española con características particulares que lo diferencian del resto. Por de pronto, no existen dentro de sus confines metales preciosos. Mano de obra explotable la hay —aunque no demasiado abundante— en el Oeste y en el Noroeste. Pero no puede aplicársela a nada que el mercado mundial demande con avidez, y que enriquezca fabulosamente a los explotadores del indio. Eso no significa sin embargo, que la actividad económica tuviera un carácter puramente doméstico, ya que existen industrias que producen para el mercado local y para la exportación hacia las zonas mineras. Junto a ellas hay también empresas agrícolas explotadas con trabajo indio y mediante el trabajo de los propios colonizadores, especialmente allí dónde, como en Cuyo, los indios escasean. Sobre estas bases se estructura una sociedad estable, alejada de los grandes centros del mercado mundial, y orientada hacia el mercado interno de las colonias; sociedad dónde vive y gobierna apaciblemente una oligarquía de terratenientes, dueños de obrajes y comerciantes. Debe destacarse que en la zona de San Juan y Mendoza, dónde los indios explotables eran particularmente escasos, los españoles se mostraban también particularmente laboriosos, edificando una sociedad agrícola bastante productiva que exportaba a otras regiones de la colonia, vinos, aguardientes, trigo, harinas, frutas secas, tejidos, etc. «En el Norte existió desde los primeros tiempos de la conquista una explotación ganadera, agrícola e industrial basada sobre la mano de obra indígena.

En las estancias norteñas la agricultura se diversificó, se hizo mixta, no sólo ganadera, sino que también se sembró trigo, cebada, maíz, algodón, añil, viñas, y se industrializó elaborándose aceites, harinas, paños, vinos, lienzos y toda clase de tejidos. El comercio y las industrias basados en el trabajo manual, constituyen el más fuerte preservativo de la civilización en el Norte argentino (Coni, Contribución, 12). No puede hablarse aquí de un «orden feudal» (Paso) porque esta definición confunde, sugiriendo la imagen de una economía autosuficiente asentada en la servidumbre. Y, en realidad, se trataba de una sociedad precapitalista mercantilizada.

Pero otra era la región que había de eclipsar y dominar al resto del territorio argentino, hasta llegar a ser en el lenguaje universal sinónimo de la Argentina. Se trata del Río de la Plata, zona tremendamente diferente del resto de las colonias españolas. Por de pronto era la única zona con características de verdadera colonia, moderna, es decir, de territorios vírgenes colonizados por inmigrantes libres. No hay aquí indios que se presten a trabajar para los amos españoles porque los pampas eran —como decían con desprecio los españoles— «imposibles de domesticar». No hay tampoco metales preciosos, ni tabaco o cacao, ni nada que justifique el empleo de grandes masas de mano de obra esclava. Aquí el único modo de sobrevivir es trabajar, y así debieron hacerlo desde un principio los colonizadores. Por todo esto el Río de la Plata se parece extraordinariamente al Norte de los Estados Unidos. Y estas características del Río de la Plata —características de verdadera colonia, carente del provechoso lastre de una población indígena a la cual explotar— explica por qué el Río de la Plata fue la zona donde más temprano y más completamente se afianzó la moderna economía capitalista, donde más creció la población en el más breve plazo y ello explica también por qué el Río de la Plata se desprendió más prontamente de las características de la colonia española.

Pero existe una decisiva diferencia entre el Río de la Plata y el Norte de los listados Unidos. En esta región de Estados Unidos la naturaleza ofrecía tierra no demasiado fértil, explotable sólo en pequeñas extensiones, bosques sólo utilizables en astilleros y mar que resultaba particularmente acogedor frente a la aridez terrena. Allí sin el trabajo intenso y productivo no había forma de subsistir, menos aún de progresar. Después vino la expansión hacia el Oeste, donde había enormes praderas que constituían la oportunidad dorada para que una clase terrateniente se apoderara de ellas y viviera plácidamente de la renta agraria. Pero ya entonces los granjeros yanquis tenían fuerza suficiente para matar en el huevo cualquier intento en ese sentido, y la propiedad de la tierra quedó razonablemente al alcance de las grandes masas inmigrantes.

En el Río de la Plata, en cambio, estaba la Pampa, ese enorme océano de hierbas donde la teología vacuna, si la hubiera, colocaría seguramente el paraíso. En un principio los colonizadores tuvieron que esforzarse para subsistir, pero sólo en un principio. Después pampa y vacas hicieron lo suyo. ¿Para qué arañar la tierra? ¿Para qué salir a afrontar río y mar, si la Pampa servía cueros y carne que el mercado mundial reclamaba con tanta avidez como el metal de Potosí o el tabaco de Virginia? Pronto los colonizadores rioplatenses descubrieron que el camino de la fortuna no requería conquistar indios. Bastaba con acaparar tierras, no por la tierra misma, sino por las vacas que sobre ella crecían solas. Así nació, creció, y se enriqueció a pasos de siete leguas una oligarquía propietaria de tierras y vacas, y una clase comercial íntimamente vinculada a aquella por lazos de sangre y pesos, que amontonaban cueros primero, carne después, y los exportaban, acumulando capitales que se reproducían Automáticamente. Como los plantadores del Sur de Estados Unidos, estas clases vivían pendientes de la exportación, y su enriquecimiento no les exigía ni la iniciativa del burgués industrial, ni el trabajo personal del granjero. Las vacas se reproducían para ellos, y ellos juntaban tierras para las vacas. La agricultura les producía alergia y ponían el grito en el cielo cuando se hablaba de facilitar la proliferación de los agricultores. La oligarquía estancieril y comercial se apropió de las riquezas de la Pampa, y con ello edificó una civilización del cuero y la carne, basada mucho menos en el trabajo productivo del hombre que en la prodigalidad de la naturaleza.

Cuando más tarde la Argentina se acopló a Inglaterra como una colonia económica, pagaba con ello NO «el tributo de haber sido descubierta y colonizada por España en el período de la putrefacción» como dice una opinión insolvente de tantas (Ramos, América, 48). Lo que pagaba, en realidad, era el precio de tener una naturaleza que permitía a su clase dominante enriquecerse con escaso esfuerzo y nula iniciativa.

Geografía y Estructura Social

El dispar destino de las colonias inglesas y españolas en América está casi íntegramente contenido, en germen, en los distintos elementos naturales y humanos que los colonizadores encontraron en las distintas regiones. Las condiciones de la naturaleza exterior pueden agruparse económicamente en dos grandes categorías: riqueza natural de medios de vida (fecundidad del suelo, abundancia de pesca, ganado, etc.), y riqueza natural de medios de trabajo (saltos de agua, ríos navegables, maderas, metales, carbón, etc.). El capitalismo industrial se caracteriza precisamente por el uso intensivo y extensivo de los medios de trabajo que la naturaleza brinda (Marx, 1, 21).

Fue la fortuna de los colonizadores del Norte de Estados Unidos hallar una zona dónde los medios de vida no eran demasiado abundantes, sino más bien escasos; no había mano de obra indígena explotable ni productos que conviniera explotar importando esclavos, y dónde abundaba, en cambio, la riqueza natural en medios de trabajo, que hubieron por fuerza de desarrollar los propios colonizadores aplicándose al trabajo productivo agrícola e industrial. Así se estableció una estructura social ideal para el capitalismo industrial. En el Sur de Estados Unidos y en América Latina, por el contrario, ingleses y españoles encontraron minas y/o climas fértiles y mano de obra indígena (que cuándo se extinguía o no bastaba podía ser reemplazada por sudor africano). Y semejante combinación de factores arrojaba, sin mayor esfuerzo por parte de los colonizadores, todo aquello que el mercado mundial requería con elevados precios. La minoría parásita que así se enriquecía sobre el lomo de una inmensa mayoría semi o totalmente esclava o proletaria, vivía pendiente del mercado mundial, desinteresada del trabajo productivo, de la diversificación de la producción —que sólo perjuicio podía acarrearle— y de todo lo que podía facilitar el desarrollo de la industria capitalista. Ellos mismos eran capitalistas, pero capitalistas coloniales, capitalizadores del atraso y de las riquezas naturales apenas trabajadas por el hombre.

En el territorio argentino, la zona que más se pareció a lo que era el Norte de los Estados Unidos en los primeros tiempos de la colonización puritana fue, quizá, en lo que a la evolución del trabajo productivo se refiere, la zona de Cuyo. Pero esta zona se hallaba demasiado alejada de los puertos que conectaban con el resto del mundo, y no pudo recibir más población ni evitar el estancamiento al nivel de una sociedad precapitalista y mercantil, estable y medianamente próspera. Las restantes zonas del Norte y Noroeste no producían para el mercado mundial y tenían el estigma del trabajo indio esclavizado, sobre el cual se empinaba el parasitismo de los conquistadores. En Tucumán, 25 blancos vivían del trabajo de 3.000 indios. En Santiago del Estero, 12.000 indios mantenían a 48 parásitos (años 1580-85, Coni). Pero un siglo después el número de indios había disminuido como caudal de río en la seca, devorados por las minas del Alto Perú o fugados al Chaco (Levene). Allí empezó la crisis de estas regiones, porque los españoles nunca pudieron reemplazar el trabajo perdido del indio.

La constante absorción de mano de obra indígena que hacían los cerros peruanos —en particular el insaciable Potosí— arruinó a numerosas familias de la oligarquía mediterránea en las regiones de Córdoba, Salta, Jujuy y sus alrededores. Los indios eran arrancados de las labores agrícolas, de la cría de ganado y de las manufacturas domésticas —actividades que hacían bajo el control y para el beneficio de aquella mencionada oligarquía mediterránea y trasladados en masa al Alto Perú para ser arrojados en las minas (Bagú, Economía, 84).

En el Río de la Plata, dónde en términos absolutos no escaseaban los medios de trabajo suministrados por la naturaleza estos eran relativamente escasos frente a la abundancia de medios de vida que la Pampa brindaba a torrentes. La expedición de don Pedro de Mendoza trajo 44 yeguarizos y la Pampa los convirtió en 80.000. Con las vacas ocurrió algo semejante y siempre sin esfuerzo alguno por parte del hombre. Pocos hombres bastaban para levantar inmensas riquezas. Según Azara, a principios del siglo XIX el cuidado de un capataz y diez peones era lo requerido por diez mil cabezas de ganado vacuno. Estos hombres dedicados a su oficio producían al año varios millares de pesos más que si hubieran aplicado sus esfuerzos a sembrar trigo.

Bliss desarrolla este cálculo según el cual once hombres bastaban para atender una estancia de ganado, y señala que producían tres veces más que si emplearan sus esfuerzos en la agricultura, con la ventaja adicional que se trataba de un trabajo libre, en general de a caballo, que forjó las características del habitante de las campañas (Bliss, Virreinato, 54). En esa relación económica y no en una «confabulación» de los ganaderos se basa buena parte de la historia argentina. Medios de vida fácilmente explotables y lucrativamente comercializados con el extranjero, con escaso trabajo productivo por parte de los habitantes, eran los hilos con que se tejía la vida de Buenos Aires a fines del Siglo XVIII.

La ganadería, columna vertebral de la economía rioplatense, no era tanto una ocupación de los habitantes, en el sentido de trabajo productivo, como un medio de subsistencia que estaba al alcance de la mano. Esta distinción fue hecha ya por Sarmiento en su Facundo (obra tan rica en sagaces observaciones de este género como errónea en su tesis general). Marx indicó que el suelo más fructífero no es el más adecuado para el desarrollo del sistema capitalista industrial. «Este régimen presupone el dominio del hombre sobre la naturaleza. Una naturaleza demasiada pródiga lleva al hombre de la mano como a niño en andaderas. No lo obliga, por imposición natural, a desenvolver sus facultades». Y citaba Marx palabras de un economista inglés que vienen muy a propósito cuando se estudia el desarrollo de la rica zona rioplatense y su contraste con el Norte de Estados Unidos: «Como la riqueza natural es la más grata y beneficiosa, hace al pueblo negligente, orgulloso y expuesto a todos los libertinajes; en cambio, la segunda (la naturaleza hostil) impone el celo, la ciencia, la pericia, la sabiduría de los Estados… Ni puedo imaginarme tampoco que haya peor maldición para un pueblo que vivir sobre una zona de tierra en la que la producción de medios de subsistencia y de alimentos se realice en gran parte de un modo espontáneo y el clima exija o admita pocos cuidados en lo tocante a clima y techo. Claro está que también puede darse el extremo contrario. Un suelo que no dé fruto por mucho que se lo trabaje es tan malo como el que da, sin trabajar, productos abundantes» (Marx, Capital, 1. 23).

Con una visión que deberían envidiar muchos «marxistas» de este siglo, Alberdi decía que: «La América que da frutos sin trabajo y sin cultivo, será poblada por ociosos y por esclavos, explotada por otros ociosos usurpadores. . . Dichosos los pueblos que tienen por morada un suelo pobre; ellos serán como la Prusia, como la Holanda, como la vieja Inglaterra en Europa y la nueva pobre produce al hombre rico» (Alberdi, Obras, VIII, 198).

Resulta demasiado cómodo ser liberal a costa de España y atribuirle a su colonización, supuestamente «feudal» (Sebreli, Historia, 13) el atraso posterior de América Latina. En realidad se impone la conclusión de que el medio geográfico—en el amplio sentido de las disponibilidades de medios de vida, de medios de trabajo y mano de obra— es la causa principal del fabuloso progreso del Norte de Estados Unidos, así como del atraso del Sur de ese país, de América Latina en general y del Río de la Plata en particular. La Pampa alumbró una civilización del cuero —que luego lo fue de la carne— tan próspera pese a su carácter atrasado que hasta obnubiló la conciencia de que se trataba de un país atrasado, haciendo concebir la ilusión retrógrada de que con vacas podía construirse una gran nación moderna. «Antes —escribía José Hernández tan tarde como en 1874— no se admitía la idea de un pueblo civilizado, sino cuando había recorrido los tres grandes períodos del pastor, agricultor y fabril. En nuestra época, un país cuya riqueza tenga por base la ganadería, como la provincia de Buenos Aires y las demás del litoral argentino, puede, no obstante, ser tan respetable y, civilizado como el que es rico por la perfección de sus fábricas» (Prólogo al Martín Fierro). Sin embargo, esa era precisamente la herencia que dejó la colonización española en el Río de la Plata: «vacas, vacas, vacas», como decía Sarmiento; aprovechamiento pasivo de lo que la naturaleza brindaba. Es decir, herencia de atraso y de sumisión al comprador extranjero de lo que se sacaba de las vacas. Pero no hay en esto ni un solo gramo de «feudalismo». Se trata de un capitalismo colonial, orientado hacía el mercado exterior y desinteresado del mercado interno, es decir, del conjunto de la nación.

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